Terror que la inmediatez olvidó: 13 películas para ver entre Halloween y Día de Muertos
Dedicado con todo cariño y el Pumpkin Spice posible a Eugenia Jarrin.
Lo normal en estas fechas es regresar a esas películas, especialmente a las surgidas en la maravillosa década de los ochenta, cuando se desató el cine slasher que sigue formando audiencias y haciendo escuela entre los nuevos realizadores.
Por supuesto, no puede haber una buena sesión de cine de temporada si no vemos una vez más Halloween, del Maestro Carpenter; por lo mismo, no es necesario incluirla en una recomendación por razones obvias y muy bien ganadas.
Así que, en esta ocasión, me quiero decantar por aquellas películas que se han quedado atrás e incluso en el olvido por la reciente necesidad de la inmediatez, que ha sustituido cruelmente a las narrativas tradicionales del terror siniestro y no evidente, donde nunca sabes lo que va a pasar, y tampoco existe el vulgar uso desmedido del jump scare.
La lista de 13 películas tiene una directriz muy sencilla que se podría resumir en que es una recomendación que le haría a una entrañable amistad que disfruta del cine de horror en cualquiera de sus vertientes y formas de presentarse.
TRICK ‘R TREAT (2007), de Michael Dougherty

Todos los que amamos el cine de terror sabemos que en estas fechas la película indiscutible es la del Maestro Carpenter: HALLOWEEN. No hay duda.
Sin embargo, hacía muchos años que una película no acogía las tradiciones celtas llevadas a las colonias en Norteamérica, aunque fuese solo en esencia. Por ello, el director Michael Dougherty hizo un EXTRAORDINARIO trabajo al filmar una película que se centra en la tradición anglosajona de All Hallows’ Eve, a través de varias historias que giran concéntricamente en torno a un personaje extraordinariamente tierno y macabro llamado SAM.
Estrenada el 29 de octubre de 2007, la historia es narrada de forma cíclica —termina donde empieza—, con todos los personajes coincidiendo en algún momento (muy a la Robert Altman).
Una película sin desperdicio
De formas que van desde lo cómico hasta lo macabro-terrorífico, muestra lo más iconográfico de esa festividad, aderezada con otras bestias introducidas desde Europa central, tales como hombres (bueno, son mujeres) lobo, vampiros, asesinos en serie y un infante siniestro que representa el Halloween y que aparece de forma sutil durante toda la película.
Con guiños a varias películas y mitos de esta “fiesta”, Dougherty no pierde el tiempo y aprovecha de forma contundente los 82 minutos de duración para llevarnos de unas mujeres lobo en la iniciación de la más joven a un profesor asesino; de un grupo de niños que pretenden aterrar a la «rara» del salón al retirado chófer de autobús —con un parecido a John Carpenter que nos hace agradecer el homenaje—, con muchas culpas arrastradas a lo largo de su vida.
Y, desde luego, no sin orientarnos mediante una especie de “documental” de los años cincuenta sobre lo que significaba la tradición infantil de pedir “truco o trato” y cómo se visualiza actualmente dentro del contexto social de ambas épocas.
EL ESCAPULARIO (1966), de Servando González

De mediados a finales de los años sesenta, el cine de terror en México se inclinó más hacia lo misterioso que hacia mostrar abiertamente lo que causaba el terror.
Los cineastas voltearon a ver a los pioneros del género y recuperaron lo sutil, lo sugerido, lo psicológico del terror para trabajar más en las atmósferas que en lo evidente, dejando al espectador que se asustara con sus propios miedos, guiado de la mano del director, quien lo llevaba con los “ojos cerrados” hacia sus más profundos terrores y demonios personales.
En ese cine mexicano de la década sesentera aparece EL ESCAPULARIO, una película que toma el drama revolucionario, las leyendas mexicanas y lo siniestro de la religión para presentar la historia de una moribunda que cuenta el destino de sus hijos al cura que le va a aplicar los santos óleos.
La fotografía siempre perfecta de Gabriel Figueroa y un guión redondo y escalofriante, con sus giros de tuerca en el momento justo, sumados a una narrativa y unas atmósferas aterradoras, hacen de esta película de Servando González una de las mejores películas de terror mexicanas de todos los tiempos.
THE CHANGELING (1980), de Peter Medak

