AC/DC hace temblar el Estadio GNP y demuestra su inmortalidad
El regreso de AC/DC a suelo capitalino tras casi dos décadas marca un hito de persistencia en la industria. Desde su última visita en 2009, el público mexicano aguardaba la reafirmación de esta entidad, que hoy se erige más como un monumento histórico que como una agrupación musical.
Al transformar el voltaje en un lenguaje universal de supervivencia, la banda demostró en su presentación de 2026 que su relevancia es atemporal. Para ellos, el paso del tiempo no es un obstáculo, sino una variable que han aprendido a ignorar con la fuerza de sus amplificadores.
La mística de esta maquinaria comenzó lejos de los focos, en el seno de una familia de inmigrantes escoceses en Australia. Fue Margaret Young, la hermana de los fundadores Angus y Malcolm, quien sugirió el nombre tras ver las siglas AC/DC en una máquina de coser. Aquella promesa de energía directa se convirtió en su destino.
Fue también Margaret quien, al ver a un joven Angus ensayar con el uniforme escolar de la Ashfield Boys High School nada más volver de clases, propuso que lo usara sobre las tablas. Lo que nació como una solución práctica evolucionó hasta ser un tótem del rock: la armadura del eterno colegial. Esa electricidad estática, nacida entre costuras y pupitres, era la que saturaba el aire del Estadio GNP antes de que el apagón inicial diera paso a la leyenda.

La apertura del abismo: Taylor Momsen, “If you want blood” y el peso de la herencia
Antes del furor por la banda australiana, una figura llamó la atención del público previo al show: Taylor Momsen. La cantante de The Pretty Reckless, la banda telonera, impactó por su voz, su energía y su conexión con la gente. Y hay que decir que antes conquistar el hard rock, la joven brilló en el mundo de la actuación en su paso por Gossip Girl y El Grinch.
El rugido inicial de AC/DC llegó con “If you want blood (you’ve got it)”. La elección de este tema es un pacto de entrega total; un aviso de que la banda dejará la piel para satisfacer a los 65,000 “diablillos” mexicanos. A sus 71 años, el ataque de la Gibson SG de Angus Young —su modelo favorito de 1963, de mástil estrecho y agudos cortantes— se mostró tan armonioso como letal, cortando el aire con el mordisco clásico de los amplificadores Marshall.
Sobre el escenario, la columna vertebral invisible es Stevie Young. No se limita a ocupar el lugar de su tío Malcolm; es el motor, la fuente de ese pulso seco, directo y obsesivo que permite a Angus volar.
Stevie sostiene el groove rítmico con una mano derecha metronómica, mientras la precisión de Matt Laug y la solidez de Chris Chaney anclan el andamiaje sonoro, y quienes cubren con precisión quirúrgica la ausencia de Phil Rudd, hoy dedicado al cuidado de la salud de su esposa. Al frente, Brian Johnson, a sus 78 años, custodia una herencia que se remonta a la era de Bon Scott, cuya sombra protectora planea sobre cada acorde del setlist.

El renacimiento negro: De la tragedia de Bon Scott al triunfo de “Back in black”
Si hay un momento que define la supervivencia, es “Back in black”. Más que una canción, es el símbolo de resiliencia tras la muerte de Bon Scott en febrero de 1980 por intoxicación etílica. La entrada de Brian Johnson fue providencial.
Antes de ser el frontman de la banda más ruidosa del mundo, Johnson instalaba parabrisas, pero ya poseía una mística única: el propio Bon Scott lo había visto cantar con su banda Geordie años atrás, comparando su potencia con la de Little Richard. Esa “bendición desde la tumba” permitió a Johnson habitar el legado de Scott sin intentar reemplazarlo.
La incursión de “Demon fire”, extraída del reciente Power Up, demostró que el ADN de la banda permanece inalterado, conectando la veteranía con una frescura compositiva envidiable: “Ha pasado mucho tiempo, México. ¿Quién está listo para rock n’ roll esta noche?, pues vamos a ello”, dijo Johnson, saludando por primera vez a su gente.
Esa dualidad entre el carisma de “Bon el agradable” y la fuerza de Johnson se sintió en “Shot down in flames”, una pieza que encapsula la temática de Scott sobre antihéroes y noches de descontrol. Aquí, la rabia controlada de las guitarras conectó el pasado de los pubs australianos con la descarga de alta tecnología que estaba por estallar en el recinto.
Además, el tema permitió a Angus reclamar su trono; con un gesto desencajado y casi rabioso, ejecutó el icónico duckwalk heredado de Chuck Berry, probando que su melena cana no ha restado un ápice de voltaje a su motor visual.

