‘La noche del demonio: Están entre nosotros’ convierte una buena idea en otro cliché del terror comercial
En 2026 hemos sido testigos de una buena ola de películas de terror que, sin duda, demostraron que todavía existen un montón de formas de contar historias capaces de llevar al límite nuestros sentidos. Para mala suerte de La noche del demonio: Están entre nosotros, de Jacob Chase, no es una de ellas. De hecho, quizás por ese contexto, esta sexta entrega de la franquicia deja un sabor todavía más amargo.
El problema con esta nueva película es que, pese a sus intentos por reinventar la franquicia, termina cayendo en los mismos clichés y lugares comunes que hemos visto hasta el cansancio en buena parte del cine de terror comercial.
Lo que en algún momento pudo sentirse como una propuesta bastante inteligente alrededor de “El más allá”, aquí se siente como una colección de recursos que simplemente ya no funcionan: sustos predecibles, personajes que se salen con la suya pese a lo imposible o absurdo de la situación y una historia que se siente innecesaria.

El estancamiento del terror comercial: Un arranque prometedor que termina en picada
La película comienza con una secuencia que, aunque parte de una premisa bastante conocida, consigue construir un momento increíblemente tenso. La pequeña Gemma (Amelia Eve) vive con su madre, quien parece completamente trastornada por la presencia de fuerzas sobrenaturales. Durante una noche aterradora, la niña presencia cómo su mamá, después de atacarla con un cuchillo, comienza a azotar una y otra vez su cabeza contra la pared de la ducha, hasta que muere.
La escena consigue transmitir una sensación de vulnerabilidad y peligro que funciona bastante bien. Hay algo realmente perturbador en la manera en que la película construye ese momento y, por unos minutos, parece anunciar una historia mucho más oscura de lo que finalmente termina ofreciendo.
El problema es que La noche del demonio: Están entre nosotros no consigue sostener esa tensión durante el resto de la película. Después de un comienzo que consigue despertar cierta expectativa, la historia comienza a perder fuerza poco a poco y termina refugiándose en recursos que no sólo son convencionales sino que además no provocan nada.

Destellos de grandeza y mitología desperdiciada: El problema con Cyrus y ‘El más allá’
La historia sigue a Gemma años después de aquella traumática noche de su infancia. Ya adulta y convertida en higienista dental, intenta llevar una vida normal junto a su hija, pero aquella conexión con El más allá que la marcó desde niña sigue presente. Su vida comienza a complicarse cuando ese don sobrenatural vuelve a manifestarse y descubre que no solamente puede entrar en ese reino de almas perdidas, sino que también tiene la capacidad de traer de vuelta al mundo real a las entidades que lo habitan.
La idea de que Gemma pueda convertirse en una especie de puerta entre El más allá y nuestro mundo es, probablemente, una de las premisas más interesantes que ha planteado la franquicia en sus últimas entregas.
La película tenía una oportunidad perfecta para hacer algo diferente introduciendo nuevas reglas a su propio universo, sin embargo, esta posibilidad termina esfumándose. En lugar de aprovechar el potencial de esa frontera entre ambos mundos, el guión vuelve una y otra vez a las mismas estructuras que ya conocemos de la franquicia.
Y aunque la película tiene problemas para mantener el nivel de tensión de su comienzo, hay algunos momentos en los que logra recordar el nivel de terror de sus primeras entregas. Uno de ellos ocurre cuando Gemma termina perdida en una especie de fortaleza de almohadas construida por su hija y que recuerda a un espacio liminal como en Back Rooms.

Una nueva amenaza que no da miedo
Ese es probablemente uno de los momentos donde la película se siente más libre para experimentar. El escenario infantil convertido en una especie de pesadilla resulta mucho más interesante que buena parte de los jumpscares que aparecen después. De hecho, cuando Jacob Chase apuesta por construir atmósferas y espacios extraños en lugar de explicar constantemente lo que está ocurriendo, la película funciona considerablemente mejor.
A esto se suma Cyrus, la nueva gran amenaza de la película. Interpretado por Sam Spruell, este personaje funciona como una especie de líder dentro de El más allá y busca aprovechar el poder de Gemma para conseguir que las entidades puedan cruzar al mundo de los vivos. La idea, en el papel, es bastante atractiva: una entidad que no solamente quiere atormentar a una familia, sino utilizar la propia naturaleza de El más allá para romper la frontera entre ambos mundos.
El problema es que Cyrus termina por sentirse como un personaje más que nunca logra dar miedo. La película intenta convertirlo en una figura central dentro de su nueva mitología, pero su presencia termina dependiendo demasiado de explicaciones y de un plan que se vuelve cada vez más absurdo.
Una de las grandes ironías de esta sexta entrega es que quiere ampliar el universo de La noche del demonio, pero mientras más lo intenta más termina haciéndose predecible.
La película incluso recupera a Elise Rainier, interpretada nuevamente por Lin Shaye, uno de los rostros más reconocibles de la franquicia, sin embargo, lejos de sentirse como un personaje que realmente aporte algo, se siente como un desesperado intento por conectar con los fans de la saga.

Maternidad y nostalgia forzada: Buenas ideas que el guión olvidó en el camino
Algo que llama la atención es cómo el filme intenta construir su conflicto alrededor de la maternidad y del miedo de Gemma a repetir con su hija los mismos errores que cometió su propia madre.
El componente del trauma generacional podría haber sido uno de los elementos más interesantes de la historia, pero nuevamente el guión termina por desechar la idea. Así, conforme avanza la segunda mitad, la película pierde aquello que había conseguido construir durante sus primeros minutos.
Al final, la sexta entrega termina por darle la espalda a su propia iniciativa de reinventar toda la franquicia, y termina contando una historia convencional que realmente no aporta nada al universo de la cinta.
Este texto se hizo en colaboración con Acotación Itinerante.
