Bryan Adams en la Arena CDMX: Una lección de rock del legado contra los algoritmos
Bryan Adams demostró la noche de este lunes en la Arena Ciudad de México lo que es ser una gran estrella de rock. El canadiense, más allá de ofrecer un repertorio lleno de joyas que trascienden generaciones, demostró por qué mantiene una conexión especial con nuestro país.
Es de recordar que en el 2017, tras el sismo del 19 de septiembre, fue de los artistas que mostró su solidaridad con la tragedia y dedicó unas palabras junto a un fragmento de su icónico tema “Heaven”: “A todos mis amigos mexicanos, comparto su dolor y me solidarizo con ustedes, les mando todo mi corazón… fuerza México”, dijo en ese entonces.
Ese cariño genuino por nuestro país fue regresado por una fanáticada leal que acudió este lunes a ver un concierto que duró más de dos horas con un recorrido de himnos del rock y baladas que tanto han dado consuelo como han unido corazones como las cientos de parejas que se dieron cita en el concierto.

El pacto de honestidad: Un reencuentro íntimo con México
Pero vamos al concierto. En una industria dominada por la pirotecnia digital y las pantallas que dictan la emoción, Bryan Adams optó por un inicio que es, en sí mismo, un manifiesto de proximidad. Al situarse en un escenario alternativo en medio de la pista, el canadiense desmantela la jerarquía de la “superestrella” para recuperar la esencia del trovador eléctrico.
Apareció sólo, empuñando una Guild JF55-12 —esa mítica de doce cuerdas que lo acompañó en su Unplugged y a la que, en un alarde de excentricidad técnica, mandó instalar un brazo de vibrato Bigsby— para recordarnos que el rock, antes que espectáculo, es un pacto de honestidad.
El bloque inicial, con versiones desnudas de “Can’t stop this thing we started” (gran tema sobre los amores apasionados), “Straight from the heart” (sobre la necesidad de la honestidad) y “Let’s make a night to remember” (que habla de la intimidad, conexión y la búsqueda de una noche mágica), validan su naturaleza de músico autodidacta.
En las notas de su armónica y el rasgueo de la Guild se percibe la impronta de una infancia nómada; el hijo del diplomático que recorrió Portugal, Israel y Japón aprendió que la música es el único lenguaje que no requiere pasaporte.
Al interpretar “Straight from the heart” (1983), esa búsqueda de un “nuevo comienzo” resuena con una vigencia asombrosa. Al finalizar, su recorrido hacia el escenario principal no es solo un cambio de posición física, sino la transición deliberada de la introspección acústica al rugido estentóreo del rock de estadio.

Contra el algoritmo: La resistencia de la guitarra eléctrica y su leal banda
En pleno 2026, la vigencia de la guitarra eléctrica parece un acto de resistencia. Adams lo sabe y utiliza “Kick ass” —una colaboración con el arquitecto del sonido masivo, Mutt Lange— para protestar contra la esterilidad del algoritmo. “Más guitarras y batería”, parece ser la consigna mientras la Arena se iluminó en un despliegue de energía acompañada por las luces de sus pulseras al ritmo de la música.
Un bloque de alta intensidad que sumó el sonido misterioso que se traduce una canción sobre la infidelidad y el deseo como “Run to you”, para luego hacer sonar un himno de generaciones como “Somebody” con el cual conectar con la búsqueda de un amor desde el dolor de la soledad y luego la pieza titular de su más reciente álbum (2025), “Roll with the punches”, reveló la filosofía de un artista que ha alcanzado la soberanía absoluta con un tema cuya letra evoca la resiliencia y el espíritu para enfrentar los desafíos de la vida.
Bajo el guante de boxeo gigante que presidía el escenario, Adams simbolizó su capacidad para absorber los impactos de la industria y resurgir con Bad Records, su propio sello independiente fundado en 2024. No es solo independencia; es control creativo.
Una banda de lujo
En lo técnico, la arquitectura sonora se sostuvo sobre tres pilares de lealtad inquebrantable: el guitarrista Keith Scott (su mano derecha desde 1976), el baterista Pat Steward (en el banquillo desde 1984) y el tecladista Gary Breit (parte del engranaje desde 2002).
La sinergia entre ellos permitió que Adams transitara por sus convicciones sociales sin caer en lo moralino. Como él mismo suele decir: “Es una línea delgada introducir temas políticos en la música; si no logras que funcione, mejor quédate con la pureza de ‘She loves you’”.
Esta noche, el equilibrio fue perfecto. El rock nos despertó un instinto lleno de frenesí incluso desde la vulnerabilidad como resuena en “Do i have to say the words”, suplicando consuelo y validación cobijado por un sólo de guitarra que rosa en lo hermoso.