La detonación sensorial: El impacto clínico de “Thunderstruck” en 65,000 almas
El Estadio GNP se estremeció con el primer punteo de “Thunderstruck”. Resulta fascinante que esta frecuencia, capaz de estabilizar partículas en tratamientos de quimioterapia según estudios científicos en Australia, sea la misma que aquí sacudió las cajas torácicas de miles de almas. Lo que en un laboratorio es precisión médica, en el escenario es una detonación sensorial que hace vibrar hasta el último nervio.
Tras el brindis de resistencia que supone “Have a drink on me”, el escenario se transformó con el descenso de la campana gigante de dos mil libras. Fabricada en Leicestershire y grabada originalmente para el disco por el estudio móvil de Ronnie Lane (de The Faces), su resonancia en “Hells bells” evocó aquel momento histórico en que su sonido ayudó a localizar al piloto Michael Durant en Somalia.

El heraldo del rock: Las dos mil libras de “Hells bells” y el groove de “Stiff upper lip”
El origen de este sonido es una oda a la obsesión sónica: la banda rechazó grabaciones de campanas de iglesia porque el ruido de los pájaros arruinaba la pureza del tono. Mandaron fundir la suya propia en Leicestershire para hallar el heraldo perfecto del rock. Este sonido es tan poderoso que ha sido usado como arma de presión psicológica, como ocurrió con Manuel Noriega (ex líder militar panameño) en 1989; aquí, sin embargo, fue un arma de liberación, abriendo de par en par la autopista al infierno.
La noche continuó con “Shot in the dark”, un sencillo moderno que respeta la estructura de acordes abiertos característica de los Young, seguido por el groove blusero de “Stiff upper lip”.
Este bloque evidenció la filosofía de Angus sobre la simplicidad: en una era donde Atlantic Records presionaba por éxitos comerciales, la banda se mantuvo fiel a la contundencia del riff mínimo. Como bien decía el guitarrista, la maestría no radica en la cantidad de notas, sino en la intención del golpe. La resonancia de las campanas no fue más que el tañido necesario para guiar a la multitud por la inevitable autopista hacia el desenfreno.

El eje central del Estadio GNP: “Highway to hell” y el impecable duckwalk de Angus Young
La atmósfera se tornó incandescente cuando 65,000 cuernos rojos iluminaron el graderío. “Highway to hell” representa la filosofía de la banda: el rock no es un negocio, es una adicción instintiva. El título nació de una frase de Angus sobre la agotadora gira de 1978, y hoy es el himno nacional de una nación sin fronteras.
En este bloque destacó el contraste de Angus Young. Mientras personifica la energía salvaje, el “colegial” es en realidad un hombre abstemio, fanático del té y los Corn Flakes. Esa disciplina casi ascética es la que le permite, a su edad, recorrer la pasarela con un duckwalk impecable, guiando a la banda hacia sus raíces más profundas de blues y hard rock puro sin perder un ápice de precisión técnica.
La energía se mantuvo en lo alto con “Shoot to thrill”, un himno revitalizado por el universo de Iron Man que ha reclutado a legiones de “centennials”. En “Sin City”, Angus se despojó del saco para improvisar un solo utilizando su corbata como slide, transformando el Estadio GNP en un callejón de vicio y virtuosismo puro.
La carga autobiográfica llegó con “Jailbreak”, un tema que resuena con la autenticidad de los problemas legales reales de un joven Scott, detenido a los 16 años por robo de gasolina y resistencia a la autoridad.

La liturgia de la vieja escuela: Misticismo de taberna en “Dirty deeds” y “Whole lotta Rosie”
El bloque de “Dirty deeds done dirt cheap” y “Whole lotta Rosie” devolvió el espíritu de los pubs al estadio. Es aquí donde el misticismo de Bon Scott cobra sentido; su pasado como baterista en una banda de gaiteros —antes de decidir que no quería usar falda— definió el fraseo percusivo de sus letras, ese ritmo staccato que Brian Johnson replica con respeto. Incluso la anécdota de la demanda legal por el número telefónico en “Dirty deeds” palidece ante la ejecución musical de la noche.
Aquí, Brian Johnson lo dejó claro en cada interpretación: “el lugar de Bon está ocupado para siempre”. Scott murió tras una madrugada de exceso etílico y asfixia en Londres, pasando quince horas inconsciente en un auto antes de convertirse en leyenda, y Johnson es el guardián más respetuoso de ese testamento de fuego.

