José Eduardo Castilla y el homenaje al cine de ficheras en Levantamuertos
Chuy parece totalmente acostumbrado a su rutina como embalsamador, a la par que roba dientes de oro y anillos de los cuerpos que atiende. Por su parte, Kevin intentó redimirse de una vida delincuencial por medio del cristianismo, pero su pasado lo alcanzó y terminó asesinado.
Cuando Kevin llega a la morgue, se revela el particular don de Chuy: tiene la capacidad de hablar con los muertos. Se trata del segundo cortometraje de José Eduardo Castilla, Levantamuertos.
A propósito del recorrido festivalero que este año ha emprendido Levantamuertos, el cual lo ha llevado a Rotterdam (en donde ocurrió su premier mundial), Guanajuato (donde obtuvo una mención especial en la competencia de cortometraje mexicano), y ahora en Macabro y Shorts México, compartimos la entrevista con el realizador.
Nos habló acerca de cómo el trabajo de campo en una morgue cambió su perspectiva acerca del tema de la muerte, de la revelación que resultó descubrir el cine de ficheras, así como de la invención del llamado “realismo cumbiero”.

El humor para hablar de la muerte
Quisiera empezar hablando sobre el sentido del humor. Considerando que estás construyendo tu carrera paso a paso, de tu cortometraje anterior, Aguacuario (2023), a Levantamuertos, el tono en este nuevo proyecto es muy relajiento, muy desmadroso, con un toque de humor negro en momentos clave. ¿Cómo fue esa transición en términos de explorar otro tipo de comedia?
Soy muy apasionado por la comedia. Es un género que me encanta, porque creo que no hay nada más poderoso y reflexivo que una risa. Reírte y luego darte cuenta de por qué te estás riendo es algo muy profundo.
Con Aguacuario (su anterior cortometraje) exploré un humor blanco, inocente, pero en Levantamuertos quise irme al extremo opuesto: un humor más oscuro, más irreverente, en un contexto crudo. Sin embargo, no se trataba solo de hacer chistes por hacerlos; quería que los chistes dijeran algo.
El humor en este cortometraje fue una forma de hablar de temas como la muerte, la religión, las paternidades ausentes o lo absurdo de la vida misma.
Fue una exploración que disfruté mucho, porque siento que la comedia te permite conectar con la gente de una manera única. La gente está mucho más dispuesta a soltarse con una comedia y está más abierta a recibir el mensaje, aunque muchas veces se le hace menos al género.
Homenaje al cine de ficheras
¿Por qué crees que a veces se menosprecia a la comedia?
Creo que tiene que ver con una percepción errónea, con la idea de que la comedia no es un género tan válido como otros. Esto viene, en parte, del cine comercial, donde a veces se asocia a la comedia con producciones de fórmula parecidas entre sí. Eso es algo que no me gusta.
Cuando empecé a estudiar cine, me enseñaron a los grandes maestros, que, claro, son increíbles, pero cuando descubrí el cine mexicano de ficheras y el cine serie B estadounidense, fue algo revelador.
Con Levantamuertos quise rescatar su espíritu, rendirles homenaje y darles el valor que merecen. Fue una oportunidad para traer de vuelta ese humor irreverente y la libertad creativa que ese cine tuvo, adaptándolos a mi propia visión, con un toque de cumbia y comedia negra que conecta con nuestra identidad cultural.
Creo que desde el primer minuto, Levantamuertos te mete en el mood.
¡Exacto! Quería que el público lo disfrutara desde el inicio, que saliera contento y que hablara del cortometraje. Mi idea con el cine es hacer películas que aborden temas importantes, pero que también sean una experiencia relajada.
Que alguien pueda llegar un viernes después de chambear, buscando desconectarse, y se encuentre con algo como Levantamuertos, con sus veinte minutos de desmadre y buen humor.

El descubrimiento del embalsamador
¿Dónde nace la idea de un embalsamador que puede hablar con los muertos?
El guión lo empecé a escribir hace más de cuatro años. En el Centro de Capacitación Cinematográfica (CCC) conocí a Víctor Duarte, quien a la postre se convertiría en mi coguionista, y lo rehicimos desde cero.
La idea partió de una noticia que leí acerca de unas vacaciones familiares en las que el abuelo murió y, como era un problema burocrático trasladar el cuerpo del lugar donde estaban vacacionando al lugar donde vivía la familia, esta decidió llevarse el cuerpo por carretera en el coche.
Me pareció una situación tan sui generis que me imaginé un road trip con un cadáver en el auto. De ahí surgió la premisa de un embalsamador que pudiera hablar con los muertos y decidiera ayudar a uno a cumplir su último deseo.