Película canadiense dirigida por el recientemente fallecido Peter Medak, fue conocida en México como El intermediario del diablo (SIC), que trata de casas embrujadas y fantasmas de niños atrapados en ellas.
Utilizando recursos sencillos como el sonido (sin estridencias ni sobresaltos), las actuaciones (George C. Scott está sensacional) y, lo más importante, las atmósferas, logra una de las mejores películas de suspenso y terror de la década.
Sin necesidad de sobresaltos, sangre o de mostrar al fantasma. Terror de la vieja y muy entrañable escuela. Una obra de arte del género que pasa desapercibida para muchos que solo quieren lo evidente y no lo inteligente y sutil.
Con un manejo del terror primitivo, donde nunca vemos lo que nos mantiene alerta, Medak nos pone en medio de nuestros más profundos temores, donde cada rincón oscuro es una potencial fuente de inquietudes y desconocimiento de lo que pueda ocultarse, sin jamás saltar de forma inesperada hacia nosotros.
La estética de tonos cálidos sirve para manipular nuestra ansiedad al sentirnos intimidados por una casa que de día se ve simplemente enorme, pero que, al entrar en ella, hace que los espacios se vuelvan asfixiantes y abrumadores, dejándonos a merced de lo desconocido y sobrenatural.
Repito: una película de fantasmas al más puro estilo tradicional, donde lo racional desaparece para dar paso a los más esenciales terrores del ser humano.
EL VAMPIRO (1957), de Fernando Méndez

Desde la elegante fórmula del vampiro seductor hasta el mensaje social del símil de la desaparición de las haciendas mexicanas, absorbidas por los monopolios agrícolas y mineros, EL VAMPIRO representa un momento importante dentro de la no muy afortunada cinematografía de terror hecha en México.
Méndez supo jugar con los elementos básicos del horror, mezclando la narrativa tradicional del cine de monstruos de Universal Pictures de los años treinta con la adaptación al entorno provinciano mexicano para lograr una amalgama afortunada de espanto y una atmósfera muy identificable en el colectivo popular mexicano.
El resultado fue una propuesta correcta de cine de horror nacional, con un público que en su momento gritó de miedo ante las escenas bien logradas (hilos incluidos) y los diálogos bien actuados de todos los que participaron en esta película.
Producida por Abel Salazar, quien desde luego también la protagoniza junto a Ariadne Welter, Carmen Montejo y el actor español Germán Robles en el papel del vampiro, la película se coloca como una de las más respetadas y recordadas, no solo en México, sino en el resto del mundo, dentro del género de cine de vampiros de todos los tiempos.
Así que déjense seducir por el elegante y varonil Germán Robles y por Carmen Montejo, con su vestido negro entallado y escotado, como debe ser el de cualquier “vamp” cincuentera que se respeta.
FRIGHT NIGHT (1985), de Tom Holland

Recién cumplidos 40 años de su estreno en México, la conocida también como LA HORA DEL ESPANTO, Holland tomó el recurrente tema del individuo que busca advertir de algún mal que se cierne sobre un grupo social y es ignorado por prejuicios, ignorancia, intereses políticos o, como en este caso, por el escepticismo acerca de monstruosidades sobrenaturales que, para el tema que nos ocupa, son los vampiros y toda la mitología tradicional que hay alrededor de estos seres.
Un tema muy gastado en Hollywood, pero que en la narrativa de Holland resultó muy efectivo al ubicar el contexto del vampiro en la década de los ochenta.
No presenta muchas variaciones en el comportamiento del seductor vampiro Jerry Dandrige (Chris Sarandon en un papel que ni pintado) con respecto a lo que hemos visto en el cine clásico.
Un elenco que brilla por sí mismo
Hay reminiscencias claramente “hitchcockianas”, especialmente de Rear Window (1954), cuando Charley espía a su vecino. Además, cuando se atreve a experimentar, adapta perfectamente esos elementos a la historia e incluso se permite dar ciertas pinceladas de una relación homosexual entre el vampiro y su ayudante.
Por otro lado, el talento joven encabezado por William Ragsdale como Charley Brewster, Amanda Bearse como Amy Peterson y el chistoso Stephen Geoffreys como “Evil Ed” aporta la frescura necesaria para modernizar el mito y lograr que la película fuera fácilmente aceptada por quienes teníamos la misma edad en aquel 1986.
Por último, tener en pantalla al extraordinario Roddy McDowall como “el asesino de vampiros” Peter Vincent, en una especie de decadente estrella de cine y presentador de un programa de terror tipo “Vampira” de los años cincuenta, da como resultado un entrañable “Van Helsing” que no es audaz ni muy valiente, pero que al final resulta el mentor ideal para el joven Charley, al ser el único adulto que cree en su historia y que está dispuesto a arriesgar no solo su carrera como presentador de historias de terror en televisión, sino la vida misma.
EL LIBRO DE PIEDRA (1968), de Carlos Enrique Taboada

