C-Kan defiende sus letras ante la censura: “Soy un periódico de barrio”
Frente a un muro de cámaras y grabadoras, C-Kan no solo defiende un concierto, defiende una carrera. De un lado, la promesa de pixeles y subwoofers en el Pepsi Center WTC; del otro, el eco de un oficio gubernamental que tacha su rap de “apología del delito”. En el centro, un cronista forjado en el asfalto que se niega a guardar silencio, un artista en la encrucijada entre el espectáculo masivo y la censura estatal.
Esta tensión cristaliza la paradoja que define su trayectoria: ¿Cómo un artista cuya pluma se nutre del conflicto callejero logra no solo sobrevivir, sino prosperar en los escenarios más codiciados del país, convirtiendo el estigma en estandarte? La clave parece encontrarse en su capacidad para transformar la narrativa cruda en una experiencia colectiva, una filosofía encarnada en la dualidad de sus más recientes producciones.

El escenario interactivo: La dualidad de Roma e Italia
Para un artista que irrumpió en la escena profesional en 2012 y alcanzó la cima de las listas con Voy por el sueño de muchos, un artista de calibre internacional con colaboraciones que van desde leyendas del G-funk hasta 50 Cent, la complacencia no es una opción. Su show de este sábado no fue solo una fecha más en el calendario; es una evolución en su diálogo con el público, una propuesta que redefine la experiencia del concierto en vivo.
El concepto detrás del Italia Tour es audaz: un espectáculo diseñado como un videojuego inmersivo. La escenografía y la estética de pixeles son solo el marco para la verdadera innovación: el público, a través de la tecnología, tomará el control del setlist en tiempo real.
“Un videojuego interactivo en vivo”
“Es un videojuego interactivo en vivo, en el que el público está decidiendo básicamente qué canciones voy a tocar en el show… Literalmente el público va a estar jugando en vivo, seleccionando lo que quiera que suceda en el escenario”, expresó el músico en conferencia de prensa donde Clímax en Medio estuvo presente.
Esta experiencia es el vehículo perfecto para presentar la dicotomía de sus dos producciones conceptuales, Roma (lanzado en 2024) e Italia (2025). Ambos proyectos, aunque concebidos como un díptico, exploran facetas opuestas de su universo lírico. Roma es una colección de canciones de amor, de letras suaves que exploran el afecto y el desamor. Italia, en cambio, es un regreso a sus raíces, un disco de rap “más callejero” y “gangster”, inspirado en la mafia italiana.
La elección de los títulos no fue casual, sino un acto de manifestación personal. “Hice un disco con solo canciones de amor y le puse Roma… Para hacer el contraste, hice Italia. Yo decidí ponerle así a estos proyectos para que fuéramos a Roma”, compartió, revelando su deseo de conocer el país europeo gracias a su música.
En esta aventura escénica, no estará solo; lo acompañarán figuras clave como Dharius, Tiro Loko y Melódico. Y es precisamente la narrativa sin concesiones de Italia la que lo arrastró a su más reciente colisión con el poder.

La voz de la calle: Entre la censura y la crónica social
El choque entre la libertad de expresión artística y el poder gubernamental es una batalla tan antigua como la música misma, un eco persistente en un país donde la crónica del narcocorrido ha negociado durante décadas esa misma frontera peligrosa.
C-Kan colisionó con el aparato censor del Estado el pasado 16 de enero, cuando su concierto en Querétaro fue cancelado por las autoridades, quienes argumentaron que sus canciones hacían “apología del delito y la violencia”.
Frente a estas acusaciones, la postura de C-Kan es contundente: el rap no inventa la violencia, simplemente la documenta. Para él, culpar a los músicos es un intento superficial de desviar la atención.
“Queriendo tapar el sol como con un dedo, como queriendo echar la culpa a alguien del salón, sabiendo que ellos son los profesores”, dijo.
“El gobierno es el responsable”
Su argumento principal apunta directamente a la cúpula del poder, a quienes considera los principales responsables del tejido social. “Si la educación comienza en tu casa, a grandes escalas, nuestro gobierno viene siendo como nuestro papá… Ellos son los responsables de la educación que su sociedad está teniendo”, afirmó. Lejos de quedarse en la queja, C-Kan extendió una propuesta constructiva:
“Yo pongo mi persona gratis para promover la cultura. Sé que hay muchos chamacos allá afuera que eligieron rapear por alguno de los que estamos acá”.
Esta defensa refuerza una identidad que ha cultivado por años, la del cronista que da voz a los que no la tienen. Como él mismo sentenció en el pasado: “Soy un periódico de barrio, lo que la gente quiere decir lo ponemos en el rap”. Pero, ¿de dónde nace esta convicción inquebrantable de ser el mensajero de su realidad? La respuesta está en el lugar donde todo comenzó.

