‘Depeche Mode: M’, cuando la muerte se pone a bailar en México
Existe una confluencia de fuerzas casi mítica en el corazón de Depeche Mode: M. Primero, una banda legendaria, reducida a dúo tras la repentina muerte de su cofundador Andy Fletcher, enfrentando su propia mortalidad.
Segundo, un álbum titulado con una profecía ineludible, Memento Mori (“Recuerda que morirás”), que se convirtió en un cataclismo emocional y creativo.
Y tercero, el encuentro de este luto hecho música con México, una cultura que no teme dialogar con la muerte, sino que la invita a la fiesta. Es en esta intersección sagrada donde el documental de Fernando Frías encuentra su alma.

Memento Mori en México: La confluencia sagrada
Lejos de ser un simple concert film, Depeche Mode: M trasciende su género para convertirse en una profunda meditación cinematográfica sobre la mortalidad, el duelo y, paradójicamente, la celebración desenfrenada de la vida.
Utilizando como altar los tres conciertos con entradas agotadas en el Foro Sol de la Ciudad de México, la película no sólo captura una actuación, sino que inmortaliza un ritual colectivo.
La propia película verbaliza esta dualidad en una críptica línea de su tráiler, un manifiesto poético que se convierte en la clave para entender su propósito: “Ahora voy a rezar por el cadáver de una niña y tú vas a danzar al ritmo de mi llanto hasta que descubras el dolor que cicatriza no radica en la oración sino en el baile”.
Es una pieza que se mueve entre el réquiem y el carnaval, un testimonio del poder sanador del sonido y la comunidad. Y para orquestar esta visión única, se necesitaba un arquitecto con una sensibilidad particular, capaz de ver más allá del espectáculo para encontrar la ceremonia.

Fernando Frías: El arquitecto de la ceremonia
La elección de Fernando Frías de la Parra como director no fue una casualidad, sino una decisión curatorial que definió el alma del proyecto.
Conocido por su aclamado largometraje Ya no estoy aquí —una obra que explora con empatía las subculturas y las atmósferas de un Monterrey herido—, Frías aportó al proyecto una mirada que va más allá del registro musical.
Su enfoque contrasta deliberadamente con documentales de concierto convencionales; de hecho, la película se aleja conscientemente del formato centrado en los fans que se vio en Spirits in the Forest (2019), una decisión explícita de la banda.
Frías opera bajo una máxima que él mismo reveló en una entrevista: “El dirigir un documental está en el editar, no en el filmar”.
Esta filosofía es palpable en M, donde el verdadero relato se construye en la sala de montaje, tejiendo las actuaciones en vivo con imágenes de archivo y viñetas dramáticas que respiran la cultura mexicana.

Aprobación de Dave Gahan
Su perspectiva como “outsider” —no era de Monterrey para Ya no estoy aquí, es mexicano para un público internacional en Depeche Mode: M— le otorga, en sus propias palabras, una “libertad en el observar”.
Esta distancia le permite tejer las conexiones sutiles entre la iconografía de la banda y el imaginario local sobre la muerte.
El propio Dave Gahan validó esta visión, elogiando el resultado final: “hizo un hermoso trabajo contando esa historia a través de la lente de la cultura mexicana”.
Fue la mirada de Frías la que transformó tres noches de concierto en una declaración artística y cultural cohesiva.
El significado de ‘M’: Muerte, México y Mode
El título del documental, una sola y resonante letra, es un poema polisémico en sí mismo. La ‘M’ es el monolito que domina el escenario, pero también es el hilo conductor que une los conceptos cardinales del filme:
Memento Mori, el álbum que le da nombre a la gira; México, el país que acoge a la banda con una devoción casi religiosa; Muerte, el tema omnipresente que Frías explora desde el dios azteca Mictlantecuhtli hasta las celebraciones contemporáneas; y, desde luego, Mode, la abreviatura con la que millones de fans identifican a la banda.
El documental se articula como un “viaje musical y espiritual” que explora la profunda conexión temática entre estos conceptos.
La repentina muerte de Andy Fletcher en 2022 dotó al álbum de una gravedad imprevista, y la película utiliza este contexto para desentrañar los paralelismos entre el duelo personal de la banda y la forma en que la cultura mexicana abraza la mortalidad.
No es solo un recuento de los conciertos; según Gahan, el filme se centra en “la profunda conexión entre música, cultura y personas”.
Desde el concepto temático, la narrativa fluye de manera natural hacia el escenario físico donde todo cobra vida: la vibrante y caótica Ciudad de México.

