Daniel, Me Estás Matando: Los culpables de que la ‘Gen Z’ escuche boleros
La historia de la mitad del sonido que define a Daniel, Me Estás Matando comenzó, irónicamente, en el silencio y el aislamiento. Durante la pandemia, tras dar positivo por COVID-19, Iván de la Rioja fue confinado a su cuarto.
Sin internet y con un par de temporadas de Modern Family como única compañía, el músico y productor se encontró en un inesperado retiro creativo. Fue en ese encierro donde nació DJ Diavlo, un proyecto experimental que sembraría la semilla de una revolución sonora.
La inspiración llegó de la forma más insospechada. “Está este personaje de… Sofía Vergara y tiene como este chiste muy de latinos como que se espanta y dice ‘el diablo’ y como que de ahí salió como la cosa de ponerle DJ Diavlo”, recuerda Iván en una conversación con el podcast Shamoun.
Armado con una computadora, un procesador de efectos Kaoss Pad y fragmentos de audio que pedía a sus amigos por notas de voz, creó un EP entero. “Metí todo así súper low faye a la computadora y saqué ahí un pequeño ep”.
Ese experimento solitario, basado en el uso de samples y beats “súper low fi”, encapsulaba la sensibilidad moderna y urbana que se convertiría en el contrapeso perfecto para la tradición.
Era la mitad del alma de una banda que aún no lo sabía, la pieza digital que encajaría en un rompecabezas de nostalgia y cuerdas de nylon.
Este proyecto, nacido de la improvisación y el aburrimiento, planteaba, sin querer, el enigma central de su futuro: cómo fusionar una estética de dormitorio, artesanal y decididamente del siglo XXI, con uno de los géneros más solemnes y venerados de la historia musical latinoamericana.

Los orígenes del encuentro: Dos caminos, un destino
Para comprender la alquimia de Daniel, Me Estás Matando, es indispensable explorar las trayectorias de sus dos mitades.
Daniel Zepeda e Iván de la Rioja no llegaron al bolero por el mismo camino; uno lo llevaba en la sangre, el otro lo encontró en el cruce de la escena independiente. Su encuentro fue la colisión de dos universos musicales que, lejos de anularse, crearon una nueva galaxia sonora.
La herencia de Daniel: Entre el jazz y la Época de Oro
Daniel Zepeda creció inmerso en un legado musical profundo y tangible. Baterista de jazz por formación, su conexión con la música romántica latinoamericana es una herencia familiar.
Es nieto de María Victoria, icónica actriz y cantante de la Época de Oro del cine mexicano, y de Rubén Zepeda Novelo, un locutor que llegó a grabar un disco de trova yucateca. Esta influencia no era teórica, sino una experiencia vivida desde sus inicios profesionales.
Su primer trabajo formal fue precisamente acompañando a su abuela, tocando un repertorio que definiría su futuro.
“Mi primer trabajo profesional como baterista yo lo tuve acompañando a mi abuela y mi abuela tocaba cha cha cha cha y boleros”, relata Daniel. Esa experiencia temprana dejó el género “en el disco duro sin querer”.
Por ello, cuando concibió la idea de un proyecto propio, su visión era decididamente tradicional.
Como explica Iván, la propuesta inicial de Daniel estaba anclada en sus raíces: “él estaba muy basado como en eso está lo de mi abuelo y lo de mi abuela ¿no? Entonces yo quiero hacer esta cosa no” (Shamoun). Su intención era honrar ese linaje, crear boleros que sonaran a vinilo, a nostalgia pura.

