Voz en Off (Podcast) 25 años de Charolastras: El viaje de ‘Y tu mamá también’ que interpretó un nuevo México en el cine
Existen películas que, con el paso de las décadas, dejan de habitar las carteleras para mudarse permanentemente a la ontología del mexicano. No son meros “estrenos”, sino irrupciones necesarias en el letárgico paisaje cinematográfico de la transición. En un episodio nuevo de Voz en Off se habla de Y tu mamá también, de Alfonso Cuarón.
Recientemente, en la cabina de la Universidad de la Comunicación, Ulises Castañeda y Riva Kun diseccionaron con fervor en un nuevo episodio de Voz en Off la trayectoria de Diego Luna y Gael García Bernal, elevándolos al estatus de la (casi) pareja definitiva del séptimo arte nacional.
Para uno de los cronistas, la comparación surge por instinto y humor: ¿son ellos los nuevos Viruta y Capulina, o acaso una versión secular de la mística entre El Santo y Blue Demon? La respuesta es que son algo más: son el rostro de una ruptura.
Estratégicamente, Y tu mamá también no fue un fenómeno aislado, sino el motor de una tríada —completada por Amores Perros y El crimen del padre Amaro— que rescató a la industria del coma inducido de los años 90.
Aquella “década trágica” de producción casi inexistente fue barrida por una obra que no nació de un frío plan de negocios, sino de una crisis existencial gestada en las entrañas de la maquinaria de Hollywood, donde el talento nacional comenzaba a sentirse asfixiado por el terciopelo de los grandes presupuestos.
El exilio neoyorquino: Del pulimento estético a la honestidad del lenguaje
El cine de autor y la industria de los estudios suelen habitar una tensión irreconciliable. Alfonso Cuarón lo experimentó tras el estreno de Grandes Esperanzas, habitando un “limbo” creativo donde su identidad se diluía entre decisiones de comité. La frustración en los sets estadounidenses actuó como el catalizador necesario para su regreso a las raíces.
La epifanía ocurrió en un videocentro de Nueva York: Cuarón eligió 25 películas mediante una selección tan azarosa como inconsciente. Al verlas, comprendió que debía dejar de preocuparse por la estética pulida de Hollywood para centrarse en el lenguaje; en la “sucia” honestidad de lo que realmente quería decir.
Llamó a su hermano Carlos con una urgencia febril, rescatando una semilla que databa de sus días como estudiantes del CUEC. Influenciado por la madurez incipiente de su propio hijo adolescente, Alfonso decidió rodar una película que no tratara a los jóvenes “como pendejos”, alejándose de la banalidad comercial.
Fue entonces cuando él y Emmanuel ‘El Chivo’ Lubezki pactaron su rebelión técnica: usarían cámara en mano y evitarían los cortes, una libertad que en Estados Unidos les estaba prohibida.
Incluso Alejandro González Iñárritu, al visitar el set, los reprendió con su característico rigor, advirtiéndoles que estaban “desperdiciando material” y que la falta de cortes arruinaría el ritmo. Cuarón y Lubezki, sin embargo, prefirieron apostar por la vida que late en la toma larga, ignorando al amigo para salvar la obra.
El mecenas atípico y la ironía de la “Nuca Presidencial”
En el ecosistema del cine nacional, la figura del productor suele ser una mezcla de burócrata y contable. Sin embargo, esta cinta encontró a un aliado improbable en Jorge Vergara. Cuarón, dotado de una labia seductora, convenció al empresario de ser el inversor mayoritario de un proyecto del que Vergara no sabía absolutamente nada.
El compromiso del tapatío fue tal que terminó entregando su “nuca presidencial” en un cameo durante la fiesta que abre el filme, una ironía deliciosa: el hombre que financiaba la rebelión se convertía en la imagen de la élite que la película satirizaba.
El respaldo de Vergara fue vital para blindar un proyecto que desafiaba la censura de la época. A pesar de recibir una Clasificación C —un castigo administrativo que buscaba condenar la cinta al ostracismo—, la película se convirtió en la cuarta más taquillera de la historia en México.
