Brigitte Bardot y su paradoja: El mito ingobernable
La tarde del 12 de enero de 1965, un avión de Varig hizo una escala técnica de apenas 45 minutos en el aeropuerto El Dorado de Bogotá. A bordo, en la fila 9, viajaba Brigitte Bardot.
Era una simple parada en su ruta de Río de Janeiro a México, pero la noticia de su presencia transformó la gélida pista en un escenario de histeria colectiva. Una multitud se congregó al pie de la aeronave, obligando a desplegar la escalerilla para que la diva, envuelta en un abrigo de piel de camello, saludara a los hombres conmocionados.
Un cronista de El Espectador, colgado de la barandilla y esquivando los bolillazos de la policía, lamentó que “B.B.” no pisara suelo colombiano. Los reporteros le gritaban en coro: “¡Quítese el abrigo para verla mejor!”. Ella, juguetona, respondió: “¿Strip-tease?”. El delirio fue total.
Este episodio, uno entre miles, captura la esencia de un fenómeno que desbordaba la pantalla para convertirse en un evento sísmico, un huracán cultural que ella misma, con una lucidez premonitoria, ya había definido ese mismo año: era, sin lugar a dudas, un personaje histórico.

El nacimiento del símbolo
Para descifrar la compleja y contradictoria figura de Brigitte Bardot, es fundamental regresar a sus orígenes. Su ascenso no ocurrió en un vacío, sino en el corazón de la Francia conservadora de la posguerra, una sociedad aún anclada en códigos morales rígidos.
Fue en este caldo de cultivo donde su irrupción no sólo fue disruptiva, sino revolucionaria, sembrando una libertad que, paradójicamente, contendría las semillas de su futura reclusión y de su airada rebelión contra el mundo que la coronó.
Antes de ser el mito, Brigitte fue una niña acomplejada bajo el yugo de una familia severa. “Fui educada por padres de derechas… he sentido la fusta”, recordaría sobre aquellos años de encierro y vigilancia.
Aspirante a bailarina sin gran fortuna, empezó a encontrarse a sí misma cuando su rostro iluminó la portada de Elle en 1949 con sólo 14 años, donde cautivó al director Marc Allégret y a su guionista, Roger Vadim, éste último con quien tuvo una conexión obsesiva.
Se desató el terror de sus padres conservadores, quienes se negaban a ver a su hija en la pantalla. Fue la voz patriarcal de su abuelo la que liberó su futuro con una defensa brutalmente honesta: “Si la pequeña decide algún día ser una puta, lo será con o sin el cine. Si decide no ser una puta, no será el cine quien la haga cambiar”.

La “bomba Bardot”
En 1952, con 18 años recién cumplidos, se casó con Roger Vadim y dio sus primeros pasos en el cine con papeles menores. El punto de inflexión llegó en 1956 con Deshojando la margarita, pero fue en noviembre de ese mismo año cuando la historia cambió para siempre con el estreno de Y Dios creó a la mujer.
Dirigida por su marido y promocionada bajo el eslogan “Dios creó a la mujer… y el diablo a B.B.”, la cinta fue recibida en París con frialdad y escándalo, defendida únicamente por los jóvenes críticos de Cahiers du Cinéma.
Irónicamente, la “bomba Bardot” estalló fuera: Nueva York, Londres y Berlín se rindieron ante ella antes que Francia. Tras su éxito internacional, la película se reestrenó en su país arrasando en taquilla y fundando el mito.
De la noche a la mañana, se convirtió en la actriz mejor pagada de Francia, firmando en 1958 un contrato histórico con el productor Raoul Lévy: cuatro películas con un salario escalonado de 12, 15, 30 y hasta 45 millones de francos.
El filme la catapultó a la fama internacional y la estableció como un fenómeno cultural sin precedentes. Bardot no interpretaba un personaje; encarnaba una idea: una sexualidad femenina libre, instintiva y despojada de culpa. Bailando descalza sobre una mesa, con el pelo alborotado y una sensualidad que no pedía permiso, rompió con todos los códigos de la época.

