Calle 24: La conquista del asfalto urbano desde la raíz de Chihuahua
El sábado por la tarde, el Coca-Cola Flow Fest vibraba bajo el dominio absoluto del reggaetón y los ritmos urbanos. Entre el estruendo de los bajos y el pulso incesante del dembow, el rasgueo de las cuerdas de una guitarra se preparaba para cortar la bruma electrónica y reclamar su espacio.
Alrededor de las 17:00 horas, en el Sprite Stage, apareció Calle 24, marcando un hito cultural: la incursión masiva del regional mexicano en el territorio sagrado de la música urbana.
La presencia de Diego Millán, el joven cantautor de Chihuahua detrás del proyecto, no era solo un acto musical; era una declaración audaz sobre la disolución de las fronteras sonoras. Y era precisamente él quien debía hacerla, pues su mezcla única de corridos narrativos con la crudeza del trap lo convierte en el embajador natural de esta fusión.
Este momento representó la culminación de un fenómeno gestado en las calles, donde los corridos tumbados y la cultura urbana ya no son extraños, sino primos hermanos. La energía contenida en el escenario prometía una conexión explosiva con un público de la Ciudad de México dispuesto a ser conquistado.

La conexión con el público
Desde los primeros acordes, Calle 24 desató una energía que incendió a la multitud. Temas como “Dios testigo” y “Apaga el cel” sentaron las bases, pero la conexión se volvió innegable cuando encadenó su éxito “Qué está pasando” con el cover de “Ninguna evidencia”, un referente que los miles de asistentes corearon a todo pulmón, demostrando que la buena música no entiende de etiquetas.
Conmovido por la entrega del público, Millán detuvo el show para compartir unas palabras que sellaron el pacto emocional de la tarde: “Siempre que vengo acá a Ciudad de México me gusta mucho, he cantado en Estados Unidos, pero nada se compara con cantar acá, son una chulada”, dijo.
Esta declaración de gratitud no era un mero formalismo. Detrás de esa sonrisa en el escenario se escondía el eco de un camino largo y arduo, un viaje que comenzó muy lejos del bullicio de la capital y que lo había llevado, contra todo pronóstico, hasta ese preciso instante.

El origen de un sonido
El estruendo del festival se desvanece para dar paso al silencio de Cuauhtémoc, Chihuahua. Allí, un joven Diego Millán soñaba con los escenarios mientras el proyecto Calle 24, que inició como un cuarteto, comenzaba a transformarse en su vehículo de expresión personal.
Su talento era precoz y visceral: compuso su primera canción a los 11 años y a los 13 recibió la guitarra que se convertiría en su cómplice. Sus influencias, como las de tantos de su generación, estaban marcadas por la crudeza lírica de El Komander y el sentimiento trágico de Ariel Camacho.
Una adolescencia al límite lo enfrentó a obstáculos y vivencias que moldearon la autenticidad de su pluma.
Sin necesidad de adornos, sus letras nacieron de una realidad tangible, a menudo difícil, forjando un artista cuya crudeza no era una pose, sino un reflejo de su propia historia. A pesar de las dificultades, una decisión crucial estaba a punto de cambiar su destino para siempre.
El giro del destino y el ascenso viral
La historia de Calle 24 pudo haber terminado antes de empezar por una gorra. Desilusionado por la falta de resultados, Diego Millán estuvo a un paso de gastar sus únicos 1,500 pesos en una cachucha de Marquitos Toys, un ídolo de las redes, en lugar de invertirlos en el estudio de grabación.
En un giro del destino, el intento de compra fracasó; él no tenía tarjeta para hacer el depósito y a la de su madre no le alcanzaban los fondos. En ese momento de frustración, una revelación lo llevó a tomar el teléfono y apartar la cita para grabar “Ondeado”.
Esa canción, nacida de una decisión casi accidental, se convirtió en la llave maestra que le abrió las puertas de la industria y llamó la atención de una de las figuras más importantes del movimiento: Jesús Ortiz Paz.
Fichado por el vocalista de Fuerza Regida para su sello Street Mob Records, su carrera explotó. El propio JOP compartió un fragmento de su colaboración “Qué está pasando” al final de uno de sus videoblogs, y la respuesta fue inmediata.
El adelanto se viralizó, generando una ola de expectativa que catapultó el tema a los primeros lugares de las listas en México y Estados Unidos, consolidando su ascenso de manera meteórica.

El clímax y la declaración final
De vuelta en el presente del Flow Fest, la anticipación era palpable. El cierre de su presentación estaba reservado para la canción que lo definió todo: “Que onda”. Con más de mil millones de reproducciones acumuladas tan solo en Spotify, el tema no solo es un éxito viral, sino un himno generacional.
En cuanto sonaron las primeras notas, el público estalló en un coro masivo, consagrando el viaje de Millán en una catarsis colectiva. Su actuación en el festival fue mucho más que un concierto; fue la prueba irrefutable de que las barreras entre el regional mexicano y la música urbana se han derrumbado.
La mezcla de corridos tumbados, trap y ritmos callejeros que emana de su propuesta ha encontrado un hogar legítimo en el corazón de una cultura que antes parecía ajena.
Así, Diego Millán, el joven de Chihuahua, demostró que el lenguaje universal que trasciende géneros no es solo una melodía, sino la autenticidad de una lucha. Su historia —la adolescencia turbulenta, la gorra que casi fue y el hustle viral— es el relato crudo que conecta con una generación que sabe que, a veces, el destino depende de una sola decisión.

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