Lenny Kravitz defiende su corona en la era del algoritmo: El triunfo de ‘Blue Electric Light’
En el ecosistema cultural del México contemporáneo, Lenny Kravitz ha trascendido la etiqueta de superestrella global para convertirse en un ícono de proximidad, un “mexicano por elección” cuyo misticismo se ha vuelto cotidiano entre paseos por las calles de Mixcoac y la promoción de su propio sotol en las tierras de Chihuahua.
Su presencia en el escenario principal del pasado Vive Latino no fue recibida como la visita de un extraño, sino como el regreso de un ciudadano distinguido bajo el grito unánime de “Lenny, hermano, ya eres mexicano”.
Con una puntualidad rigurosa que desafía los excesos del estrellato, Kravitz emergió bajo el estruendo de los cohetes para inaugurar una ceremonia que comenzó lejos de los éxitos fáciles. Al abrir con “Bring it on” y “Dig In”, el artista estableció de inmediato una declaración de intenciones espirituales.
Estas piezas funcionaron como un manifiesto de resiliencia y búsqueda de esperanza; a través de una lírica que explora la conexión mística y la determinación ante la adversidad, Kravitz transformó el escenario en un espacio de resistencia emocional, preparando el terreno para una transición hacia la rebeldía sonora que definió su ascenso a la fama.

La era Blue Electric Light: Defendiendo la corona frente al algoritmo
La progresión del setlist reveló a un veterano estratega defendiendo su relevancia en la era del algoritmo, equilibrando la osadía de su presente con la solidez de su historia. Tras algunos tropiezos creativos en años pasados —aquellos donde pareció perder la dureza tras cortarse la icónica melena—, su nueva era bajo el brazo de Blue Electric Light se siente como un regreso triunfal a la forma.
Con el despliegue de pantallas monumentales que acentuaban su figura imponente, Kravitz presentó “TK421”, un himno funk-rock de herencia soul que celebra la autenticidad. Esta vibración liberadora contrastó orgánicamente con la nostalgia de “Always on the run”, el corte de 1991 donde la urgencia de vivir a toda velocidad choca contra los consejos maternos.
Esta alternancia no es casual; Kravitz valida su actualidad creativa sin soltar el groove noventero que dominó la radio, demostrando que su esencia eléctrica permanece intacta mientras el público celebraba cada acorde con una lealtad inamovible.

La comunión íntima y el poder de Jas Kayser en la batería
A pesar de la magnitud del festival, el bloque central mutó hacia una atmósfera de introspección y vulnerabilidad. Temas como “I belong to you”, “Believe”, “Paralyzed” y “The Chamber” funcionaron como vehículos de autoempoderamiento, transformando la plancha del recinto en un espacio de comunión íntima.
Este equilibrio fue sostenido por la química de su banda, donde destacó la fuerza imbatible de Jas Kayser en la batería; vestida con shorts vaqueros y luciendo un afro voluminoso que evocaba la herencia de Cindy Blackman, Kayser castigó los parches con una precisión técnica asombrosa.
A su lado, los rasgueos enérgicos del infaltable Craig Ross y la puesta en escena —adornada con pedestales plateados de estilo setentero y chamarras de cuero— reforzaron una estética de rock clásico tan auténtica como sofisticada. En este punto, la música dejó de ser un simple espectáculo para convertirse en un ejercicio de honestidad emocional, derivando esta introspección hacia un estallido de euforia colectiva.

El ministro del rocanrol: Himnos, fuego y un español muy practicado
Cuando Kravitz se reafirmó como el “ministro del rocanrol” —un guiño directo a su pieza de 2004—, la presentación alcanzó una escala sensorial sobrecogedora. El despliegue de éxitos mundiales inició con el magnetismo de “It ain’t over ‘til it’s over”, seguido de la melancolía necesaria de “Again”, un tema fundamental que el artista recuperó para elevar la temperatura emocional antes del asalto final.
La interpretación de “American woman”, el icónico cover de The Guess Who, funcionó como un rechazo a la superficialidad, filosofía que el músico selló al dirigirse a la multitud en un español muy practicado: “Ciudad de México… somos energía, somos vida, somos amor”.
La experiencia se tornó volcánica con llamaradas de fuego que emanaban del escenario, un calor tan real que podía sentirse a veinte metros de distancia, dejando una sensación de “pelos quemados” en las primeras filas. Bajo este fuego, “Fly away” y la hendrixiana “Are you gonna go my way” se transformaron en himnos de unidad mesiánica, elevando la potencia del festival a niveles de ritual religioso.
La liturgia final: “Let love rule” y el ídolo caminando entre su gente
El cierre fue, en todo sentido, una bendición final que trascendió los límites del escenario tras un encore que se hizo esperar. Kravitz regresó para una ejecución extendida de casi diez minutos de “Let love rule”, el himno de 1989 que sintetiza su filosofía de paz. La escena adquirió un tono verdaderamente litúrgico cuando el músico descendió del escenario para caminar por el pasillo central, estrechando manos y dejándose tocar por una marea humana extasiada.
“Me siento en una iglesia, oremos”, susurró una asistente, capturando la esencia de un momento donde la barrera entre el ídolo y el devoto se disolvió. Mientras Kravitz dirigía un coro monumental que entonaba la consigna del amor como fuerza gobernante, el Vive Latino presenció una postal de conexión humana absoluta. Su despedida final, un rotundo “Viva México” fue la conclusión lógica de un rito donde, efectivamente, el amor mandó por encima de cualquier otra ley.