Un objeto de análisis intelectual
Su Juliette Hardy no era ni la virgen ni la prostituta, los dos arquetipos a los que el cine había relegado a la mujer. Era, simplemente, una mujer que deseaba y actuaba en consecuencia, un concepto tan simple como radical. Pero esta nueva libertad, tan celebrada como incomprendida, se convertiría en el primer barrote de su jaula.
Su figura trascendió rápidamente el cine para convertirse en objeto de un profundo análisis intelectual. Escritoras como Marguerite Duras y, de forma emblemática, Simone de Beauvoir, vieron en ella la encarnación de las preguntas existenciales de la posguerra sobre la libertad, la autenticidad y la condición femenina.
En su ensayo Brigitte Bardot and the Lolita Syndrome, Beauvoir la describió como un “noble fracaso” en su desafío a la “tiranía de la mirada patriarcal”, reconociendo la potencia de su rebelión, aunque concluyera que el sistema terminaba por contenerla.
Al mismo tiempo, cineastas de la Nouvelle Vague como Jean-Luc Godard y François Truffaut la defendieron, viendo en ella un símbolo de modernidad que encarnaba la libertad que ellos buscaban en su propio arte.
Pero el mito, una vez creado, exige un sacrificio. La mujer que los intelectuales deconstruían en sus ensayos estaba siendo, en la vida real, devorada por su propio símbolo, iniciando un doloroso repliegue que definiría el resto de su existencia.

La anomalía de una estrella de cine
A pesar de la explosión del mito, la filmografía de Bardot presenta una anomalía: salvo por tres grandes filmes y una obra maestra, su carrera se cimentó en producciones menores.
La mayoría fueron vehículos de lucimiento dirigidos por Roger Vadim o artesanos como Christian-Jacque y Michel Deville, películas que hoy serían irrelevantes sin su presencia. Trabajos como Shalako (Edward Dmytryk, 1968) o La femme et le pantin (Julien Duvivier, 1959) despertaron cierto interés, pero nunca alcanzaron la excelencia.
Entre tanta producción menor, solo tres películas brillaron con luz propia: En caso de desgracia de Autant-Lara; La verdad de Henri-Georges Clouzot y Vida privada de Louis Malle. Con este último repetiría en el fallido episodio de Historias extraordinarias y en el éxito taquillero —aunque artísticamente menor— de ¡Viva Maria! junto a Jeanne Moreau. Sin embargo, la verdadera joya de la corona, su única obra maestra absoluta, fue El desprecio de Jean-Luc Godard.
En esa cinta, Godard no se limitó a dirigirla; deconstruyó y reconstruyó el mito de B.B. ante nuestros ojos. Filmó su cuerpo con la delicadeza de un pincel de Ingres y envolvió su belleza en la melancolía del “Tema de Camille” de Georges Delerue. Si Bardot ya pertenecía a la cultura pop por derecho propio, fue Godard quien, al potenciar sus posibilidades actorales como nadie más lo hizo, la inscribió para siempre en la historia del gran cine.

La prisión dorada: Fama, soledad y el refugio de Saint-Tropez
La fama de Brigitte Bardot fue una bestia de dos cabezas. Por un lado, le otorgó una plataforma global y un poder simbólico innegable; por otro, se convirtió en una jaula que la aisló del mundo y de sí misma. Esta tensión entre la celebridad y la soledad no fue una etapa de su vida, sino el eje que definió sus decisiones más radicales, desde su elección de refugio hasta su eventual abandono del estrellato.
Bardot definió la fama como una “prisión dorada”, una metáfora que encapsula su experiencia. El personaje “B.B.” se había vuelto más grande que la mujer, devorando su identidad. En una entrevista con BFMTV, describió este sentimiento de encierro con una crudeza abrumadora:
“Soy prisionera de mí misma, es decir, que en toda mi vida no he podido ir a un bistró a tomar un café en una terraza donde la gente me reconociera, llamara, ‘ven a ver, está Brigitte Bardot, ven a que te firme algo, ven’. Prisionera de mí, es terrible, no puedo evadirme, no puedo evadirme de mí”, dijo.
Esta confesión no es la de una estrella quejándose, sino el lamento de una prisionera consciente de que su carcelero era su propio reflejo.

Su verdadera vocación
Bardot se dio el lujo de rechazar papeles junto a titanes como Frank Sinatra, Steve McQueen —cediendo su lugar en El caso de Thomas Crown a Faye Dunaway— e incluso Marlon Brando, llegando a dejar un cheque de un millón de dólares sobre la mesa.
Su atención ya no estaba en el set, sino en los márgenes: durante los rodajes, se dedicaba a rescatar animales callejeros, desde perros hasta cabras y ovejas condenadas al matadero, convirtiendo sus habitaciones de hotel en refugios improvisados. Visto en retrospectiva, su retiro no fue una sorpresa, sino la evolución natural de una mujer que decidió valorar la vida de los animales por encima de las ganancias de la industria.
El agobio culminó en una decisión que conmocionó al mundo. En 1973, con apenas 39 años, anunció su retiro definitivo del cine. No fue un capricho, sino un acto de autopreservación.
Sus motivos eran claros y los articuló sin rodeos a lo largo de los años. A Le Parisien le confesó haberse ido porque “estaba harta de esa vida superficial, vacía”, mientras que para Vanguardia matizó que la “llaga profunda” en su corazón no la provocó el cine, sino la vida misma que lo rodeaba.