Monumentos emocionales: La vulnerabilidad detrás de los grandes himnos
La maestría de Adams reside en construir himnos que habitan la memoria colectiva no como simples canciones de amor, sino como monumentos emocionales. “Please forgive me” y “Heaven” son pilares que han sobrevivido a la erosión del tiempo.
En la entrega total de “Please forgive me” (1993), el público validó esa súplica de vulnerabilidad con alta intensidad, mientras que en “18 til I die”, Adams recuperó al adolescente eterno que se niega a claudicar ante la cronología. Un llamado a todo pulmón a despertar el espíritu de rebeldía.
El cantante mezcló durante todo su show el inglés con palabras en español ganándose el aplauso del público por su esfuerzo. En uno de esos discursos evocó con agradecimiento la colaboración que tuvo con la fallecida Tina Turner cuando cantó “It’s only love” en la cual se sugiere que a pesar de las heridas y la angustia, el dolor no es el fin del mundo.
A ella se sumó otro tema que creo también en colaboración. “Shine a light” fue coescrita con Ed Sheeran en el 2019 y es un recordatorio de la nostalgia que se siente por regresar a casa ante la necesidad de encontrar luz o esperanza en lugares familiares.
La lente y la guitarra: El escenario como un retrato fotográfico
Existe un vínculo indisoluble entre su faceta como fotógrafo de retratos y su puesta en escena. Adams, el autor de libros como Exposed y cofundador de Zoo Magazine, busca en el escenario la misma “sencillez y frescura” que persigue tras la lente. Así como añora el grano del celuloide en la era digital (aquella textura que capturaba con su vieja Rolleiflex), esa misma aspereza se traduce en el “grit” de su voz en vivo.
La iluminación azul profundo de “Heaven” funcionó como un encuadre fotográfico, para recordarnos que el amor verdadero es un paraíso o refugio seguro, donde estar en brazos de la pareja se siente como el “cielo” en la tierra. Sin duda uno de los grandes momentos de la velada.
Para templar las emociones románticas que se sienten como caricias tocó música reciente con “Never ever let you go”, que salió el año pasado centrando su letra en la promesa de no dejar a la persona amada y cantándola a los fans creando una complicidad emocionante.
El repertorio continuó con el deseo de dar un giro de tuerca a la vida. “This time” (1983) cobró vida en el escenario con el video original viéndose en la pantalla principal y con el público coreando en una de las piezas esperadas por los admiradores más férreos del cantante. Planteó una reflexión dialéctica sobre el paso del tiempo. No hubo nostalgia estéril, sino una demostración de consistencia.
Sombras, memorias y el dilema del tiempo
La segunda mitad del concierto se adentró en terrenos de una oscuridad cinematográfica. En “Heat of the night” (1987), la Arena se tiñó de un rojo carmesí que evocaba la atmósfera del cine negro y los viajes de Adams al Berlín previo a la caída del muro, inspirados en la estética de El tercer hombre. Es en esta penumbra donde su registro vocal luce con una autoridad veterana, navegando entre el misterio y la potencia.
La energía se mantuvo en niveles altísimos con temas nuevos como “Make up your mind” (2025), donde el pulso rítmico —casi cercano al punk-rock contemporáneo— subrayó que el dilema entre el pasado y el futuro se resuelve siempre en el presente del escenario.
El momento más divertido
El tramo final fue una celebración de la versatilidad técnica y la gratitud profesional. El momento rockabilly de “You belong to me” mostró a un Adams lúdico, invitando a la audiencia a bailar ante la cámara, mientras realizaba un esfuerzo genuino por conectar en español, un gesto de respeto propio de un Compañero de la Orden de Canadá que no da por sentado a su público. Sin duda el momento más divertido con las parejas bailando ante la cámara y caballeros mostrando la piel sin camisa disfrutando del show.
Para mantener la evocación del rock clásico hizo sonar “Twist and shout”, ese tema que llegó a hacer popular The Beatles con la que invitó a su audiencia a bailar con euforia para tratar de retratar para siempre el espíritu de juventud. Otro gran momento disfrutable y ameno del concierto.
La noche permitió recordar su estatus de colaborador estelar: desde el eco de Barbra Streisand en “I finally found someone” hasta la limpieza acústica de “Have you ever really loved a woman?”, que en su origen contó con el toque flamenco de Paco de Lucía.
El contraste entre la melancolía reflexiva de “Will we ever be friends again” y el optimismo desbordante de “So happy it hurts” resumió la noche: un viaje por las estaciones de la vida que termina invariablemente en la carretera.

