‘Dollhouse: Muñeca maldita’: El verdadero terror es el luto
En el panorama del cine de terror contemporáneo, saturado de fórmulas predecibles, Dollhouse: Muñeca maldita emerge como un bienvenido retorno a las raíces del horror japonés (J-Horror).
La película hereda el ADN de títulos seminales como Ringu y Ju-On, donde el miedo no surge del sobresalto, sino de una atmósfera densa que contamina lo cotidiano.
Sin embargo, en lugar de ofrecer un simple cuento de objetos poseídos, la cinta se revela como una exploración mucho más profunda y dolorosa sobre el duelo, la maternidad fracturada y el trauma familiar. Es un relato donde la verdadera amenaza no es una entidad sobrenatural, sino la incapacidad de aceptar la pérdida.
El resultado es un esfuerzo notable pero marcadamente desigual; una película de dos mitades que funciona como una tragedia en dos actos. Inicia con la sólida promesa de un terror psicológico impactante, anclado en un drama doméstico devastador.
No obstante, decae en un segundo acto letárgico que pone a prueba la paciencia del espectador, para finalmente recuperar parte de su fuerza en un clímax con virtudes innegables.
Esta estructura irregular encuentra su explicación, en gran medida, en la sorpresiva incursión de su director en un género completamente ajeno a su trayectoria.

La incursión inesperada: Shinobu Yaguchi abandona la comedia
Para comprender las fortalezas y debilidades de Dollhouse, es imprescindible analizar la filmografía de su director, Shinobu Yaguchi.
En Japón, Yaguchi es considerado un “rey de las ‘feel good movies’”, un cineasta cuya obra se ha especializado en historias optimistas y comedias inspiradoras.
Títulos como Waterboys (2001), Swing Girls (2004) y Survival Family (2016) lo consolidaron como un maestro de narrativas humanistas.
Su decisión de dirigir un thriller psicológico fue, por tanto, una elección atípica y arriesgada, pero es precisamente su experiencia en el drama cotidiano lo que dota a la película de su principal virtud: un terror anclado en una devastadora realidad doméstica.
Consciente de que su reputación podría jugar en su contra, Yaguchi tomó una decisión reveladora: lanzó la película en Japón bajo un pseudónimo.
Este acto no fue un capricho, sino una declaración de intenciones, un esfuerzo deliberado por ser tomado en serio dentro del género de terror y demostrar su compromiso con un proyecto que requería una sensibilidad radicalmente distinta a la de sus trabajos previos.
Esta entrega y la frescura de su mirada son, precisamente, las que dotan al primer acto de la película de una potencia inusitada.
Acto I: La sólida promesa de un horror psicológico
El primer acto de Dollhouse cumple con creces las expectativas del J-Horror más atmosférico.
La película abre con un prólogo impactante: Yoshie Suzuki (Masami Nagasawa) debe salir un momento a unas compras, dejando a su pequeña hija, Mei, jugando a las escondidas en casa. Al regresar, la encuentra sin vida dentro de la lavadora.
Yaguchi filma esta tragedia no como un mero susto, sino como el detonador de un drama doméstico que consume a la familia. En este sentido, la cinta se alinea temáticamente con exploraciones sobre el duelo como The Babadook, donde el horror es una alegoría del dolor no procesado.
Es aquí donde el trasfondo de Yaguchi se convierte en un activo. Junto a su director de fotografía, Fūta Takagi, construye un terror que se desarrolla a plena luz del día, bajo un estilo naturalista.
El miedo no nace de la oscuridad, sino de la quietud y la melancolía que impregnan los espacios familiares.
Su maestría para el drama humano le permite transformar lo cotidiano en una fuente de angustia, demostrando que su sensibilidad para la comedia y las historias de superación es la herramienta perfecta para cimentar el horror en una base creíble y dolorosa.
El ancla emocional de esta primera mitad es la magistral actuación de Masami Nagasawa. Su interpretación de Yoshie es contenida y poderosa, explorando la fragilidad y la culpa de una madre devastada sin caer en la histeria.
Su mirada vacía y sus gestos contenidos comunican más que cualquier diálogo, haciendo creíble su desesperado apego a una muñeca como sustituto terapéutico de su hija. Este sólido inicio, sin embargo, contrasta drásticamente con los problemas de ritmo que se avecinan.