La anécdota del pato
Una anécdota de 1956, durante el rodaje de ¡Viva María! en México, prefigura con una claridad casi profética las dos pasiones que marcarían su existencia. Le regalaron un pato. El animal, lejos de buscar a los de su especie, la adoptó como su centro gravitatorio, siguiéndola a todas partes con una devoción inquebrantable.
Aquella “historia de amor”, como ella misma la describió, fue tan intensa que le marcó una aversión de por vida a que se comiera pato.
En ese pequeño animal se reflejaban ya los dos polos de su vida: por un lado, la atención absoluta que pronto recibiría del mundo entero, convirtiéndola en un icono planetario; por otro, el amor incondicional y puro que solo encontraría, décadas más tarde, en el refugio del mundo animal, lejos de la humanidad que tanto la aclamó y que ella llegaría a detestar.
Aquella joven que aún no era el mito, pero que ya inspiraba una lealtad animal, estaba a punto de desatar una revolución. Su carrera, y con ella la cultura de una época, nacerían de un solo gesto, de una sola película.

La decisión final
Pasaron años para el punto de inflexión de 1973, el momento en que el cine cedió su lugar a una nueva vocación, llegó durante un rodaje. Una cabra que participaba en la película L’histoire très bonne et très joyeuse de Colinot Trousse-Chemise, estaba destinada a terminar como méchoui (asado) para celebrar el fin de la filmación.
Bardot, horrorizada, intervino de inmediato y la compró para salvarla. Ese acto de compasión fue la epifanía que solidificó su transición. El brillo superficial de la pantalla ya no podía competir con la urgencia tangible de salvar una vida.
Al cerrar la puerta del cine, sin embargo, Bardot no se retiró a una existencia apacible. Simplemente cambió un escenario por otro, uno consagrado a la contienda, donde sus convicciones se volverían tan afiladas como su icónico delineador de ojos.
Buscando un escape, se refugió en Saint-Tropez, que en los años 50 era todavía un tranquilo pueblo pesquero. Sin embargo, su presencia transformó irrevocablemente el lugar que había elegido como santuario. En una entrevista de 1992 con Entrevue, recordaba con nostalgia el pueblo perdido:
“Era auténtico, tranquilo y con un encanto cautivador, con sus pescadores, habitantes y comerciantes hablando con un acento distintivo. Todo eso ya no existe. El acento local se ha vuelto parisino, pied-noir, inglés”, expresó.
Su propiedad, La Madrague, se convirtió, en sus propias palabras, en el “Arco del Triunfo” de Saint-Tropez, con autobuses y barcos que ofrecían visitas guiadas en cinco idiomas. Su desilusión con la transformación de su refugio fue un microcosmos de su creciente desdén por el mundo. Este desencanto la empujó a buscar un reino donde ella no fuera el espécimen enjaulado, sino la protectora soberana.

Su faceta musical y un hito inesperado
Si bien Brigitte Bardot comenzó su carrera musical en 1960 fue hasta finales de la década que dejó una huella importante en este rubro. En el convulso 1968, mientras el mundo ardía entre revoluciones sociales, Brigitte Bardot y Serge Gainsbourg encendieron su propia mecha en un estudio de grabación.
Su encuentro con el “enfant terrible” del pop francés dio a luz a un mito del erotismo sonoro: “Je t’aime… moi non plus”. Compuesta específicamente para ella, la pieza se alejaba del canto tradicional para apostar por un recitado susurrante, casi onírico, que desafiaba cualquier norma moral de la época.
El tema era una transgresión auditiva. Con una letra que celebraba el sexo sin amor y una interpretación cargada de gemidos que simulaban un orgasmo explícito, la grabación rompió barreras. Nunca antes se había escuchado algo así en la radio. Era la banda sonora definitiva de la liberación sexual, un himno tan hipnótico como escandaloso que mezclaba la elegancia orquestal con la crudeza de la intimidad de alcoba.
Sin embargo, el escándalo fue demasiado para la propia Bardot. Presionada por su entonces esposo, el magnate Gunter Sachs, y temerosa de dañar su imagen pública, pidió a Gainsbourg que enlatara la grabación.

