‘Café Chairel’: Una sencilla y mágica molienda de soledades en el puerto de Tampico
En una industria cinematográfica saturada por la tiranía del algoritmo y el montaje de ritmo epiléptico, Café Chairel emerge no como un producto, sino como un acto de resistencia y una mágica y cordial invitación a dejar el individualismo para abrir la mente y el corazón para conectar con otro desde la soledad.
El cineasta Fernando Barreda Luna elude la inmediatez para abrazar una temporalidad de maceración larga; aquí, el tiempo no es un recurso financiero, sino un componente químico que permitió al guión madurar durante catorce años. Esta no es solo una película sobre el duelo, sino el testimonio de una persistencia que desafía las convenciones del marketing contemporáneo, priorizando la verdad emocional sobre la rentabilidad del clic.

El primer grano: La génesis de una obsesión
La génesis de esta obsesión se remonta a 2012, en un festival de cine en Estados Unidos. Barreda, en su labor de programador, descubrió la obra del cineasta japonés Atsushi Fujii. El impacto fue de una naturaleza tal que, tras años de búsqueda, Barreda localizó a Fujii solo para descubrir una verdad que dotó al proyecto de una gravedad casi mística: él era, probablemente, el único espectador en el mundo que había visto aquella película original, condenada al ostracismo comercial.
Esta orfandad compartida entre el creador y su único testigo detonó un proceso de reescritura que Barreda enfrentó con la urgencia de quien redacta un testamento vital. Tras donar un riñón a su esposa y productora, Jessica Villegas Lattuada, el director abordó el rodaje con la convicción de que esta podría ser su última obra, transformando la filmación en un ejercicio de trascendencia personal y familiar.

Un acto de resistencia cinematográfica
“Yo conecté con una película japonesa que me tocó, por azares del destino, tal vez ser la única persona que la vio… Cuando contacté con Atsushi, a quien busqué por dos años, sólamente quería decirle que vi su película y que me gustó mucho y él fue el que me dijo que la película no la vio nadie más porque no se presentó en ningún festival ni la compró ninguna plataforma”, expresó el cineasta.
“Es ahí donde entra esa consigna, ese peso y responsabilidad de sacar la historia a la luz y en ese proceso creamos una historia nueva donde yo entro como escritor y creo estos personajes en los que, de alguna manera, siguen teniendo el espíritu de la historia original. Así como me conmovió a mí, yo tenía claro que iba a conmover al resto de la gente sin importar de donde sean porque es una historia muy universal”, expresó Fernando Barreda Luna, en entrevista con Clímax en Medio.
Esta gestación prolongada ha dotado al metraje de un “cuerpo” denso, donde la nostalgia no es un adorno sentimental, sino la base sobre la cual se extrae una narrativa que, al igual que un buen café de especialidad, requiere de una temperatura exacta y una paciencia casi ritual.

La alquimia del café: Simbolismo y contrastes
El café en esta cinta opera como un tercer protagonista; es el catalizador que permite la extracción de las subjetividades de dos seres estancados. Barreda utiliza el barismo no como un rasgo de estilo, sino como una herramienta para materializar el cuidado y la atención que los personajes se niegan a sí mismos.
La relación entre Alfonso (Mauricio Isaac) y Katia (Tessa Ía) se construye bajo una lógica de mezcla: él aporta la nota dulce y noble, una luminosidad que se filtra a través de un humor agrio y torpe; ella, en cambio, es el cuerpo amargo y temperamental, una joven estoica que ha erigido murallas de salitre frente a una vida de rechazos.
La cinta elude con inteligencia el cliché romántico para explorar una veta poco transitada en el cine nacional: el vínculo filial y platónico nacido de la carencia mutua. El guión de Barreda y Fujii permite que la química se manifieste en los silencios, donde el “regusto” de la ausencia compartida se vuelve el pegamento de su amistad.
Elenco de lujo
La mezcla de la casa: Barreda conceptualizó esta dinámica como una analogía de la taza perfecta: “Se topan uno con el otro y hay una explosión, pero después ambos personajes, a pesar de sus contrastes, hacen una buena combinación”.
La pureza de Alfonso: Mauricio Isaac construyó su interpretación desde la improvisación controlada, aportando una veracidad nerviosa: “Tiene que ver con la pureza de un personaje que se muestra tal cual es… a pesar de que haya oscuridad, hay siempre un deseo de estar en la luz”.
El silencio de Katia: Tessa Ía interpreta a Katia como una entidad observadora: “Es una chica callada, que está atravesando cosas que no le cuenta a nadie, pero que finalmente se permite madurar a través de su relación con Alfonso”.

