Lucrecia Martel y el llamado al cine argentino (y global): “Fallamos en construir un vínculo con el público”
¿Cómo se escribe la historia de un país? ¿Quién decide qué páginas conservar y cuáles borrar? ¿De qué manera las narrativas se dejan de cuestionar? Se trata del documental Nuestra tierra, quinto largometraje de Lucrecia Martel, que llegó a las salas mexicanas recientemente.
El juicio público por el asesinato de Javier Chocobar, líder de la comunidad Chuschagasta, ocurrido en 2009 durante un conflicto territorial en el norte argentino, pone en movimiento una serie de preguntas que exceden el ámbito judicial. El video del crimen, difundido en internet, intensifica la presión sobre el sistema y fija una imagen difícil de eludir.
Pero, a medida que avanzan los testimonios y los archivos de la propia comunidad, se abre otra dimensión: la de una historia más larga, menos visible, marcada por el despojo y la violencia estructural contra los pueblos indígenas, que se remonta a la época colonial y persiste hasta hoy.
A propósito de su reciente visita a la Ciudad de México, donde fue reconocida con la Medalla Cineteca Nacional, Clímax en Medio tuvo una entrevista exclusiva con la emblemática cineasta.

De un video en YouTube a 14 años de investigación: El acercamiento al caso de Javier Chocobar
Clímax en Medio: ¿Cómo comenzó tu acercamiento al caso de Javier Chocobar?
Lucrecia Martel: En 2009 me acerqué a la comunidad de los Chuschagastas después de haber visto en YouTube el video que registra el asesinato de Javier Chocobar. Habían pasado seis meses del crimen. A partir de ahí empecé a investigar y, durante varios meses, sinceramente pensé que yo no era la persona indicada para hacer una película al respecto.
Creía que mi trabajo debía ser otro: ayudar a armar un archivo, ordenar los documentos de la comunidad, conseguir aquellos que les faltaban, digitalizar y resguardar todo el material posible, porque la comunidad estaba en una situación de reclamos territoriales, en la que permanentemente el Estado argentino les exigía precisiones sobre medidas, títulos de propiedad y otros aspectos que, en teoría, estaban claros en los papeles, pero que eran muy difíciles de responder con la exactitud burocrática que se les pedía.
Con el tiempo fui comprendiendo que esto tenía que ver con el mito de la nación, con la forma en que la Argentina se había inventado a sí misma y que, para desarmar ese mito, las herramientas del cine —que son las que yo conozco— sí podían ser útiles. Así comenzó un proceso que duró catorce años.

El juicio como dramaturgia: Traducir en imágenes el desprecio y el absurdo del sistema
Lucrecia Martel: En 2018, tras casi una década de investigación, el abogado de la comunidad nos avisó que en dos semanas comenzaría el juicio público contra los asesinos de Chocobar. Viajamos de inmediato a Tucumán y conseguimos autorización para filmar dentro del tribunal. Ahí apareció algo decisivo: el juicio como una forma de dramaturgia intensa, incluso desbordada, un espacio donde se desplegaba no solo un conflicto legal, sino la manera en que una nación se representa —y se pone en escena— a sí misma.
Filmamos cerca de trescientas horas de material. En el montaje, el juicio terminó convirtiéndose en la estructura de la película. Y, al mismo tiempo, surgió el mayor desafío: cómo traducir en imágenes aquello que parecía inasible —el desprecio, las humillaciones, los absurdos— y darle forma a esa experiencia.

El peso de la palabra: Cuando la sencillez indígena es criminalizada como ignorancia
Clímax en Medio: Una de las aristas de Nuestra tierra es la capacidad de diálogo y de escucha. Esa idea aparece con fuerza en el documental. Por ejemplo, en el juicio, muchas de las preguntas dirigidas a los testigos —por su entonación o formulación— parecían diseñadas para dificultar la comprensión.
Se percibe una disparidad entre la articulación de los imputados y la forma menos elaborada de expresarse por parte de la comunidad. En otro momento, hay una escena donde se menciona que entablar una conversación con la gente poderosa significa ceder, y en ese contexto representa ceder tierra y pertenencia. ¿En qué momento el peso de la palabra apareció en el desarrollo del documental?
Lucrecia Martel: La dimensión de la oralidad estuvo desde el comienzo de la investigación del documental. Era una variable que sabía que era fundamental: es en el lenguaje donde realizamos el prejuicio y la negación del otro.
No es que a las personas de la comunidad les falte claridad o que les cueste ordenar las ideas, sino que no están acostumbrados a ese lenguaje que permite mentir con locuacidad. Ellos dicen lo que piensan sin buscar victimizarse ni tergiversar los hechos. Sin embargo, en nuestra cultura, esa sencillez suele ser señal de ignorancia.