Las raíces: La epifanía de la cancha 98
La autenticidad de un artista se forja en las calles, en las experiencias que definen una misión. Para C-Kan, el momento revelador ocurrió mucho antes de los discos de oro, cuando apenas era un adolescente con cuatro canciones grabadas en un casete en su barrio, “La Cancha 98” de Guadalajara.
La cinta comenzó a circular de mano en mano. El recuerdo fundacional ocurrió durante la fiesta de su cumpleaños 17. Mientras sus canciones sonaban, vio algo que parecía imposible: jóvenes de barrios rivales, con quienes existían conflictos “solo porque naciste en el barrio de al lado”, cantaban juntos sus letras.
Esa epifanía juvenil es el germen de su postura actual frente al poder: la misma fuerza unificadora que descubrió a los 17 años es la que hoy ofrece a las autoridades de Querétaro, argumentando que el rap puede construir puentes, no solo documentar muros.
Esta convicción lo pone en curso de colisión con las tendencias de una industria musical moderna que prioriza el producto sobre el mensaje, plagada de “campamentos” y “Ghost Riders”.
“Antes la regla era: Solo canto lo que escribo”
“Antes era como una regla no escrita: solo canto lo que yo escribo… siento que ahí se pierde un poco la esencia de lo que de verdad era el rap, que era comunicar un mensaje”, reflexiona el cantante.
Su propio sonido es un mosaico de las influencias que lo rodearon. Creció en un hogar con “un solo estéreo” donde convivían Pedro Infante, Gloria Trevi y El Tri. Pero fue al escuchar a Cypress Hill y Vico C cuando todo cambió, al darse cuenta de que “se puede hacer en español”.
Esa base de experiencia vivida es lo que le ha otorgado la autoridad moral para hablar desde la calle, construyendo un pacto inquebrantable con un público que ve en sus rimas un reflejo de su propia vida.

El eco de las rimas: El pacto con el público
Una vez que una canción sale al mundo, deja de pertenecerle al artista. Se convierte en un espejo donde cada oyente proyecta sus propias experiencias. C-Kan ha sido testigo directo de cómo sus rimas adquieren vida propia, generando interpretaciones que van de lo inocente a lo polémico.
Dos anécdotas lo ilustran. La primera, la de un niño en Tijuana que fue reportado en su guardería por cantar sin cesar “Viajando en una nube”, una canción sobre marihuana. En su imaginación, C-Kan era como Goku en su nube voladora.
La segunda, más compleja, es la de su canción “Déjame conocerte”. La pieza le ha ganado tanto el agradecimiento de madres que decidieron no abortar gracias a ella, como las críticas de quienes lo acusan de ser “provida”.
Esta dualidad de interpretaciones es el microcosmos de su conflicto mayor. La acusación de “apología del delito” por parte del gobierno de Querétaro no es más que otra interpretación —una con el peso del poder institucional— que C-Kan rechaza con la misma filosofía que aplica a su público: “cúlpenme de lo que yo diga no de lo que ustedes entiendan”.
Al final, para él, el éxito no se mide en ventas ni aplausos. “La verdadera paga”, como la llama, es la conexión emocional. “Cuando canto esas canciones en vivo y veo a la gente en lágrimas cantando las canciones, digo: ‘así es como yo me sentía y eso era lo que yo quería que ustedes sintieran’. Eso para mí es la paga, brother”.
Este profundo pacto es el motor que lo impulsa a seguir creando y lo que buscará honrar una vez más en la experiencia que ha preparado para su próximo concierto.
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C-Kan llegó al Pepsi Center no solo como un músico, sino como una figura sísmica del rap mexicano que ha transformado la crónica de su barrio en un fenómeno nacional. Es un artista que enfrenta la censura con un discurso de responsabilidad social, que defiende su derecho a narrar la realidad sin adornos y que ha cimentado su carrera sobre un vínculo de autenticidad inquebrantable con su público.
La metáfora del videojuego que enmarca su nuevo tour es un reflejo perfecto de su trayectoria. El concierto no fue solo un show; es la manifestación de un viaje en el que ha superado distintos niveles —el amor en Roma, la calle en Italia, la protesta en sus declaraciones— y ahora, en un acto de máxima confianza, le entrega el control a su gente.
Su música trasciende el entretenimiento para convertirse en un diálogo constante sobre identidad, resiliencia y las contradicciones del México contemporáneo. Para C-Kan, el cronista de la Cancha 98, el juego apenas comienza.
