‘Bugonia’ de Yorgos Lanthimos: En el sótano de la paranoia contemporánea
El cine de Yorgos Lanthimos es un crisol que exige de sus colaboradores no solo una actuación, sino una inmolación física.
Sus mundos, regidos por lógicas extrañas y una crueldad quirúrgica, demandan que sus intérpretes no se limiten a habitar a sus personajes, sino que se sometan a sus rituales con una entrega absoluta.
Su más reciente obra, Bugonia, eleva este compromiso a un acto tan radical como simbólico, personificado en el sacrificio capilar de Emma Stone.
Para dar vida a Michelle, la ejecutiva farmacéutica secuestrada bajo la sospecha de ser una alienígena, Stone se afeitó la cabeza frente a la cámara. La escena, un punto de inflexión narrativo filmado en una sola e irrepetible toma, fue solo el inicio del pacto.

La gran complicidad
En un gesto que sella la complicidad creativa que la une a Lanthimos, la actriz le hizo prometer que él también se raparía. Un día antes de su propia transformación, fue ella misma quien tomó la máquina y afeitó la cabeza de su director.
El acto no era un capricho, sino una necesidad dictada por la trama, donde el cabello es el supuesto medio a través del cual los extraterrestres se comunican con su nave nodriza.
“Fue el mejor desafío… en la versión original coreana también se había afeitado la cabeza, en la historia. Se supone que así es como los extraterrestres se comunicaban con la nave espacial madre”, dijo Emma Stone a Excelsior.
“Era parte de la historia. Tenía que hacerlo. Pero yo también quise hacerlo todo en cámara, como se ve en el cine. Y obviamente, no fue una escena que pudimos repetir”, agregó la actriz en dicha entrevista.
Este acto de transformación física es el perfecto microcosmos de la película: una metamorfosis que toma una premisa de ciencia ficción y la convierte en un espejo deformado y brutalmente honesto de nuestra realidad contemporánea.

Un secuestro para el fin del mundo: La trama como reflejo de una era
Bajo la estructura de un thriller claustrofóbico, Bugonia despliega una fábula hiperbólica sobre la ansiedad colectiva, el cisma ideológico y el colapso de la realidad compartida en la era digital.
La película es un diagnóstico radical de lo que significa existir en un presente donde las élites del 1% viven, en efecto, como alienígenas para el resto de la humanidad, y donde las “burbujas potenciadas por la tecnología” han reemplazado el terreno común.
La sinopsis es tan simple como inquietante: dos jóvenes consumidos por teorías de conspiración, Teddy (Jesse Plemons) y Don (Aidan Delbis), secuestran a Michelle (Emma Stone), la poderosa CEO de una compañía farmacéutica. Su convicción es absoluta: ella es una extraterrestre con planes inminentes para destruir la Tierra.
Este acto desesperado funciona como un espejo deformante de una América polarizada, un vehículo para una incisiva crítica social sobre cómo fabricamos monstruos para explicar la complejidad del poder y la peligrosa seducción de las narrativas que ofrecen certezas en un mundo que ya no las tiene.
Una autopsia del presente
El propio Lanthimos lo articula no como una fantasía distópica, sino como una autopsia del presente: “En el mundo en el que vivimos hoy, la gente vive en burbujas potenciadas por la tecnología”, expresó el cineasta en las notas de producción.
“Tener ciertas ideas sobre la gente se ve reforzado en función de en qué burbuja vives, lo que genera un inmenso cisma entre la gente”, continuó.
“Quiero retar al espectador a replantearse todo aquello de lo que nos sentimos seguros, esas decisiones de juzgar a determinada gente de un modo u otro. Es una reflexión interesante sobre nuestra sociedad y el conflicto de nuestro mundo contemporáneo”, agregó.
Esta profunda reflexión sobre la psique contemporánea, sin embargo, no nació en un vacío. Su origen se encuentra en la reinvención de un singular y venerado clásico de culto del cine surcoreano.

El origen: De un clásico coreano a la visión de Lanthimos
La genealogía creativa de Bugonia demuestra cómo un proyecto de remake, a menudo visto con recelo, puede evolucionar hasta convertirse en una obra con una identidad propia y radicalmente distinta.
El proyecto comenzó a gestarse en 2020 como una nueva versión en inglés de la película surcoreana de 2003, Save the green planet!, del director Jang Joon-hwan.
El productor Ari Aster (Hereditary, Midsommar) contrató al guionista Will Tracy, conocido por su trabajo en Succession y The menu.

