‘El diablo viste a la moda 2’: La brillante pero agridulce lección sobre la crisis de los medios
Dicen que las secuelas suelen ser malas, pero El diablo viste a la moda 2 va completamente en contra de esta afirmación. Y es que, más allá del regreso del elenco que marcó a toda una generación —Meryl Streep, Stanley Tucci y Anne Hathaway—, la película del director David Frankel y la guionista Aline Brosh McKenna entiende que ya no puede ser igual a su predecesora. Han pasado 20 años desde el lanzamiento de la primera parte y, dentro de la narrativa de la cinta, el paso del tiempo también ha hecho de las suyas.

El verdadero conflicto en Runway: La asfixiante crisis del periodismo y la precaria era digital
Ese es, quizás, su mayor acierto. En esta ocasión, la película expone los diversos problemas y retos a los que se enfrentan la industria editorial y el periodismo frente a la era digital. Andrea Sachs (Hathaway) está a punto de recibir un premio por una investigación periodística; sin embargo, minutos antes de recibir el galardón, es notificada —a través de un SMS— de que ha sido despedida junto con toda la plantilla de su trabajo.
Esto es solo el preludio para gestar el esperado reencuentro. La revista Runway, por más prestigiosa que sea, no se ha salvado de los golpes de la tecnología. Las revistas ya no se venden, los artículos apenas tienen un par de lectores (sobre todo de la crítica) y, para colmo, atraviesan un momento delicado tras publicar un texto que no fue bien recibido por el presidente de la marca, Irv Ravitz (Tibor Feldman).

El regreso a la editorial: Entre los abusos de la nostalgia, los cameos y una nueva narrativa
Para tratar de salvar el barco editorial, Andrea vuelve al lado de Miranda (Meryl Streep), y este reencuentro está lleno de momentos cargados de nostalgia.
Si bien puede percibirse que la película abusa un poco de este recurso —presentando cameos, diálogos y situaciones diseñadas para provocar suspiros—, lo cierto es que la cinta brilla más cuando intenta construir una narrativa alejada del pasado.
La película entiende que ya no se trata de una historia sobre el costo del éxito, el poder o la exigencia laboral. Ahora busca contar una historia sobre la precariedad del trabajo, los problemas de la industria editorial y lo fácil que resulta despedir y reemplazar a un empleado en un sistema que solo busca capitalizarlo todo.

Miranda Priestly frente a la cancelación: Del poder absoluto a la vulnerabilidad corporativa
En este contexto, Miranda tiene un desarrollo bastante interesante. A diferencia de la primera entrega, donde representaba el poder absoluto, aquí se convierte en un peón más del juego. Sabe que debe rendir cuentas a los dueños de la empresa y, por ende, se reconoce vulnerable.
Además, en medio de estos momentos turbulentos, un ascenso está en juego, por lo que la constante amenaza de perderlo la mantiene contra las cuerdas. A esto se suma su enfrentamiento con la cultura de la cancelación —donde cada palabra debe ser cuidadosamente medida— y con los derechos laborales de sus empleados, quienes incluso “se han quejado de que lanzaba sus abrigos” para que alguien los recogiera.

La nueva Andrea Sachs: Determinación indomable en el cruel mundo de las redes y los ‘likes’
Por su parte, Andrea muestra un crecimiento y una seguridad mucho más tangibles. Llega con una determinación indomable, no solo para demostrar su valía ante una Miranda que ni siquiera la recuerda, sino también para salvar la revista y los empleos de sus compañeros. Sin embargo, para lograrlo deberá recorrer un camino complejo.
De entrada, la industria ha cambiado por completo con la digitalización. Su primer reto es encontrar la forma de hacer que los usuarios de redes sociales lean sus artículos más allá de dar un simple “like”. Al mismo tiempo, debe estar a la altura de las exigencias de su jefa (una vez más) y, por si fuera poco, conseguir un inversionista que evite que la revista termine en manos de un empresario al que la moda le importa muy poco.
A nivel técnico, la película cumple en todo. El vestuario, una vez más, es deslumbrante, y en cuanto a las actuaciones, la química entre los protagonistas sigue siendo uno de sus puntos más fuertes.

El problema de la nostalgia: Un final complaciente alejado de la dura realidad de los medios
Quizá lo que le resta fuerza a la historia es, precisamente, el abuso de la nostalgia. La película cae en momentos que buscan provocar emoción inmediata en lugar de fortalecer su narrativa. Finalmente, el desenlace no logra ser del todo coherente con lo planteado a lo largo del filme. La crítica hacia la industria es clara, pero pierde impacto al apostar por un final feliz en el que un multimillonario decide salvar el día. Esto puede interpretarse como un recurso simplista y alejado de la realidad.
No obstante, el camino para llegar ahí vale la pena. La forma en que retrata los problemas de la industria es certera: en la era digital, el periodismo y los medios de comunicación —incluso los más importantes y prestigiosos— penden de un hilo. Son mal pagados y pueden desaparecer en cuestión de minutos. Solo que, en la vida real, no hay un multimillonario dispuesto a salvarnos del declive.
*Este texto se realizó en colaboración con Acotación Itinerante.
