Sotomayor y su reclamo en la pista de baile del Lunario: La danza de la imperfección
A comienzos de 2015, en una habitación de la Ciudad de México equipada con secuenciadores, percusiones y sintetizadores vintage, los hermanos Paulina y Raúl Sotomayor —provenientes de proyectos independientes como Los Telecaster y Beat Buffer— decidieron unir fuerzas para explorar un concepto inédito en la escena local: cruzar el diseño sonoro de la electrónica global con el pulso orgánico del folclor afrolatino.
Aquel experimento derivó en Salvaje (2015), un álbum debut que les abrió las puertas de escenarios internacionales como el SXSW y el festival Vive Latino. Sin embargo, tras la publicación de Orígenes en 2020, la parálisis global impuesta por la pandemia congeló la inercia del proyecto, forzando un hiato de cinco años que concluyó en octubre de 2025 con el anuncio de su retorno.
La noche del jueves 17 de septiembre de 2026, vestidos con atuendos coordinados diseñados por Carmen Rion, la dupla tomó el escenario del Lunario del Auditorio Nacional para celebrar una década de carrera y presentar su cuarto disco de estudio, Wabi Sabi, transformando el recinto de la Nápoles en un templo de catarsis bailable.

El estallido en el Lunario: Bola disco, percusiones y la apertura de Buka
La velada arrancó tras la apertura sónica del dúo queretano Buka —integrado por María Ramiro y Oscar Joya, quienes presentaron pasajes de su álbum Bioma—, abriendo paso al estallido del acto principal.
Flanqueados por una bola disco e instrumentos que combinaron guitarras, teclados y un ensamble de percusiones analógicas, los hermanos iniciaron la fiesta recorriendo las piezas germinales de su catálogo.
Sonaron la electricidad tropical de “Eléctrico”, “Avispón”, “Sur” y “Despacio”, desplegando esa interacción escénica caracterizada por el dinamismo histriónico de Paulina al frente del micrófono y la precisión técnica de Raúl en la batería y los secuenciadores.

El núcleo de Wabi Sabi: La belleza filosófica de lo imperfecto
La progresión del repertorio no fue fortuita: trazó un puente orgánico entre la exuberancia de sus primeros trabajos y la sofisticación rítmica de su producción reciente, logrando que el público abandonara cualquier reserva para convertir el suelo del club en una pista de baile ininterrumpida.
El núcleo del espectáculo perteneció a las composiciones de Wabi Sabi, una obra cuyo concepto filosófico abreva de la tradición japonesa que pondera la belleza de lo transitorio, lo simple y lo imperfecto.
Canciones como “Who’s there?” exhibieron un beat oscilante de baja frecuencia que envolvió el recinto, mientras que “Todo se derrumba” aportó una elegancia orientada al nu-disco y “Si te vas” desató el impacto físico de los tambores sobre el pecho de los asistentes.

El factor humano: Rechazo al pop comercial y la invasión de la tarima
Al abordar el sentido de este nuevo ciclo, la agrupación ha enfatizado su rechazo a la sobreproducción estéril de la era digital: “Queríamos hacer un disco sin pulir demasiado las cosas, rescatando el factor humano y el error que le da personalidad a la música en tiempos donde todo se trata como un producto descartable”, han señalado sobre la búsqueda artesanal que guía su presente creativo.
La comunión entre la tarima y la grada alcanzó un matiz carnavalesco cuando Paulina, en un gesto de complicidad absoluta, invitó a varios asistentes a subir al escenario para bailar junto a la banda durante la ejecución de sus himnos más aclamados, “Cielo” y “Morenita”.
La soltura vocal de la cantante y la contundencia rítmica de Raúl demostraron la madurez técnica alcanzada por la dupla tras diez años de rodaje.

El triunfo del ritmo colectivo sobre las fórmulas prediseñadas
Lejos de operar como un mero ejercicio de nostalgia por sus primeros discos, la presentación revalidó la capacidad de Sotomayor para reinterpretar la música de raíz desde un lenguaje contemporáneo que esquiva las fórmulas prediseñadas del pop comercial.
Cerca del cierre, tras casi dos horas de un recital hipnótico que dejó a la audiencia exhausta, el éxito del reencuentro en el Lunario confirmó la vigencia de uno de los proyectos más originales de la electrónica mexicana.
Superadas las incertidumbres del confinamiento y los años de silencio, Paulina y Raúl Sotomayor probaron que la trascendencia de su propuesta no radica en la búsqueda de una perfección sintética, sino en la honestidad de celebrar el presente a través del movimiento, la memoria y el abrazo colectivo del ritmo.

