‘Marty Supreme’: Timothée Chalamet lleva la ambición al límite
Marty Supreme de Josh Safdie no es una película deportiva en el sentido tradicional ni mucho menos una historia de superación que parte de la derrota y, tras mucho esfuerzo, culmina en la gloria.
El tenis de mesa no funciona como el recorrido de un héroe ni como una vía de redención, sino como un recurso narrativo para hablar de la obsesión, el ego y la necesidad de brillar en un mundo donde la falta de oportunidades limita incluso al talento más brillante.

Timothée Chalamet en modo supremo
Marty es un personaje detestable, de lengua demasiado suelta, pero con un don que podría convertirlo en el jugador de tenis de mesa más famoso del planeta, de no ser porque carece de cualquier tipo de apoyo económico que lo respalde.
En el filme, Marty se las ve negras desde el inicio. Apenas habla por teléfono con su madre. Su tío —también su jefe— se rehúsa a pagarle los 700 dólares que le debe por su trabajo en una zapatería, obligándolo a encontrar la manera de conseguir dinero para costear un viaje a Londres, competir en el Abierto Británico y demostrar su valía en el deporte.

El éxito de forma cruda
A diferencia de otras películas sobre el éxito, aquí el protagonista ya se presenta como el mejor de Estados Unidos y es plenamente consciente de ello. Por esa razón, la cinta no pierde tiempo en largas secuencias de entrenamiento. En su lugar, se enfoca en todo lo que Marty debe hacer para conseguir un vuelo, reunir dinero o convencer a patrocinadores de apostar por su talento.
La película nunca busca romantizar el éxito, sino mostrarlo de forma cruda. El sueño de Marty lo obliga a mentir, robar, manipular, endeudarse, humillarse e incluso participar en un tiroteo. En este sentido, la cinta brilla por su honestidad: no basta el talento en un mundo donde el dinero, los contactos y las estructuras de poder importan más que cualquier virtud individual.
El corazón de la película es, sin lugar a dudas, Timothée Chalamet. Su Marty no es simpático ni admirable; ni siquiera llega a caer bien. El actor entiende que no debe suavizar ni justificar a su personaje y, por ello, lo habita con total energía desde la incomodidad, siempre al borde del exceso y plenamente consciente de que debe provocar cierto rechazo.

El poder de la palabra y el guión
Otro aspecto a destacar es la manera en que el guión construye a un personaje que se sabe experto no solo en lo que hace, sino también en la forma en que se gana la vida. Marty es un lengua suelta porque el poder de la retórica lo acompaña; puede “venderle zapatos a un amputado” y manipular a quienes lo rodean para conseguir un lugar donde dormir o dinero fácil.
La construcción de diálogos complejos que se sienten orgánicos demuestra no solo la grandeza del guión, sino también la naturalidad con la que Chalamet se apropia del personaje y la excelente dirección de Safdie.

Una travesía sin descanso
En el apartado visual, Marty Supreme apuesta por una imagen en constante movimiento. La acción no se concentra únicamente en los partidos de tenis de mesa, sino que atraviesa prácticamente toda la película. La cámara rara vez se detiene; persigue a los personajes y los asfixia, reforzando la sensación de ansiedad y frustración que consume a Marty.
Safdie no busca una composición pulcra. Prefiere el desorden para convertir cada partido, cada discusión y cada negociación en un campo de batalla donde todo está en juego. Ese mismo caos se extiende al soundtrack, que rompe deliberadamente con la época: aunque la película está ambientada en los años cincuenta, la música remite a los ochenta. Este desfase no es un error, sino una decisión consciente que refuerza la sensación de que Marty no pertenece al mundo que intenta conquistar.
Todo en Marty Supreme parece estar diseñado para empujar a su protagonista al límite. El caos visual, el anacronismo musical y los diálogos desesperados reproducen el estado mental de un personaje que vive en tensión constante. La película no busca contar una historia de triunfo, sino exponer cuánto está dispuesto a perder alguien para seguir persiguiendo una idea de éxito que nunca termina de alcanzarse.
