Berlinale bajo fuego: La entrega del Oso de Oro recuperó su rugido político… a pesar de la Berlinale
Minutos antes de que Wim Wenders tomara el micrófono en el Berlinale Palast, el ambiente no se sentía como el de una gala de cine convencional, sino como el oxígeno enrarecido de una zona de conflicto. La 76ª edición del certamen no era simplemente otra cita en el calendario de la industria; era una prueba de fuego para la libertad de expresión en una Europa que se fractura.
Afuera, la nieve berlinesa caía con una persistencia gélida, retrasando media hora la llegada de Timothée Chalamet. La estrella, cara cuidadosamente curada de la neutralidad de Hollywood, desfiló por la alfombra roja —ese campo minado de vanidades— para presentar A Complete Unknown.
Al ser consultado por la tensión política que lo rodeaba, Chalamet optó por un refugio dialéctico: “Hay que desconfiar de las figuras salvadoras”, sentenció, esquivando con destreza cualquier compromiso con la realidad palestina o el ascenso de la extrema derecha.
Esa calculada superficialidad, vestida de alta costura, fue el último vestigio de una calma artificial antes de que el escenario estallara en un rugido político que ninguna figura de relaciones públicas pudo contener.

La paradoja de Wenders y el quiebre de la “Staatsräson”
La contradicción fundamental de este año habitó en la presidencia del jurado. Wim Wenders, en un intento por blindar una pureza estética que hoy resulta anacrónica, insistió en que el cineasta “debe hacer el trabajo de las personas, no el de los políticos”, abogando por un jurado que se mantuviera al margen de la realidad.
Esta postura chocó frontalmente con la naturaleza de un festival financiado por el Estado alemán, donde la Staatsräson (razón de Estado) dictaba un silencio que muchos interpretaron como complicidad.
La respuesta de la intelectualidad fue un portazo seco. La escritora Arundhati Roy no solo criticó al festival, sino que retiró la restauración de su film In Which Annie Gives It Those Ones (1989) en un gesto de protesta radical.
A ella se unieron cineastas como Hussein Shariffe y Atteyat El Abnoudy, mientras una carta abierta firmada por más de 80 figuras —incluyendo a Javier Bardem, Tilda Swinton y Adam McKay— denunciaba una “censura institucional” insoportable.
Las palabras de Roy resonaron como un bofetón en los pasillos del Palast: “Escucharles decir que el arte no debe ser político es asombroso… es una forma de cerrar una conversación sobre un crimen contra la humanidad mientras ocurre frente a nosotros en tiempo real”, expresó.
Wenders buscaba neutralidad higiénica; los ganadores, sin embargo, tenían preparado un guión cargado de sangre y verdad.

El rugido de los ganadores: Genocidio en horario estelar
La gala de clausura dinamitó el protocolo diplomático. Lo que debía ser una entrega de premios se transformó en una plataforma de protesta visceral. El momento de mayor fricción ocurrió cuando el cineasta sirio-palestino Abdallah Al-Khatib, con una kefia sobre los hombros, recibió el premio a la Mejor Ópera Prima por Chronicles From the Siege.
Sus palabras provocaron que el Ministro Federal de Medio Ambiente, Carsten Schneider, abandonara la sala en un gesto de repudio institucional: “El gobierno alemán es socio en el genocidio en Gaza por parte de Israel… Recordaremos a todos los que estuvieron con nosotros y recordaremos a todos los que estuvieron en nuestra contra”, comentó.
En esa misma sintonía de dolor, Marie-Rose Osta, ganadora del Oso de Oro al Mejor Cortometraje por Someday a Child, recordó que los niños en Gaza y el Líbano no tienen capas de superhéroes para detener las bombas, sentenciando que “ningún niño debería necesitar superpoderes para sobrevivir a un genocidio”.
Por su parte, el turco Emin Alper, al recibir el Gran Premio del Jurado por Salvation, extendió un “no están solos” a los prisioneros políticos turcos, kurdos y palestinos. La política, que Wenders intentó desterrar por la puerta, regresó por el escenario con la fuerza de un vendaval.

Yellow Letters: El espejo turco de la censura alemana
El Oso de Oro para Yellow Letters (Gelbe Briefe) encierra una ironía que solo un festival en crisis puede generar. İlker Çatak, un director alemán-turco, se convirtió en el primer cineasta de su nacionalidad en ganar el premio máximo en dos décadas. Su película narra la persecución de una pareja de artistas en Ankara tras un incidente digital insignificante.
La potencia del film reside en su análisis del “lenguaje del despotismo” frente al “lenguaje empático del cine”. Resulta paradójico que la Berlinale premiara una obra sobre la censura estatal turca mientras la industria la acusaba de ejercer su propia censura institucional en suelo alemán. El productor Ingo Fliess lo dejó claro: “No luchemos entre nosotros, luchemos contra ellos”, señalando a los autócratas que acechan fuera de las salas de cine.

