Die my love: Lynne Ramsay explora el “lado salvaje” de la maternidad con Jennifer Lawrence
En el corazón rural de Montana, una casa heredada se convierte en la pira de un fuego interno, el epicentro de una psique que arde hasta consumirse.
Esta es la premisa visceral de Die my love (Mátate, amor), una obra cinematográfica tan inquietante como hipnótica que se adentra sin concesiones en las fracturas de la identidad femenina.
La historia sigue a Grace, una joven madre que, aislada y desconectada, desciende a un abismo de psicosis febril.
Dirigida por la aclamada cineasta escocesa Lynne Ramsay y protagonizada por una Jennifer Lawrence incandescente y un estoico Robert Pattinson, la película se ha consolidado como un estudio audaz y polémico sobre el amor, la locura y las fronteras borrosas que los separan.
Desde su estreno en el Festival de Cannes, donde fue nominada a la Palma de Oro, la cinta ha avivado un intenso debate, posicionándose como una experiencia sensorial que desafía al espectador en cada fotograma. En México lo logró desde su participación en el Festival Internacional de Cine de Morelia (FICM) hasta su reciente estreno.
Para descifrar las capas de este complejo thriller psicológico, es fundamental explorar su insólita génesis y la feroz visión artística de sus creadores, un viaje que revela la intención detrás de una de las exploraciones más radicales de la psique femenina en el cine contemporáneo.

La génesis de una “Loca historia de amor”: De Scorsese a Ramsay
Comprender la génesis de un proyecto cinematográfico es, a menudo, la clave para desentrañar su verdadera intención.
La trayectoria de Die My Love desde la página hasta la pantalla es una crónica fascinante de colaboración artística, comenzando con una figura legendaria.
Fue Martin Scorsese quien, tras leer la novela Matate, amor de la autora argentina Ariana Harwicz en su club de lectura, quedó tan impresionado que se la envió a Excellent Cadaver, la casa productora de Jennifer Lawrence, visualizándola a ella y a nadie más en el papel principal.
El libro llegó a manos de la directora Lynne Ramsay por medio de la propia Lawrence. Sin embargo, la cineasta, conocida por su exploración de temas oscuros en filmes como We need to talk about Kevin (Tenemos que hablar de Kevin), dudó inicialmente en aceptar. Sentía que ya había navegado por las turbulentas aguas de la maternidad conflictiva.
No obstante, una relectura del material le reveló una perspectiva diferente, una que trascendía la etiqueta simplista de la depresión posparto.
Fue entonces cuando decidió enfocarlo no como una tragedia, sino como algo mucho más salvaje y primordial:
“Decidí enfocarlo en que fuera una demencial y loca historia de amor, en lugar de [solo] sobre la depresión posparto”, afirma Ramsay en una entrevista con Variety.
Esta visión, que rehusaba un diagnóstico para abrazar un caos primordial, exigía una intérprete dispuesta a arder en el centro de la historia, un papel que Jennifer Lawrence no interpretaría, sino que encarnaría.

Deconstruyendo a Grace: El Tour de Force de Jennifer Lawrence
En el núcleo de Die my love arde la interpretación de Jennifer Lawrence. Su encarnación de Grace no es simplemente un rol; es la manifestación física de esa llamarada interna, un retrato crudo de una mente que se rebela contra sus propias jaulas.
La propia actriz describe a su personaje con una claridad animal que encapsula su estado a la perfección, viéndola como “un animal atrapado que no tiene comunidad”, según describió a The Credits.
Su conexión con el papel se arraigó en una dualidad personal que resultaría profética. Al leer la novela, Lawrence acababa de ser madre por primera vez. “Con mi primer hijo, tuve un posparto realmente agradable”, explicó a BFI, lo que le permitió explorar el personaje desde una distancia segura.
Sin embargo, su segundo posparto fue radicalmente distinto, una experiencia que más tarde arrojaría una sombra oscura sobre su comprensión del acto final de Grace.
“Con mi segundo hijo sentí que un tigre me perseguía cada día. La ansiedad era constante, tenía pensamientos intrusivos que me dominaban”, confesó en una entrevista con Infobae.
La causa de una entrega total al personaje
Este entendimiento íntimo del tormento psicológico se tradujo en una entrega total al papel. Su compromiso con esta honestidad brutal fue literal, extendiéndose a la propia carne de su personaje en un acto de rebelión contra la vanidad hollywoodense, negándose a que se alterara digitalmente su cuerpo.
“Me mandaron una toma con un primer plano de celulitis y preguntaron si quería que la retocaran en edición. Dije: ‘No. Eso es un trasero’”, relató en una sesión de preguntas y respuestas tras una proyección, según recogió Vulture.
A través de esta fusión de experiencia y valentía, Lawrence no solo interpreta a Grace, sino que la habita, encendiendo el debate sobre el verdadero corazón temático de la película.

El corazón temático: Más allá de la depresión posparto
Aunque a menudo se etiqueta a Die my love como una película sobre la depresión posparto, la visión de su directora es deliberadamente más amplia, avivando un tipo de fuego distinto al del diagnóstico clínico.
Para Lynne Ramsay, reducir la compleja espiral de Grace a una patología es una simplificación que traiciona la esencia de la historia.
“Todo eso del posparto es una tontería. No se trata de eso. Se trata de una relación que se rompe, de la pérdida del deseo y del sexo después de tener un bebé. También habla de un bloqueo creativo”, sentenció Ramsay en declaraciones para Fuera de Foco.
En su lugar, la directora ve a Grace como una figura anárquica, un personaje que no busca simpatía.
“No lo vi simplemente como una historia sobre la depresión posparto. Sentí que trataba sobre alguien aislado, sobre un matrimonio que empieza a desintegrarse… Pero sobre todo era sobre un personaje completamente sin disculpas, brutalmente honesto”, explicó en una entrevista con Grazia México.
Desde su perspectiva, Grace no es una víctima pasiva, sino una fuerza activa, aunque destructiva, que se rebela contra un mundo que ya no reconoce. Su desmoronamiento es, en su propia mente, un acto de afirmación, una forma de incendiar una realidad que la asfixia.
“Quise retratar a una mujer fuerte y poderosa que empieza a desmoronarse ante los ojos de los demás, pero no ante los suyos. En su mente, está prendiendo fuego al mundo”, detalla Ramsay a Grazia México.
Esta feroz visión psicológica necesitaba un lenguaje cinematográfico igualmente audaz para traducir ese fuego mental en una experiencia visual.