El viaje de Iván: Del Caribe al indie mexicano
La ruta de Iván de la Rioja fue distinta. Tras una temporada viviendo en Puerto Morelos, regresó a la Ciudad de México y se sumergió de lleno en la vibrante escena musical independiente.
Se convirtió en un músico de sesión cotizado, colaborando con artistas como Josean Log, Silvana Estrada y Alex Ferreira.
Sus años como músico para la escena indie fueron más que un campo de entrenamiento; fueron una profunda educación en autodeterminación artística.
Fue durante este período que descubrió su verdadera vocación, casi por insistencia de sus colegas.
“Me empiezan a preguntar como de ‘Oye pero pues tu producto eres productor no’ y yo como ‘no no no no yo yo soy chacista’ (jerga para músico de sesión) (…) ahí me lo empiezan a preguntar tanto que me empiezo a yo mismo a cuestionar como de ‘pues tal vez sí no’”, dijo a Shamoun.
Esta revelación lo posicionó como el catalizador perfecto para la visión de Daniel, aportando una paleta de sonidos contemporáneos y una mentalidad de productor que sería clave para la identidad de la banda.

La fusión inevitable: Jingles y cafecitos
El encuentro profesional entre Daniel e Iván se consolidó en el pragmático mundo de la publicidad.
Juntos, comenzaron a crear jingles, un trabajo que, aunque funcional, les permitió descubrir una química creativa excepcional.
Entre sesiones de grabación y pausas para el café, sus conversaciones trascendían lo laboral y se adentraban en sus pasiones musicales compartidas.
“En los breaks de ir al cafecito siempre hablábamos de proyectos que han sido importantes en la industria mexicana, de Fobia y Caifanes… como que se platicó mucho y ya después de un rato Dani me dijo, ‘oye, pues yo quiero hacer un proyecto donde cante y toque la batería’”, recuerda Iván en una conversación con Rolling Stone en Español.
Fue en esa mezcla de trabajo, amistad y admiración mutua donde nació la chispa. La inquietud artística de Daniel encontró en la experiencia y visión de Iván el complemento perfecto para que una idea personal se transformara en un proyecto de dos.

El nacimiento del “Boleroglam”
Bautizar un sonido es, en esencia, definirlo. Para Daniel, Me Estás Matando, el término “boleroglam” no fue una simple etiqueta de marketing, sino una declaración de intenciones, una brújula conceptual que guiaría su exploración sonora.
Fue la palabra que encontraron para encapsular la dualidad que los define: el respeto por el melodrama del pasado y la audacia de la producción moderna.
Un nombre de telenovela
Antes del género, vino el nombre de la banda, y su origen revela la misma inclinación por el drama y la cultura popular. La idea era que sonara como el título de una película de la Época de Oro o el clímax de una telenovela.
La inspiración directa vino de la película Me estás matando, Susana. Querían un nombre que evocara una emoción intensa, una súplica cargada de sentimiento.
“Queríamos que el nombre sonara dramático porque hacemos música muy relacionada a la época del cine de oro, a las telenovelas, a la cultura en general, como los boleros, necesitábamos un nombre así”, le explicó Zepeda a El Universal.
El nombre no solo era pegadizo, sino que funcionaba como un prólogo perfecto para la música que estaban a punto de crear: un universo donde el amor, el desamor y la exageración sentimental son los protagonistas.

La fórmula sonora: Chopin, Kubrick y Samples
El “boleroglam” es la materialización de un concepto que la banda define con una analogía recurrente y elocuente: “la síntesis entre Stanley Kubrick y Frédéric Chopin, una situación romántica basada en el lenguaje tradicional del bolero y la canción latinoamericana”, dijo Daniel a Infobae.
Esta descripción captura a la perfección su método: la estructura emocional y lírica del bolero clásico (Chopin) se encuentra con una producción visual, atmosférica y a menudo psicodélica (Kubrick).
El alma del boleroglam se forjó en un debate creativo. Mientras Zepeda buscaba resucitar los fantasmas de la época de oro en su forma más pura, de la Rioja argumentaba que había que vestirlos con la armadura del siglo XXI.
Su idea era “vestirlo como de sonidos que la gente se identifique un poco más no O sea como justo como sintetizadores como cajas de ritmos como samples que es como del más del mundo urbano”, dijo Iván (Shamoun).
Así, el lenguaje armónico y melódico del bolero se entrelazó con texturas electrónicas, ritmos programados y la estética del hip-hop, creando un sonido que es a la vez familiar y completamente nuevo.