La metodología de Will Tracy
Tracy tomó una decisión metodológica crucial: vio la película surcoreana una sola vez, de forma deliberada, para absorber su premisa sin convertirse en un “esclavo” de sus escenas o su tono. Su objetivo no era traducir, sino reimaginar.
“La vi solo una vez a propósito… No quería que fuera un remake. Quería que pareciera algo nuevo y que, con suerte, no fuera tan dependiente de la película original… Simplemente no quería hacerlo para nada”, dijo para el podcast Next Best Picture.
El guión resultante, descrito por Tracy como algo “resonante con la América contemporánea”, aterrizó en las manos de Yorgos Lanthimos, quien, sin haber visto la película original, sintió una conexión visceral e inmediata con la visión de Tracy.
El impacto fue tan profundo que, según reveló él mismo, “le envié el guión a Emma Stone la misma noche que lo leí”. La respuesta de ella fue igualmente instantánea. La singularidad del texto había encontrado, en cuestión de horas, a la trinidad creativa destinada a darle vida.
Duelo en el sótano: Un reparto al límite
El éxito de Bugonia reside, en gran medida, en el duelo verbal, filosófico y brutal que se desata en el opresivo sótano.
Es una colisión de mundos interpretada por un elenco en estado de gracia, donde la tensión no proviene de la acción, sino de la palabra, la mirada y la insoportable ambigüedad.
La quinta colaboración: La sintonía Stone-Lanthimos
La relación creativa entre Emma Stone y Yorgos Lanthimos se ha consolidado como una de las sociedades más fructíferas del cine actual.
Bugonia marca su quinta colaboración, un vínculo que describen como una “familia” cinematográfica cimentada en la confianza absoluta y una atracción compartida por lo impredecible.
Stone, que también ejerce como productora, tuvo una reacción visceral al guión. Al ser preguntada por sus dos primeras palabras tras leerlo, su respuesta fue contundente: “holy shit” y “what the fuck”.

El conspiranoico trágico: La complejidad de Jesse Plemons
Frente a Stone, Jesse Plemons entrega una de las interpretaciones más aclamadas de su carrera como Teddy. Su personaje trasciende el arquetipo del villano para convertirse en un “revolucionario desorientado”, un “nervio expuesto” que encarna la desesperación de una sociedad rota.
No es un simple fanático; es un hombre marcado por un trauma familiar específico y devastador: la compañía farmacéutica de Michelle, Auxolith, fabricó el medicamento para la abstinencia de opioides que dejó a su madre en estado vegetativo.
Esta herida personal transforma su paranoia en una vendetta trágica, dotando de una lógica interna a su delirio. Plemons confesó que la complejidad del rol lo abrumó inicialmente.
“Cuando leí el guión de Bugonia, la historia y mi personaje me atraparon por su complejidad. Pero debo reconocer que, unos meses después, pensé: Dios mío, ¡en qué lío me he metido! ¿Cómo vamos a hacer esta película?”, dijo el actor a Fotogramas.

El corazón inesperado: El debut de Aidan Delbis
Para el papel de Don, el primo de Teddy, Lanthimos tomó una de sus decisiones de casting más audaces.
En lugar de buscar a un actor profesional, optó por encontrar a alguien neurodivergente y sin experiencia previa, buscando una sensibilidad que aportara una capa de autenticidad y extrañeza al relato.
A través de la directora de casting Jennifer Venditti, encontraron a Aidan Delbis: “Decidir que buscaríamos a alguien neurodivergente también fue una decisión que tomé desde el principio”, expresó Lanthimos al podcast Next Best Picture.
“Descubrimos a Aiden a través de Jennifer Venditti… y encontramos a Aiden, que es autista, así que aportó un tipo de sensibilidad muy particular a la película que creo que le aporta mucho”, sumó el realizador.
La complejidad de estas actuaciones se ve magnificada por el denso simbolismo que impregna cada elemento de la película, desde su enigmático título hasta su opresiva y calculada atmósfera visual.
El significado oculto: Abejas, mitos y estética visual
En el cine de Yorgos Lanthimos, nada es superficial. La estética nunca es un simple adorno, sino una herramienta narrativa fundamental. En Bugonia, los símbolos y la puesta en escena son claves para decodificar su comentario sobre una sociedad al borde del colapso.
¿Qué es la “Bugonia”?
El título de la película es la primera clave. Bugonia es un término de origen griego que hace referencia a un antiguo mito sobre la generación espontánea de abejas a partir del cadáver en descomposición de un buey sacrificado.
El ritual se asocia con Aristeo, una figura mitológica protectora de la apicultura. Tras perder sus colmenas por una ofensa a los dioses, Aristeo realiza el sacrificio y de la muerte emerge nueva vida.
La conexión con Teddy, el protagonista apicultor que ve morir sus colmenas y busca un renacimiento a través de un acto radical, es directa. Las abejas funcionan como un potente símbolo: representan el equilibrio natural y el orden social; su muerte, el caos que precede a una posible y terrible restauración.

