DLD en La Maraka: Un viaje íntimo desde Satélite hasta el infinito
La noche del 13 de diciembre en el Salón La Maraka no fue un concierto más en la agenda de DLD; fue él último show del año y se cierra el ciclo de su más reciente producción.
Para una banda que ha dado el salto a la escala monumental del Auditorio Nacional y el Palacio de los Deportes, elegir deliberadamente la proximidad febril de un foro íntimo para cerrar la gira de su disco Ocho es un acto de introspección.
Este concierto fue la celebración de un círculo completo. Fue un viaje desde sus orígenes en los bares de Satélite, pasando por la conquista de los escenarios más grandes de México, para finalmente regresar a la conexión visceral con el público que los vio nacer.
La elección de La Maraka, un lugar donde cada rostro es visible y cada coro se siente en el pecho, fue la materialización de las palabras de su vocalista, Paco Familiar, quien describió este retorno como la sensación de “regresar como al patio de mi casa”.

El primer acto: Un viaje de ida y vuelta en el tiempo
Abrieron con un golpe de energía contemporánea para, inmediatamente después, dar un salto mortal hacia sus raíces más profundas, demostrando un control absoluto sobre su propia línea de tiempo.
El arranque con “Némesis” (Futura, 2015) fue una declaración de su sonido actual: potente, pulido y expansivo. Pero la verdadera intención se reveló con la segunda canción: “Dixie” (Dildo, 2003). El viaje en el tiempo fue brutal y hermoso.
De pronto, La Maraka se transformó en un bar de Ciudad Satélite a finales de los 90. En ese acorde crudo resonaban los ecos de Dildo, el nombre con el que nacieron, y las noches en el bar Urania o el mítico bodegón La Viuda.
La distancia entre el escenario profesional de La Maraka y sus orígenes se hizo tangible, casi vertiginosa, al recordar El Bunker—ese “cuartito triangular” en casa de los padres de Erik donde Paco conectaba su micrófono al amplificador del bajo y donde había que “brincarte la batería para llegar al baño”.
El contraste entre aquella precariedad y la potencia sonora de esta noche le dio un gran peso al concepto de “regresar a casa”.

“Amor con amor se paga”
“Muchas gracias familia por este cariño, amor con amor se paga”, dijo Paco antes de seguir. La transición hacia “Arsénico” (Primario, 2012), uno de sus himnos más coreados, funcionó como el puente perfecto entre ese pasado underground y su estatus actual. Esta canción representa la época en que la abreviación a DLD se volvió una necesidad existencial.
El nombre original, irreverente y provocador, comenzaba a ser un lastre. Como recordaría Erik Neville: “El cambio de nombre fue muy difícil, no sabíamos qué hacer, sabíamos que llamarnos Dildo, en lugar de ayudarnos nos frenaba”, dijo a Clímax en Medio.
Era el morbo eclipsando a la música. La decisión reflejaba una madurez interna, un deseo de que su mensaje, cada vez más personal, no fuera prejuzgado. Francisco Familiar lo ilustró con una crudeza honesta: “No, pues yo creo que la música de esta banda debe sonar a Grupo Marrano en rock”. Cambiar el nombre fue el sacrificio necesario para que su música pudiera respirar.

“Estamos cerrando un círculo”
El set continuó con “Un vicio caro es el amor” (Ventura, 2007) y culminó su primer acto con “Sea” (Primario, 2012), una canción que encapsula el poder liberador que la banda busca en su arte.
“Esta noche es muy especial, estamos cerrando el ciclo, es la última fecha del año, los mejores deseos para ustedes. Paz amor y prosperidad. Que tengan un 2026 rompe madres”, comentó el cantante antes de empezar y presentó a César de Sussie 4 como el invitado de esta canción.
La interpretación de Pijey (PJ) sobre esta pieza resuena con una fuerza particular: “yo creo que si alguien escucha esa canción lo haría recapacitar sobre su estado violento. Como si al oírla pudiera liberarse de cometer una acción estúpida”. Fue el momento introspectivo que preparó el terreno para la fase más reflexiva y autobiográfica del concierto.

El segundo acto: La bitácora de cicatrices y recuerdos
Si hay una filosofía que define el proceso creativo de DLD, es la de concebir su música como un diario íntimo. Este bloque de canciones fue la encarnación de esa idea, una bitácora sonora que documenta las cicatrices y los aprendizajes de más de dos décadas.
Como lo expresó Erik Neville: “Al final todos nuestros discos representan una etapa en nuestras vidas y se vuelven una bitácora o un diario de todo lo que hemos vivido durante esa época”, comentó.
Temas como “A/C” (Ventura, 2007), “A distancia” (Primario, 2012) y “Devuélveme” (Por encima, 2009) se sintieron como capítulos extraídos de ese diario, explorando las complejidades de las relaciones a lo largo del tiempo.

Un punto de inflexión
El punto de inflexión llegó la mágica y emotiva “Estaré” (Ocho, 2023)con “Almas rotas” (Ocho, 2023), las primeras canciones de la noche extraída de su álbum Ocho. Este disco, forjado en el crisol de la pandemia, es quizás la página más vulnerable de su bitácora. El encierro los confrontó con los extremos de la vida: la paternidad y la pérdida.
El golpe más devastador fue el fallecimiento de los padres de Erik, cuyo hogar había sido El Bunker, el santuario de ensayos de la banda por más de 20 años. La emoción en las palabras de Pijey Hansen captura la profundidad de esa herida: “Lo más duro es que murieron los papás de Erik que son los dueños de esta casa… ellos también fueron como nuestros papás, así que fue muy duro para todos”.
En este contexto de duelo, canciones como “Hasta siempre” (Trascender, 2020) y “Reencuentro” (Futura, 2015) adquirieron una nueva y poderosa resonancia. El dolor y la fragilidad se convirtieron en el combustible de su obra más madura.