Las raíces del bolero
Para entender la audacia del boleroglam, uno debe recordar el viaje del bolero. Nacido en Cuba con la pieza fundacional “Tristezas” de José Pepe Sánchez en 1883, fue un género que migró y evolucionó, encontrando un hogar particularmente fértil en México, donde se arraigó profundamente en la cultura popular a través del cine y la radio.
Se convirtió en la banda sonora del romance para varias generaciones. Al inyectarle el ADN de Kubrick y samplers, Daniel, Me Estás Matando no solo revivía un sonido; participaba en la tradición centenaria de adaptación y supervivencia del género.
Al crear el “boleroglam”, no se propusieron simplemente revivir un género; lo pusieron a dialogar con el presente.
Tomaron su esencia atemporal —el drama, la poesía, la vulnerabilidad— y la tradujeron para una nueva generación que, quizás, creía que el bolero era solo música de sus abuelos, demostrando que el corazón roto suena igual de potente con un requinto que con un sintetizador.

La conquista del público: Una audiencia inesperada
Cuando Daniel, Me Estás Matando lanzó sus primeras canciones, las expectativas eran modestas. Su propio círculo cercano, aunque con buenas intenciones, les ofreció un pronóstico desalentador que reflejaba una percepción generalizada: el bolero era un género del pasado.
La sorpresa fue mayúscula cuando descubrieron que su música no solo encontraba eco, sino que lo hacía en un público que nadie había anticipado.
La reacción inicial de amigos y familiares fue de un escepticismo amable. “Ah pues está bonito pero la gente que Escucha esto ya se murió ya se va a morir no entonces a ver cómo les va”, expresó Iván sobre lo que les decían.
Sin embargo, al publicar su primer sencillo, las analíticas de Spotify revelaron un dato sorprendente: su principal base de oyentes estaba compuesta por mujeres jóvenes, con un rango de edad de entre 16 y 22 años.
El drama del bolero, filtrado a través de su lente moderna, había conectado con el “primer despecho” de una nueva generación.
El mágico “efecto Meme”
Parte del éxito inicial se debió a un fenómeno viral e involuntario. “Parece que Daniel es un hombre muy común en Latinoamérica entonces todas las personas tienen un ex que se llama Daniel, un novio que se llama Daniel o un Crush que se llama Daniel”, explicó Iván.
Esto generó un “efecto meme” donde la gente etiquetaba a sus conocidos, compartiendo las canciones como una broma interna que se convirtió en puerta de entrada a su música. “Empezaron a etiquetarme así como ‘Ah mira mándaselo cosas así’”, dijo Daniel (Shamoun).
Con el tiempo, lo que comenzó como un nicho juvenil se transformó en un fenómeno multigeneracional.
Aquellas primeras seguidoras adolescentes comenzaron a llevar a sus padres a los conciertos, invirtiendo la dinámica tradicional.
Iván lo resume en una comparación brillante: “los padres llevan a los hijos a los conciertos de Luis Miguel y los hijos llevan a los padres a los conciertos de Daniel, Me Estás Matando” (Shamoun).
Esta conexión inesperada con una nueva generación no fue un feliz accidente; fue el resultado directo de una filosofía ferozmente independiente que los había guiado desde su primer show.