El bodegón del caos
Visualmente, Bugonia es una de las obras más controladas del director. Rodada en el formato de gran definición VistaVision, la película construye una atmósfera casi teatral, especialmente en el sótano, descrito por la crítica como “un bodegón pop del apocalipsis”. Pero este diseño no es meramente estético.
La dirección de arte obsesiva, donde cada objeto—latas, colmenas, trajes oxidados, una televisión que repite teorías conspiranoicas—está dispuesto con una precisión calculada, sirve para reflejar el orden mental del paranoico en medio del caos.
Es un lienzo de tensión psicológica donde cada elemento tiene una función simbólica dentro de la lógica interna de sus captores.
Esta aproximación, donde cada detalle visual está cargado de significado, se extendió de manera igualmente poco convencional a la creación de su banda sonora.

La banda sonora de tres palabras: Un compositor a ciegas
La creación de la música de Bugonia revela a la perfección el método de trabajo de Yorgos Lanthimos: un proceso donde la restricción y la confianza ciega son herramientas para alcanzar un resultado inesperado.
Para esta tarea, el director recurrió nuevamente al compositor Jerskin Fendrix, con quien ya había colaborado en Poor Things.
Las reglas del juego, sin embargo, eran radicalmente distintas. Lanthimos le prohibió a Fendrix leer el guión o ver la película original surcoreana. La única guía que le ofreció para componer la partitura consistió en tres palabras: “abejas, sótano y nave espacial”.
Fendrix admitió su desconcierto inicial, pero aceptó el desafío. Este enfoque obligó al compositor a trabajar desde la abstracción y la sugerencia, creando una atmósfera sonora que desestabiliza y acompaña la tensión sin caer en los lugares comunes del thriller.
“Si hubiera sabido de qué se trataba la película, habría escrito de una manera muy diferente, lo cual es un testimonio de la dirección de Yorgos”, dijo Jerskin Fendrix.
Este método radical, al igual que la película misma, estaba destinado a generar reacciones intensas, algo que se confirmó desde su estreno mundial en los más prestigiosos festivales de cine.
El veredicto: Ovación, controversia y rumbo al Oscar
Bugonia llegó al mundo no para buscar el consenso, sino para provocarlo. Su recorrido por los festivales de cine más importantes ha estado marcado por el fervor y el debate a partes iguales.
Su estreno mundial en el Festival de Cine de Venecia culminó con una ovación de siete minutos, un termómetro de la fascinación que generó en su primera audiencia.
La crítica, sin embargo, se ha mostrado más dividida. Si bien existe un elogio prácticamente unánime a las actuaciones de Stone y, muy especialmente, de Plemons, el tono y las decisiones narrativas de Lanthimos han generado opiniones encontradas.
Este debate la ha posicionado en el centro de las conversaciones sobre la temporada de premios, con un “Oscar buzz” considerable, aunque muchos analistas advierten que su naturaleza extraña podría resultar “demasiado” para los votantes más conservadores de la Academia.

Opiniones divididas
La diversidad de reacciones queda patente en las primeras reseñas:
- The Telegraph: “Quizás algunos espectadores encontrarán el final enloquecedor, aunque otros… simplemente ladrarán ante la pura travesura virtuosa que se muestra. De cualquier manera, qué broma”.
- The Guardian: “Para mí, Bugonia no tiene el ingenio y la elegancia de la película anterior de Lanthimos, Kinds of Kindness… Es una flor espinosa, espinosa, de invernadero”
- Variety: “Una experiencia embriagadora y apasionante, en gran parte porque adopta la forma de un duelo —táctico, filosófico, brutal— entre dos personajes…”
Más allá de los premios, el verdadero veredicto reside en la pregunta fundamental que la película plantea al espectador, una que resuena mucho después de que los créditos finales han terminado.
¿Y si tienen razón?
A través de su humor negrísimo y su crueldad estilizada, Bugonia logra ser una obra profundamente política sin caer jamás en lo discursivo.
No ofrece manifiestos ni sermones; en su lugar, obliga al público a sumergirse en el desconcierto y a cuestionar la fragilidad de sus propias certezas. La película no busca resolver el misterio de si Michelle es o no una alienígena, porque esa nunca fue la pregunta importante.
El verdadero argumento de Bugonia es sobre nuestra capacidad para soportar la ambigüedad en un mundo donde la línea entre la realidad y el delirio se ha vuelto peligrosamente delgada.
Explora la necesidad humana de creer en algo, lo que sea, aunque se trate de una fantasía paranoica, cuando el mundo real ha dejado de ofrecer un terreno firme sobre el cual pararse. Lanthimos no juzga a sus personajes; los presenta en su humanidad distorsionada, como productos de un presente roto.
Al final, la película no ofrece respuestas, sino que deja una pregunta suspendida en el aire, tan inquietante como el propio sótano donde transcurre la acción. Una pregunta que resuena en las críticas, en los debates y en la mente del espectador al salir de la sala: “¿Y si tienen razón?”.

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