Panteón Rococó: Tres décadas de baile, resistencia e identidad
Hay bandas que definen una época y otras que se convierten en la banda sonora de una generación. Panteón Rococó logró ambas cosas.
Durante treinta años, su música ha sido más que un conjunto de acordes; se ha consolidado como un fenómeno sociocultural, un espejo sonoro donde se reflejan las cicatrices y las esperanzas de un México en perpetua transformación.
Su relevancia no se mide únicamente en los estadios que llenan con una energía desbordante, sino en las incontables historias personales y colectivas que han inspirado.
Este reportaje se adentra en las anécdotas que forjaron su identidad, desde un nombre nacido de la urgencia hasta las batallas personales detrás del escenario, culminando en la celebración de su legado el próximo 27 de noviembre en el Estadio GNP Seguros de la Ciudad de México.

El origen de un nombre: La paradoja del Panteón Rococó
El nombre de una banda es su primer manifiesto, una declaración de intenciones que condensa su universo en un par de palabras.
En el caso de Panteón Rococó, su elección no fue un acto premeditado, sino un bautizo forzado que, con el tiempo, encapsuló a la perfección la dualidad fundamental de su propuesta artística: la fiesta y la protesta, la muerte y el baile, lo solemne y lo ridículo.
La historia de su nombre es una anécdota de urgencia juvenil, un bautizo forzado por el calendario. Con una de sus primeras tocadas encima y sin una identidad definida, el bajista Darío Espinosa lanzó la propuesta.
Inicialmente, la idea no convenció al resto. Dr. Shenka, vocalista de la banda, ha recordado esa indecisión: “Nombre que no nos satisfacía, propuesta del bajista y teníamos una tocada encima y no sabíamos cómo nos llamábamos”.
Incluso intentaron cambiarlo por “Agua Mala”, un alias que, como ellos mismos admiten, “pasó sin pena ni gloria”. Al final, la fuerza sonora y la personalidad del nombre original se impusieron.
Lo que comenzó como una solución de emergencia, sin embargo, reveló tener raíces inesperadamente profundas en la cultura mexicana.
El nombre fue tomado de la obra teatral El cocodrilo solitario del Panteón Rococó del dramaturgo Hugo Argüelles, otorgándoles una inesperada densidad simbólica.
La dualidad es evidente: “Panteón” evoca lo siniestro y la tradición mexicana de la muerte, un tema recurrente en subculturas como el punk y el gótico; mientras que “Rococó” sugiere lo ornamental, lo festivo y hasta lo absurdo.
Missael, saxofonista de la banda, explicó cómo esta aparente contradicción se alineó con su visión: una combinación de lo “solemne con algo… muy festivo”.
Esta tensión entre lo lúgubre y lo festivo es la clave para entender su música. Las letras de Panteón Rococó a menudo abordan temáticas críticas y de denuncia social (“Panteón”), pero lo hacen sobre un ritmo bailable y catártico como el ska (“Rococó”).
Son crónicas de la carencia que se bailan con el puño en alto. Así, un nombre que nació del apuro se convirtió en el reflejo perfecto de una banda que encontró en la paradoja su más grande fortaleza, un sonido forjado en el crisol de un México convulso.

Nacer entre barricadas: El sonido de una generación inconforme
Panteón Rococó irrumpió en la escena musical en 1995, un año que encapsulaba las contradicciones de un México al borde del colapso.
El país aún resentía la resaca de la crisis económica de diciembre de 1994, mientras el levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) había sacudido la conciencia nacional.
En este ambiente de efervescencia social, un grupo de jóvenes de preparatoria encontró en el ska el vehículo perfecto para canalizar la inconformidad de su generación.
La influencia del movimiento zapatista fue fundacional. No fue una simple simpatía ideológica, sino un pilar sobre el que construyeron su forma de organizarse. Tanis, percusionista de la banda, lo resume de forma contundente:
“Nosotros nacimos con el movimiento zapatista. De hecho nuestra forma de organización siempre fue inspirada en el movimiento zapatista, en los pueblos indígenas de México”, dijo Dr. Shenka.
Para ellos, el zapatismo representó una ruptura con el discurso oficial. En palabras de Dr. Shenka, este movimiento les otorgó “libertad de acción, posibilidades de expresión y actuaciones”. Su música se convirtió en un eco de las demandas de autonomía y justicia que emanaban desde Chiapas.
Sus inicios se gestaron en los pasillos de la Preparatoria 9 de la UNAM. Comenzaron tocando en fiestas y mítines estudiantiles, forjando su sonido en el corazón del activismo juvenil.
En esa época, los espacios para el rock eran escasos. Don Gorri, guitarrista, recuerda la dificultad de encontrar un lugar: “Realmente hace 30 años no había un lugar para recibir una banda en vivo de este tipo”.
Esta falta de foros los empujó a la escena underground, a lugares como la cantina La Faena, que les abrieron las puertas y se convirtieron en los primeros testigos de su creciente poder de convocatoria.
Su álbum debut, A la izquierda de la Tierra (1999), fue una declaración de principios. El título mismo era un posicionamiento político. La banda lo explicó como un homenaje a los olvidados, a los que resisten desde los márgenes:
“En la izquierda de la tierra hay la gente que busca sus orígenes… las comunidades olvidadas”, comentó el cantante.
Con este trabajo, Panteón Rococó no solo se consolidó musicalmente, sino que afirmó su rol como cronista de un México descontento, sentando las bases de un compromiso que trascendería lo colectivo para enfrentar también las batallas más íntimas.

