‘Domingo familiar’ impulsa la presencia mexicana en España: así se vivió su paso por el Aguilar Film Festival 2025
En un pueblo del norte de España conocido por sus galletas más que por el cine, México terminó ocupando el primer plano. El Aguilar Film Festival (AFF), celebrado del 28 de noviembre al 7 de diciembre, abrió su programación latinoamericana con Domingo Familiar, el primer cortometraje oficial de Gerardo del Razo, una obra que ha sorprendido al público europeo por la crudeza con que aborda una violencia que, en México, se ha vuelto parte del paisaje urbano.
Del Razo cuenta que, aunque ya trabaja en su siguiente proyecto, este es su debut formal: “Domingo Familiar es oficialmente mi primer cortometraje”, dice, casi con la misma mezcla de orgullo y vértigo con la que uno se lanza al vacío, en entrevista con Clímax en Medio.
La violencia mexicana explicada desde dentro
La obra incomodó a más de un espectador español. No por la escena en sí —que ya es dura— sino por el contexto que el director explicó después. Mientras la audiencia intentaba entender si la escena representada era exageración, él les aclaraba que no: que la extorsión urbana es “uno de los delitos más comunes y menos castigados” en México, y que lo que ocurre en el corto es, de hecho, una versión suavizada de lo que sucede los domingos en muchas colonias.
No lo dice con dramatismo, sino con honestidad: la película “no refleja la realidad”, asegura; “la realidad es bastante peor”. Cuando la gente en Aguilar se sorprende por el final, él responde que, en México, ese tipo de linchamientos improvisados “son más comunes de lo que imaginan… y también más brutales”.

Del hiperrealismo a las limitaciones que se vuelven estilo
Detrás del corto hay una investigación silenciosa que no todos notan a primera vista. Gerardo pasó semanas revisando videos de cámaras de seguridad: lo hizo para capturar gestos, ritmos, reacciones, la manera en que un conflicto estalla sin previo aviso. Quería un tono hiperrealista, y para lograrlo tuvo que ceñirse a los recursos que tenía.
Y ahí llegó la decisión del plano secuencia. No solo era un riesgo creativo: era lo que podía hacer. “Me gasté todo mi dinero en ese corto”, comenta entre risas, recordando que hace poco tenía “literalmente 10 pesos”.
La falta de presupuesto lo obligó a apostar por una sola toma: no había margen para repetir. Ese límite, dice, lo empujó a ser más ingenioso. Para él, “la creatividad existe en los límites”, y este corto se volvió el ejemplo más claro.
Un edificio como personaje y los vecinos como coprotagonistas
Algo que llamó mucho la atención en España es la participación de vecinos reales en la filmación. El edificio donde ocurre todo no solo es locación: para del Razo, se convirtió en el protagonista real. El elenco mezcla actores con habitantes de la misma colonia, muchos de ellos con experiencias de violencia que les permitió comprender el tono de inmediato.
La secuencia final, que transcurre en un flujo violento de movimiento y tensión, se ensayó durante un mes con actores, stunts y vecinos. El día del rodaje solo hubo seis intentos. La luz duraba lo justo, y si no salía, no salía. “Era como jugar a las cartas”, recuerda. Todo el equipo estaba a cincuenta metros, siguiendo la acción desde una grúa y un lente zoom, confiando en que la coreografía no se rompiera.

Un estilo que desconcierta —y eso es parte del punto
Uno de los comentarios más frecuentes en Aguilar es que, durante los primeros minutos, algunos espectadores creen estar viendo un documental. Gerardo lo toma como un cumplido: el efecto de confusión forma parte del diseño. Para potenciarlo, redujo el diálogo al mínimo, incluso sacrificando claridad sonora para reforzar esa sensación de ver algo capturado al vuelo, sin preparación ni filtro.
También quiso romper con la forma convencional del plano secuencia. Nada de seguir al personaje por la espalda, nada de convertir la cámara en un personaje más. Prefirió una distancia inquietante, casi fría, como si la cámara fuese un vecino más mirando desde la ventana.
Un cine mexicano que dialoga con España
A pesar de ser un festival pequeño, el AFF ha ganado una identidad muy clara: privilegia la búsqueda, el riesgo, las narrativas que no temen desviarse del camino. Para del Razo, eso explica por qué Domingo familiar encajó tan bien. Considera que Aguilar está sintonizado con la manera de hacer cine que a él le interesa: la experimentación que nace desde adentro de la historia y no desde un artificio externo.
España, dice, vive un momento brillante para el cine, y Aguilar es un ejemplo de esa vitalidad. Y aunque este año Colombia dominó con diez cortometrajes, México fue quien abrió la conversación, quien puso el tema más incómodo sobre la mesa.

Latinoamérica en un pueblo de 7 mil habitantes
A México y Colombia se sumaron la República Dominicana, Brasil y Paraguay. En las calles del pueblo se escuchaban acentos caribeños, andinos y chilangos, mientras 4,500 niños asistían a funciones especiales, pacientes de oncología veían cine desde el hospital, y los visitantes aceptaban —sin protestar— la tradición local de repartir galletas gratis.
La edición 2025 también marca la despedida del director Jorge Sanz, quien deja el festival más joven, más latino y más experimental que nunca.
México, sin buscarlo, terminó marcando el tono
En un mapa latinoamericano que suele mirar hacia La Habana, Buenos Aires o Ciudad de México, este año el punto de referencia estuvo en Aguilar de Campoo.
Y fue un cortometraje mexicano, filmado en un edificio común, con vecinos comunes, sobre una violencia demasiado común, el que abrió esa conversación.
Texto de David Sánchez desde Aguilar de Campoo (España).