Una de las características del cine de terror mexicano es la narrativa de suspenso donde lo evidente no aparece ni tampoco hay el sobresalto esperado.
En esto, Don Carlos era un maestro. Un MAESTRO en la creación de las atmósferas, de las situaciones y del manejo de la “oscuridad en el rincón”, donde nunca sabes qué se esconde ni qué va a salir de ahí.
A esto le sumamos que Taboada sabía cómo sacar lo mejor de sus actores, despojándolos de todos los vicios que llevaban cargando en la espalda para ponerlos en situaciones que, en muchas ocasiones, ni ellos mismos sabían o podían prever, debido a que el guión solo funcionaba como un camino por recorrer, pero jamás con el pavimento bien aplanado. Por lo mismo, muchas de las expresiones de susto eran reales.
Además, Taboada sabía utilizar la esencia de lo tradicional, del concepto de las leyendas e incluso de los mitos mexicanos para crear los contextos y, a partir de ahí, dejar solo al espectador en un aterrador ambiente donde él manejaba y controlaba el entorno. Los miedos eran responsabilidad de la imaginación del público y de los actores en conjunto.
EL LIBRO DE PIEDRA es una de sus indiscutibles obras de arte del horror mexicano que se ha colocado y permanecido inamovible en la psique de las generaciones nacionales desde 1969. Y así seguirá siendo mientras haya una mente curiosa que quiera conocer el cine de terror mexicano.
HÄXAN (1922), de Benjamin Christensen

Filmado como documental —con lo que se considera el origen de cintas del género mockumentary, como Holocausto caníbal (1980), El proyecto de la Bruja de Blair (1999) o The Poughkeepsie Tapes (2007), por mencionar solo tres—, el director danés presenta una visión gnóstica de las artes maléficas, donde la ignorancia recae del lado de las mentes “cultas” que no aceptan la naturaleza del conocimiento y tildan de brujas y hechiceros a todos aquellos que lo practican, convirtiéndolos en adoradores del mismísimo demonio.
Comenzando con una narrativa que pretende ser científica, Christensen muestra lo que para él es una explicación cosmográfica del fenómeno de la brujería, para luego hacer la denuncia fílmica de los horrores, NO de las brujas, sino de quienes las persiguen para matarlas con una dosis de sadismo que hace santiguarse al propio Belcebú, siendo, además, víctimas de los deseos sexuales de miembros de la Iglesia y de las cortes de la época.
Una excelente película dividida en capítulos que da un duro golpe a la doble moral de una sociedad sometida al dogmatismo que niega a la ciencia, pero que extermina de forma contundente (social y literalmente) a todo aquel y aquella que tiene libertad de criterio y pensamiento.
Y para haber sido filmada hace 104 años, tiene una frescura asombrosa y necesaria para estos tiempos de opresión del pensamiento frente al Estado y el sistema en general.
EL VAMPIRO SANGRIENTO (1962), de Miguel Morayta

Una película de vampiros con una de las mejores secuencias iniciales que haya visto jamás.
Aborda el tema del vampiro con la sensualidad y el erotismo debidos. Maneja un excelente humor negro, aderezado con intriga y dobles juegos. La atmósfera del campo mexicano del siglo XIX (fotografiada de manera precisa por Raúl Martínez), propuesta por Morayta, cumple al mantenernos en suspenso constante, debido no solo a la amenaza del vampiro sobre sus víctimas, sino al doble juego que representa para engatusar a la gente.
Y, por si esto fuera poco, rompe algunos esquemas establecidos en la mitología de estos seres. Por otro lado, la película deja entrever el tema del dominio patriarcal en constante choque con los personajes femeninos, que enfrentan ese dominio con valentía, inteligencia y aplomo, retando al vampiro en una metáfora de lucha entre la víctima y el victimario.
Además, los personajes secundarios tienen, al contrario de lo que se supondría, una participación primordial en el desarrollo de la trama.
Es así que resulta un placer ver en pantalla no solo a los protagonistas, como Carlos Agosti (el vampiro), y a las hermosas Erna Martha Bauman (la esposa del vampiro) y Begoña Palacios (la damisela en peligro), sino también a los extraordinarios Pancho Córdova, Enrique Lucero y Bertha Moss, en su primer papel en el cine mexicano, como la mano derecha del vampiro.
Resalta también la música atmosférica de Luis Hernández Bretón y los efectos sonoros (y la falta de ellos en escenas clave) de Reynaldo Portillo.
EL VAMPIRO SANGRIENTO es la primera parte; la segunda se llama LA INVASIÓN DE LOS VAMPIROS, también de Morayta.
DE NOCHE CON EL DIABLO (2023), de Cameron y Colin Cairnes

