La Grazia de Paolo Sorrentino: Una reflexión sobre la belleza, con melancolía y humor
Paolo Sorrentino abrió Venecia 2025 con La grazia y lo hizo fiel a sí mismo, con esa mezcla de melancolía y humor que siempre encuentra acomodo en imágenes de una belleza casi pictórica.
La cámara se mueve con calma, los planos respiran, y la luz —tan contrastada, tan trabajada en claroscuro— parece invocar a Caravaggio, como si el cineasta quisiera esculpir la soledad de un presidente que todavía ejerce el poder pero cuya vida se ha vuelto un espacio vacío.
La película es contemplativa, pausada, pero nunca hermética: todo lo que muestra encuentra su interpretación directa en el espectador, sin trampas ni paranoias.

Toni Servillo y un presidente atrapado en el vacío
El peso del relato recae en Toni Servillo, que compone un presidente profundamente humano, atrapado entre decisiones políticas —firmar o no la ley de la eutanasia, conceder indultos— y un duelo íntimo que no lo suelta.
La figura de Aurora, su esposa ausente, es un fantasma constante, el recordatorio de lo que fue felicidad y de lo que nunca volverá.
Frente a él, Anna Ferzetti como su hija aporta la voz más racional, la que empuja hacia adelante, mientras que Milvia Marigliano, con su locuaz Coco Valori, añade la chispa cómica y un contrapunto teatral.
Incluso un Papa —interpretado por Rufin Doh Zeyenouin— aparece como interlocutor inesperado, reforzando la dimensión moral y espiritual de la historia.
Rupturas absurdas en medio de la solemnidad
Y de pronto, irrumpen rupturas deliciosamente absurdas: Guè, rapero en carne y hueso, recibe un homenaje y se lanza a rapear frente a la cámara, como si Sorrentino quisiera recordarnos que el poder y la solemnidad necesitan grietas de locura para seguir respirando.
La película vibra en esa dualidad constante: lo grave y lo ligero, lo solemne y lo ridículo. Sorrentino logra que el espectador sonría en medio del drama, que el humor emerja natural de las situaciones sin rebajar nunca la densidad de lo que está en juego.
Porque en el fondo, lo que se debate es el miedo a envejecer, el miedo a ser olvidado, la pregunta sobre si vale la pena seguir viviendo cuando la felicidad ya no está al alcance.

Reflexión sobre la vida, la vejez y la eutanasia
El presidente, símbolo de poder absoluto, es a la vez un hombre que ya no encuentra sentido y que mira con serenidad la posibilidad de un final. El debate sobre la eutanasia aparece así no como consigna política, sino como un espejo íntimo que resuena en todos.
La Grazia convence por la coherencia de todos sus elementos: cada encuadre, cada movimiento lento, cada diálogo, está al servicio de esa reflexión sobre el paso del tiempo y la fragilidad humana.
No hay exceso gratuito ni estética vacía, aunque sí hay estilización y riesgo, como esa caminata bajo la lluvia ralentizada que roza el exceso barroco. Pero incluso allí, el cineasta mantiene el pulso, consciente de que la belleza y la ironía pueden convivir.

Una ovación que confirma la vigencia de Sorrentino
La ovación en Venecia —larga, merecida— confirma que Sorrentino no necesita reinventarse: basta con seguir explorando con honestidad los miedos más íntimos, envolverlos en imágenes de una consistencia hipnótica y dejarnos, entre la risa y el estremecimiento, frente a la pregunta más radical: qué significa vivir, y cuándo uno está preparado para dejar de hacerlo.