En busca de evitar clichés
Me interesa cómo fuiste escribiendo y desarrollando a tus personajes. Vemos un reencuentro particular, entre Chuy, el embalsamador, y el nuevo cadáver que ha llegado a la morgue donde trabaja, que resulta ser Kevin, un amigo de su juventud. A medida que avanza la historia, entendemos que son personajes que se quedaron atorados en sus circunstancias.
Fue un proceso muy loco. Mientras escribía el guión, hice una investigación de campo con una embalsamadora que se llama Elena Vega.
Cada semana iba con ella, platicábamos mientras trabajaba, y una de las primeras veces que fui, le pregunté: “¿Para ti qué es embalsamar?”.
Existe mucho prejuicio que recae sobre ese oficio, pero ella me dijo: “A mí me encanta mi trabajo, porque ayudo a los muertos a despedirse de la mejor manera posible, preparo sus cuerpos para que sus familias puedan decir adiós y ellos puedan irse tranquilos”.
Esa respuesta adquirió un papel súper importante para el cortometraje. Quise que Chuy redescubriera el valor de su trabajo, el cual hacía solo por hacer. A través de su don de hablar con los muertos, ayuda a que estos se vayan en paz, y eso marca su transformación.
Por otro lado, Kevin es un personaje tragicómico: alguien que intentó cambiar su vida, pero su pasado lo alcanzó. Sin embargo, gracias a Chuy, encuentra una segunda oportunidad después de la muerte, una forma de burlarse de ella.
No quería que los personajes cayeran en estereotipos. Con Kevin, evité presentarlo como el típico villano barriobajero; en cambio, lo doté de un trasfondo religioso, que es la manera en que busca redimirse.
Con Chuy, no deseaba que fuera el embalsamador de las películas de terror. Y en ese sentido, fue agarrar ciertos estereotipos y exagerarlos de forma divertida, jugar con estos, como la idea de que Chuy comiera sopas instantáneas en todas sus escenas, algo que refleja cómo está totalmente acostumbrado a trabajar con cadáveres que ya no le afecta y le perdió el asco.
En general, Levantamuertos buscó darle un giro fresco a los temas de la muerte, los forenses y los cadáveres, evitando los clichés.

Un proyecto con el visto bueno de Everardo González
¿Cómo ocurre tu encuentro con la embalsamadora?
Yo sabía que necesitaba hacer investigación de campo, pero sinceramente me daba mucho miedo. Todo cambió durante un taller en el CCC con Everardo González (el director de películas como La libertad del diablo y Una jauría llamada Ernesto), quien estaba asesorando nuestros cortometrajes de ficción.
Cuando leyó mi guion, lo primero que me dijo fue: “¿Ya fuiste con un embalsamador?”. Yo le respondí: “No, la verdad me he hecho bien güey con eso”. Y él, muy serio, me dijo: “Si para la siguiente vez que nos veamos no has ido, no entras a mi clase”.
Ese fue el empujón que necesitaba. Everardo insistió en que, aunque el tono de la película estuviera dentro del cine fantástico, debía basarse en personas y espacios reales.
Gracias a una amistad en común conocí a Elena. Fue muy sorprendente cómo un cortometraje fantástico se pudo alimentar y enriquecer de experiencias reales.
Por ejemplo, una vez le pregunté a Elena: “¿Te ha pasado que tuviste que embalsamar a alguien que conocías?”. Y ella respondió: “Sí, una vez embalsamé al hijo de una amiga”.
Sus anécdotas fueron claves. Una experiencia que me marcó fue cuando un día Elena estaba lidiando con un cuerpo muy rígido, lo cual le estaba dificultando quitarle la ropa.
Pero de repente, ella comenzó a hablarle, a hacerle “piojito” y a decirle: “Tranquilo, ya vas a descansar”. Fue impresionante ver cómo el cuerpo se destensó y ella pudo trabajar como si nada hubiera pasado.
Otro momento memorable fue cuando llevé a los dos actores, David Illescas y Vitter Leija, a la morgue. En el guión, tenía a Chuy cargando el cuerpo de Kevin como si lo llevara a caballo.
Cuando se lo conté a Elena, me dijo: “Eso es imposible, no se hace así”. Nos enseñó la forma correcta de cargar un cuerpo, y eso se integró a la escena. Empecé a escribir Levantamuertos queriendo explorar la muerte, pero terminé enfrentándola sin filtros.
Fue un proceso intenso, pero lo disfruté mucho. Ahora, al ver el cortometraje, pienso: “No sería lo mismo sin haber hecho este trabajo de campo”. Elena se ganó mi corazón; fue increíblemente generosa y se involucró a fondo, aunque su mundo está muy lejos del cine.
La realidad de las ausencias paternas
Las ausencias paternas son un tema central en Levantamuertos. ¿De dónde surge el interés de querer abordarlo?
