Daniel, Me Estás Matando en el Auditorio Nacional: La segunda fiesta máxima del “Boleroglam”
El 20 de noviembre de 2025, el Auditorio Nacional se convirtió en el escenario ideal para mostrar el fenómeno cultural que significa el grupo Daniel, Me Estás Matando.
Era la segunda y triunfal consagración de Daniel Zepeda e Iván de la Rioja en el recinto más imponente de México.
Regresar al Coloso de Reforma, tras una primera conquista, significaba la consolidación de un proyecto que, contra todo pronóstico, había hecho del bolero la banda sonora de una nueva generación.
El concepto central de la noche, y de la banda misma, es el “bolerogram”. Este término, acuñado por el dúo, define su alquimia sonora: una fusión entre la estructura emocional del bolero tradicional, que ellos comparan con la solemnidad de “Chopin”, y una producción atmosférica, visual y decididamente moderna, análoga a la cinematografía de Stanley Kubrick.
A lo largo de más de tres horas, Daniel, Me Estás Matando utilizó su repertorio para narrar una historia universal de amor, desamor y, finalmente, de un arrollador éxito independiente.
La velada comenzó con la talentosa Daphne Michelle, cuya actuación fue una “apertura perfecta”.
Con un set corto pero conmovedor, preparó el ambiente y el corazón de los casi diez mil asistentes para la intensidad emocional que estaba por desatarse con temas como “¿Para qué?”, “Antojo”, “Tú nunca lo sabrás”, “¿A quién le debo?” y “Te volví a soñar”.
El caos del día quedó fuera de los muros del recinto cuando las luces se apagaron, dando paso a una introducción que marcó el tono de la noche: una presentación “al estilo de programa late night de TV” que prometía una velada donde “todo el mundo va a suspirar”. El espectáculo principal estaba por comenzar.

Acto I: La bienvenida al drama y la nostalgia
Pasadas las 21:20 horas, la oscuridad total fue interrumpida por el resplandor de miles de celulares. Daniel e Iván emergieron no como músicos, sino como maestros de ceremonia de un drama inminente.
El arranque fue una secuencia calculada para manipular deliberadamente las emociones de la audiencia: “Gracias” sirvió de prólogo, un reconocimiento cómplice al público que los había elevado a ese altar.
Inmediatamente después, “Sólo tú” desarmó a los presentes, sumergiéndolos en la vulnerabilidad que es su firma.
Para cuando las notas de “Lágrimas y lluvia” cayeron sobre el recinto, la atmósfera de la Época de Oro ya no era una inspiración; era una presencia tangible, y el melodrama tenía a casi diez mil almas en su poder.

Acto II: Diálogos musicales y la celebración del amor
En los conciertos de Daniel, Me Estás Matando, los artistas invitados no son meros adornos, sino piezas estratégicas que aportan “nuevas texturas” y profundizan el universo sonoro del show.
“Tenemos una invitada”. La primera colaboración llegó con la aclamada Daniela Spalla para interpretar “No soy nada”. La unión de sus voces potenció el sentimiento de desolación de la canción, creando uno de los momentos más celebrados de la primera mitad y demostrando una química artística excepcional.
Justo después, un interludio lúdico rompió la tensión. La “kiss cam” recorrió las gradas, mostrando parejas en las pantallas que, entre risas y emoción, compartían besos ante la aclamación general.
El momento sirvió para reforzar el tema del romanticismo colectivo, convirtiendo a la audiencia en parte activa del espectáculo.
El siguiente en subir al escenario fue Esteman, quien entre gritos y aplausos se unió para cantar Mirarte. Su energía y estilo distintivo complementaron el boleroglam, y la intensidad de la interpretación fue tal que provocó “las primeras lágrimas” entre los asistentes.
Este segmento dio paso al corazón temático del desamor con un bloque infalible: La salsa de “Tristeza, soy yo de nuevo”, la súplica de “Ten piedad”, la melosidad de “Ya sé” y “Mi destino”.
Es en estas piezas donde el dúo conecta de forma más visceral con su audiencia, mayoritariamente compuesta por mujeres jóvenes que encuentran en sus letras el eco de su “primer despecho”. El Auditorio retumbó con cada coro, un ritual de catarsis compartida.

Acto III: La fusión urbana y las profundidades del desamor
Aquí se reveló el motor secreto del boleroglam: la arquitectura sonora de Iván de la Rioja. Su trabajo, forjado en el aislamiento pandémico bajo el alias DJ Diavlo, es el contrapeso urbano que impide que la nostalgia se convierta en museo.
Sus beats “súper low fi” no son una armadura para el bolero, sino un sistema nervioso que lo conecta al pulso de la calle, demostrando que el desamor es tan compatible con un sample de hip-hop como con un requinto de nylon.
La materialización perfecta de esta fusión se dio con la aparición de Muelas de Gallo. Su colaboración en “Te dejé volar” fue un momento cumbre, donde el melodrama inherente al bolero se encontró con la cadencia y la lírica del rap.
El viaje continuó hacia un terreno más introspectivo con la participación de Federico Sánchez en “Toma esta postal” y “Canción acuática”, explorando un lado más atmosférico y etéreo de su repertorio que sumergió al público en un estado de melancolía reflexiva. Sin duda ese segundo tema fue el más majestuoso en cuestión musical con un juego de guitarra y batería que fue una locura.

Acto IV: El clímax festivo
Una de las grandes virtudes de Daniel, Me Estás Matando es su capacidad para guiar a la audiencia a través de un espectro emocional completo.
Justo cuando parecía que la melancolía se había apoderado del recinto, el dúo demostró que el boleroglam también tiene un componente festivo y bailable, diseñado para llevar al público de la lágrima al baile sin previo aviso.
El punto de inflexión y clímax del set principal fue la colaboración con Cumbia Pedregal en “Déjame entender”. La energía y el sabor de la cumbia se fusionaron orgánicamente con su sonido, transformando el Auditorio Nacional en una monumental pista de baile.
Fue un momento de euforia colectiva, la liberación final antes de una breve pausa. Al terminar la canción, la banda dejó el escenario en su punto más alto, con el público encendido, sabiendo que el ritual aún no estaba completo.
Encore: La consagración del himno al desamor
El Auditorio Nacional vibraba mientras el público, en un solo coro, pedía el regreso de la banda. El encore no era una simple formalidad; era la catarsis final que las casi diez mil almas presentes esperaban y necesitaban.
Daniel e Iván regresaron para entregar un final estructurado en dos partes: un regalo y una estocada.
El regalo fue una tríada de canciones de su EP Suspiros (2019): “¿Qué se siente que me gustes tanto?”, “Te fuiste a tiempo” y “Hay cosas”. Fue un regreso deliberado a sus orígenes, un guiño a los fans de la primera hora que demostraba la solidez de sus primeras composiciones.
Tras este viaje a la semilla de su sonido, llegó la estocada final. La interpretación de “Lo hice, te dejé” fue el clímax absoluto de la noche. Considerada ya un “clásico de la dupla” y un himno generacional del desamor, la canción resonó con una fuerza abrumadora en lo que se sintió como un “enorme ritual colectivo”.
El impacto del concierto trascendió lo musical. El show terminó al llegar la medianoche, un detalle inmortalizado en una anécdota reveladora: la entrega fue tal que “dejaron a buena parte del público sin acceso al metro”.
Un hecho que subraya el compromiso total, tanto de los artistas como de sus seguidores, en una noche inolvidable.