La CDMX como personaje: El ritual colectivo del Foro Sol
En Depeche Mode: M, la Ciudad de México no es un simple telón de fondo; es un personaje central, un organismo vivo que pulsa con una energía propia. Fernando Frías captura magistralmente la “mística que hay detrás de ir a un concierto en la CDMX”.
Las cámaras no se limitan al escenario; nos llevan a los alrededores de Iztacalco, nos sumergen en el viaje casi procesional desde la estación de metro hasta las puertas del recinto, retratando la atmósfera única que precede al evento.
La magnitud de este ritual es abrumadora. El documental fue filmado durante las tres fechas con entradas agotadas en el Foro Sol —los días 21, 23 y 25 de septiembre de 2023—, reuniendo a una congregación de más de 180 mil almas, una cifra que se acerca a las 200 mil en el cómputo total de las tres noches.
Para anclar aún más a la banda en el tejido cultural de la ciudad, Frías se aleja momentáneamente del escenario para dar voz a artistas de la escena capitalina como el dúo de hyperpunk Malcriada y José Hernández Riwes (Hollow Kid).
Su presencia no es casual: subraya la tesis de Frías de que la energía de Depeche Mode en México es parte de un ecosistema musical vibrante y diverso que la película se esmera en celebrar.
Así, aunque Dave Gahan y Martin Gore son el foco, la película se erige también como una carta de amor a la energía incomparable de su audiencia mexicana.

Más allá del ‘concert film’: La estructura poética (y el debate)
La estructura de Depeche Mode: M es un delicado tejido que intercala la espectacularidad del concierto con pausas introspectivas y poéticas. La película no se contenta con la euforia continua de un directo, sino que busca una resonancia más profunda.
Para ello, intercala las interpretaciones en vivo con “escenas intersticiales dramáticas”, material de archivo y, de forma prominente, la voz en off del aclamado actor Daniel Giménez Cacho, quien recita versos sobre la vida y la muerte que puntúan la narrativa.
Este enfoque, aunque conceptualmente potente, ha generado debate. Una crítica de The Hollywood Reporter señala que estas participaciones a veces “interrumpen de manera abrupta” la energía del concierto, y que para el espectador que busca la emoción pura del directo, pueden llegar a sentirse “tediosas”.
Es una crítica válida desde la perspectiva del espectador que busca la adrenalina pura del directo.
Sin embargo, este aparente ‘fallo’ en el ritmo es, en realidad, la elección estética central de Frías: sacrificar el pulso incesante de un concierto por una cadencia más contemplativa y, en última instancia, más duradera.
Técnicamente, el filme es una proeza, con una “cinematografía impecable”, un “montaje espectacular” y un sonido “impecable, pero escénico” que fusiona las tres noches en un todo cohesivo.
Danzar al ritmo del llanto: El duelo como celebración
Depeche Mode: M consigue mucho más que documentar una gira. Captura a una banda en un punto de inflexión existencial, en el preciso momento en que el luto se transforma en una poderosa y desafiante celebración de la vida a través de la música.
Es el retrato de dos artistas que, sobre el escenario, procesan su pérdida frente a miles de personas que, a su vez, llevan sus propias historias de amor y ausencia.
Dave Gahan ha reflexionado sobre esa sensación de estar “en el momento” sobre el escenario, un espacio donde “la vida y la muerte están tan cerca”.
El documental logra capturar esa tensión sagrada y la universaliza a través del prisma de la cultura mexicana, que entiende que el dolor y la alegría no son opuestos, sino compañeros de baile.
Al final, Depeche Mode: M se erige como un testamento conmovedor de cómo la música puede crear un espacio sagrado.
Un lugar donde una banda británica y casi doscientos mil fans mexicanos pueden, juntos, “danzar al ritmo del llanto” y encontrar en ese baile comunal no un escape del duelo, sino una forma de habitarlo, transformándolo en un acto de memoria y una afirmación rotunda de la vida.