La dualidad de Sandra Hüller y la memoria del cuerpo
En medio del fragor político, Sandra Hüller recordó por qué es el alma del cine europeo contemporáneo. Al recibir su segundo Oso de Plata a la mejor interpretación (el primero fue en 2006 por Requiem) por su papel en Rose, Hüller se mostró vulnerable, casi irreal. “Siempre estoy llorando”, confesó ante el jurado.
Su interpretación de una mujer del siglo XVII que se disfraza de hombre para sobrevivir resuena con una modernidad dolorosa sobre la identidad. Como contrapunto emocional, la veteranía británica de Tom Courtenay y Anna Calder-Marshall (Queen at Sea) aportó una nota de dignidad crepuscular sobre el envejecimiento, recordándonos que el cuerpo es también un territorio político.

La reconquista de los márgenes: El triunfo iberoamericano
Lejos del foco de las grandes polémicas europeas, el cine en español ejecutó una silenciosa y efectiva reconquista de los márgenes. No fue solo una lista de premios, sino una validación de la mirada periférica sobre el dolor y la migración.
Fernando Eimbcke se alzó con el Premio del Jurado Ecuménico y el de la Berliner Morgenpost por Moscas, aprovechando su estrado para denunciar la persecución de niños migrantes como Liam Conejo Ramos por parte del ICE.
Por su parte, la mexicana Fernanda Tovar logró un hito histórico con un doble galardón en Generation 14plus por Chicas Tristes, mientras Ian de la Rosa consolidaba la diversidad con el Teddy Award por Iván & Hadoum y Marcelo Martinessi reafirmaba el vigor del cine paraguayo con el FIPRESCI por Narciso. El español fue, este año, el idioma de la resistencia íntima.
De la alta costura a la traición de la IA
La Berlinale 2026 fue una dicotomía visual mareante. Vimos a Dua Lipa envuelta en Chanel de encaje y a Isabelle Huppert en un traje de Balenciaga que recordaba a un uniforme de laboratorio de lujo, contrastando con narrativas de miseria absoluta.
En ese choque de mundos, la tecnología también buscó su lugar: el documental If Pigeons Turned to Gold utilizó Inteligencia Artificial no como un truco visual, sino para animar fotografías infantiles de sus protagonistas, permitiéndoles “verbalizar” memorias traumáticas de una infancia fracturada.
Sin embargo, el gesto ético definitivo lo dio Kaouther Ben Hania. Al rechazar el premio Cinema for Peace por su película sobre la pequeña Hind Rajab, la directora tunecina dejó una frase para la historia: “La paz no es un perfume que rociamos sobre la violencia para que el poder parezca civilizado”. Un recordatorio de que, a veces, aceptar un premio es una forma de rendición.

El festival del “Mar agitado”
La 76ª edición de la Berlinale no fue el espacio aséptico que su dirección soñó. Fue, en palabras de su directora artística Tricia Tuttle, un “mar agitado”. ¿Logró ser un espacio abierto o fue simplemente superada por la realidad? La respuesta está en la tensión misma. Al final, prevaleció la visión de Wenders sobre la resistencia del cine frente al olvido instantáneo de internet: el cine tiene memoria; el algoritmo, solo inmediatez.
La Berlinale recuperó su rugido, no porque fuera perfecta, sino porque se negó a ser silenciosa en un tiempo donde el silencio es el lenguaje de los autócratas. El telón cae, pero la incomodidad permanece: el único refugio para la verdad sigue siendo, por ahora, una pantalla oscura.
Listado completo del palmarés
Este es el listado completo de premios:
Oso de Oro: ‘Yellow Letters’, de Ilker Çatak.
Gran Premio del Jurado: ‘Salvation’, de Emin Alper.
Premio del Jurado: ‘Queen At Sea’, de Lance Hammer.
Mejor Dirección: Grant Gee, por ‘Everybody Digs Bill Evans’.
Interpretación Protagonista: Sandra Hüller, por ‘Rose’.
Mejor Interpretación Secundaria: Anna Calder-Marshall y Tom Courtenay, por ‘Queen At Sea’.
Guión: Geneviève Dulude-de Celles, por ‘Nina Roza’.
Mejor contribución artística: ‘Yo (Love is a Rebellious Bird)’, de Anna Fitch y Banker White.
Documental: ‘If Pegeons Turned to Gold’, de Pepa Lubojacki.
Ópera prima: ‘Chronicles From the Siege, de Abdallah Alkhatib.
Oso de Oro al mejor cortometraje: ‘Someday a Child’, de Marie-Rose Osta.
Oso de Plata de cortometraje: ‘A Women’s Place is Everywhere’, de Fanny Texier.
Candidato de la Berlinale a los Premios de CIne Europeos en la categoría de cortometraje: ‘Cosmonauts, de Leo Cernik.
Premio CUPRA de Dirección de Cortometrajes: Jingkai Qu, por ‘Kleptomania’.
