‘La empleada’: Un filme donde… ¡Las locas no somos nosotras!
En el cine —y en la vida— una “mujer loca” es presentada como exagerada, inestable, desequilibrada y explosiva, sin razón alguna, o al menos sin un motivo que resulte congruente y lógico dentro de las dinámicas de poder que, sí, en su mayoría siguen siendo establecidas por los hombres.
Bajo la dirección de Paul Feig y el guión de Rebecca Sonnenshine, La empleada (The housemaid) nos conduce por una historia que, en apariencia, se inscribe en el thriller clásico: Nina Winchester (Amanda Seyfried) parece ser una mujer con severos problemas mentales, al borde de cometer un acto atroz contra Millie Calloway (Sydney Sweeney), una joven que llega a la casa familiar para encargarse de las labores domésticas.
Celos desbordados, impulsos incontrolables, arrebatos emocionales, medicación constante y un ejercicio cuestionable de la maternidad caracterizan a la señora Winchester. En contraste, Millie carga con un pasado delictivo, la soledad, el rechazo social y profundas carencias afectivas.

El marido perfecto: La fachada de Andrew
La combinación parece perfecta para detonar el conflicto entre dos mujeres hermosas que rivalizan —por supuesto— por un hombre. Porque, claro… ¿qué otra razón podría existir para que dos mujeres se enfrenten?
En escena aparece Andrew Winchester, interpretado por Brandon Sklenar: esposo atractivo, atlético, de sonrisa perfecta, sensible, trabajador, responsable de una hija que no es biológicamente suya, empático con su esposa y demasiado empático con La empleada. Un sueño.
Las espectadoras suspiran; los espectadores esperan el momento en que el “pobre” marido abandone a la esposa “loca” y huya con la joven que, además, necesita ser salvada. El deseo se cumple y la historia parece encaminarse hacia un romance convencional, mientras seguimos aguardando que la rabia consuma a la mujer desplazada y que ocurra lo de siempre.

El Plot Twist: Cuando el ático revela la verdadera pesadilla
Pero entonces la narrativa se quiebra. Nina es feliz fuera de su hogar. Planea una nueva vida con su hija, lejos de ese espacio que la anulaba. La vemos luminosa, expansiva, libre. Millie, en cambio, termina encerrada en un ático, convertida en víctima de las torturas que su nuevo amante ejerce sobre ella cuando decide “no obedecer”.
Ahí ocurre la verdadera magia del relato. Nina no estaba loca. Millie está a punto de estarlo. Y Andrew… se metió con las mujeres equivocadas.
Nina no permitirá que Millie viva lo mismo que ella. Millie hará todo lo posible para que ninguna salga herida. Se unen, pelean, se abrazan, se contienen, se vuelven cómplices. Se salvan entre ellas. Su alianza revela una fuerza física y emocional tan poderosa como necesaria.

Sororidad radical: Seyfried y Sweeney como cómplices, no rivales
La empleada, con un fino sentido del humor, tintes gore y breves momentos eróticos, nos recuerda que la sororidad puede ser un acto de cordura radical en un mundo donde la violencia silenciosa empuja a las mujeres al borde del colapso mental, para luego ser juzgadas por haber llegado ahí.
Porque no… ¡Las locas no somos nosotras! En esta historia —y en muchas más— el loco es él.
