Eli Roth rompe romance con México por postura pro Israel: El Festival Macabro veta su cinta ‘Ice Cream Man’
Para diseccionar la psique de Eli Roth, es imperativo remontarse a los asépticos suburbios de Newton, Massachusetts. En ese ecosistema de privilegio y seguridad absoluta, lo macabro no brotó como una respuesta al trauma, sino como una sofisticada válvula de escape intelectual.
Roth, hijo de una pintora y de un reputado psicoanalista de Harvard, creció bajo una premisa que su propio padre definía con eco platónico: los hombres buenos sueñan lo que los malos hacen realidad. Para el Dr. Roth, el interés de su hijo por el gore era una liberación imaginaria de impulsos incómodos, una tesis que permitió al joven Eli transitar su infancia como un “buen chico judío” mientras su mente se poblaba de invasiones domésticas y carnicerías.
La génesis de su estética se manifestó con precisión cinematográfica durante su Bar Mitzvá. En lo que debería haber sido un rito de paso solemne, Roth orquestó un performance de horror: el pastel no era una tarta tradicional, sino una claqueta de cine de la que manaba sangre falsa. El clímax no fue un salmo, sino la aparición de un mago que, ante los gritos coreografiados del agasajado, fingió partir al niño por la mitad con una sierra eléctrica.
Mientras la congregación estallaba en risas cuando el rabino anunció las ambiciones de director del joven, Roth comprendía que la violencia, si se presenta como espectáculo, puede comprar la complicidad de la audiencia. Aquel truco de magia fue el ensayo general para una carrera que hoy, décadas después, parece haber confundido definitivamente la representación con la realidad.

El colapso tras Borderlands: Ice Cream Man, zombis infantiles y el perturbador valle de la IA
Tras el colapso crítico y comercial de Borderlands, Roth ha intentado una maniobra de repliegue hacia sus raíces con Ice Cream Man (estrenada como El heladero: Dulce sabor a muerte). Es el debut de su productora The Horror Section, una apuesta por el terror transgresor y de bajo presupuesto que busca emular el éxito de fenómenos como Terrifier 3.
Ambientada en Bailin Bay —un pueblo de estética giallo suspendido en una atemporalidad suburbana—, la cinta nos presenta a un heladero mudo que, cual Flautista de Hamelin, transforma a los niños en una horda de zombis homicidas mediante dulces adulterados.
Roth ha invocado una constelación de influencias que van desde el suspenso de Los pájaros de Hitchcock hasta la crueldad de la obra maestra española, ¿Quién puede matar a un niño?, de Narciso Ibáñez Serrador.
La crítica internacional se ha pronunciado
En sus propias palabras: “Esa era la idea original: un ‘apocalipsis infantil’ tipo Los pájaros, con los niños en lugar de los pájaros, volviéndose locos ante unos adultos que no pueden hacer nada”. Sin embargo, la crítica internacional no ha sido tan benevolente, bautizando la cinta con sorna como “The Children of the Cornetto” o, de forma más punzante, “Weapons en un cono de gofre”.
El debut, no obstante, está herido por el estigma de la pereza tecnológica. Roth inicialmente negó el uso de Inteligencia Artificial, para luego admitir, bajo presión, que la empresa Dark Half intervino en “partes muy pequeñas” para secuencias retrospectivas.
Esta “estética descuidada” del algoritmo ha generado un rechazo visceral en los puristas del body horror: la IA crea un “valle inquietante” que despoja al cine de Roth de su única virtud histórica: la honestidad del efecto práctico y el látex. Esta transición de lo artesanal a lo artificial parece ser la metáfora perfecta de su propia deriva ética.

La ficción desborda la pantalla: La furia latente de Bastardos sin gloria a la propaganda real
La frontera entre el autor y su máscara desapareció cuando Quentin Tarantino le entregó el bate de béisbol del sargento Donny Donowitz en Bastardos sin gloria. El “Oso Judío” no fue un papel; fue la validación de una “furia justiciera” latente.
Roth, cuya familia materna fue diezmada en la Austria ocupada, describió la sensación de machacar cráneos nazis en el set como algo “orgásmico”, un ejercicio de “porno kosher” que trascendía la actuación. Durante el rodaje en Berlín, la ficción desbordó la pantalla: Roth casi golpea a un conductor del equipo que llamó a sus padres “judíos” con desprecio, necesitando ser contenido por sus compañeros.
Existe, sin embargo, una ironía sombría en su trayectoria. Roth no solo actuó en la película de Tarantino, sino que dirigió Nation’s Pride, el film de propaganda nazi dentro de la trama. En aquel entonces, alardeó con cinismo: “Habría sido un gran cineasta de propaganda nazi”, dijo. Hoy, esa frase resuena con un eco perturbador.
Roth ha dejado de cuestionar la violencia para abrazarla como una herramienta de identidad, afirmando: “Nunca vi la violencia en las películas como algo real… no podía entender por qué la gente se molestaba tanto cuando no parecían molestarse por la violencia en la vida real”. Esta ceguera voluntaria ante la “violencia real” es la que ahora informa su militancia política, donde la deshumanización del enemigo parece haber saltado del guión a sus redes sociales.

