‘Un poeta’ de Simón Mesa Soto: Una película triste para quien sigue intentando ser feliz
La poesía es, quizás, el arte más noble y al mismo tiempo el más condenado. En su pureza habita también su tragedia: nadie vive de ella, y menos en este lado del mundo.
En Latinoamérica, los poetas envejecen rápido; queman su juventud entre lecturas que no les pagan, becas que pocos ganan, libros que nadie imprime y borracheras en las que todos aplauden, pero nadie escucha los versos.

Los “chavorrucos” del arte: La condena de la poesía en Latinoamérica
Al principio, todo es bohemia, vino barato y promesas; después, solo quedan resacas, manuscritos olvidados y una dignidad tambaleante.
Con los años, los poetas se convierten en fantasmas de lo que soñaron ser: hombres que recitan sus glorias pasadas en bares que ya no los aplauden, juntos a las nuevas jóvenes promesas. Nacieron condenados: son los chavorrucos del arte, los que confundieron bohemia con precariedad.
El cine, sin embargo, ha sido históricamente indulgente con los poetas. Sus vidas desdichadas suelen romantizarse: incluso el suicida incomprendido se reviste de dignidad.
Nada de eso ocurre en Un poeta, de Simón Mesa Soto, y quizás por eso esta cinta se convirtió en mi favorita del Festival Internacional de Cine de Morelia (FICM).
Mesa Soto se atreve a mostrar al poeta fracasado tal como es: sin velos, sin adornos, aferrado a la ilusión de que el arte aún puede salvarlo de la mediocridad.
Lejos de la épica del creador incomprendido, construye un retrato mordaz, tierno y cruel de lo que significa seguir creyendo en la poesía cuando el mundo ya dejó de escucharla.

Óscar Restrepo: El anti-héroe sin filtros de Simón Mesa Soto
Óscar Restrepo fue alguna vez una joven promesa; hoy se disuelve entre alcohol y discusiones sobre José Asunción Silva en las calles nocturnas de Bogotá. Por las mañanas está crudo, sin dinero.
Vive bajo el techo de su madre, quien lo mantiene con la pensión que le queda. No trabaja, porque conserva la esperanza de publicar un libro y, algún día, brillar como antes. Está divorciado y tiene una hija que se avergüenza de él.
Para bien o para mal, consigue un trabajo como maestro de filosofía en una secundaria. Pero no puede evitar llevar las clases al mundo que conoce. Allí conoce a Yurlady, una joven de bajos recursos que lo cautiva con su talento.
A ella no le interesa la poesía; él la ve como una gran poeta y decide ayudarla a sobresalir. Su altruismo podría deberse a la precariedad de la niña, pero también parece un último intento de salvarse a sí mismo, un acto tardío de trascendencia.
Mesa Soto no retrata al poeta de manera romántica; lo muestra en su forma más grotesca. Filmada en 16 mm, la imagen tiene textura y es imperfecta, lo que recuerda a la decadencia del protagonista.
Los close up repentinamente cercanos amplifican lo absurdo de su existencia como si el director nos obligara a mirar la ridiculez y la tragedia al mismo tiempo.

El maestro y la alumna: Un intento desesperado de trascendencia
Pero la crítica de Un poeta no se detiene en Oscar; apunta al arte, las instituciones y hasta las familias.
Yurlady se convierte en un trofeo: los poetas que intentan guiarla la ven como mercancía, la empujan a escribir sobre su pobreza, como si pertenecer a una familia de bajos recursos fuera su único valor artístico. Televisoras, festivales y críticos aplauden más la narrativa que ella representa que su talento real.
Por si fuera poco, la familia convierte cada oportunidad en una transacción: un plato de comida, un aplauso, una entrevista, dinero.
Mesa Soto no sólo desnuda la precariedad del poeta; exhibe un sistema entero que mercantiliza la sensibilidad, que transforma la creación en espectáculo y que, al final, deja al arte tan vulnerable como quienes intentan sostenerlo.

La belleza escondida en lo absurdo y la derrota
Un poeta es una película que vale la pena ver, no solo por su mirada despiadada sobre los poetas y el sistema que los rodea, sino por cómo logra sumergir al espectador en un mar de emociones. Hay risas incómodas, vergüenza ajena, dolor profundo y momentos que golpean todo.
Mesa Soto construye una narrativa que duele pero que al mismo tiempo da ternura: cada escena transmite la fragilidad de la vida, la ironía de los sueños rotos y la belleza escondida en lo absurdo.
Y cuando llega al poema final que es desgarrador e increíblemente bello, uno comprende que esta no es una película sobre poesía: es una película sobre la vida misma, con sus derrotas, sus errores y las segundas oportunidades.
