‘Moscas’: El magistral y tierno regreso de Fernando Eimbcke al FICG
Este fin de semana comenzó el Festival Internacional de Cine en Guadalajara (FICG) y su primer gran acto fue en la inauguración con el regreso de Fernando Eimbcke a la tierra que lo vio coronarse con Temporada de patos hace ya dos décadas y que ahora llega para presentar Moscas, su más reciente filme.
En medio de la formalidad de su conferencia de prensa, una mosca decidió posarse sobre la charla, convirtiéndose en una protagonista inesperada que parecía reclamar su lugar en los créditos.
Este detalle, casi extraído de una de sus puestas en escena, conecta con el germen de su nueva obra: hace veinte años, mientras manejaba por la Ciudad de México, Eimbcke divisó un letrero que sentenciaría su futuro creativo: “Se rentan cuartos para familiares de pacientes”.
Aquella imagen de la precariedad y la esperanza suspendida en la acera de un hospital esperó dos décadas en el archivo de su computadora para transformarse en una pieza que hoy vuela alto tras ser ovacionada en Europa.

De la exigente Berlinale a la distribución global de MUBI: Un éxito de talla internacional
Antes de aterrizar en el Occidente mexicano, Moscas (2026) ya había validado la visión de Eimbcke en uno de los escenarios más exigentes del mundo: la 76ª edición de la Berlinale. El reconocimiento internacional no fue solo un espaldarazo a su trayectoria, sino una confirmación de que la mirada íntima del director posee una frecuencia universal capaz de sintonizar con jurados de diversas latitudes, obteniendo el prestigioso Premio del Jurado Ecuménico y el Berliner Morgenpost Readers’ Award.
A pesar del éxito en tierras germanas, para Eimbcke el verdadero estreno ocurre en casa. “Siempre estrenar en tu país es una gozada”, compartió el director, visiblemente aliviado al notar que la recepción tapatía fue “preciosa”, en una conferencia en la que estuvó presente Clímax en Medio.
El público, a diferencia del de Berlín, encontró el humor en rincones que el realizador no esperaba, confirmando que la tragedia y el absurdo son idiomas que se hablan mejor en la lengua materna.
Esta resonancia emocional ha sido clave para que la película asegure un camino comercial sólido: tras su paso por festivales, la cinta será distribuida en cines por MUBI, plataforma que posteriormente la acogerá en su catálogo global.

El motor emocional de la historia: Olga, Cristian y la colisión de dos soledades
El motor emocional de la historia reside en la colisión de dos soledades que habitan un espacio de “esperanza suspendida”. Olga, interpretada con una aridez conmovedora por Teresita Sánchez, es una mujer que sobrelleva un duelo en silencio dentro de un departamento frente a un hospital clínico.
Su vida, regida por normas severas y una resistencia casi física a la empatía, se ve invadida por Cristian, un niño de nueve años que entra en su mundo de forma clandestina. Bastian Escobar, el gran descubrimiento actoral de esta edición, dota al pequeño de una vitalidad que rompe la geometría gélida del entorno de Olga.
Sobre esta dialéctica de dolor y sanación, la guionista Vanesa Garnica reflexionó: “Desde el principio teníamos claro que era una historia en la que los personajes cargaban un dolor y uno le iba a ayudar al otro a salir adelante, a sanar algo. Todos hemos pasado por el duelo, por la enfermedad de alguien cercano, por la sensación de que el sistema no te sostiene. Si vives lo suficiente, acumulas pérdidas y aprendizajes”.

Estética de lo mínimo: La influencia de Graciela Iturbide y el neorrealismo en blanco y negro
Esta profundidad emocional se apoya en una estética de lo mínimo que dialoga directamente con la historia del cine y la fotografía. Eimbcke optó por un blanco y negro que no solo reduce costos, sino que busca la atemporalidad y el ritmo visual inspirado en la obra de Graciela Iturbide.
La cámara, en su fijeza y rigor geométrico, evoca el neorrealismo de Vittorio De Sica en Ladrón de bicicletas o la pureza narrativa de Chaplin. No fue una elección sencilla; la productora Eréndira Núñez Larios, representante de una nueva generación de creadores que ha impulsado la evolución de Eimbcke, recuerda con humor la “necedad” inicial del director por filmar en celuloide.
“Esta película, originalmente, Fernando quería filmarla en celuloide, y me sorprendía mucho su necedad. Entiendo ahora que vi Temporada de patos lo hermoso que es filmar así, pero terminando Moscas recuerdo que me dijo ‘qué bueno que la filmamos en digital’. Creo que eso es también la evolución del cine de Fernando”, dijo la productora.

Del capricho del celuloide a la bendición digital: La libertad técnica para trabajar con niños
Sin embargo, el formato digital terminó siendo una “bendición” técnica y espiritual. Citando al maestro Abbas Kiarostami, Eimbcke afirma que “Dios inventó el digital”, pues esta tecnología le permitió una libertad de juego vital para trabajar con un niño, permitiendo capturar la espontaneidad sin la asfixiante presión económica del negativo: “El celuloide tiene una cosa hermosa, pero es muy exigente y puedes cansar a tu equipo porque tienes que hacer ensayos […] El digital nos permitía jugar”, expresó el cineasta.
El rodaje se transformó así en un ejercicio de empatía colectiva. Para proteger la energía lúdica de Bastian, el equipo convirtió el base camp en una zona de juegos con cartas y dibujos. Fue en ese ambiente de confianza donde surgió la verdadera magia: el niño realizó él mismo los dibujos que aparecen en la película y, en un momento de inspiración pura, improvisó un “freestyle” de rap que quedó plasmado en la cinta en la primera toma.
“Cómo el espíritu del niño bañó todo, no solo la historia, sino cómo hacíamos la película”
La llegada de Bastian al proyecto fue, en sí misma, un golpe de suerte; el niño casi pierde el casting en Oaxaca porque prefería ir a comer, pero su madre recordó el llamado a último momento y decidieron probar suerte. Tras superar pruebas contra cientos de aspirantes, Bastian se convirtió en el “espíritu que bañó todo el rodaje”.
“Sí nos enseñó que el cine, hacer cine, puede ser un juego, un juego muy intenso, muy serio. Pero así lo hacen los niños. Entonces a nosotros nos enseñó muchísimo esta película. Creo que es de las cosas más bonitas que tiene. Cómo el espíritu del niño bañó todo, no solo la historia, sino cómo hacíamos la película”, señaló.
Con la sencillez de quien aún ve el cine como un juego serio, el joven actor invita ahora al público: “Espero que la disfruten mucho y los quiero mucho”.

La mosca como síntoma de transformación: Abrir la ventana para sanar el encierro emocional
Moscas se erige en el panorama del cine mexicano contemporáneo como un recordatorio necesario de que la ternura y el absurdo son herramientas de resistencia frente a la violencia explícita.
Eimbcke retoma la metáfora del insecto no como un agente de molestia, sino como un síntoma de transformación: la mosca aparece donde algo se está descomponiendo para obligarnos a abrir la ventana y ventilar. Cristian es esa mosca que obliga a Olga a ventilar su encierro emocional.
Al final, en la calidez del FICG 41, queda la certeza de que los festivales son, ante todo, comunidades de fe. Como bien dice el director, cuya mirada ha madurado sin perder la curiosidad infantil: “Hacer cine es un milagro”. Y en Guadalajara, bajo el vuelo de una mosca, el milagro volvió a ocurrir.