Creando el colapso: El lenguaje cinematográfico de la película
En Die My Love, la cinematografía de Lynne Ramsay y su director de fotografía, Seamus McGarvey, no son meros adornos, sino herramientas narrativas cruciales que traducen el fuego interno de Grace en un universo visual febril y opresivo.
La elección de filmar en el formato de 1.33:1 (Academy Ratio) no es casual; este encuadre cuadrado crea una prisión visual, una sensación de claustrofobia que atrapa a los personajes dentro de los confines de la casa y de su propia psique.
A esta opresión se suma la decisión de rodar en película de reversión Ektachrome de 35mm. Con su latitud limitada y colores intensamente saturados, el metraje adquiere un aspecto “fantástico”, casi onírico, que aleja la imagen de la realidad objetiva y la sumerge en la percepción distorsionada de Grace, como si el mundo estuviera iluminado desde dentro por su propia llamarada.
La negativa de Ramsay a reducir a Grace a una simple víctima de depresión posparto encuentra su correlato visual perfecto en la elección de McGarvey del lente Petzval.
Este objetivo antiguo, que mantiene el centro del encuadre nítido mientras genera un “bokeh arremolinado” en los bordes, es la metáfora visual definitiva del colapso: el centro es el mundo tal como Grace lo percibe —claro y justificado en su mente—, mientras que los bordes arremolinados son la forma en que el mundo exterior ve su desintegración: un caos desenfocado que no logran comprender.

El contrapunto de la locura: La perspectiva de Jackson
Frente al torbellino caótico de Grace, el personaje de Jackson, interpretado con una contenida desesperación por Robert Pattinson, se erige como el ancla a una realidad que se consume en llamas.
No es un villano, sino el testigo impotente, un hombre que encarna la frustración del amor frente a los abismos de la enfermedad mental. Pattinson captura la angustia de un hombre atrapado en un ciclo de rabia y un deseo desesperado por ayudar.
“Ha estado tan enfurecido con ella durante tanto tiempo, y piensas: ‘Vale, esto ha cruzado la línea. Quiero desatar mi ira sobre ti’. Y de pronto… es como si perdieras el control, sin siquiera saber qué estás haciendo”, reflexiona Pattinson sobre su personaje para The Credits.
Esta atmósfera de incertidumbre se extendió al propio rodaje, que Ramsay fomentó como un espacio de improvisación y espontaneidad.
Pattinson compartió anécdotas que revelan la naturaleza impredecible del set, como una escena de baile improvisada que casi le provoca un “ataque de nervios”, según relató a Infobae, o la decisión de Ramsay de eliminar páginas de diálogo justo antes de filmar, una experiencia que el actor calificó como “aterradora, pero muy, muy emocionante”, según relató a la prensa.
Esta colaboración intensa es la que alimenta la tensión palpable en pantalla, conduciendo la narrativa hacia su clímax: un final tan poderoso como debatido.

Un inferno ambiguo en Die my love: Interpretando el final
El clímax de Die My Love es un infierno ambiguo que arde en la memoria del espectador. Tras prender fuego a su diario, Grace se adentra en el bosque mientras las llamas se extienden, dejando a Jackson observando cómo su figura se pierde en el fuego que ella misma ha creado.
Este final se niega a ofrecer una conclusión clara, abriendo la puerta a interpretaciones contradictorias.
La evolución en la propia lectura de Jennifer Lawrence sobre el destino de su personaje encapsula perfectamente esta dualidad, una perspectiva transformada por sus experiencias de maternidad.
“Cuando lo estábamos rodando… lo vi como un renacimiento y algo realmente optimista… Y luego, después de tener a mi segundo [hijo], sufrí una depresión posparto muy fuerte, y pensé: ‘Oh no, tal vez se sacó a sí misma del mundo’”, reveló la actriz en una entrevista con V Magazine.
Esta dualidad —renacimiento o suicidio, liberación o autodestrucción— no es una debilidad narrativa, sino el corazón mismo de la película, donde la línea entre destruir el mundo que te oprime y destruirte a ti misma se vuelve peligrosamente delgada.

La belleza brutal de un alma en llamas
Die my love trasciende las etiquetas para ofrecer una experiencia cinematográfica visceral, una inmersión en las corrientes subterráneas de la psique femenina.
Es una película que no teme ser incómoda, que abraza la contradicción y que se niega a ofrecer respuestas sencillas a preguntas complejas sobre el amor, el deseo y la cordura.
A través de la dirección poética de Lynne Ramsay y la entrega feroz de Jennifer Lawrence, la cinta no es simplemente una historia sobre la locura, sino sobre la fragilidad de la mente; no es sobre la maternidad, sino sobre la naturaleza animal del deseo y la identidad.
Al final, Die my love se erige como un estudio brutalmente honesto y singular sobre las fronteras borrosas entre el amor y la autodestrucción, y la belleza terrible que puede surgir cuando todo arde.