La hipocresía de Hollywood: El despido de Melissa Barrera y los ataques extremistas contra Greta Thunberg
Desde octubre de 2023, Roth se ha erigido en uno de los rostros más polarizadores de la industria. Como firmante clave de la carta abierta del Creative Community for Peace (CCFP), ha denunciado una supuesta “campaña de desinformación” contra Israel, alineándose con las medidas más extremas de defensa militar.
Su rechazo a la disidencia interna fue absoluto al sumarse al comunicado de United Jewish Writers, que atacó ferozmente el discurso de Jonathan Glazer en los Oscar por sugerir una “equivalencia moral” entre el Holocausto y la crisis humanitaria en Gaza.
La “doble cara” de Roth se manifiesta con especial crueldad en su trato hacia figuras externas. En sus historias de Instagram, Roth arremetió contra la activista Greta Thunberg tras su intento de entregar ayuda humanitaria a Gaza, sugiriendo que “debería ser devorada por caníbales”, una referencia directa a su propia película The Green Inferno.
Sentenció además que cualquiera que difundiera lo que él llamó “propaganda antisemita de Greta” estaba “muerto” para él. Esta retórica del exterminio simbólico contrasta violentamente con el contexto de su propio estudio, Spyglass Media, que despidió a la actriz Melissa Barrera por publicaciones mucho más moderadas en defensa de los civiles palestinos. Mientras el sistema castiga el humanismo de Barrera, permite que Roth utilice su imaginería splatter para desear la muerte real de una activista.

El efecto bumerán: El veto político del Festival Macabro en CDMX y la irónica censura de Israel
El impacto de la política de Roth ha generado un efecto bumerán en el mercado internacional. El Festival Internacional de Cine de Horror Macabro, en la Ciudad de México, tomó la decisión política de retirar Ice Cream Man de su programación por “congruencia con sus valores y reflexión crítica”, según dijo este lunes, días después de difundir un mensaje de Eli Roth en sus rede sociales.
La presión del público mexicano, que calificó al director como un apologista de la violencia estatal, rompió el romance de Roth con el mercado latinoamericano, a quien él mismo solía elogiar con condescendencia afirmando que “aman la sangre y la violencia”.
Pero la ironía definitiva proviene del mismo estado que Roth defiende con tanto fervor. El Comité de Crítica Cinematográfica de Israel, en una decisión de julio de 2026, prohibió Ice Cream Man para menores de 18 años, dictaminando que la película genera “ansiedad continua” al situar actos horribles en elementos familiares de la infancia.
Es el clímax del absurdo: incluso el régimen que Roth apoya considera que su visión del horror es perjudicial para la seguridad emocional de sus propios ciudadanos. Censuran al cineasta que justifica la fuerza militar en nombre de la protección de la infancia por el daño psicológico que su obra causa en esos mismos niños..

El helado se derrite bajo el sol de la geopolítica
La carrera de Eli Roth se encuentra hoy en un estado de licuefacción ética. Así como en Ice Cream Man la IA crea una estética vacía y artificial, su postura política ha creado una narrativa donde la empatía es selectiva y el horror se vuelve aceptable dependiendo de quién sostenga el bate. El “Oso Judío” se ha convertido en un propagandista de aquello que antes fingía parodiar.
Existe una distancia insalvable entre la infancia de aquel niño en Newton, protegida por el sueño americano, y la postura del hombre actual que, desde Hollywood, respalda las agresiones contra la población civil y rechaza a quienes distribuyen ayuda humanitaria.
El helado se ha derretido: lo que queda no es el sabor dulce de la nostalgia ochentera, sino el regusto amargo de la deshumanización. Roth ha olvidado la lección fundamental de su propia disciplina: en el cine de terror, el verdadero monstruo no es el que empuña la sierra, sino aquel que ha perdido la capacidad de reconocer el dolor de la víctima.
Mientras él defiende invasiones desde la comodidad de sus redes, el mundo empieza a darse cuenta de que el verdadero horror no está en sus efectos especiales, sino en la frialdad de su convicción.
