‘Fue sólo un accidente’ de Jafar Panahi: El máximo triunfo del cine de guerrillas que pregunta ¿justicia o venganza?
Casi al final del rodaje, en pleno periodo electoral en Irán, las sirenas rompieron la noche. El equipo de filmación se paralizó. En la clandestinidad, cada día era una apuesta y cada escena, un acto de insurrección.
El susurro de las órdenes se mezclaba con el embalaje apresurado del equipo, mientras el sonido de un coche lejano bastaba para helar la sangre. Rodaban a una velocidad vertiginosa, con grupos reducidos para pasar desapercibidos, sabiendo que en cualquier momento podían perderlo todo.
Cuando los agentes de policía llegaron, el miedo se apoderó del set. Sin embargo, en una ironía digna de una tragicomedia de Jafar Panahi, fue la propia burocracia política la que les abrió una vía de escape.
Temerosos de la “mala prensa”, los oficiales, tras amenazar al elenco y al equipo, los dejaron ir, ignorando que la película ya estaba prácticamente terminada.
Este nivel de audacia y la capacidad de convertir el peligro en oportunidad no solo definieron la creación de Fue sólo un accidente, sino que culminaron en un regreso triunfal y una victoria histórica en el escenario más importante del cine mundial.

El regreso del exiliado: 15 años de ausencia en la Croisette
El Festival de Cannes es una plataforma geopolítica donde el arte se convierte en una declaración. Por eso, el regreso de Jafar Panahi a la Croisette, después de que una prohibición de 15 años le impidiera salir de Irán, fue mucho más que un estreno.
Era la encarnación física de la resistencia. Cuando las luces del Gran Teatro Lumière se atenuaron para la premier, la atmósfera era emocionante y de incertidumbre.
Su presencia allí era una extensión del coraje del movimiento “Mujer, Vida, Libertad” que sacudía las calles de Teherán; las actrices de su película, presentes en la sala sin el velo obligatorio, eran el reflejo de esa misma valentía. El propio Panahi lo describió como un renacimiento.
“Hacía 15 años que no podía ver una película mía con el público… Es como la primera vez otra vez… fue extremadamente conmovedor… vi a mis actores (en el público) llorando. Eso fue muy especial”, dijo en entrevista con Film Comment.
Este momento fue una victoria simbólica, no sólo para el cineasta, sino para todos los artistas que crean bajo la sombra de regímenes represivos.
Su capacidad para plantarse en ese escenario y la decisión de sus actrices de mostrarse sin velo eran dos caras de la misma moneda de desafío.
La ovación de casi ocho minutos que recibió no era solo para la película, sino para el hombre que se negó a ser silenciado. Y la película misma era el vehículo de ese desafío, una historia compleja que reflejaba la nación que se vio obligado a burlar para poder contarla.

La anatomía de un “Accidente”: Justicia y venganza en la carretera
Lejos de ser un thriller convencional, Fue sólo un accidente es una potente tragicomedia moral que explora las cicatrices psicológicas que deja la represión en una sociedad.
La película se desenreda a partir de un suceso aparentemente trivial que detona una crisis existencial y un profundo debate sobre la naturaleza de la justicia.
La trama arranca en una carretera nocturna, donde una familia atropella y mata a un perro. Cuando un mecánico acude en su ayuda, reconoce al padre de familia: no es un hombre cualquiera, sino Valal Patapalo, un temido torturador del régimen al que identifica por su cojera característica.
Impulsivamente, el mecánico lo secuestra y lo encierra en el maletero. Sin embargo, la duda lo corroe. ¿Y si se ha equivocado? Para confirmar la identidad del hombre, reúne a otras víctimas —una fotógrafa de bodas, un médico y una pareja de novios— en un viaje improvisado que se convierte en un juicio moral sobre ruedas.
A medida que el grupo debate qué hacer con su prisionero, el guión expone brillantemente las contradicciones de sus almas heridas. El impulso inicial de venganza choca con el miedo a convertirse en lo mismo que sus verdugos.
“No busco ajustar cuentas con nadie”
Los diálogos, atropellados y llenos de dolor, plantean preguntas universales: ¿Dónde termina la justicia y empieza la venganza? La película no ofrece respuestas fáciles, obligando al espectador a confrontar la fragilidad de la moralidad cuando se enfrenta al trauma.
La intención del director, sin embargo, es clara y mira hacia adelante: “No estoy buscando en la película el perdón o la venganza o ajustar cuentas con nadie. Yo busco el futuro, si vamos a seguir viviendo en esa rueda de violencia y venganza o no”, expresó en el podcast El Cine en la SER.
Esta pregunta no es sólo filosófica; es el desafío definitorio para la nueva generación de iraníes que luchan por un futuro libre del ciclo de violencia del régimen. Esta complejidad moral, además, es un reflejo directo de los peligros y las improvisaciones que marcaron la propia creación de la película.

