‘Frankenstein’ y la belleza de vivir roto: La redención según Guillermo del Toro
“Curioso como uno termina siendo el héroe y villano de su propia película”. Esta fue una de las poderosas frases que leyó Daniela Michel, directora del Festival Internacional de Cine de Morelia (FICM) la noche del pasado miércoles, en nombre de Guillermo del Toro previo a la premiere latinoamericana de su más reciente filme: Frankenstein.
La atmósfera en el Teatro Mariano Matamoros de Morelia era eléctrica, cargada con la anticipación que solo puede generar el estreno latinoamericano de la obra más personal de un maestro.
Las emotivas palabras de Guillermo del Toro
El FICM era el escenario, y Frankenstein, el proyecto de una vida para Guillermo del Toro, estaba a punto de proyectarse. El director no estaba físicamente presente, pero su voz, canalizada a través de una emotiva carta leída por Daniela Michel, directora del festival, resonó con una fuerza abrumadora.

Esta es la nota íntegra:
Donde estamos y quienes somos cambia conforme la vida nos esculpe a golpes y Dios dicta la forma. Cuando era niño y muy católico pensé contar la historia de Dios padre y Dios hijo unidos por la investigación del dolor y la muerte en ese último momento de duda en la cruz pero a través de Frankenstein.
Pensé en hablar de lo extraño que es ser hijo de un hombre que es difícil de descifrar, pero con el tiempo aún cuando me comportaba como hijo me volví padre yo también y a pesar de evitarlo por décadas descubrí a mi padre en el espejo cuando cumplí 42 años
Tuve que parar el ciclo del dolor antes de pasarlo a mis hijas y decidí que las dos más poderosas herramientas eran el perdón y la aceptación. Todo esto está en Frankenstein.
Curioso como uno termina siendo el héroe y villano de su propia película. Pero también cómo la redención nunca llega tarde sólo llega cuando tiene que llegar. Mil abrazos a todos.
Aquella no era una simple nota de agradecimiento; era una confesión, un mapa para navegar la película que estábamos por ver, y la clave para descifrar el tipo de autorretrato que Del Toro ha pintado con esta obra: ¿es una expiación, un exorcismo de sus fantasmas familiares o un tratado de paz con su propio pasado?
La frase con la que abrió su mensaje se convirtió en el eje de la noche y de este ensayo: “Dónde estamos y quiénes somos cambia conforme la vida nos esculpe a golpes y Dios dicta la forma”. Para entender esta versión del mito, una que se ha gestado por décadas, primero hay que comprender el viaje personal de su creador.

Génesis de una obsesión: “Ese soy yo”
Las obsesiones infantiles son la materia prima con la que los grandes artistas moldean sus universos.
En el caso de Guillermo del Toro, Frankenstein no es una obsesión más; es la piedra fundacional de su cosmogonía, el eco primigenio que resuena en toda su filmografía, desde los parias de El espinazo del diablo hasta las criaturas incomprendidas de La forma del agua.
Su vínculo con el mito fue temprano y absoluto. A los siete años, al ver la película de Boris Karloff de 1931, experimentó lo que describe como una epifanía similar a la de “San Pablo en el camino a Damasco”, una “transferencia de alma inmediata y absoluta”.
Fue en ese momento de revelación, frente a la pantalla, que Del Toro pronunció las palabras que definirían su carrera: “Dije: Ese soy yo”. En la criatura rechazada por su propio creador, el joven Guillermo encontró un símbolo del “perdón por ser imperfecto”.
La novela de Mary Shelley se convirtió en su “biblia”, el “libro adolescente por excelencia” que encapsulaba el sentimiento universal de aislamiento. Esta fascinación nunca lo abandonó, transformándose en la culminación de un largo aprendizaje. En sus propias palabras, es la película para la que ha estado “entrenando durante 30 años”.

El proceso creativo: Un concierto de vida, no un relámpago
La visión de Del Toro para Frankenstein siempre fue trascender los clichés del terror gótico para construir algo artesanal. Su rechazo a lo digital es el testimonio de un cineasta que entiende que “hacer películas no es una dictadura. No es una negociación de rehenes con la realidad”.
Es un proceso orgánico y colaborativo, llevado a cabo por un equipo de artesanos de confianza como el cinefotógrafo Dan Laustsen y la diseñadora de producción Tamara Deverell.
Esta filosofía se manifiesta en la reinvención del momento de la creación. Del Toro evita las “tormentas eléctricas y las sombras angulosas”, concibiendo el nacimiento de la criatura como un acto de alegría frenética, un concierto de vida.
“Es como si estuvieras viendo a Leonard Bernstein dirigir una orquesta”, explica. Este enfoque se extiende a su Victor Frankenstein (Oscar Isaac), no como el científico loco tradicional, sino como un artista y una estrella de rock rebelde.

Prince, una inspiración poco esperada en Frankenstein
Para capturar su dominio escénico, Isaac se inspiró en una fuente inesperada: un ensayo de Prince llegando al Super Bowl, irradiando un control magnético sobre su entorno.
La concepción visual de la criatura (Jacob Elordi) sigue esta línea de innovación. No hay puntos de sutura visibles; el objetivo era darle “la pureza o la translucidez de un alma recién nacida”.
Inspirado en estatuas de alabastro y la escultura de San Bartolomé desollado, el equipo creó una paleta de colores etérea. Esta pureza inicial, una tabula rasa sin cicatrices, hace que su eventual sufrimiento sea aún más trágico.
Su apariencia, además, evoluciona a lo largo del filme, rindiendo homenaje a las icónicas ilustraciones de Bernie Wrightson. Sobre esta base de artesanía visceral y reinvención conceptual, Del Toro erige el andamiaje de su verdadera catedral: una exploración del dolor que se hereda como una deuda de sangre.