Voces de familia: El precio de vivir del escenario
Detrás de los reflectores y los estadios llenos, la historia de Panteón Rococó es también una crónica de sacrificios personales. Antes de ganarse el respeto del público, muchos de sus miembros tuvieron que librar una batalla íntima para convencer a sus padres de que la música era un proyecto de vida.
Sus anécdotas revelan el choque generacional con padres “rudos” que, a su manera, forjaron el carácter de la banda, poniendo a prueba los lazos que más tarde definirían a su “familia disfuncional” en la carretera.
Una de las historias más conmovedoras es la de Dr. Shenka y su padre, un músico profesional del legendario Trío Calavera.
A pesar de provenir de una familia de artistas, la elección de su hijo por el rock no fue bien recibida. Shenka recuerda un momento particularmente doloroso después de haber llenado el Zócalo. Al bajar del escenario, su padre le preguntó: “…ya cuando te vas a dedicar algo en forma”.
La validación tardó años en llegar. En los últimos días de vida de su padre, rodeados de leyendas de la música, su padre finalmente se quebró. Llorando, tomó la pierna de su hijo y le pidió perdón: “En verdad nunca pensé que lo fueras a lograr así, felicidades”.
Leonel “Monel” Rosales, guitarrista, vivió una historia similar. Su padre desaprobaba su carrera y la relación se llenó de fricciones. El punto de inflexión llegó cuando la banda consiguió su primera gira internacional en Alemania.
Al despedirse, esperando la indiferencia de siempre, su padre le entregó 100 dólares: “Toma, para que no te falte. Si de repente no les cumplen allá o sucede algo, para que tengas de menos que comer”, dijo.
Ese gesto, más que cualquier palabra, marcó un antes y un después. Fue el momento en que su padre se dio cuenta de que el sueño de su hijo “iba en serio”. Estas experiencias fortalecieron a los miembros de la banda.
La presión familiar fue el primer gran filtro, una prueba de fuego que los preparó para la presión pública que vendría con el éxito masivo.

El vértigo de la fama: La creación de Dr. Shenka
El éxito, cuando llega de forma arrolladora, puede ser tan desorientador como gratificante. Para Panteón Rococó, la canción “La carencia” fue el punto de inflexión que los catapultó a la masividad.
Sin embargo, lo que para muchos sería un sueño cumplido, para su vocalista se convirtió en un desafío personal que lo obligó a crear un alter ego para poder sobrevivir.
La transición a figura pública fue abrupta. Dr. Shenka, cuyo nombre real es Luis Román Ibarra, nunca buscó ser una celebridad. La fama repentina rompió la barrera entre su vida pública y privada, generando una sensación de asedio constante.
Él mismo lo describe con una honestidad cruda: “Cuando la banda se masifica, para mí fue bastante invasivo, bastante problemático digerir lo que estaba sucediendo”, comentó.
Lo que para los fans eran muestras de admiración, para él se convirtieron en episodios de acoso que minaron su estabilidad. Relata ser detenido en el metro por personas que querían una foto o encontrar gente tocando a la puerta de su casa a cualquier hora. Estos incidentes lo “desestabilizaron emocionalmente”.
Como una forma de proteger su salud mental y separar a la persona del personaje, Luis Román Ibarra tomó una decisión radical, producto de un proceso terapéutico. Así nació oficialmente Dr. Shenka.
Su razonamiento fue una estrategia de supervivencia: “Decidí crearme el apodo de Dr. Shenka para dirigir hacia allá los aplausos y las mentadas de madre. Funcionó un momento”.
Este alter ego le permitió canalizar la energía del público, protegiendo al hombre detrás del micrófono. Esta dualidad se convirtió en una constante, un reflejo de las complejas dinámicas que la banda tendría que aprender a manejar, no solo con el mundo exterior, sino también dentro de la intensa convivencia de su propia “familia” en formación.

