‘Hacks’ y el arte de saber decir adiós: La carcajada infinita
Son pocas las series que mantienen un alto nivel de principio a fin; menos todavía aquellas que consiguen un desenlace capaz de honrar el recorrido de unos personajes que nos han mantenido enganchados durante años.
“Los finales deben ser inesperados y al mismo tiempo deben verse como el único final posible”, dice el profesor Germain en la extraordinaria película de François Ozon, En la casa (2012), haciendo eco, a su vez, de la regla de oro aristotélica de la literatura que se ha extendiendo ya a las historias que se cuentan a través de la pantalla.

El milagro televisivo de HBO: Cinco temporadas de maestría y libertad creativa
Hacks llegó a su fin después de cinco asombrosas temporadas haciendo lo que pocas series pueden darse el lujo de presumir: poner el punto final cuando sus creadores, y no el estudio, han decidido.
El mérito les pertenece completamente a Lucia Aniello, Paul W. Downs y Jen Statsky, quienes, desde que iniciaron a escribir este milagro televisivo sobre una comediante veterana obligada a reinventarse y recuperar por sí misma su lugar en el mundo de la comedia tras ser relegada por la industria del entretenimiento, sabían exactamente cuál sería el desenlace.
Quizás ese sea el factor que diferencia a las series que están destinadas a ser y hacer historia de la televisión: ser fiel a sus ideas y a la esencia de sus personajes, conocer los parámetros de su historia y no alargarla innecesariamente.
El último episodio de Hacks cumple con lo inesperado, pero también es consecuente con todo lo que sus creadores fueron sembrando a lo largo del camino: 46 minutos de pura emotividad con vuelta de tuerca incluida que nos deja con la esperanza de que todavía habrá una hora más de comedia. Y en esa promesa de subir nuevamente al escenario, Deborah Vance se vuelve inmortal.

Una serie sobre el mundo de la comedia desde la comedia
Desde su debut en HBO, Hacks sobresalió de inmediato gracias a unos personajes complejos –algo atípico para el género– y por la combinación de humor físico con ironía mordaz, pero, principalmente, por sus afilados comentarios sobre el lugar de la mujer en una industria dominada por hombres. Es en este aspecto donde la serie construye una de las miradas más audaces del despiadado negocio del espectáculo.
Así, mientras se desarrolla en cinco temporadas la historia de la septuagenaria Deborah Vance (Jane Smart), una legendaria diva de la comedia establecida en Las Vegas, que intenta mantener su relevancia frente a gerentes de casinos y ejecutivos de medios empeñados en cuestionar su vigencia, Hacks muestra desde la comedia más satírica las luchas de poder corporativo, el edadismo, el sexismo y la cultura de la cancelación que domina la industria.
El crítico Brian Tallerico, del sito RogerEbert.com, en su reseña de la cuarta temporada señaló que “nunca ha habido una serie mejor sobre la intersección del arte y el negocio y cómo los conflictos personales pueden producir auténticos colapsos”. La observación resulta especialmente oportuna porque Hacks consiguió explorar las dinámicas más crueles del entretenimiento sin renunciar jamás a su identidad cómica.
En un momento en el que producciones de tono predominantemente dramático suelen ser agrupadas indiscriminadamente dentro del género cómico cada temporada de premios, la serie creada por Aniello, Downs y Statsky nunca perdió de vista su vocación principal: hacer reír.

Más que homenaje, una reivindicación de las mujeres en la comedia
En una de las revelaciones más significativas de la serie descubrimos que gran parte de las contribuciones creativas de Deborah no fueron reconocidas en el pasado, siendo su esposo quien terminó apropiándose de sus ideas y, por consiguiente, recibiendo el crédito y el prestigio por haber “creado” una sitcom exitosa.
La escena, además de explicar la personalidad controladora y determinante del personaje, trasciende la ficción para resonar en la realidad de una industria en la que el talento y las aportaciones de muchas mujeres han sido históricamente minimizadas.
No es casualidad que los creadores se hayan inspirado en varias de las pioneras de la comedia para dar forma a su protagonista, desde Lucille Ball y Phyllis Diller, pasando por Elaine May hasta Joan Rivers, mujeres que se esforzaron el doble que sus coetáneos masculinos y terminaron abriendo camino.
Sí, Hacks hace un homenaje a las mujeres del mundo de la comedia, pero va más allá todavía al exponer lo que implica llegar a ese lugar: la disciplina, las caídas, la resiliencia, la reinvención y la amargura de estar demostrando constantemente su talento.
En Deborah se condensa la figura de una artista superviviente que, a pesar de los escándalos, las demandas que buscaban silenciarla y los cambios culturales, siempre encontró la forma de salir avante, convirtiendo los obstáculos en materia prima de sus especiales de comedia. Al colocarla en el centro narrativo, Hacks devuelve simbólicamente el crédito que durante mucho tiempo les fue negado a tantas mujeres y reafirma su lugar fundamental en la historia del humor.

Deborah y Ava: el corazón emocional de la serie
Lo que siempre sostuvo a Hacks fue la dinámica entre Deborah Vance y Ava Daniels (Hannah Einbinder). Aunque la serie indagó en los entresijos del entretenimiento, todo terminaba orbitando alrededor de ellas, incluidos personajes secundarios cuyas tramas eventualmente quedaron en segundo plano.
Lo que comenzó como una relación creativa disfuncional marcada por el conflicto evolucionó a un vínculo más complejo donde la admiración, la dependencia y el afecto coexistían en constante tensión.
Fue precisamente esa relación contradictoria la que se convirtió en el motor narrativo de la serie al contraponer no solo dos puntos de vista generacionales sino también dos formas de entender la comedia.
Por un lado, Deborah, una representante de la vieja escuela que aprendió a sobrevivir en la tradición patriarcal del oficio; por el otro, Ava, una escritora de la generación Z más consiente de los debates sociales y la importancia de ser representación en la industria cultural.
La mayor virtud de Hacks fue evitar los bandos; la serie prefiere mostrar cómo Deborah y Ava transforman sus diferencias en herramientas creativas para hallar el mejor chiste posible. Al final, pese a sus diferencias, comparten un mismo lenguaje: el de la comedia. Ya lo decía la propia Deborah: “Cuando compartes el sentido del humor con alguien es como encontrar a alguien que habla tu mismo pequeño idioma”.

Mientras Deborah construye su legado, Hacks construye en el suyo
El episodio final de la cuarta temporada estableció el tono que marcaría la quinta entrega: la inquietud de Deborah ante la manera en que la historia terminará por recordarla. En los primeros episodios, Deborah está atormentada por conseguir el mayor logro de su carrera para dejar un obituario “bonito”.
Sí, quizás un capricho, incluso una frivolidad, pero en ello va implícita la última gran lección de Hacks: la fidelidad a sí misma y al oficio que reinventó. No necesita ser un EGOT cantando regional mexicano, ni una escritora, sino la comediante que ella misma creó.
Y así, mientras Deborah se convierte en la primera comediante en abarrotar Central Park, Hacks pasa a la historia como una de las comedias más ingeniosas e inteligentes de la televisión, con una habilidad excepcional para crear diálogos filosos y un par de personajes tan complejos como inolvidables, que ocupan desde ya un lugar privilegiado entre las grandes duplas del entretenimiento.
Al igual que sus protagonistas, el público también recordará a Hacks porque nunca olvidó que su principal misión era hacer reír.

