‘DTF St. Louis’: Lo que no ves desde la acera de enfrente
Hay algo que me mantuvo enganchada a DTF St. Louis, la miniserie de HBO Max protagonizada por Jason Bateman, David Harbour y Linda Cardellini. No fue su trama criminal que, sin duda, atraerá a espectadores casuales en busca de narrativas tipo true crime, en dado caso, terminaran decepcionados; tampoco por su solidez, de hecho, siete episodios se antojan demasiados para un desarrollo irregular.
Lo que me hizo no despegarme de la serie escrita y dirigida en su totalidad por Steve Conrad es su retrato sin adornos de la crisis de la mediana edad, ese que ha sido terreno fértil para drama y comedias que parecen rozar apenas la superficie de uno de los padecimientos emocionales de este siglo.
En este aspecto, el show no tiene competencia destacando como una de las propuestas más maduras de todo el streaming por su forma de abordar el desencanto de la adultez.

Suburbios perfectos y vidas insatisfechas: El polígono amoroso de Floy, Clark y Carol
Al igual que sus personajes, la magia de DTF St. Louis está en que es más de lo que aparenta, un verdadero puzzle de personajes suburbiales insatisfechos que ceden a sus impulsos sexuales y afectivos en un intento por resanar los vínculos o sentirse nuevamente importantes para alguien. Así, Conrad nos sumerge en la dinámica de un trío amoroso movido por los vacíos emocionales de una vida aparentemente perfecta y resuelta.
Floy (David Harbour) es el personaje central en este polígono, un intérprete de lengua de señas que trabaja con Clark (Jason Bateman), un presentador de la televisión local encargado del informe del tiempo.
Desde su primera colaboración, cubriendo un peligroso ciclón, ambos entablan una profunda amistad más allá de los sets al grado de compartir detalles íntimos de sus respectivos matrimonios, especialmente sus insatisfechas vidas sexuales trastocadas por las responsabilidades diarias. Carol (Linda Cardellini) es la esposa de Floy y el tercer componente ya que, eventualmente, tendrá un affaire con Clark.

Carencias afectivas y deseos reprimidos: La compleja anatomía de la infidelidad
A diferencia de otras historias que abordan la infidelidad, Steve Conrad explora las carencias afectivas que conlleva el impulso e incluso el consentimiento para dar paso a encuentros extramaritales, poniendo sobre la mesa aspectos más complejos como los deseos reprimidos, el intercambio de parejas, la infidelidad consensuada y la sexualidad sin inhibiciones.
También cuestiona hasta qué punto los encuentros casuales están exentos de consecuencias al colocar en el centro del relato una aplicación de citas llamada DTF, un acrónimo popularizado en la cultura digital de la década de 2010 que significa “Down To Fuck”, una expresión para indicar sin rodeos que una persona está “dispuesta a tener relaciones sexuales”.
En la trama, es Clark quien le habla a Floy acerca de la app para personas casadas que buscan encuentros sexuales discretos en un intento por añadirle sazón a su vida, pero es también el elemento que detona el crimen que utiliza el showrunner como mero pretexto para hacer un estudio de personajes fragmentado en el tiempo.
A través de flashbacks, la serie deja claro que lo importante no es cómo muere uno de ellos ni quién es el responsable, sino qué los motiva y qué esperan encontrar en esos vínculos.

El peso de las estrellas: Jason Bateman, Linda Cardellini y la brutal transformación de David Harbour
Aquí me gustaría destacar el trabajo actoral porque la miniserie pone todo el peso en sus estrellas. Por supuesto que la tercia protagónica es uno de los puntos fuertes de esta producción, pero también es satisfactorio que los personajes secundarios son relevantes y ninguno está de relleno.
Jason Bateman apuntándose otro brillante retrato del norteamericano común, aportándole aquí una escala de vulnerabilidad y soledad sobrecogedora; Linda Cardellini dominando el arte de construir un personaje que tiene más impacto del que aparenta. Pero es David Harbour quien sobresale con un personaje desafiante y emocionalmente complejo: simpático y bondadoso, pero trágico e inseguro; un personaje que, además, le exigió una notable transformación física.

Más que un thriller: Una observación incisiva e incómoda del vacío en la adultez
Lo que hace única a DTF St. Louis es su capacidad de transforma lo que en esencia es un thriller criminal en una observación incisiva del vacío emocional, en la que el entorno tiene mucho que ver con las crisis de identidad que experimentan los personajes. Esos suburbios estadounidenses de fachadas perfectas que albergan una pacífica vida familiar, en realidad contienen pulsiones reprimidas y potenciales actos ilícitos disfrazados de buenas intenciones.
Al final “nadie es normal, solo se ve así desde la acera de enfrente”, dice el enigmático personaje de un magistral Peter Sarsgaard, frase que secundaron los detectives Homer (Richard Jenkins) y Plumb (Joy Sunday), encargados de resolver el crimen, para finalmente concluir que: “es lo que pasa tras puertas cerradas”.
Porque ese es el interés de Conrad, las personas comunes rebasados por las expectativas, ahogadas en deudas, inseguras por su sobrepeso, con una mala relación con sus hijastros o frustrados por no inspirar deseo en alguien.

El ritmo pausado y la excentricidad: Los puntos débiles en la resolución del misterio
La miniserie sobresale por las reflexiones que propone, sus actuaciones arriesgadas y por su estructura narrativa, pero no así por su ritmo pausado, una lentitud que da la impresión de limitarse a justificar las vueltas de tuerca que se revelan casi al final de cada episodio.
También se abusa de la excentricidad de los personajes en una historia ya de por sí peculiar; rara, dirán algunos. Pero el que quizás sea el punto más débil es la resolución del supuesto asesinato, porque, aunque es creíble, carece del peso dramático necesario y, para entonces, ya es predecible.
DTF St. Louis es un misterio suburbano incómodo que, con un humor negrísimo, cuestiona concepciones preestablecidas sobre la sexualidad y pone el foco en la responsabilidad afectiva, dejando una pregunta sugerente: ¿la crisis de la edad nace de la insatisfacción sexual o es, en realidad, esa insatisfacción la que termina por desencadenarla?