Creo que viene de la realidad tan cruda que existe en México y Latinoamérica al respecto; un fenómeno muy cabrón que siento que no se ha abordado lo suficiente.
Afortunadamente, yo crecí con mi papá, pero es algo que ves y escuchas todos los días en historias cercanas.
Cuando Víctor Duarte y yo trabajamos en el guión, nos preguntamos: “¿Cuál sería el último deseo de Kevin? Después de todo lo que hizo en su vida, ¿a qué se aferraría?”, y llegamos a la conclusión de que sería a su hija, a la que nunca atendió ni cuidó.
El güey muere sabiendo que falló como padre, pero encuentra una pequeña redención en esa búsqueda post mortem.
Quisimos invertir el cliché: sentíamos que habíamos visto muchas películas en donde un niño va en búsqueda de su papá, pero pocas veces habíamos visto una película de un papá que hiciera lo mismo para una reconciliación.

Levantamuertos: Un filme con estética de cumbia
El look de Levantamuertos es muy singular. ¿Cómo diseñaron esa estética y de qué manera la consiguieron plasmar?
La cumbia fue el corazón de la estética. La elección de la cumbia como soundtrack del cortometraje partió de la idea de que el género tiene un contraste fascinante: mientras que uno está echando el baile, las letras de las canciones a menudo dicen cosas horribles, historias de traiciones, desamores e incluso crímenes pasionales.
Elegir las rolas fue un proceso largo; tuvimos que negociar licencias y hablar con los músicos porque queríamos que las letras funcionaran como narradoras alternas de la historia.
A raíz de eso, el director de fotografía, Carlos Vega Ardón; el diseñador de producción, Gabriel García Ruíz; el sonidista, Francisco Gómez Guevara, y yo, empezamos a hablar de lo que, medio en broma, llamamos “realismo cumbiero”.
Lo que comenzó como un chiste, en algún momento se convirtió en la base estilística de la película. Buscamos una estética imperfecta, como en una fiesta sonidera: la música suena distorsionada, las bocinas están tronadas, el sonidero interrumpe las rolas con saludos.
Así, tronamos los bajos de las rolas a propósito; no queríamos que se escucharan bien, sino que fuera algo sucio, visceral.
Para la imagen hicimos lo mismo. Filmamos en Súper 16 mm, pero reventamos el grano y abrimos el gate para que se notara el borde del material fílmico. Hubo un día de rodaje en que se nos veló el material por una fuga en la cámara.
Estábamos paniqueados, pero al revisarlo en los Estudios Churubusco, vimos que, aunque estaba dañado, las imágenes, que eran las escenas en el carro, tenían una textura única que encajaba con el feeling del cortometraje.
Como no teníamos presupuesto para volver a filmar, decidimos usarlo, y creo que funciona increíblemente bien. Usamos casi solo luz natural, salvo en la secuencia con Lyn May en el congal, donde metimos algo de iluminación.
El “realismo cumbiero” permeó todo: la morgue de Chuy es como una guarida cumbiera, llena de los anillos y collares que roba de los cadáveres; los sacerdotes usan botas vaqueras y lentes; las niñas llevan alas de ángel.
Queríamos una estética saturada, barroca, kitsch, con capas de sonidos e imágenes, como la propia cumbia. Fue un proceso muy divertido, creando este universo donde todo respira a esa vibra cumbiera.
El arte hecho con colaboración… desde la música
Mencionaste lo complejo y costoso que fue conseguir las licencias de las canciones. ¿Cómo fue el proceso de selección musical?
Tres de las cuatro rolas estaban pensadas desde el guión; eran las que quería desde el inicio. Al mismo tiempo, hice una investigación exhaustiva porque las licencias musicales son carísimas.
Además, resulta cada vez más raro que los músicos tengan los derechos de sus propias canciones. Fue un proceso muy bonito. Contacté al Grupo Soñador (que interpreta “El llanto de los sapos”), un grupo muy representativo de la cumbia poblana.
También a Amantes del Futuro, el proyecto de Immanuel Miranda (del cual se escucha “El Cumbé”), y a Alberto Pedraza, una leyenda de la cumbia (de quien suena “Cumbia de las estrellas”).
Para conseguir las licencias, busqué estrategias de colaboración: por ejemplo, hice un videoclip para Amantes del Futuro y trabajé en la parte visual del concierto de Alberto Pedraza en el Auditorio Nacional el año pasado.
No quería cumbias originales; quería que fueran cumbias que la gente que escucha y está familiarizada con el género, reconociera y dijera: “¡Ah, no mames, sale esta rola!”. Para los créditos finales, originalmente quería “Cumbia Satanás”, pero los derechos los tiene Warner y era imposible adquirirlos.