Crónicas de gira y resiliencia: La familia disfuncional más perfecta
La vida en la carretera es la prueba de fuego definitiva para cualquier banda. Es un crisol donde se mezclan el caos, las tensiones internas y las anécdotas inolvidables.
Para Panteón Rococó, estos treinta años han sido un testimonio de hermandad, resiliencia y la construcción de lo que ellos mismos describen como una familia disfuncional, pero indestructible.
Hiram Paniagua, exbaterista, relató una historia que captura el caos de sus primeros viajes. Durante su primera gira europea, llegaron tarde a un festival. En medio de la prisa, un técnico conectó un transformador a la corriente equivocada, provocando un apagón en parte del escenario.
Fue un momento de pánico y comedia, una de esas “novatadas” que forjan el carácter. Pero no todas las anécdotas de gira terminaban en risas; a veces, el caos del camino cobraba un precio mucho más alto, poniendo a prueba los cimientos mismos de su hermandad.
La salida de Hiram Paniagua fue uno de los momentos más oscuros del grupo. Su partida no fue una simple sustitución; sacudió los cimientos de la banda. Dr. Shenka lo recuerda como un golpe devastador:
“Su salida sembró completamente hasta sus cimientos de Panteón Rococó… a mí me llevó una depresión enorme que me llevó a retomar caminos que que ya había superado como las adicciones”, dijo.
Este quiebre los forzó a “refundarnos”, a redefinir sus relaciones y su compromiso. Fue una lección dolorosa sobre la fragilidad y la importancia de la unidad.
Más recientemente, el 14 de junio, la banda enfrentó otro momento crítico cuando Dr. Shenka sufrió un preinfarto horas antes de un concierto. El incidente obligó a reprogramar parte de la gira, pero también reafirmó los lazos que los unen. El grupo se volcó en apoyar a su vocalista.
Don Gorri lo describe con una claridad conmovedora: “Hay veces que tienes que sacar la cara por tus compañeros o en este caso por una familia. Hoy sí puedo decir que somos la relación más larga que todos hemos tenido… somos la relación disfuncional más perfecta y más larga que hemos tenido: Panteón Rococó”, dijo.
Esta capacidad para superar las adversidades ha sido clave para su longevidad y para mantener vigente un mensaje que ha evolucionado sin perder su esencia.

El manifiesto Rococó: 30 Años de crónica social y sonora
Si algo ha caracterizado a Panteón Rococó es su rol como cronistas de la realidad mexicana. Lejos de ser una banda anclada en la nostalgia, han mantenido su dedo en el pulso de la sociedad. Sus letras, escritas hace años, siguen resonando con una vigencia dolorosa, demostrando que su música es un espejo crítico de un país en constante conflicto.
Pocas canciones capturan la persistencia de los problemas sociales como “La carencia”. Lanzada en 2002, su retrato de la precariedad y la desesperanza sigue siendo un reflejo fiel. Felipe Bustamante y Leonel Rosales han expresado la amargura que esto les produce:
“Es un poquito triste, 15 años después ver que el lugar que uno pensaría que ya debió haberse solucionado, o al menos avanzado en algo, y te das cuenta que no… Merecemos un México mejor, y es triste darnos cuenta que no pasa”, comentó.
Tras seis años sin un disco inédito, la banda regresó con Sonoro, lanzado el 25 de septiembre de 2025. El proyecto autogestivo es una muestra de su capacidad para reinventarse, con colaboraciones sorprendentes con artistas como Carín León y Sabino.
El álbum generó un debate entre sus seguidores: mientras algunos celebraron la audacia, los fans más tradicionalistas cuestionaron si la banda estaba perdiendo su esencia.
A pesar de la experimentación, el ADN contestatario de Panteón Rococó permanece intacto. La canción “Paria” es el ejemplo más claro, con una crítica directa y sin concesiones. En un verso, lanzan un dardo a la retórica del poder: “El presidente en las mañanas se cree el cuento de que todo es mejor”.
Con temas como este, la banda reafirma que su compromiso social no se diluye con el tiempo. Siguen siendo la voz incómoda que cuestiona, denuncia y exige, manteniendo viva la llama de la resistencia que los encendió hace treinta años.

La fiesta continúa en el Estadio GNP
Treinta años de Panteón Rococó son una historia de perseverancia inquebrantable, coherencia ideológica y una celebración constante de la vida a través del baile.
Desde los mítines estudiantiles en la Prepa 9 hasta llenar tres veces el Foro Sol, han demostrado que es posible crecer sin venderse, evolucionar sin traicionarse y criticar sin dejar de festejar.
Después de innumerables anécdotas, luchas internas y himnos que han marcado a más de una generación, la banda no solo ha sobrevivido a las modas y a sus propios demonios, sino que se ha consolidado como una leyenda viva del rock mexicano.
La fiesta de resistencia, lejos de terminar, está a punto de vivir uno de sus momentos más memorables. Este 27 de noviembre en el Estadio GNP Seguros no será el final de un capítulo, sino la enérgica confirmación de que, para Panteón Rococó, el último ska aún está muy lejos de sonar.


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