‘La invitación’: ¿Adivina quiénes vienen a cenar ahora?
Con cariño para Verenice; que nunca falte una película, una obra, una canción y un buen libro a tu lado.
Sentar a cuatro personas alrededor de una mesa siempre ha sido uno de los ejercicios cinematográficos más complejos. Sin persecuciones, efectos especiales ni grandes escenarios, todo depende del guión y de la capacidad de los actores para sostener el interés del espectador.
Con esa premisa, Olivia Wilde presenta La invitación (2026), una película que continúa esa tradición de relatos construidos alrededor de una reunión donde el verdadero espectáculo ocurre en las palabras, los silencios y las heridas que cada personaje lleva consigo.

Todo está sobre la mesa
Inspirada abiertamente en películas como la impecable Who’s Afraid of Virginia Woolf? (1966), de Mike Nichols; Scenes from a Marriage (1974), de Ingmar Bergman; Dinner with friends (2001), de Norman Jewison; o la brutal Carnage (2011), de Roman Polanski, Wilde decide dar un paso adelante al abordar el intercambio de parejas y la libertad sexual con todas las sacudidas morales que ello provoca en el espectador, quien fácilmente termina tomando partido por cualquiera de las cuatro personas que aparecen en escena, amparado siempre en que se trata de una comedia.
Resulta imposible no imaginarla como una puesta en escena, pues la trama gira por completo alrededor de estos cuatro personajes y de situaciones que entran y salen constantemente de la terminología propia de la terapia de pareja:
Las frustraciones dentro de la relación, las fantasías contenidas, la falta de empatía derivada de la ausencia de comunicación, la comprensible apertura emocional con desconocidos en busca de un pretexto para escapar y los inevitables reclamos nacidos de esas supuestas obviedades que existen entre los matrimonios. Todo ello en formato, insisto, de una comedia voraz dividida en tres actos perfectamente definidos.
Con todo esto “sobre la mesa”, Olivia Wilde deposita en la experiencia de sus actores una historia dolorosamente real de la que nos reímos por fuera mientras, por dentro, se abren de nuevo las heridas gracias a un guión muy bien escrito y a cuatro personajes sólidamente construidos.

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De entrada, el simple respaldo de A24 funciona como un aval para la propuesta de Wilde, permitiéndonos relajarnos y acomodarnos en el asiento para disfrutar de una comedia negra que, desde sus primeros minutos, deja claras sus intenciones. Sin embargo, no todo funciona con la misma eficacia.
Hay altibajos en el ritmo y varios diálogos que remiten a una comedia adolescente debido a lo forzado de algunas bromas relacionadas con el sexo que, entre adultos, resultan poco elaboradas y demasiado cercanas al humor de cualquiera de las múltiples entregas de American Pie. Confieso que, por momentos, eché de menos la agudeza argumentativa de Woody Allen al abordar temas como el matrimonio, el sexo y las relaciones de pareja.
El reparto sobresale gracias a una extraordinaria Penélope Cruz. Su personaje, la erótica y centrada Piña (en serio, ¿no pudieron encontrar un mejor nombre para una latina?), termina apropiándose de la película. Irradia y contiene al mismo tiempo una sexualidad animal respaldada por diálogos inteligentes y sensatos que la convierten en el verdadero eje dramático de la historia.
Aunque aparenta ser la más libertina de los cuatro, es sobre ella donde recaen los principales giros narrativos y las explosiones de carácter que obligan al resto de los personajes a confrontarse consigo mismos.
En el extremo opuesto aparece un calculado Edward Norton. Su Hawk, un carismático bombero, navega entre la dulzura y la empatía con Piña para construir a un hombre seguro de sí mismo, plenamente consciente de su masculinidad y que jamás pretende competir con su pareja, sino compartir con ella. Esa seguridad termina convirtiéndolo en el personaje más atractivo para Angela.

Inconsistencias interpretativas
Y es precisamente con Angela donde comienzan los problemas.
Olivia Wilde debió ceder ese papel a otra actriz, pues existen inconsistencias interpretativas que dejan entrever cierta falta de dirección de actores. Algunas secuencias transmiten la sensación de haber sido filmadas con mayor prisa que oficio, impidiendo que determinados momentos dramáticos terminen de aterrizar. Por eso afirmaba antes que la película funciona, sobre todo, gracias al oficio de los otros tres intérpretes.
Lo anterior nos conduce al eslabón más débil del reparto: Seth Rogen como Joe, el marido de Angela. En ningún momento deja de ser Seth Rogen interpretando a Seth Rogen, cuando el personaje exigía registros mucho más complejos de los que el actor acostumbra ofrecer. Una vez más, la responsabilidad recae en Wilde como directora, quien nunca encuentra la forma de contenerlo para que el espectador vea a Joe y no al actor.
Aun así, siendo justos, existen varias secuencias —especialmente durante el tercer acto y el desenlace— en las que Rogen logra integrarse plenamente al conflicto. Es entonces cuando Joe debe enfrentarse a sí mismo a través de la mirada y las vivencias de Angela, quien destroza y es destrozada emocionalmente al intentar justificar meses de desinterés sexual, afectivo y, sobre todo, de la más grave de las carencias en una relación: la falta de comunicación.

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Si en Who’s Afraid of Virginia Woolf? la historia gira alrededor de la mentira y las frustraciones de una pareja para convertirnos en testigos de sus denigrantes humillaciones, y en Carnage el eje narrativo recae sobre la paternidad y los papeles preestablecidos de madres y padres dentro y fuera del hogar para que, nuevamente, afloren las frustraciones matrimoniales, La invitación coloca al sexo —tanto su ausencia como su utilización excesiva para esconder los problemas— como punto de partida y centro del matrimonio, convirtiéndolo en el detonante de los reclamos y los resentimientos.
Básicamente, se repite la fórmula de dos parejas diametralmente opuestas enfrentadas dentro del espacio reducido de una casa donde únicamente existen ellos. En teatro esta estructura funciona de maravilla; en cine, en cambio, son pocas las películas que consiguen sobresalir, pues todo depende de la dirección, del manejo del espacio, del ritmo de la trama y, por supuesto, de la calidad interpretativa de sus actores.
En resumen, La invitación es una ácida y, por momentos, dolorosa propuesta que resulta recomendable para quienes, inmersos en las crisis de la mediana edad contemporánea, buscan ver sus propios conflictos reflejados en otros para exorcizar, entre risas y también entre lágrimas, esas carencias tan íntimas como profundamente humanas.
