Cachirula & Loojan en el Flow Fest: Sudor, cannabis y “perreo grosero”
Eran las 16:55 horas del domingo y el sol de la tarde caía sobre la Curva 4 del Autódromo Hermanos Rodríguez, transfigurada en un microcosmos social.
En el Escenario Sprite del Coca-Cola Flow Fest 2025, la atmósfera vibraba con una expectativa casi tangible: un mosaico de faldas cortas y jerseys holgados, una amalgama olfativa de perfume y cannabis que anunciaba la suspensión de las normas cotidianas.
No se trataba de un concierto más; era el regreso de Cachirula & Loojan a la Ciudad de México tras tres meses de ausencia.
Su presentación estaba destinada a ser el acto que bautizó el segundo día del festival, consolidando su estatus como profetas de una nueva y disruptiva ola en el reguetón nacional.

Yeri Mua y El Bogueto: Los invitados que incendiaron la tarde
El espectáculo fue un manifiesto sónico de hedonismo, un despliegue de “puro perreo grosero” que incendió a la multitud. El arsenal de éxitos del dúo detonó con colaboraciones que marcaron los puntos álgidos de la tarde.
Primero, la irrupción de Yeri Mua, presentada por Cachirula como “la reina del reguetón mexicano”, para interpretar “Nasty” y “Loquito” en un despliegue de sensualidad coreografiada.
Poco después, sin playera y aclamado como “el chacal más caro”, El Bogueto desató el caos con el remix de “Uii”.
La conexión fue visceral, y un momento de comunión salvaje culminó en un rito profano: un fan arrojó una playera, y Cachirula, en un gesto de suma sacerdotisa del perreo, la atrapó, la ungió con su sudor y la devolvió a la multitud, ya no como una prenda, sino como una reliquia.
La promesa de Cachirula: Programas crackeados y resistencia
Detrás de la figura desafiante que dominaba el escenario, se encuentra la historia de Julieta García, Cachirula, una pionera forjada a contracorriente.
A los 16 años, autodidacta y con programas crackeados, se refugió en la vastedad de internet, un espacio digital que le ofrecía la libertad que las calles de su entorno le restringían. El camino fue arduo en una industria dominada por hombres, donde llegó a ser abucheada.
Su punto de inflexión fue una promesa a su madre, un pacto que definió su destino: “Si me va mal, te juro que regreso en un año a estudiar”. Jamás volvió a las aulas. La música se convirtió en su salvación, un rescate que ella misma confirma: “Sí puedo decir que la música me salvó en muchos aspectos”.

La conversión de Loojan: Cuando el reggaetón fue la salvación
La otra mitad del dúo, Eder Ulises Luján (Loojan), recorrió su propia travesía, una que funciona como microcosmos del propio género.
Iniciado en la música electrónica, albergó por años un prejuicio hacia el reguetón, un género que negaba en público pero que escuchaba en secreto gracias a su hermana, reflejando la misma lucha del reguetón por su legitimidad cultural.
La pandemia lo golpeó, haciéndole sentir que su carrera se había acabado. Desesperado, vio en Cachirula, su amiga de siete años, una última oportunidad. Su propuesta de colaborar fue, en sus palabras, su “última tirada”, un movimiento que no solo fue un salvavidas profesional, sino un acto de abrazar una identidad que antes repudiaba.

Rumbo a Coachella 2026: La validación global del sonido independiente
Así, la presentación de Cachirula & Loojan en el Flow Fest se erige como el símbolo de un “reggaetón mexa” que triunfa desde la independencia.
Su éxito no es casual, sino el resultado de una fórmula única: la resiliencia de Cachirula forjada contra la hostilidad de la industria, sumada a la conversión de Loojan de escéptico a creyente, y catalizada por la desesperación de la pandemia.
De esta colisión nació una autenticidad inquebrantable, cuya filosofía “consensuada” —fusionando las perspectivas de un hombre y una mujer— es la respuesta creativa a la misoginia que Cachirula enfrentó en solitario.
Su próxima participación en Coachella 2026 no es solo un logro; es la validación de un sonido que nació de la necesidad y hoy conquista el mundo.