La senda independiente: De Cancún al Auditorio Nacional
Desde su concepción, Daniel, Me Estás Matando ha sido un proyecto arraigado en la autogestión. Esta filosofía no es un detalle menor, sino uno de los pilares de su identidad y éxito.
La decisión consciente de no firmar con grandes disqueras les ha permitido mantener un control creativo total y construir una carrera a su propio ritmo, demostrando que el camino del artista independiente puede llevar a los escenarios más importantes del país.
Filosofía de autogestión
La banda opera como un “proyecto muy de amigos y de familiares”. El núcleo de su equipo está formado por personas de confianza, donde roles como el booking y el management son manejados internamente, destacando la labor crucial de Ale Reyes, la novia de Daniel.
Testimonio de esta convicción fue la lección que Iván aprendió trabajando con el cantautor Josean Log, a quien vio rechazar un importante contrato discográfico para mantener su libertad creativa.
Esa decisión le enseñó que “sí se pueden hacer las cosas así”, desde un lugar honesto y sin rendir cuentas a las exigencias de la industria tradicional (Shamoun). La libertad creativa no era negociable.
Crónica de un ascenso
El crecimiento de Daniel, Me Estás Matando en los escenarios es una crónica de perseverancia. Todo comenzó con un “concierto experimento” en Cancún.
“Fuimos a Cancún y dijimos ‘a ver cuántos boletos vendemos en Cancún tiene poco que salió el sencillo’ y fueron 30 personas y nosotros dijimos ‘guau vinieron 30 personas, un montón de gente” (Shamoun).
Ese modesto show, ante un puñado de 30 almas, no fue un simple concierto; fue la primera prueba tangible de que su extraña alquimia funcionaba.
A partir de ahí, aprovecharon los venues de jazz que ya conocían. Poco a poco, la asistencia fue creciendo hasta llegar a hitos como el Teatro Metropólitan y, finalmente, el Auditorio Nacional, escenario al que regresarán este jueves 20 de noviembre.
Para Daniel, el Auditorio no era solo un venue prestigioso, sino la culminación de un camino de autogestión, un símbolo que validaba su filosofía independiente. Era, como reflexionó Iván, la meta lógica después de una serie de escalones cada vez más grandes (Shamoun).
La visceralidad como obra
Al final, la historia de Daniel, Me Estás Matando es la de dos músicos que, guiados por la honestidad artística, encontraron una voz única en la encrucijada de la nostalgia y la modernidad.
Su filosofía se resume en un concepto que Iván de la Rioja llama “la obra”: una búsqueda de la creación “visceral”, de aquello que nace de un impulso genuino y se plasma sin filtros.
Esta visceralidad se manifiesta en canciones que “explotan” y deben ser capturadas en el momento. Si una canción no nace en diez minutos, su instinto es desecharla, una tendencia que, confiesa, su esposa le recrimina.
“Tienes que trabajar las cosas, tienes que cocinar”, le dice, y él ahora intenta hacerle caso. La meta no es la perfección técnica, sino la autenticidad emocional. “No me importa que sea bonita, o sea, solo me importa que esté ahí, que sea real, ¿no?”, (Shamoun).
El arte del desapego en la música
Esta filosofía se complementa con una lección fundamental que Iván aprendió de su maestro, Omar Guzmán: el desapego del creador.
“En cuanto tú acabas de escribir una canción la canción Ya no es tuya… le pertenece a otra cosa que no sabes qué es”, dijo Iván. Una vez lanzada al mundo, la obra cobra vida propia, y su significado es completado por quien la escucha.
Quizás el mayor éxito de Daniel, Me Estás Matando no radica en haber “rescatado” el bolero. Su triunfo consiste en haberse sumado a la conversación desde un lugar genuino. No llegaron como salvadores, sino como participantes.
“Nosotros no sentimos que le estamos dando algo a la comunidad sino estamos haciendo música que nosotros mismos escucharíamos y estamos siendo parte de una comunidad que escucha ese tipo de música”, expresó Daniel (Shamoun).
Al hacer las canciones que ellos mismos aman, con el drama de la Época de Oro y los beats del siglo XXI, han demostrado que la nostalgia, cuando es honesta, no tiene fecha de caducidad. Es, sencillamente, atemporal.

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