Filmar en las sombras: Las historias detrás de la película
Para Jafar Panahi, el acto de filmar es, en sí mismo, una narrativa de resistencia. Las circunstancias de la producción de Fue sólo un accidente son tan fascinantes como la propia película, revelando un método de trabajo forjado en la adversidad y el ingenio.
Tácticas de guerrilla cinematográfica
En Irán, obtener un permiso de rodaje implica someter el guión a la censura del régimen, un proceso que Panahi se negó a aceptar. En su lugar, adoptó un enfoque de guerrilla, una estrategia que ha perfeccionado a lo largo de los años para eludir la vigilancia estatal.
“Para poder rodar tienen que leer el guión y darte el permiso… Nosotros no estábamos dispuestos a eso, así que hemos trabajado haciendo grupos muy pequeños, rodando a toda velocidad para evitar que nos vean”, dijo.
Esta metodología no solo es una necesidad práctica, sino una declaración de principios: la afirmación de que la creatividad no puede ser rehén de la burocracia ni de la ideología.
El impacto de “Mujer, vida, libertad”
La película fue profundamente influenciada por el movimiento “Mujer, Vida, Libertad”, que transformó el panorama social iraní. Panahi entendió que no podía ignorar esta nueva realidad, especialmente la valiente decisión de muchas mujeres de desafiar la ley del hiyab obligatorio.
Este cambio se integró orgánicamente en la película, convirtiéndose en un acto de solidaridad y realismo cinematográfico.
“La historia de la República Islámica se había convertido en un antes y un después de ese movimiento. Cuando terminé el guión les dije (a las actrices): ‘Piénsenlo 24 horas y luego díganme si quieren estar en esta película o no’”, dijo.
“Todas aceptaron con total satisfacción… no podíamos no retratar esto y mostrar a todas con hiyab”, expresó en la presentación de la película en el Lincoln Center.
La participación de las actrices sin velo no fue solo una elección estética, sino un acto político que alineaba la ficción de la película con la lucha real que se libraba en las calles.

La búsqueda de la autenticidad en la escena clave
El compromiso de Panahi con la verdad emocional se evidencia en su meticulosa preparación para la escena final de la película, un tour de force de 18 minutos y medio. Para construir la compleja psicología del personaje del torturador, el director sintió que necesitaba una perspectiva auténtica.
Buscó la ayuda de un amigo que había pasado una cuarta parte de su vida en prisión. Este ex-presidiario le ayudó a entender el comportamiento de los interrogadores: cuándo debían mostrar poder, cuándo debían humillar y cuándo debían derrumbarse.
Este nivel de detalle revela un proceso creativo que va más allá de la simple dirección, adentrándose en las profundidades de la experiencia humana bajo opresión.
Estas anécdotas de producción no son meras curiosidades; son la encarnación de una filosofía de vida y arte forjada a través de décadas de persecución, donde cada fotograma es una victoria.
Una vida de resistencia: El cine como herramienta de supervivencia
Para entender la magnitud de Fue sólo un accidente, es crucial comprender el camino que Jafar Panahi ha recorrido. Su carrera no es solo una filmografía, sino una crónica de desobediencia artística.
En 2010, el régimen iraní intentó silenciarlo definitivamente con una condena brutal: seis años de cárcel y una prohibición de veinte años para hacer cine, escribir guiones, dar entrevistas o salir del país.
La sentencia estaba diseñada para aniquilarlo creativamente, pero Panahi respondió de la única manera que sabía: filmando.
Su arresto no marcó el final, sino el comienzo de la fase más radicalmente ingeniosa de su carrera. Desde el confinamiento, transformó sus limitaciones en un nuevo lenguaje cinematográfico.

