‘Sisu: Camino a la venganza’ es una locura: Un cohete, un héroe indestructible y mucha sangre
Hay un momento en Sisu: Camino a la venganza (Road to revenge) en el que Aatami Korp (Jorma Tommila), cubierto de polvo, sudor y litros de sangre, se sube a un cohete lanzado desde un tren en movimiento con la esperanza de completar su venganza.
Ese instante resume la película entera: un homenaje al absurdo y a la violencia desmedida que existe únicamente para sorprender con escenarios ridículos, demenciales e imposibles.
Jalmari Helander construye un universo que no busca ser realista ni sostener una lógica tradicional; abraza el caos y la exageración, y es justo ahí donde la película encuentra su grandeza.

¿De qué trata la película?
Sisu: Road to revenge retoma la historia de Aatami Korpi en 1946, cuando regresa a la Carelia ocupada por los soviéticos para enfrentar el lugar donde su vida se quebró: su esposa e hijo fueron asesinados brutalmente durante la guerra.
Korpi desmonta lo poco que queda de su hogar, lo carga en un camión y emprende un viaje para reconstruirlo en un sitio seguro.
Pero apenas pisa territorio enemigo, su leyenda despierta la atención del Ejército Rojo. Igor Draganov (Stephen Lang), el mismo hombre que mató a su familia, recibe la orden de cazarlo y terminar lo que no pudo años atrás.
Ahí comienza un road trip de persecución dividido en capítulos, casi como niveles de videojuego: motos, trenes, aviones, tanques… y un héroe indestructible que transforma cada obstáculo en una oportunidad creativa para mutilar adversarios.

Lo absurdo como virtud
La mayor virtud de Sisu es que no pretende ser seria, y justamente por eso funciona tan bien. Sabe que su premisa es una locura y, en vez de intentar justificarse, la convierte en su mayor fortaleza.
La película no oculta que está jugando y, al hacerlo, vuelve lo imposible verosímil dentro del absurdo.
Uno acepta que el protagonista sobreviva a ráfagas de ametralladora, explosiones o torturas con cables de electricidad, pero jamás espera que un cohete salga disparado desde un tren y que Korpi literalmente lo cabalgue para alcanzar a sus enemigos.
Ese tipo de decisiones, tan ridículas como brillantes, definen el tono de la cinta.

Acción pura y humor físico
Helander usa la acción para burlarse del género y aún así presenta una película mucho más sólida que diversas producciones que sí se toman en serio.
Lo mejor es que el protagonista no dice ni una sola palabra: no hay tiempo para diálogos, solo para acción ininterrumpida. El director entiende cómo sostener un gag visual hasta el límite sin perder ritmo.
Dos enemigos que elevan el duelo
Jorma Tommila transmite la sed de venganza y el agotamiento a través de gestos mínimos, mientras que Stephen Lang se convierte en un antagonista que basta con una mirada para detonar odio.
Juntos forman una dupla poderosa: dos presencias físicas que no necesitan hablar para reconocerse como enemigos naturales.
Esa combinación —un héroe que parece indestructible y un villano que disfruta cada segundo de la cacería— sostiene gran parte de la tensión central.

Lo que no funciona del todo
Aun dentro de su éxito, la película no está exenta de fallas. La más evidente es lo predecible que puede volverse: no hay suspenso alguno respecto a quién ganará cada batalla. Lo atractivo no es el resultado, sino la forma —cada vez más absurda— en que llega a él.
Esto mismo provoca una inevitable distancia emocional: no importa cuán brutal sea la tortura o cuán imposible parezca el peligro, en el fondo sabemos que Korpi saldrá bien librado.
Sisu: Road to revenge es una celebración al exceso y la locura. No busca profundidad ni pretende conmover, sólo crear una experiencia brutal, ingeniosa y divertida. Es cine de acción que se sabe exagerado y, en lugar de esconderlo, lo convierte en su estilo.