Acto II: El declive narrativo en un ritmo pausado
Tras un inicio que establece un tono perturbador y emocionalmente complejo, el segundo acto de Dollhouse pierde impulso de manera considerable.
La narrativa se vuelve lenta, por momentos letárgica, y se estanca en los intentos repetitivos y en vano de la familia de Yoshie y su esposo Tadahiko por deshacerse de la muñeca.
Esta sección intermedia se siente redundante, con escenas largas que, aunque buscan desarrollar la trama de forma metódica, resultan contraproducentes para mantener la tensión.
El guión se torna predecible y pone a prueba la paciencia del espectador, apoyándose en secuencias que, según algunas críticas, “puedan aburrir”.
El problema no es sólo la pausa en el ritmo, sino que la repetición de los intentos fallidos de desechar a la muñeca activamente socava el terror psicológico construido en el primer acto.
La atmósfera de desasosiego es reemplazada por una sensación de estancamiento narrativo que amenaza con descarrilar por completo la película. Afortunadamente, la narrativa recupera su brío justo a tiempo para su tramo final.
Acto III y veredicto: Virtudes ocultas y un clímax inquietante
La película recupera su energía en el último acto, entregando finalmente los momentos más escalofriantes y justificando su pertenencia al género.
El punto de inflexión narrativo es la entrada del personaje de Kanda (Tetsushi Tanaka), un especialista en rituales que conoce la mitología detrás de artefactos como la muñeca.
Su llegada revitaliza la trama al desplazar el foco del drama familiar a la investigación sobre el origen de la maldición, en una estructura que recuerda a la de clásicos como Ringu.
Es en este tramo donde Yaguchi demuestra su capacidad para orquestar el pavor. Escenas como la del “terremoto” en el hostal, donde los protagonistas utilizan el flash de una cámara Polaroid para localizar a la muñeca en la oscuridad, son genuinamente aterradoras.
De igual manera, la visión que hace referencia al accidente de la lavadora materializa de forma visceral los miedos más profundos de la protagonista.
Finalmente, es la última escena la que está llena de un simbolismo de elementos construidos en el filme que dejan un buen sabor de boca. Quizás incluso puede dejar la sensación de una gran broma final pero no se equivoca en la sensación que deja en el espectador.
El veredicto final es equilibrado. Dollhouse es una película con virtudes innegables, especialmente en su inicio y en su clímax.
Logra construir una atmósfera de pavor y entregar momentos de terror absoluto. No obstante, sufre de un segundo acto que debilita el conjunto, y algunos giros finales resultan más confusos que satisfactorios. Es un filme imperfecto, pero cuyo valor va más allá de su capacidad para asustar.

Más allá del susto: Producción, mitología y símbolos
El valor de Dollhouse también reside en su cuidada producción y su profundo anclaje en la cultura japonesa, elementos que le otorgan una rara profundidad. El centro de este universo es la muñeca Aya, una creación del especialista en efectos prácticos Kakusei Fujiwara.
Lejos de ser un objeto genérico, su diseño se inspiró en las tradicionales ningyō ikiningyō de los períodos Edo y Showa, muñecas realistas que a menudo incluían cabello humano.
Su característica más inquietante es una ligera asimetría facial, un detalle sutil que permite que su expresión parezca cambiar según el ángulo de la cámara, transformándola de un objeto inerte a una presencia observadora.
Este cuidado artesanal se complementa con la trama, que implementa elementos de las tradiciones japonesas como los rituales de incineración de muñecas y el uso de sellos antiguos para contener el mal, otorgando verosimilitud cultural a la maldición.
Finalmente, la elección de la locación, la isla Chirin-ga-jima —un lugar que solo se conecta con tierra firme cuando baja la marea—, refuerza simbólicamente la sensación de aislamiento de la familia, atrapada entre el mundo de los vivos y el peso del pasado.

Un regreso valioso pero imperfecto al J-Horror
Dollhouse: Muñeca Maldita es una revitalización bienvenida pero imperfecta del J-Horror. Su principal debilidad es una estructura narrativa irregular que contrasta un poderoso inicio con un segundo acto lento y redundante.
Sin embargo, sus fallas no logran opacar sus considerables méritos: una dirección atmosférica, una actuación central magnífica y un profundo respeto por las raíces culturales y psicológicas del género.
A pesar de sus tropiezos rítmicos, la cinta de Yaguchi es un terror elegante, doloroso y profundamente humano. Sustituye el susto fácil por la melancolía y el horror sobrenatural por el peso real de la pérdida.
Al final, la película demuestra que el verdadero fantasma que habita la casa no es la muñeca, sino el luto, ese amor que se niega a aceptar la muerte.
Es este equilibrio entre sus fallas y sus triunfos lo que la consolida como una obra valiosa, reflejado en el consenso crítico que la sitúa consistentemente entre las 3.5 y 4 estrellas: un reconocimiento de su memorable impacto, a pesar de no alcanzar la perfección.