La arquitectura del abandono: Una casa de 1921
El diseño de producción de Santos Moncayo no es decorativo, sino un poco arqueológico. La locación principal, una casa de estilo holandés construida en 1921 durante el auge petrolero, funciona como una extensión psicológica de las grietas internas de los protagonistas.
La estructura se encontraba en un estado de colapso físico que el equipo decidió no ocultar, sino reforzar, preservando el moho y las paredes descascaradas como cicatrices necesarias para la atmósfera de la película.
Un detalle metafórico fundamental fue el hallazgo de una habitación repleta de antigüedades y desechos que el equipo decidió mantener sellada durante todo el rodaje, convirtiéndola en el símbolo del limbo emocional donde Alfonso y Katia permanecen atrapados.
“La casa tiene una emoción. Este lugar abandonado, con paredes derruidas y manchadas y el moho de la humedad, hace que los personajes se sientan detenidos en el limbo y el tiempo. La casa tenía que representar esto”, dijo Fernando Barreda Luna.

Filmar en Tampico como terapia grupal
Rodar en Tampico supone, además, un hito geográfico. Es la primera producción de esta escala en el puerto desde que John Huston filmara El tesoro de Sierra Madre en 1948. Barreda rechaza la estética de la violencia que suele marcar las representaciones modernas de Tamaulipas para rescatar una visión salitrosa y otoñal.
Al filmar en Playa Miramar, la colonia Las Flores y el parque Fray Andrés de Olmos, la cámara de Eduardo Rivas Servello captura una ciudad de “agua quieta”, lejos de los enclaves turísticos, donde el entorno se convierte en un refugio para el alma.
“Llegamos a Tampico, donde estuvimos aislados, creo que eso generó una conexión con el equipo muy bonita porque estábamos 100 por ciento enfocados en lo que estábamos haciendo. Día y noche era lo único que existe en nuestras vidas y eso hace que te sumerges por completo en ese universo”, comentó Tessa Ía, para Clímax en Medio.
“Hicimos ensayos dentro de la casa que usamos como locación antes de empezar el rodaje, recuerdo que tuvimos algunas con Leo en busca de las palabras que nuestros personajes se tenían que decir y finalmente encontramos que había cada vez menos palabras y eso es importante porque empezábamos a vivir las escenas en lugar de sólo leerlas”, añadió.
Esta producción es, además, un tributo familiar: Jessica Villegas Lattuada integró la memoria de sus cuatro abuelos en la textura de la obra, dotándola de una capa de legado local que se respira en cada encuadre.

El “Life Slow Club”: El proceso detrás de cámaras
El método de trabajo impuesto por Barreda favoreció lo que el elenco denominó el “Life Slow Club”. Al aislarse en Tampico, el equipo de producción sustituyó la urgencia de la capital por un ritmo de vida que permitió a los actores “habitar” sus personajes más allá del set. La química no se ensayó; se cocinó en caminatas por las calles tampiqueñas y cenas compartidas que diluyeron la frontera entre el actor y el papel.
“Es una película que se cuenta mucho con las imágenes y en la edición teníamos que mantener ese equilibrio de lo emocional, las tablas dramáticas con el humor porque es muy difícil ir y venir de estas emociones”, comentó Barreda.
“Una película que trata mucho de la belleza de las cosas sencillas de la vida”: Tessa Ía
“Es un proceso que tiene como base el guión y luego está lo que puedes filmar, lo que te dan los actores, lo que construyes con el resto del equipo creativo, con el fotógrafo, el músico o el diseñador de producción. Todos son parte de la construcción de la obra y la edición, aunque me tardé mucho quiero pensar que es porque se cocinó a fuego lento, fue porque llegué a un momento en el que dije ‘no le cambiaría nada’”, agregó.
Técnicamente, el rodaje privilegió la reducción del diálogo en favor de la frecuencia tonal. Leo Deluglio, quien interpreta a Adam, no se limitó a simular su rol; su entrenamiento en piano y barismo de especialidad fue esencial para que su presencia funcionara como el catalizador armónico de la cinta. Los ensayos en la locación real permitieron que el equipo descubriera que, en la mayoría de las escenas, el silencio era más elocuente que cualquier línea de guión.
“Para mí es una película que trata mucho de la belleza de las cosas sencillas de la vida… se siente como una bocanada de aire fresco. Es poder acompañarse en el silencio sin tener que sobreexplicarte ni justificar quién eres”, comentó Tessa Ía.