La película cuenta la historia, a manera de documental, del programa nocturno de variedades de Jack Delroy, llamado Night Owls, que no alcanza en popularidad al de Johnny Carson. Por ello, Delroy y su productor organizan un programa especial de Halloween en el que tendrán, entre otros invitados, a June Rose-Mitchell, la tutora de Lilly, una niña rescatada de una masacre de un culto satánico, quien se presume está poseída por un demonio de nombre Abraxas.
Presentada bajo el formato del subgénero de terror conocido como «metraje encontrado», los hermanos Cairnes ofrecen una propuesta de suspenso y horror psicológico que se aleja del terror convencional actual para impactarnos y perturbarnos sin necesidad del recurso milenial del sobresalto visual abrupto ni del sonido estridente e inesperado para alterar nuestra atención de manera inductiva y, por lo mismo, no natural ni mental. Nada de estos burdos y vulgares recursos actuales está presente en esta cinta.
Por el contrario, recurren al horror sutil y psicológico mediante la creación de un ambiente adecuado en el que el espectador se siente cómodo con todo lo que ocurre a su alrededor y, sin darse cuenta, de manera pausada y fluida, van apareciendo pequeñas pistas hasta que, inconscientemente, comienza a inquietarse y tensarse porque presiente que algo aterrador va a aparecer, quedando completamente a merced de la película y de sus extraordinarios recursos narrativos y visuales, complementados con una precisa paleta de color y grano que nos regresa a los años setenta.
EL REGRESO DE LOS MUERTOS VIVIENTES (1985), de Dan O’Bannon

Si bien es cierto que los zombis eran un tema recurrente en el cine de espantajos y sustos, no fue sino hasta que apareció esta película que el género empezó a despegar hasta convertirse en algo común y bastante corriente en estos tiempos. De hecho, que los zombis digan ¡Brains! antes de morder a un vivo se estableció a partir de esta película.
Inicialmente, la idea era que la narrativa fuese 100 % terror, pero, en la medida en que O’Bannon iba filmando, la película tomó ese giro de comedia involuntaria, con lo que el resultado fue mejor de lo que todos esperaban, realizadores y espectadores por igual.
El mensaje combinaba el quehacer adulto y la responsabilidad de cumplir con un trabajo, por difícil que fuera, con la rebeldía de una juventud ridiculizada mediante los arquetipos punk de la época, para que, en conjunto, se unieran a resolver un mal común que, en este caso, eran zombis hambrientos de cerebros.
Y además, una espectacular banda sonora
Y, al no poder solucionar el problema, el gobierno, representado por el ejército, emplea la solución final sin misericordia ni duda alguna: una bomba nuclear como desenlace llevado al extremo. Aun cuando la película tampoco buscaba transmitir un mensaje social, era imposible evitar las metáforas de la sociedad mundial en plena década ochentera, una época de cambios en todos los países.
Tampoco hay que dejar a un lado la espectacular banda sonora, encabezada por THE CRAMPS con “Surfin’ Dead”, seguidos de T.S.O.L., THE DAMNED y THE FLESH EATERS, por mencionar poco más de un par. El disco de la banda sonora se presenta como un ente individual que, sin ver la película, resulta una joya, pero como complemento es simplemente perfecto.
Y, al igual que sucedió con EVIL DEAD, la segunda parte fue abiertamente una comedia y una crítica evidente del sistema sociopolítico estadounidense y de otros países, incluido el nuestro.
Pero ese es tema para otra ocasión.
THE CAR (1977), de Elliot Silverstein