El Padre, el Hijo y el ciclo del dolor
El verdadero corazón del Frankenstein de Del Toro late en las revelaciones de su carta, donde la historia del monstruo y su creador se transforma en la de un padre y un hijo.
El cineasta narra cómo su percepción del relato evolucionó con su propia vida; primero la vio como una historia de “Dios Padre y Dios Hijo”, luego como la de “ser hijo de un hombre difícil de descifrar”, hasta la epifanía que redefinió el proyecto al cumplir 42 años: “descubrí a mi padre en el espejo”.
En ese reflejo, Del Toro no solo vio a su progenitor, sino a sí mismo como padre. Con esa revelación, surgió un imperativo que se convertiría en el núcleo temático del filme: “Tuve que parar el ciclo del dolor antes de pasarlo a mis hijas”.

La filosofía en las entrañas de Frankenstein
Este mandato personal transforma la película en una profunda exploración del “trauma generacional y el abuso”.
Oscar Isaac confirmó esta lectura al relatar que su primera conversación con Del Toro fue sobre sus padres, y que el director le pidió leer la novela de Shelley junto al Tao Te Ching.
La elección de este texto filosófico es reveladora: propone un camino de equilibrio y aceptación del flujo natural del universo, un contraste absoluto con la arrogancia prometeica de Victor, quien busca doblegar la vida y la muerte a su voluntad.
En esencia, este Frankenstein es la historia de un hijo traumatizado que, al intentar jugar a ser Dios, engendra a su propio hijo traumatizado, enfrentándose finalmente al espejo de sus errores heredados.

La redención que “Nunca llega tarde”
Tras establecer el conflicto del dolor generacional, la narrativa de Del Toro no se regocija en la tragedia, sino que busca activamente una salida. En su carta, revela las claves de su visión, especialmente necesarias en una época que él describe como polarizada, donde “no hay oxígeno para la humanidad”.
Para él, “las dos más poderosas herramientas eran el perdón y la aceptación”. Estos dos conceptos son el antídoto que propone contra un mundo que exige perfección y castiga la falla.
Para Del Toro, los monstruos siempre han sido “santos patrones de la imperfección”, figuras que nos permiten aceptar nuestro lado oscuro y encontrar paz en nuestra dualidad. Su cine es una apología de lo imperfecto, una invitación a vivir “roto”.
Esta filosofía culmina en la poderosa reflexión final de su mensaje, donde encapsula el viaje de sus personajes y el suyo propio. Es “curioso cómo termina uno siendo el héroe y el villano de su propia película”, escribe, “pero también cómo la redención nunca llega tarde… solo llega, cuando tiene que llegar”.
La película, por tanto, no busca ofrecer respuestas fáciles, sino plantear una meditación sobre la difícil pero necesaria aceptación de nuestra propia y compleja humanidad.

El peregrinaje del monstruo: De Venecia a casa
El viaje de Frankenstein por el circuito internacional ha sido un preludio triunfal a su esperado regreso a México. Su estreno en el Festival de Venecia fue recibido con una ovación de 13 minutos, consolidando de inmediato su estatus como una obra cinematográfica mayor, un sentimiento que se replicó en el Festival de Toronto.
Pero es su llegada a México la que marca el clímax de este recorrido. Primero, a través de su estreno latinoamericano en Morelia, el lugar donde se compartió la emotiva carta que desvela su alma.
Ahora, el peregrinaje culminará en la Ciudad de México el próximo 3 de noviembre. Guillermo del Toro, junto a los protagonistas Oscar Isaac y Jacob Elordi, estará en la capital para una alfombra roja, un evento que subraya la importancia de este regreso a casa.
Este viaje físico de la película, desde los canales de Venecia hasta el corazón de México, refleja el viaje emocional de su director: una obra concebida en la más profunda intimidad que ahora se comparte con el mundo y, de manera especial, con su gente.

Frankenstein: La belleza de vivir roto
Frankenstein de Guillermo del Toro es, en definitiva, mucho más que una película de monstruos. Es un autorretrato dolorosamente honesto, un ensayo cinematográfico sobre la herencia familiar y una apasionada defensa de la imperfección.
Al final, el director utiliza el mito gótico para explorar una verdad universal: la búsqueda desesperada de amor y aceptación en un mundo que a menudo nos rechaza por ser diferentes.
Este autorretrato no es una imagen estática, sino un exorcismo en movimiento, un acto de reconciliación con las figuras paternas y con el propio reflejo en el espejo.
Al fusionar su biografía con la de la criatura de Shelley, Del Toro nos recuerda que todos somos creaciones hechas de retazos: de los errores de nuestros padres, de nuestros anhelos y de las cicatrices que la vida nos inflige.
Su mensaje no es de desesperanza, sino de una compleja aceptación. Nos invita a vivir “rotos”, a encontrar la belleza en nuestras propias grietas y a entender que la redención no consiste en ser reparado, sino en aprender a vivir con la plenitud de nuestras partes imperfectas.

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