Las cosas que cambian
Al mismo tiempo, la paternidad transformó la perspectiva de Francisco Familiar, llevándolo a reinterpretar su propia historia y la de su familia con una nueva claridad, como él mismo reflexionó al entender la violencia que sufrió su madre: “son cuestiones que antes no entendías bien y que ahora que eres padre ya te cambia todo el color”.
Tras navegar por las aguas profundas del dolor y el autodescubrimiento, la banda estaba lista para guiar al público hacia una catarsis colectiva.

El tercer acto: La celebración del estoicismo
La parte final del set principal se transformó en una celebración de la resiliencia, una manifestación en vivo de la filosofía que yace en el corazón de DLD. No se enfocan en el problema, sino en la fortaleza que se encuentra al atravesarlo.
En palabras de Paco Familiar: “DLD más que en un problema, se enfoca en el estoicismo alrededor de él… la cuestión es cómo sales de eso”. Cada canción de este bloque se convirtió en un pilar de esa narrativa de superación, una descarga de himnos que demostraron cómo transformar la adversidad en un himno colectivo.
Por ejemplo sonó la declaración de confianza y entrega de “Toda mi fe” (Ocho, 2023); la ternura como forma de resistencia y un refugio sonoro en medio del caos con “Canción de cuna” (Primario, 2012) y una oda a la conexión humana como la brújula indispensable para navegar la vida con “El mapa de tus ojos” (Futura, 2015).

Salir del dolor
Qué decir de el himno a las batallas personales que se libran en silencio y con valentía con “Las cruzadas” (Futura, 2015); la catarsis de la rutina, un recordatorio de que siempre hay un escape y una liberación con “Viernes” (Primario, 2012) y “El accidente” (Ocho, 2023) la encarnación del estoicismo: la prueba de que el mensaje no está en el ‘accidente’, sino en ‘cómo sales de eso’.
Al final de “El accidente”, la energía en La Maraka era palpable. La banda se despidió del escenario, pero nadie se movió. El público, exhausto y eufórico, sabía que la historia de esa noche aún no había terminado de escribirse.

El encore: El pacto de honor y la mirada al infinito
Los encores de DLD no fueron un simple apéndice; fueron el epílogo temático de la noche, el momento en que la banda resumió su filosofía y rindió tributo a los gigantes sobre cuyos hombros se construyó su propio sonido.
El primer regreso al escenario arrancó con la emotividad de “Por siempre” (Por encima, 2009), para luego dar paso a un momento de profundo respeto con el cover de “Mi vida” de José José.
La elección no fue casual. Como ha explicado Paco, su música está profundamente influenciada por José José, Juan Gabriel y Vicente Fernández, y sienten la responsabilidad de “grabar los clásicos y hacerles tributo a los artistas que pavimentaron el camino”.

“Todo lo que hemos hecho nos ha traído hasta aquí”
Antes de interpretarla, Paco lanzó una de las frases más poderosas de la noche, un mantra que resume su trayectoria: “Todo lo que hemos hecho nos ha traído hasta aquí. No vas a fallar, no puedes fallar porque está es tu vida”.
Esa convicción es la que les ha permitido, como él mismo afirma, “vivir dignamente por más de 20 años” gracias a sus canciones. Este bloque continuó con “Todo cuenta” (Primario, 2012), pero no sin antes una pausa de gratitud genuina.
Paco se dirigió al público con una sinceridad abrumadora: “Muchas gracias familia no podemos decir con palabras lo agradecidos que estamos por el cariño que nos dan gracias por acompañarnos en nuestro viaje y creo que esta canción lo dice mejor”.
“Seguimos siendo Dildo toda la vida”
Así, “Todo cuenta” se convirtió en la síntesis perfecta de su viaje, una canción que abraza cada error y cada acierto como parte indispensable del camino.
Pero quedaba un último regalo. Un segundo encore, con una sola canción: “Pagarás” (Dildo, 2003), de su álbum debut Dildo. Este gesto fue la síntesis definitiva de su identidad.
Fue la prueba de que, aunque han madurado hasta convertirse en DLD, capaces de la introspección y el tributo a sus héroes con “Mi vida”, en su núcleo siguen siendo Dildo, la banda irreverente de Satélite.
Este acto final fue un guiño desafiante a sus orígenes y la encarnación de las palabras de Erik Neville: “Para nosotros seguimos siendo Dildo para toda la vida”. No fue una contradicción, sino la afirmación de un círculo completo.

La noche en que el Ocho se hizo infinito
La noche en La Maraka fue una confirmación de autenticidad, una autobiografía contada en tiempo real a través de canciones que han marcado a una generación. Al regresar a la intimidad del club, DLD no solo se reconectó con su público, sino consigo mismos, cerrando un ciclo que comenzó hace más de dos décadas en un garaje de Satélite.
El título de su último álbum, Ocho, adquiere un nuevo significado tras esta experiencia. Si se gira, el número se convierte en el símbolo del infinito, una idea que, según Erik, fue central en la creación del disco: “Parte de lo que hicimos con este disco fue pensando en el infinito, es que sentimos mucha energía y queremos seguir haciendo cosas”.
Esa noche, el ocho se hizo infinito. La amistad forjada en las calles de Naucalpan ha demostrado ser una fuerza creativa inagotable, una historia que no tiene un final, sino un ciclo continuo de renovación, lista para ser reescrita con el próximo álbum que ya está en camino.

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