La falta de conocimientos cinematográficos de Vergara fue, paradójicamente, una bendición: permitió una libertad creativa absoluta para capturar la realidad de las carreteras sin filtros institucionales, conectando el mundo del privilegio con el asfalto polvoriento de una nación en vilo.
El Manifiesto Charolastra: Una masculinidad en escombros
A principios del milenio, la masculinidad mexicana —esa mezcla de bravuconería y fragilidad— fue puesta bajo el microscopio. Ser “charolastra” no era un chiste, sino un código de conducta diseñado para ocultar inseguridades profundas.
La dinámica entre Julio (Gael) y Tenoch (Diego) es un estudio quirúrgico de las castas mexicanas: Tenoch, el hijo de la élite del PRI que agonizaba en el poder durante la transición de Fox, y Julio, el joven de clase media-baja con aspiraciones universitarias. Sus apellidos, sus barrios y sus modismos delinean una frontera invisible pero insalvable.
Sus escudos de machismo tóxico, construidos con verborrea chilanga y juegos homoeróticos de “te chingué”, encuentran su límite en Luisa (Maribel Verdú). Ella no es solo el objeto del deseo; es el catalizador que rompe sus defensas, obligándolos a enfrentar una vulnerabilidad que el “Manifiesto Charolastra” no podía cubrir.
El uso del lenguaje doble sentido no fue gratuito; fue una herramienta de identidad generacional que rompió la autocensura de un México que aún temía a las “altas esferas”. El quinto mandamiento —no meterse con la pareja de un amigo— se convierte en la deslealtad que desnuda la miseria del ego masculino.
La nación puberta y el personaje invisible
En la idiosincrasia de Cuarón, el paisaje narra tanto como el diálogo. Su visión de México es la de una nación adolescente que no encuentra su identidad, dirigida por una clase política que él califica como “puberta”: carente de madurez y visión de Estado.
A través del narrador omnisciente (Daniel Jiménez Cacho), la película añade capas de profundidad poética que trascienden la anécdota. Mientras los chicos se sumergen en su burbuja de sexo y ego, el país se desmorona en el fondo.
Como bien observó Slavoj Žižek, esta es la obra que mejor retrata el contexto social sin pronunciar una sola consigna política explícita. El destino del pescador Silverio, cuya playa será devorada por el turismo depredador, o los retenes militares que los chicos evaden con la ligereza de su privilegio, son recordatorios constantes de la realidad.
El México invisible —el de los accidentes en carretera y las manifestaciones— envuelve a los protagonistas en un viaje que, pretendiendo ser una huida, termina siendo un choque frontal con la verdad de su país.
El genio, el desplante y el legado de los Tres Amigos
El genio cinematográfico suele ser indisociable de un carácter volcánico. “Lo viví personalmente” en el Festival de Morelia (dijo Ulises Castañeda): al cuestionar a Cuarón sobre un proyecto polémico vinculado al crimen organizado, “el director me dedicó una mirada gélida antes de soltar un desplante” que es ya parte de la leyenda negra de la prensa: “No te voy a responder”.
Tras el exabrupto, gritó buscando a alguien que quisiera hablar solo de Roma. Ese es Cuarón: alguien de “carácter fuerte” y piel fina, cuya obra, afortunadamente, trasciende sus roces personales.
Es una ironía histórica que la Academia Mexicana de Cine, en un alarde de miopía burocrática, decidiera no enviar Y tu mamá también al Oscar, prefiriendo la sobriedad de Perfume de Violetas. El tiempo, ese juez implacable, puso las cosas en su lugar: el guión de los Cuarón fue nominado de todos modos.
Hoy, la generación de los “Tres Amigos” (Cuarón, Iñárritu, Del Toro) es el equivalente indiscutible a nuestra Época de Oro; son los herederos de los mitos de Pedro Infante y el “Indio” Fernández. Es imperativo que el público actual le “dé chance” al cine mexicano de calidad, ese que nos mira a los ojos sin parpadear.
Al final, todos somos un poco charolastras buscando una playa que ya no existe. “¡Arriba las Chivas y larga vida al cine que nos duele!”, dijeron los conductores. Entérate de todo lo que hablaron en este episodio de Voz en Off.