La apoteosis del estadio: De “(Everything I do)” a la locura de “Summer of 69”
Pero fue la recta final la que más emocionó a los fans. “When you’re gone” volvió a poner ritmo con una balada acústica que cobró fuerza en su desarrollo hablando del sentimiento de soledad que provoca la ausencia de quienes amamos… pero con un tono rockero pegajoso. Luego subió los decibeles con “The only thing that looks good on me is you” hablando sobre la devoción incondicional hacia una pareja.
Pero el momento álgido llegó recordándonos su genio compositivo capaz de estructurar éxitos como “(Everything I do) I do it for you” en apenas 45 minutos junto a Michael Kamen como ha contado muchas veces. La precisión aquí no es casualidad; es técnica refinada al servicio del sentimiento.
La balada romántica de 1991, escrita para la película Robin Hood: príncipe de los ladrones, expresó la devoción incondicional, amor eterno y sacrificio. Los celulares de toda la Arena CDMX iluminaron al cantante y a su pianista en una de las grandes postales. Fue un coro majestuoso que quedará para la historia.
Un cierre emocionante
Bryan Adams cantó “Back to you” emocionado por la respuesta del público. La canción lanzada en su álbum MTV Unplugged (1997), es una balada rock acústica que reflexiona sobre la superación de dificultades pasadas y la incondicionalidad del amor. El público la recibió con cariño.
El otro gran momento de la noche fue “Summer of 69”. Apenas sonó el primer guitarrazo y la emoción del público no se hizo esperar. Ese rock de estadio volvió a poner el foco en los amores de verano de la juventud (y aunque muchos no lo sepan, a cierta posición sexual) apelando a la idea de libertad de los viejos años. Todo un clásico que retumbó en la Arena.
Antes de despedirse cantó “Cuts like a knife” en una versión extendida que concluyó con ánimos festivos y coros de su público. Esta canción sobre la ruptura y la traición que se siente como un corte profundo de un cuchillo se transformó en algarabía y pasión. Cuando terminó el tema el músico se despidió junto a su banda al centro del escenario con un baile de agradecimiento y una reverencia a su gente.

“All for love”: El cierre acústico y la soberanía de una leyenda
Sin embargo, Bryan Adams no salió de la escena. Tomó su acústica y para agradecer la admiración de décadas cantó solo su icónico tema “All for love” (que en su momento lanzó junto a Rod Stewart y Sting), un himno a la lealtad que trata sobre el sacrificio, la devoción incondicional y la fuerza del amor verdadero, sin duda el gran mensaje que dejó su concierto.
Así, lo vivido en la Arena CDMX no fue un recuento de glorias pasadas, sino la confirmación de una vigencia ganada por derecho propio. Con el control total de su carrera bajo la soberanía de Bad Records, Bryan Adams demostró por qué ha alcanzado el número uno en más de 40 países. No son solo los 65 millones de discos; es la capacidad de sostener un espectáculo de dos horas con una banda que funciona como un reloj de precisión suiza.
Como dicta su propia filosofía fotográfica, un buen concierto debe poseer algo “intangible e inolvidable” que te obligue a detenerte. Al salir del recinto, queda la certeza de que Adams logró ese retrato perfecto. Fue una noche de rock auténtico, de guitarras Guild resonando con la fuerza de la verdad y de un artista que, tras cuatro décadas, sigue sabiendo exactamente cómo “aguantar los golpes” y devolverlos convertidos en arte.