El barismo como catalizador emocional
Por su parte, Mauricio Isaac destacó que es uno de los proyectos que más quiere de su carrera por los temas que aborda y la manera en que conectó con su propio rol: “Además de identificarme con el personaje vi que había un guión conmovedor. Es el tipo de historias que como actor me gusta contar, de esas que le puede cambiar la vida a alguien aunque sea por un momento”, expresó a Clímax en Medio.
“Vi en Alfonso un sentido del humor con el cual yo también me siento identificado, porque hago ese tipo de chistes muchas veces en la vida real y eso me gusta porque tiene que ver con la pureza de un personaje que se muestra tal cual es y no tiene dobleces, y creo que esta historia tiene que ver con eso, con la pureza, con la pureza de ser y conectar con el otro”, sumó.
“No es una película que lleva prisas”: Fernando Barreda
Este enfoque de “extracción lenta” en el rodaje se traduce en un montaje que evita el impacto fácil, permitiendo que la melancolía de los personajes se asiente en el espectador como el sedimento de una prensa francesa.
“Muchas veces cuando llevas esta prisa, incluso de estar editando en set, cuando todavía no terminas de filmar pero ya tienes en la mente el primer episodio, es una forma de trabajo a la antigüita que nos dimos el lujo de hacerla así, es lo que da el resultado de que no es una película que lleva prisas y que no sigue una tendencia, que no sigue los parámetros de la industria de lo que nos quieren vender”, dijo el director.
“El concepto de la película no es sólo su temática, sino cómo fue hecha, para mí es definida como vida lenta, somos La Vida Lenta Club”, dijo Tessa.

Cuando el café se convierte en el antídoto contra la soledad
La inserción de Café Chairel en la cartelera comercial es un fenómeno de resistencia frente a las distribuidoras que, según Barreda, intentaron “meter su cuchara” para alterar la fórmula en busca de una narrativa más convencional.
“Siempre te vas a topar con barreras, de gente que te dice que no. Que te quieren cambiar la fórmula y meter su cuchara. Uno debe determinar qué tipo de cine va a hacer. Para mí era muy importante no perder de vista ese sueño de hacer el cine que a uno lo inspira y afortunadamente conté con este elenco increíble que llevó la historia a un lugar que ni yo esperaba”, dijo.
“Creo que necesitamos un poquito más de empatía, un poco más de encontrar ese momento de comunión aunque seamos diferentes y esa es una bonita analogía de tomar ese café, tú lo tomas con leche, yo lo tomo negro, pero nos podemos sentar con nuestras diferencias a disfrutar de la mañana”, añadió Tessa Ía.
La película ha tenido que pelear su espacio “como perro”, validándose primero en el circuito de festivales como Guadalajara (FICG), Dallas y Seattle, y obteniendo galardones como el Audience Award en el Hola México Film Festival y múltiples estatuillas en los Premios Pantalla de Cristal.
“La película la hicimos con mucho cariño. Es una carta de amor a mi ciudad natal que es Tampico, pero más allá de eso, creo que es una película universal y la gente que tenga la oportunidad de verla la va a disfrutar”, comentó el realizador.

El posgusto: Desafíos y el valor de lo diferente
El éxito de la cinta radica en su honestidad: no pretende ser una película de denuncia ni una comedia de diseño, sino un refugio humano en un mundo alienado. Como cierre temático, Mauricio Isaac resume la intención de la obra:
“Esta película brinda lo contrario al aislamiento… Tiene que ver con que, de pronto este sistema en el que vivimos ahora del mundo de la individualización, del aislamiento, esta película brinda lo contrario”, comentó Mauricio.
“Trata sobre poder mirar al otro, poder abrazar al otro y también dejarse abrazar por el otro, porque eso es lo que nos hace una comunidad, nos hace humanos y sentir que estamos en el mismo planeta. Conectar nos hace preservarnos y creo que esta película es una muy bella metáfora de eso”, concluyó.
Al final, cuando los créditos se deslizan sobre la pantalla, Café Chairel deja un regusto persistente, similar al de una taza de café bien lograda frente a la inmensidad de la Laguna del Chairel. La imagen final de las aguas quietas de la laguna funciona como un espejo de la paz encontrada: una calidez que reconforta el pecho y la certeza de que, incluso sobre las ruinas de una casa de 1921, es posible reconstruir la esperanza.