La respuesta a los críticos: Alta tensión en “High voltage” y el coro masivo de “You shook me all night long”
El siguiente segmento funcionó como una reivindicación histórica contra aquella crítica de Rolling Stone que en 1976 sentenció que, con AC/DC, el hard rock había “tocado fondo”. Décadas después, la banda respondió con la pureza rítmica de “High voltage”, mientras Johnson aparecía envuelto en la bandera mexicana.
La ejecución de “Riff raff” destacó el virtuosismo de Stevie Young, manteniendo el pulso seco que Malcolm diseñó como motor interno. Al sonar “You shook me all night long”, el estadio entero se convirtió en un coro unísono para la que es considerada la canción perfecta del género.
Contrario a la creencia popular, no fue este hit el que se compuso en tiempo récord, sino “Rock and roll ain’t noise pollution”, escrita en apenas 15 minutos para completar el álbum Back in Black.

El último ‘guitar hero’ vivo: El épico y electrizante solo de “Let there be rock”
El bloque cerró con la aparición de la figura inflable en “Whole lotta Rosie”, el homenaje de Scott a una mujer real de Tasmania que simboliza la honestidad brutal de sus letras. Colocar estos himnos de alta octanaje al final del setlist es una prueba de resistencia física que los músicos, superando los 70 años, aprobaron con una vitalidad que humilla a cualquier contemporáneo.
El punto culminante fue el solo de “Let there be rock”. Angus, elevado sobre una plataforma, dio una cátedra de dinámica. Con su melena cana al viento y su uniforme ya incompleto, su solo extendido y su tapping de precisión quirúrgica lo vieron elevarse en una plataforma como el último “guitar hero” vivo, revolcándose en el suelo con la misma irreverencia de hace medio siglo.
Recordamos la leyenda de aquel amplificador que se incendió en 1977 mientras él seguía tocando sin inmutarse; esa misma adrenalina fluyó anoche. Fue la capacidad de transformar la distorsión en una fuerza divina, elevándose como un ícono eterno sobre una marea de manos en alto.

La salva final de artillería: Cañones, pirotecnia y el estallido de “For those about to rock”
El cierre fue una demostración de artillería pesada. Tras la explosión de “T.N.T.”, los cañones tronaron para “For those about to rock (we salute you)”. Esta pieza es el reconocimiento mutuo entre la banda y su “ejército”. Al final, el estallido de los cañones y la pirotecnia fue una despedida de respeto mutuo.
El Estadio GNP se rindió ante una ejecución perfecta que convirtió la “polución sonora” en un evento espiritual. Al cerrar el set, la imagen de Brian Johnson envuelto en la bandera mexicana marcó el fin de una jornada épica donde el rock volvió a reclamar su trono.
Un momento de profunda carga emocional ocurrió cuando Brian Johnson se despidió envuelto en la bandera mexicana. Es un vínculo que se remonta a 1996 y que hoy, en el Estadio GNP, alcanzó su punto máximo. Fue la imagen de la gratitud: los veteranos del rock honrando a la tierra que siempre los ha recibido como dioses.

La inmortalidad de la corriente alterna: Por qué la leyenda de AC/DC se niega a apagarse
¿Por qué AC/DC sigue siendo relevante en 2026? Su mayor sofisticación es la sencillez. Al observar a Angus y Brian entregarlo todo, es imposible ignorar la cruda realidad: la ausencia de Malcolm, la avanzada edad y la reciente hospitalización de Stevie Young en Argentina durante este tour nos advierten que el final de la carretera está cerca.
Sin embargo, lo vivido en México reafirma que su música es inmortal. Mientras quede un rastro de la raza humana, habrá alguien pulsando un acorde de quinta y encendiendo esa descarga eléctrica que se niega a apagarse. Esta noche, ante 65,000 testigos, AC/DC dictó su última y más brillante voluntad. ¡For those about to rock, we salute you!
