‘Lo que cabe en una fosa vacía’: Una brillante disección de la derrota
Al entrar al Teatro El Milagro, te reciben cinco largos telones translúcidos con azulejos color azul acuoso, creando una atmósfera de humedad y frío, que se vive en cualquier alberca techada.
Bajo los reflejos de un mundo paralelo, hecho con piso de espejos, el cual nos conduce a un juego de sombras, luces y reflejos, que resultan perfectos para iluminar cada emoción en la obra Lo que cabe en una fosa vacía, escrita y dirigida por Jimena Hinojosa, con diseño de escenografía e iluminación de Anayansi Díaz Gómez.
Desde el inicio, se lanza una advertencia en las llamadas con Singing bamboo, una música hawaiana que avanza tranquilamente al ritmo de sus tambores, pero que desencaja por completo con el aspecto de Tom, Hamlet Ramírez, quien está sentado en una silla roja de plástico mimetizándose con el espacio, mientras que de fondo suena la promesa de que escucharas una pequeña canción de amor.
La composición musical y el diseño sonoro de Emilio Hinojosa Carrión y Jorge Solís Arenazas construyen así una atmósfera que, desde el principio, parece advertirnos que algo no está del todo bien.

Siete personajes al borde de la fosa: Actuaciones, anhelos y el optimismo tóxico
Este ambiente es perfecto para los siete personajes que de una forma u otra ataron sus sueños a la fosa, resultando en un cúmulo de fracasos, que no les permitirán salvar sus anhelos. No hay manera de omitir la sensación de pesadez de quien ha fallado, con mayúsculas; todos ellos se avientan a la fosa, sin saber si tiene agua para recibirlos.
Gis (Daphne Keller) no quiere ser únicamente la madre o la esposa, necesita ser vista más allá de eso; Sunem Cedillo, interpreta Mirella, la hija de Tom, quien nace en un día fatídico que marca la vida de toda la familia; Tania Mayrén es Luisa M un ser frío y directo, quien se consume por el azar, sin parar de buscar la suerte en las apuestas, incluso con lo ajeno…
Leonardo Zamudio le da vida a Herrera H, obsesionado con la comida, en un intento eterno por ser fit, como si de eso dependiera el éxito; el papá de Tom, Carlos Fernández, viaja con el frío que cubre a todos en la fosa; y Uriel Ledesma, es el último en integrarse con Yoli, un personaje con la exigencia de mantener una sonrisa y un optimismo extremos sin importar lo difícil o dolorosa que sea la realidad.

Poemas visuales y la ruptura de la cuarta pared
El ritmo de montaje de Lo que cabe en una fosa vacía se mantiene constante, utilizan varios recursos para crear momentos únicos dentro de la narrativa. Uno de ellos se logra con una escena de acción dividida: por un lado, Tom, Mirella y Gis en la cima de la fosa y, por el otro, Yoli dicta una clase de aquaerobics y con sus pasos va acelerando el ritmo y subiendo la tensión dramática, que llega a su clímax cuando por fin Mirella les dice algo a su papá.
Las metáforas de los diálogos se materializan creando poemas visuales, ejemplo de esto es en la parte en la que Mirella narra el final de Luisa diciendo: El peso del mundo la borró… y ella aparece capturada por una red de barquitos de papel que le imposibilitan moverse.
También llegan a romper la cuarta pared con la inclusión de un catastrófico falso final, que hará que todos reían, pero es una risa de agradecimiento porque no se cumple lo establecido. En ambos casos la obra toma aquello que los personajes sienten y lo vuelve físicamente visible en el escenario.

Últimas funciones en el Teatro El Milagro
Una historia redonda que nos deja con la zozobra sobre cómo pudo ser su vida y qué dice la carta que le escribió su padre, palabras que pudieron cambiar toda la historia, o no, de llegar a su remitente. Esa es la premisa que queda abierta en Lo que cabe en una fosa vacía.
Últimas funciones jueves y viernes 20:00, sábado 19:00 y domingo 18:00 horas. Hasta el 23 de agosto 2026.