Una más de la serie de películas inspiradas en la vieja premisa del individuo que descubre algo terrible y que, cuando pretende advertir a la comunidad, se topa con el rechazo social, la incredulidad y, desde luego, el desdén de las autoridades enraizadas en actos de corrupción.
Tal como se vio en JAWS, dos años antes del estreno de esta película.
En este caso, de forma siniestra y misteriosa, aparece un automóvil negro en el desierto que establece su zona de terror en los alrededores de Santa Ines, un pueblo en Utah. En un principio, el alguacil Wade Parent se muestra escéptico respecto al auto asesino, pensando que es un psicópata quien lo conduce, pero, luego de un encuentro sobrenatural con la poderosa máquina del mal, descubre que debe tomar medidas extraordinarias (e igualmente sobrenaturales) para acabar con esa bestia motorizada.
Narrada de forma artesanal, Silverstein maneja todos y cada uno de los muy tradicionales elementos de suspenso y terror para mantener al espectador en tensión durante gran parte de la película; incluso decide mostrar al auto en plenitud hasta una etapa muy avanzada de la historia. Nuevamente, tal como en JAWS.
Terror que no necesita gore
Aprovechando los miedos primitivos a la oscuridad, a los paisajes solitarios y a las tradiciones indígenas del desierto de los Estados Unidos, la película se mueve entre la voracidad de la máquina sobre el hombre y los actos de fe para descubrirse a sí mismo y combatir las adversidades.
Filmada con maestría en cuanto al suspenso, con un terror que no necesita gore y con el manejo de la alerta psicológica en secuencias donde no vemos nada hasta que es demasiado tarde, la película hace que la representación del mal se manifieste hasta muy avanzada la historia. EL AUTO fue una de las mejores propuestas del cine de terror de 1977 y asustó a no pocos espectadores.
En lo personal, aun a esta edad, cuando voy caminando por alguna calle oscura, siempre me viene a la mente la escena en la que rompe la oscuridad un par de brillantes faros y el poderoso sonido de un motor de ocho cilindros acelerando de 0 a 100 km/h en segundos… Pocos segundos como para no poder huir y ser arrollado por EL AUTO.
LA LEYENDA DEL JINETE SIN CABEZA (1949), de Jack Kinney

En 1951 se estrena en México la PRIMERA PELÍCULA doblada por GERMÁN VALDÉS TIN TAN, llamada originalmente 2 PERSONAJES FABULOSOS, pero que después tomó fuerza de forma individual como LA LEYENDA DEL JINETE SIN CABEZA (1949), de Jack Kinney.
De cuando las animaciones eran hechas con bajo presupuesto, pocos animadores y mucho corazón, Disney llevaba al cine la leyenda del Jinete sin Cabeza, inspirada en la novela corta de Washington Irving: La leyenda de Sleepy Hollow.
Narrada originalmente por Basil Rathbone y cantada por Bing Crosby, llega a México narrada y cantada para América Latina por Germán Valdés Tin Tan.
Con la llegada de la televisión a nivel masivo, este corto se convierte en un básico de la temporada de Día de Muertos, volviéndose una de las caricaturas para niños más terroríficas de muchas generaciones que crecieron junto al televisor, luego de regresar de la calle de haber pedido “calaverita” por la colonia o el barrio de su infancia.
Sin duda, un grato recuerdo de un México que quedó solo en eso… En nuestros recuerdos.
LA LEYENDA DE LA NAHUALA (2007), de Ricardo Arnaiz

Dirigida por Ricardo Arnaiz y escrita por Omar Mustre y Antonio García, la película, estrenada el 1 de noviembre de 2007, introduce al personaje de Leo San Juan, protagonista de lo que sería una saga dedicada a explorar el imaginario mitológico mexicano.
Si bien el Día de Muertos no es el eje central de la trama, funciona como contexto y punto de partida para una aventura que rescata leyendas populares y seres fantásticos de nuestro folclor.
Uno de los mayores aciertos de Arnaiz fue ambientar la historia a principios del siglo XIX, mostrando con detalle los preparativos y las tradiciones de la festividad en el México previo a la Independencia. Desde los altares hasta las creencias de la época, la película logra capturar la esencia de una celebración que ya era fundamental en la cultura mexicana.
Recomendable no solo para niños, sino para toda la familia, La Leyenda de la Nahuala se ha convertido en un clásico moderno para disfrutar durante las fechas de Día de Muertos y Todos los Santos, gracias a su equilibrio entre entretenimiento, folclor y un respeto evidente por las tradiciones que inspiran su historia.