Una canción con eco
El compositor accedió, pero la canción revivió poco después en la voz de Jane Birkin, convirtiéndose en el éxito global que todos conocemos. La versión original de Bardot permaneció oculta como un secreto a voces hasta los años 80, cuando vio la luz a pesar de la oposición de la actriz, que para entonces ya estaba retirada.
El impacto cultural fue sísmico. Condenada por el Vaticano y prohibida en la España franquista, el Reino Unido e Italia, la censura sólo alimentó su leyenda, llevándola al número uno en ventas en medio mundo.
Su influencia pavimentó el camino para el sonido disco de Donna Summer y ha sido versionada por figuras como Madonna o Kylie Minogue. Al final, “Je t’aime… moi non plus” perdura como el testamento de la química explosiva entre Bardot y Gainsbourg, los arquitectos originales del susurro más famoso del siglo XX.

El fin del acto: El adiós al cine y el nacimiento de la activista
Su retiro en la cima de su popularidad y con solo 39 años conmocionó al mundo. No era el declive de una estrella, sino la abdicación de una reina. Este acto, sin embargo, no fue un final, sino el comienzo de una segunda vida, una que, en sus propias palabras, finalmente le daría sentido a su existencia.
Fue un acto radical de sustitución: reemplazó el caótico y enjuiciador mundo de los humanos por un universo de animales donde podía ser una salvadora poderosa y unívoca, no un objeto escrutado.
Las razones de su retiro no fueron artísticas, sino existenciales. Sentía un profundo hartazgo de la industria. La fama, los rodajes y el glamour habían vaciado su vida de significado. En declaraciones a Le Parisien y Le Journal du Dimanche, lo expresó sin rodeos: “estaba harta de esa vida superficial, vacía”.

El amor está en los animales
“He sido muy feliz, muy rica, muy guapa, muy adulada, muy famosa y muy infeliz”, dijo a una revista francesa cuando cumplió 50 años. “Me han decepcionado muy a menudo. He tenido decepciones realmente terribles en mi vida. Por eso he elegido retirarme, vivir sola”.
En 1986, formalizó su compromiso creando la Fondation Brigitte Bardot. A esta causa dedicó su fortuna, su nombre y su energía, inmortalizando su nueva misión en una poderosa declaración de 1987: “Di mi belleza y mi juventud a los hombres, y ahora doy mi sabiduría y experiencia, lo mejor de mí, a los animales”, comentó.
Esta frase no solo marcó su transición, sino que redefinió su legado, proponiendo que su verdadero valor no residía en su imagen, sino en su acción. La fundación se convirtió en el éxito más importante de su vida, su gran orgullo. En una sentida declaración a El Espectador en 2011, reflexionó sobre su significado:
“Mi fundación es el éxito más bello de mi vida, mi gran orgullo… Yo no conocía nada sobre la creación de una fundación y puse todo mi corazón, mis tripas, mi nombre, mi fortuna ahí. Los primeros años fueron los más difíciles, nadie creía, muchos pensaban que se trataba de un capricho de estrella, pero yo soy tenaz y detesto los fracasos. Hoy en día, mi fundación es sólida y reconocida como ‘bien de utilidad pública’ por el Consejo de Estado francés”, comentó.
Mientras construía este legado perdurable, su voz pública, sin embargo, se fue tornando cada vez más intransigente y controvertida, abriendo el capítulo más oscuro y desconcertante de su historia.

Una vida amorosa volcánica
Su vida amorosa fue tan volcánica como su carrera, marcada por cuatro matrimonios que definieron distintas etapas de su existencia. El primero fue ya mencionado con el director Roger Vadim, con quien se casó a los 18 años, y aunque se divorciaron tras cinco años, mantuvieron una amistad de por vida.
En 1959, intentó la vida familiar con el actor Jacques Charrier, padre de su único hijo, Nicolas-Jacques. Fue una unión breve y traumática: Bardot, incapaz de asumir la maternidad, llegó a describir al niño en sus memorias como “un tumor que se alimentaba de mi cuerpo”, declaración que le valió una demanda de su propio hijo años más tarde.
La frase que se le atribuye ha quedado como una cicatriz en su biografía: “Hubiera preferido dar a luz a un perrito”.
Tras el drama, llegó el espectáculo. En 1966, se casó en Las Vegas con el playboy millonario Gunter Sachs, quien la conquistó lanzando miles de pétalos de rosa desde un helicóptero sobre su casa. Fueron “la pareja del siglo”, viviendo entre fiestas en Saint-Tropez y Acapulco, pero las infidelidades acabaron con el romance en tres años.
La paz definitiva no llegaría hasta la madurez, cuando en 1992 se unió a Bernard d’Ormale, un político vinculado a la ultraderecha de Jean-Marie Le Pen. Con él encontró la estabilidad necesaria para retirarse del mundo y dedicarse a su causa animalista.

