José Madero conquista el Estadio GNP en el show de su vida
La noche del 24 de enero de 2026 fue la gran velada de la carrera de José Madero ante más de 60 mil almas. El Estadio GNP Seguros, el recinto más grande de la Ciudad de México para conciertos solo superado por el Estadio Azteca, se tiñó de morado y negro, una marea de devotos que respondían al llamado estético de Sarajevo.
Esta elección cromática no era casual, era el más reciente capítulo en una discografía que Madero ha teñido deliberadamente con colores: el rojo de Carmesí, el negro de Noche, el blanco de Alba, el azul de Psalmos y el amarillo de Giallo. Fue la culminación de una trayectoria solista de casi una década y la consolidación de su figura como un pilar fundamental del rock en español contemporáneo.
Este evento fue, sobre todo, un acto de validación. Ante los comentarios escépticos que dudaban de su poder de convocatoria, sus seguidores respondieron con un grito de guerra que resonó en todo el recinto: “¡sí se pudo!”.
Fue la respuesta unánime a años de perseverancia. Lo que siguió fue un viaje de casi cuatro horas a través de la cronología musical y la compleja psique de un artista que, esa noche, demostró estar en su punto más álgido, vulnerable y monumental.

El grito de triunfo: Un inicio entre la euforia y la humildad
Arrancar el concierto más grande de su carrera con “Campeones del mundo” no fue una casualidad, sino una declaración de intenciones. Era la banda sonora perfecta para el momento: un artista conquistando un escenario que pocos se atreven a pisar, respaldado por una legión que lo ha visto crecer desde foros íntimos hasta estadios.
La energía se desató de inmediato con “Baila conmigo” y “Cantar de gesta”, estableciendo un ritmo que no decaería en toda la noche. Sin embargo, en medio de la euforia monumental, Madero se permitió un instante de absoluta humanidad. Al intentar dirigirse al público por primera vez, la emoción lo desbordó, borrando cualquier discurso ensayado.
“Había pensado tantas cosas que decir en este momento, pero no me acuerdo de ninguna… Pero bueno, empecemos con buenas noches, gracias por atender esta cita”, expresó el músico entre aplausos.
Esa confesión, lejos de mostrar debilidad, lo conectó de inmediato con las más de 60 mil personas presentes, humanizando a la figura sobre el escenario. Más tarde, reafirmaría la magnitud del viaje con una frase que encapsuló toda su trayectoria, contrastando sus humildes inicios con la masiva congregación que tenía frente a él.
“Empezamos en un lugar para 200 personas hace casi diez años, y aquí estamos”, dijo y la ovación fue ensordecedora. El músico había llegado a la cima, pero no olvidaba el largo y sinuoso camino recorrido, un camino que inevitablemente lo llevaría a confrontar los ecos de su propio pasado.

Ecos del pasado: La catarsis colectiva de “Narcisista por excelencia”
Un concierto de esta magnitud requería una confrontación directa con el influyente pasado que lo forjó. La inclusión de un tema de Pxndx en el repertorio no fue un simple guiño a la nostalgia, sino un acto simbólico de integración.
Cuando los primeros acordes de “Narcisista por excelencia” resonaron en el estadio, el tiempo pareció detenerse. Las voces se unieron en un coro masivo, una catarsis colectiva que trascendió la simple interpretación para convertirse en un ritual.
Pxndx, la banda formada en 1996, alcanzó un reconocimiento masivo en Latinoamérica, pero su trayectoria no estuvo exenta de polémicas que polarizaron al público. Para toda una generación, escuchar esa canción en este nuevo contexto representó un puente entre la adolescencia y el presente. Fue un acto de cierre y, a la vez, de celebración.
Con este gesto, Madero demostró que su exitoso presente no necesita borrar su pasado, sino que puede coexistir con él, resignificándolo ante una nueva generación y ante aquellos que nunca se fueron.

El corazón mexicano: Cuando el rock se viste de mariachi
Una de las sorpresas más significativas de la noche llegó cuando el rock introspectivo de Madero se fusionó con la tradición musical mexicana. La aparición del Mariachi Juvenil Tecalitlán en el escenario para interpretar “Final ruin” fue un momento que descolocó y emocionó a partes iguales.
Lejos de romper con el tono del concierto, los guitarrones, violines y trompetas añadieron una capa de emoción profunda y melancólica que reafirmó la esencia lírica de la canción.
La elección de “Final ruin” es reveladora. No se trata de un tema extraído de un álbum formal, sino de uno de sus sencillos independientes, parte de un cuerpo de trabajo que Madero ha denominado sus “canciones míseras” y que eventualmente se compilarán.
Esta colaboración demostró no solo su versatilidad, sino una voluntad de experimentar con formatos y desafiar las estructuras tradicionales del álbum, conectando su compleja propuesta lírica con las raíces más profundas de la música popular mexicana.

La pausa del poeta: Intimidad acústica en la inmensidad del estadio
En un recinto de dimensiones colosales, crear un momento de cercanía es un desafío estratégico. Madero lo logró con un bloque acústico que silenció el estruendo para poner el foco en la esencia de su arte: la letra y la melodía. Mientras un telón descendía para preparar el nuevo montaje, el público aprovechó una breve pausa antes de sumergirse en uno de los segmentos más introspectivos del show.
El montaje acústico desnudó temas como “Los de septiembre”, “Noche de baile”, “Lo dorado desvanece” y “Mercedes”. La elección de canciones como “Los de septiembre”, proveniente de Alba —su trabajo “más personal” y una “oda a la nostalgia”—, no fue fortuita.
Este segmento funcionó como un recordatorio poderoso de que, más allá de la producción a gran escala, el núcleo de su propuesta reside en la narrativa. Fue la pausa del poeta, un interludio que honraba la faceta de Madero como escritor —autor de libros autobiográficos, ensayos y hasta novelas de horror infantil— y compositor.

El nudo en la garganta: Un cierre monumental y vulnerable
Tras un falso final, Madero regresó para un encore de diez canciones que mantuvo la energía en su punto más alto, preparando el escenario para el clímax emocional de la noche. La canción elegida para cerrar fue “Soy el diluvio”.
Después de casi cuatro horas de entrega total, la emoción finalmente lo venció. Un nudo se formó en su garganta y necesitó del coro ensordecedor de sus seguidores para poder terminar la canción.
El simbolismo de este momento fue demoledor. Giallo, el álbum al que pertenece “Soy el diluvio”, es una obra conceptual que explora explícitamente las enfermedades mentales y la propia mortalidad.
Esa muestra pública de vulnerabilidad, magnificada por sus recientes confesiones sobre un”quiebre mental”, no fue solo el cierre de un setlist; fue la catarsis pública y en tiempo real de los mismos demonios que Madero había encapsulado en el disco. El concepto de Giallo se hizo carne en el escenario, en la voz rota de un artista que ha transitado por su propia oscuridad para llegar a su noche más luminosa.
A lo largo de su carrera solista, ha forjado una conexión única y ferozmente leal con sus seguidores, quienes lo han acompañado a través de controversias, evoluciones sonoras y confesiones personales.
Madero —abogado, escritor, podcaster y, por encima de todo, músico— ha demostrado que la “música triste”, esas “canciones míseras”, complejas e introspectivas, no es un género de nicho. Al contrario, ha probado que tiene el poder de llenar los recintos más grandes del país, redefiniendo el alcance y el impacto del rock personal y autoral en el panorama musical de habla hispana.