En esa búsqueda, descubrí a Radio Malilla, una banda de Ciudad Juárez que hace cumbia norteña rebajada (que participa con “Sirenita”). Los contacté, nos hicimos compas, me compartieron la rola, fui a Ciudad Juárez a hacerles un video y así nació una colaboración muy especial.
Creo que el arte debería ser así: basado en alianzas y colaboraciones. Cuando no hay recursos, la colaboración es la clave para hacer las cosas realidad.

Levantamuertos: De Milpa Alta para el mundo
Donde ocurre la historia es un espacio indefinido, una suerte de limbo, que hace sentido con la idea de un personaje que coincide con vivos y muertos, que transita entre dos universos. ¿Dónde se filmó Levantamuertos?
Se filmó en Milpa Alta. Yo soy originario de Puebla, y algo que me había propuesto desde que empecé a hacer cine fue filmar fuera de la Ciudad de México, pensando en la descentralización y encontrar otros espacios.
Aguacuario lo hice en Coatzacoalcos, Veracruz, e inicialmente quería filmar Levantamuertos en Guanajuato, pero por cuestiones de producción no fue posible.
Me resistía a hacerlo en la Ciudad de México, pero entonces un amigo me llevó a explorar Milpa Alta, y descubrí que la Ciudad de México se conforma de muchas ciudades. Milpa Alta es como una ciudad aparte, distinta al centro o a las colonias más conocidas.
Un ejemplo claro es la iglesia que aparece en el cortometraje. Buscábamos locaciones, íbamos por unas calles oscuras, y de repente apareció esa iglesia en medio de la nada, como un oasis.
Mientras los personajes hacían su viaje en la historia, nosotros también lo hacíamos, redescubriendo otra cara de la ciudad.
Historia de un elenco con talento
¿Cómo fue el proceso de conformación del elenco de Levantamuertos?
Me encanta contarlo. El primero en unirse fue Vitter Leija, para el papel de Kevin. Yo había visto su trabajo en Instagram, me gustó y lo contacté. Vitter es un actor excepcional, pero siempre está luchando contra los castings que lo encasillan en los mismos papeles.
Cuando leyó el guión, le gustó mucho y recuerdo que me dijo: “Güey, nunca me habían ofrecido un personaje como este, un tipo arrepentido que quiere volverse misionero”.
Entonces, desde el inicio, nos sentimos muy bien colaborando y tuvimos un proceso de trabajo súper chido.
Para el personaje de Chuy, me estaba costando encontrar al actor idóneo, hasta que un día, platicando con Kristyan Ferrer (el actor de películas como Las horas muertas y Guten tag, Ramón), quien es amigo mío, le dije: “Necesito a alguien con un timing cómico muy cabrón”, y él me respondió: “¿Topas a David Illescas? Es súper cagado. Neta, no te puedo explicar cuánto”.
Yo solo lo conocía por Sin señas particulares, en un papel muy serio, pero cuando lo conocí, descubrí que, en efecto, es increíblemente gracioso y, al mismo tiempo, muy dulce. Los personajes de Chuy y Kevin se transformaron muchísimo con Vitter y David.
Para el personaje de Cleopatra, una vedette venida a menos que baila en un congal en medio de la carretera, quería una actriz mayor. Pero me daba pena proponerle un personaje como ese a alguna actriz de mayor edad.
Mis productoras, Magnolia Orozco y Claudia Garcés, sugirieron: “¿Y si buscamos a Lyn May?”, y yo les respondí: “Estaría increíble, pero obviamente eso no va a suceder”, porque es una mujer muy ocupada y porque el presupuesto era muy reducido.
Sin embargo, ellas confirmaron aquella teoría de los seis grados de separación, de que todos estamos a seis grados de distancia de una persona y en una semana tenían su WhatsApp.
Le escribí, me contestó súper buena onda y le caí a su gimnasio. Le conté que era una comedia negra con cumbia, que su personaje bailaba, y me dijo: “Eso es todo lo que me gusta”.
También le mencioné que una de nuestras referencias más importantes era Tívoli (Alberto Isaac, 1974) y el cine de ficheras. Le dije: “Literalmente lo que estamos tratando de hacer es un revival de ese cine”.
Eso la entusiasmó aún más y aceptó participar. Lyn May fue increíblemente generosa, profesional y muy honesta desde el inicio; decía cuando algo no le encantaba.
Durante el rodaje de la escena donde ella aparece, de repente hizo un split y todos reaccionamos: “¡Ah, cabrón!”. Pero algo curioso es que ella le empezó a bailar a la cámara, lo cual no estaba planeado.
Me acuerdo de que el continuista me señaló ese detalle y me preguntó si no quería cortar. Yo le respondí: “¡No! ¡Es Lyn May! Que le baile al espectador. ¡Está increíble!”. Fue un momento mágico que capturó la esencia del personaje y del proyecto.