La voz incontenible: Controversias, política y desdén
En esta faceta final y desconcertante de Bardot, la misma libertad indomable que la convirtió en un ícono de la emancipación se transmutó en una fuente de declaraciones incendiarias. Este no fue un simple giro ideológico tardío; fue la consecuencia directa de la “prisión dorada”.
Su virulencia puede interpretarse como el acto final y tóxico de una mujer que, tras una vida entera de ser definida por otros —fans, intelectuales, medios—, intentaba forjar una identidad auténtica en sus propios términos, por reaccionarios y ofensivos que estos fueran.
En sus últimas décadas, se convirtió en una voz prominente de la ultraderecha francesa, mostrando públicamente su apoyo a Marine Le Pen. Su retórica contra la inmigración y la población musulmana le valió cinco condenas judiciales por incitación al odio. En una entrevista con Sud Radio, su desdén se manifestó de forma contundente:
“Estoy asqueada. Yo, que he sido un símbolo de Francia descubro mi patria invadida por una canalla extranjera que amenaza a los franceses auténticos. Buena parte de Francia no pertenece ya a los franceses. Se ha convertido en una asquerosidad”, expresó.
En la que sería la más amarga de sus contradicciones, Bardot, la mujer que Beauvoir vio como un ariete contra el patriarcado, repudió el feminismo con la misma ferocidad con la que había defendido su propia libertad. Calificó las acusaciones del movimiento #MeToo de “hipócritas” y “ridículas”, resumiendo su postura en BFMTV: “El feminismo no es lo mío, a mí me gustan los hombres”, dijo.

El legado de una paradoja
A pesar de las polémicas, su impacto cultural es innegable. En el cine, dejó una marca indeleble con obras maestras como El desprecio (1963). En la moda, popularizó un estilo que definía la libertad: el peinado deliberadamente desordenado (choucroute), los cuadros gingham y los bikinis.
Su influencia fue tal que su rostro sirvió de modelo para la Marianne, el símbolo de la República Francesa. Y en una segunda vida, se reinventó como una de las activistas por los derechos de los animales más feroces y eficaces del planeta.
Al final, Bardot vivió sin concesiones, fiel a sus propios impulsos, para bien o para mal. Despreció la opinión ajena y construyó su propio mito, a menudo a contrapelo del mundo. En el apogeo de su fama, declaró a un periodista con una certeza que hoy suena a profecía autocumplida.
A pesar de todo —las películas y los escándalos, la adoración y el repudio—, esa afirmación resuena como el epitafio definitivo de una vida ingobernable. La historia, con todas sus complejidades, no ha hecho más que confirmarlo. Tal como ella misma lo dictó en una entrevista en 1965: “Yo soy un personaje histórico”.

“Un largo sueño”
Brigitte Bardot, el mito que encarnó la emancipación sexual antes de convertirse en una feroz crítica de la modernidad, falleció este domingo 28 de diciembre a los 91 años en su refugio de Saint-Tropez. Su partida, ocurrida apenas un año después de la de Alain Delon, marca el silencio definitivo de la época dorada del cine galo.
La muerte la encontró en La Madrague, la mítica propiedad de la que se enamoró rodando Y Dios creó a la mujer. No hubo agonía, solo un susurro final a las 6 de la mañana: “piou piou”, una pequeña palabra de amor dirigida a su esposo Bernard d’Ormale, quien sostuvo su mano hasta el final.
Mientras las causas del deceso se mantienen en reserva, los alrededores de su mansión ya se han convertido en un santuario improvisado. Entre flores y fotografías pegadas en las vallas, Saint-Tropez despide a la mujer que puso al pueblo en el mapa y que, hasta su último aliento, vivió bajo sus propias reglas indomables.
Como cierre a este texto también dejamos una declaración dicha a la revista Gala hace unos años que es un cierre perfecto y es la respuesta a si se consideraba una persona de fe:
“La fe, ¿sabes?, es un poco extraña. De niña, creía en esas historias sobre el infierno, el cielo… Pero en mi opinión, el purgatorio es algo que pasamos en la Tierra. Cuando ves cómo están las cosas, cómo se comporta la gente, es bastante desalentador”, dijo.
“En cuanto a creer o no en las maravillas que nos prometen después… En cualquier caso, si el más allá es solo un largo sueño, considerando lo mucho que me gusta dormir, ¡me parece perfecto!”, cerró.