Esto no es una película (2011)
Desafiando la prohibición, filmó un “no-filme” durante su arresto domiciliario, explorando su incapacidad para crear y sacando la película del país en una memoria USB escondida dentro de un pastel.
Taxi (2015)
Se convirtió en taxista en Teherán, montando una cámara en el salpicadero para capturar conversaciones con pasajeros que representaban un microcosmos de la sociedad iraní. La película ganó el Oso de Oro en el Festival de Berlín.
No bears (2022)
Dirigiendo una película a distancia desde un pueblo fronterizo, Panahi exploró la paranoia y las fronteras (físicas y morales). Ganó el Premio Especial del Jurado en Venecia.
A pesar de ser aclamado internacionalmente como un ícono del coraje, Panahi siempre ha rechazado esa etiqueta con humildad, insistiendo en que su trabajo es simplemente una extensión de la resistencia cotidiana de su pueblo.
“No soy tan valiente. Solo estoy haciendo mi trabajo… Me siento un poco avergonzado cuando esto se ve como coraje. Siento que no es justo para esas personas, o las mujeres jóvenes que salen a las calles y luchan… ellas son mucho más valientes que yo”, dijo a Film Comment.
La Palma de Oro no fue meramente un premio; fue la estruendosa respuesta del mundo a veinte años de censura, una corona para una carrera forjada en el coraje.

La Palma de Oro: Una corona para una carrera de coraje
La Palma de Oro es, sin lugar a dudas, el premio más prestigioso de la industria cinematográfica. Para Jafar Panahi, representó la culminación de una carrera marcada tanto por la brillantez artística como por una inquebrantable integridad.
Pero incluso en el momento de su mayor triunfo, las fuerzas que intentaron silenciarlo parecieron manifestarse.
En la noche de clausura, un breve apagón, que algunos sospecharon fue un acto de sabotaje localizado, sumió el Palais des Festivals en la oscuridad durante varios minutos. Por un instante, la tensión política que rodeaba su victoria se hizo física, un intento literal de apagar los focos en su hora de gloria.
Sin embargo, la luz regresó, y con ella, la historia. Con este galardón, Panahi se unió a un club de élite de solo cuatro directores en la historia que han ganado los máximos honores en los tres principales festivales de cine europeos: la Palma de Oro en Cannes, el Oso de Oro en Berlín y el León de Oro en Venecia.
Los otros tres gigantes del cine que comparten esta distinción son Michelangelo Antonioni, Robert Altman y Henri-Georges Clouzot.
La reacción a su victoria fue inmediata y global. Un comunicado conjunto firmado por 135 activistas celebró a Panahi como “un símbolo de integridad artística y defensa de los derechos humanos”.
El premio a Fue sólo un accidente fue interpretado universalmente no sólo como un reconocimiento cinematográfico, sino como una contundente declaración política en apoyo a los artistas que arriesgan todo para contar la verdad.
La pregunta que queda en el aire
La historia de Fue sólo un accidente es la de un triunfo improbable: la de una película nacida en secreto, bajo la amenaza constante de la censura, que viajó desde las sombras de Irán hasta la cima del cine mundial.
La audacia de su rodaje, la profundidad moral de su narrativa y el significado histórico de su victoria en Cannes componen un relato extraordinario sobre el poder del arte frente a la opresión.
Al final, sin embargo, el reportaje nos devuelve a la pregunta fundamental que el propio Jafar Panahi deja flotando en la mente del espectador. Más allá de los premios y los titulares, su película es una meditación sobre el futuro.
En las sociedades marcadas por la violencia, como la iraní, ¿es posible romper el ciclo interminable del odio? ¿Continuará la rueda de la venganza girando sin cesar, o podrá la humanidad, algún día, encontrar otro camino?
La pregunta queda abierta, resonando con una urgencia que trasciende la pantalla, un desafío que nos interpela a todos.
Fue sólo un accidente llegó este fin de semana a las salas mexicanas, luego de haberse visto en el Festival Internacional de Cine de Morelia (FICM).

One Comment