Pertenencia e identidad: La compleja relación de los pueblos originarios con sus territorios
Clímax en Medio: Hay otro momento en la película donde una jueza interroga a un testigo. Él dice que es originario de Trancas, en Tucumán, pero que no pertenece en sí a la comunidad. Cuando se le pregunta qué implica pertenecer o qué requisitos se necesitan, la respuesta no llega a ser del todo clara. Surge entonces la cuestión: ¿qué entendemos por pertenencia, por identidad, por vínculo con la tierra?
Lucrecia Martel: Justamente lo interesante de esa situación es su complejidad: ¿quién es?, ¿quién no es?, ¿quién pertenece?, ¿cómo se prueba esa pertenencia? Esa pregunta permanece abierta, y en esa apertura reside lo que llamamos cultura. Es un tema que un país tiene que sostener, no negar.

Memoria y tecnología: Rescatando el archivo humano en tarjetas de celular y drones
Clímax en Medio: En el documental, vemos el video que registra la muerte de Javier Chocobar. Es una imagen grabada con una cámara rudimentaria que contrasta con las tomas hechas con un dron, mucho más sofisticadas y precisas.
Eso abre otro ángulo: la relación entre memoria y tecnología. ¿Cómo se configuran nuestras memorias e historias a partir de los dispositivos que las capturan? ¿Qué pasa con esas imágenes cuando la tecnología que las produce se vuelve obsoleta o desaparece? ¿Qué opinas al respecto?
Lucrecia Martel: Es algo que todavía no tengo resuelto: ¿cómo vamos a conservar la memoria de manera continua?, ¿qué va a pasar con el archivo de la humanidad? No todas las capas de la población tienen el mismo acceso a los recuerdos por medio de la fotografía, el audio o el video. Esa es otra capa de la película: la representación en imagen y sonido. ¿Cómo funciona eso y cómo va a funcionar en el futuro?
Dentro del proceso de investigación, mi equipo y yo les pedimos a los comuneros que nos compartieran las tarjetas de memoria de sus celulares para poder crear un archivo y así preservar sus grabaciones, ya que esos soportes se vuelven obsoletos con mucha rapidez.
De hecho, de esos registros surgió buena parte del sonido que acompaña a las fotografías que se ven en la película. Ese sonido es imposible de recrear: son risas familiares, animales cerca, alguien ensayando la guitarra; momentos de vida cotidiana sin la mediación de una mirada externa, y eso resulta invaluable.
En cuanto al dron, me interesaba su uso para desplazar el sentido habitual de ese dispositivo, que suele estar ligado a lo bélico o a lo policial o a un procedimiento rígido, hacia un registro más personal e íntimo…

Lenguaje cinematográfico puro: La inseparabilidad entre el fondo, la forma y el sentimiento
Clímax en Medio: ¿Podríamos hablar también de una búsqueda estética?
No. Lo estético no me ha preocupado ni me ha parecido interesante en ninguna de mis películas. No existe manera de separar fondo y forma, el sentir de las cosas de cómo están representadas. Lo que sí hay es una búsqueda del lenguaje cinematográfico y cuando vos encontrás el lenguaje con el cual podés manifestar y transmitir algo, la cuestión estética se resuelve rápidamente.

El cine argentino frente al gobierno de Milei: La urgente necesidad de reconectar con el público
Clímax en Medio: En la conferencia de prensa mencionabas la importancia del diálogo entre ustedes como cineastas y el público. Señalabas que aún es una tarea pendiente.
Efectivamente. No es el mejor momento para el cine argentino: el gobierno de Milei mantiene una clara enemistad con la cultura. Pero ese contexto también me obligó a repensar muchas cosas. Cuando se atacó a la universidad pública o al sistema de salud, la gente salió a manifestarse.
Cuando prácticamente se intentó desaparecer al Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (INCAA), salimos a defenderlo —directores, técnicos, trabajadores—, pero la gente no salió. Y eso fue un llamado de atención muy fuerte: me llevó a pensar que nosotros, como cineastas, fallamos en construir un vínculo con el público.
En Argentina tenemos que encontrar la forma de hacer películas que expresen nuestros problemas personales y colectivos, y al mismo tiempo lograr un verdadero encuentro con quienes las ven. Es un desafío que atraviesa lo político, lo económico y también lo narrativo.
Para mí, Nuestra tierra marca el inicio de una nueva etapa donde quiero conectar con otro tipo de público, más allá de ese sector de clase media que suele frecuentar festivales y que me ha dado un lugar dentro del cine. Y, en ese sentido, algo empezó a suceder.
No hicimos campañas de publicidad gráfica en las calles ni en los grandes medios de comunicación; todo fue a través de las redes sociales. No obstante, en Argentina, las pocas salas en las que estamos se han mantenido llenas, con un público muy diverso. La película sigue resistiendo, y eso es una señal de que ese vínculo es posible.
