‘Resident Evil: noche cero’: La pesadilla visual de Zach Cregger es la mejor adaptación del videojuego en el cine
Lo mejor de Resident Evil: noche cero es la sensación de que en cualquier momento todo se va a ir al carajo. Zach Cregger presenta la mejor adaptación del videojuego que ha llegado a los cines, aunque por momentos su afición por el humor rompe con el terror que ha ido construyendo.
El mayor acierto de Cregger es recuperar la experiencia de jugar: la cinta provoca ese miedo que daba abrir una puerta o escuchar un sonido lejano, e incluso esa frustración de quedarse atorado frente a un acertijo o un candado mientras el peligro seguía al acecho.
La película entiende cuánto del miedo de Resident Evil depende de sentirse vulnerable y encuentra en su protagonista la mejor manera de transmitirlo.

Un novato sin preparación: La torpeza humana como vehículo de empatía
Que Bryan, interpretado por Austin Abrams, sea un mensajero médico hace una enorme diferencia. Su trabajo lo lleva hasta el fin del mundo sin darle ninguna preparación para enfrentarlo.
Es un novato que sólo conoce las armas por los videojuegos, lo que hace muy fácil empatizar con él. De hecho, su torpeza al apuntar recuerda nuestros primeros intentos de defendernos cuando jugamos Resident Evil por primera vez.
Sus limitaciones hacen creíble la experiencia. Frente a semejantes criaturas, apenas tiene sentido esperar que alguien sepa reaccionar, usar un arma o tomar la mejor decisión. Bryan tiene miedo, improvisa y busca la manera de seguir vivo. Acompañarlo funciona porque la película permite sentir que cada nuevo peligro realmente puede superarlo.

La cámara en primera persona: Traduciendo el lenguaje gamer a la pantalla
Cregger también traslada esa experiencia a las imágenes. Las tomas en primera persona y los momentos en los que únicamente vemos el arma nos colocan directamente frente a la amenaza.
Es un recurso que acerca la película a la jugabilidad y refuerza la impresión de estar recorriendo esos espacios, pendientes de lo que pueda aparecer unos pasos más adelante. Incluso el director se toma la libertad de replicar los cientos de candados que aparecen en los videojuegos y lo frustrante que es encontrar la clave para abrirlos.
El diseño de las criaturas es uno de los mejores aspectos de la película. Los zombies convencionales tienen su lugar, pero Cregger se aventura a explorar esa variedad de monstruos y organismos que vuelve tan perturbador al universo de los videojuegos.

Horror corporal y la sala de maternidad: El triunfo de lo grotesco
Aquí hay verdadero horror corporal. Los cuerpos dejan de ser reconocibles y se convierten en amenazas realmente perturbadoras que pueden escupir ácido, estar repletos de ratas o incluso ser una matriz con un montón de bebés/monstruo.
La película aprovecha esa posibilidad de descubrir algo cada vez más grotesco y de enfrentarnos a criaturas que te provocan repulsión y asco.
La secuencia en la sala de maternidad del hospital es una auténtica joya. Es uno de esos momentos en los que el lugar, las criaturas y la vulnerabilidad del protagonista se combinan para producir el terror que uno esperaba encontrar en esta adaptación.

El problema del humor a destiempo: Saboteando la tensión del survival horror
Por eso mismo, el humor termina siendo su aspecto más discutible. Algunas intervenciones pueden funcionar por la torpeza del protagonista o por lo absurdo de su situación, pero hay ocasiones en las que la película insiste demasiado en hacernos reír. Justo cuando el suspenso empieza a apretar, una broma permite relajarnos antes de tiempo.
Recuerdo jugar Resident Evil 1, 2 y 3 y estar tenso prácticamente en todo momento. No recuerdo reírme. Recuerdo el miedo a seguir avanzando, la sospecha de que algo iba a aparecer y la preocupación por no tener con qué defenderme. Esa tensión prolongada era una parte fundamental de la experiencia.
La película consigue acercarse a esa sensación, pero varias veces la interrumpe por buscar una reacción cómica. El problema está en la frecuencia y en el momento elegido: después de construir una amenaza convincente, cuesta entender la necesidad de romperla tan pronto.

Advertencia de Spoilers: Un conflicto inconcluso y el inminente clímax de pesadilla
La película tampoco termina de desarrollar el conflicto de Bryan ante la posibilidad de ser padre. Su relación de pareja nos permite conocer algo del hombre detrás del mensajero, pero recibe tan poca atención que su cambio de parecer carece del desarrollo necesario para conmover.
Queda la sensación de que el guión quiere que nos importe lo que Bryan podría perder, pero dedica poco tiempo a construirlo.
El desenlace recupera esa crueldad que por momentos parecía suavizada por el humor. Que Bryan no consiga salvarse es una de las decisiones que más me gustan, porque resulta coherente con la desventaja con la que ha enfrentado toda esta pesadilla.

Un acierto monumental para la franquicia
Después de verlo luchar por sobrevivir, lo natural es querer que encuentre una salida. Sin embargo, la película frustra ese deseo al transformarlo en una criatura digna de los jefes finales de la franquicia.
El hecho de que Bryan sea utilizado para transportar la cura del virus y después abandonado a su suerte vuelve todavía más cruel su destino. Su transformación en un monstruo hace que todo su recorrido adquiera otro sentido. Lo que parece una historia de supervivencia podría terminar siendo el origen de un temible villano.
Con todo y sus excesos de humor, Resident Evil: noche cero es la mejor adaptación de este videojuego que ha llegado a los cines.
