Kanye West en la Plaza de Toros: Crónica de una resurrección
Casi dos décadas después de su última visita, Kanye West, ahora conocido como Ye, regresó a la Ciudad de México para oficiar dos misas multitudinarias en la Monumental Plaza de Toros los días 30 y 31 de enero de 2026. El contraste con su última aparición en 2008 es abismal.
Aquel Kanye del Glow in the Dark Tour no era un personaje polémico, sino una idea de futuro; un artista que, a través de la ciencia ficción, la moda y la electrónica, prometía un mañana emocionante. El Ye que pisó el ruedo en 2026 es una figura infinitamente más compleja: más ruidosa, más errática, inseparable de la caricatura que las redes y él mismo han construido.
Este regreso se produjo con un telón de fondo cargado de tensión. Apenas unos días antes, Ye publicó una disculpa de página completa en The Wall Street Journal por sus comentarios antisemitas, un gesto que enmarcaba su reaparición en México como un acto potencialmente redentor.
Con un legado musical monumental a sus espaldas y un presente plagado de controversias, más de 40 mil almas se congregaron cada noche con una pregunta flotando en el aire: ¿sería este concierto un acto de contrición, una simple actuación de un genio del marketing o la consolidación final de un mito tan contradictorio como fascinante?

El desafío del corazón roto
La atmósfera era de una sobriedad casi litúrgica. Un escenario circular cubierto de arena, como un desierto lunar, ocupaba el centro de la plaza. La producción, despojada de parafernalia, se centró en un dramático juego de luces y humo que emergía del suelo. No hubo una explosión de ego para abrir el show. En su lugar, Ye eligió una inmersión directa en la vulnerabilidad y el desafío que han cimentado su carrera.
La noche arrancó con los acordes melancólicos de “Heartless”. La elección no fue casual. Este himno de 808s & Heartbreak representa una ruptura fundamental, no solo en la historia del hip-hop, sino en la psique del propio West. Le siguió “Can’t tell me nothing”, un himno de desafío inquebrantable que ha sido la única constante en su camaleónica trayectoria. Juntas, estas dos canciones establecieron los polos de la noche: el corazón roto y la voluntad de hierro.
“Niggas in Paris” y “Mercy”: Tras la introspección, llegó la descarga de adrenalina. Símbolos de la opulencia y el dominio de la era Watch the Throne y G.O.O.D. Music, estos temas sirvieron para electrizar a una audiencia que coreó cada palabra con euforia. Fue un recordatorio contundente de su estatus como ícono cultural, una fuerza capaz de generar momentos de catarsis colectiva que trascienden cualquier polémica.
La cima del éxito comercial había sido alcanzada, pero el viaje apenas comenzaba su descenso hacia parajes más oscuros y confrontacionales.

El profeta abrasivo de Yeezus
El concierto dio un giro abrupto hacia un sonido industrial, minimalista y agresivo. Este fue el bloque dedicado a Yeezus, una de las etapas más polarizantes y artísticamente arriesgadas de West, donde deconstruyó su propia fama a base de sintetizadores distorsionados y furia existencial.
“Blood on the Leaves”, “On Sight”, “Black Skinhead”: Este trío de canciones fue una bofetada sónica. La agresividad de la producción, acentuada por un juego de luces estroboscópicas y columnas de humo, sumergió la plaza en una atmósfera abrasiva. En estas letras residen su furia, su crítica a la sociedad de consumo y la deconstrucción de su propia celebridad.
“Power” y “Bound 2”: De la furia se transitó a la megalomanía controlada. “Power” se reveló como un auténtico himno que levantó a toda la Plaza Monumental, un momento donde el espectáculo visual y la energía musical alcanzaron una sinergia perfecta. La transición hacia “Bound 2” fue magistral, cerrando la era Yeezus con una nota de ironía y vulnerabilidad.
El sample de soul y la letra confesional mostraron la dualidad de un artista capaz de ser, en la misma noche, un dios y un bufón. La crudeza de su pasado artístico dio paso a una inesperada muestra de intimidad familiar.

El padre y el futuro
Este fue el pivote emocional de la noche. El momento en que Ye dejó de mirar a su discografía para presentar su presente y, quizás, su futuro. Un futuro encarnado en su hija North West y en la música que están creando juntos.
“Say you will”, “STARS” y “Only one”: El tono cambió hacia una melancolía profunda con “Say you will”, seguida de la atmosférica “STARS”. La aparición de North West en el escenario para cantar “Only one” junto a su padre fue una de las grandes sorpresas. La canción, un tributo a la madre de Ye, adquirió una nueva dimensión al ser interpretada a dúo con su hija, convirtiéndose en un conmovedor acto de vulnerabilidad pública.
La joven de 13 años no se limitó a acompañar. Tomó el control del escenario para interpretar temas como “TALKING”, “BOMB”, “EVERYBODY” y “CARNIVAL”, y debutó en solitario con una canción inédita titulada “Piercing on my hand”. La reacción del público fue de euforia, aunque en redes se desató un debate inmediato sobre si fue un momento “entrañable” o algo “poco profesional”. Más allá de la opinión, fue un acto simbólico que parece marcar el siguiente capítulo en el legado de la dinastía West/Kardashian.
“PREACHER MAN” y “BEAUTY AND THE BEAST”: Para mantener la energía tras el emotivo momento familiar, Ye ofreció un vistazo a su estado creativo actual con estas canciones de su próximo álbum, Bully. La presentación de este nuevo “yo” familiar demandaba una reconciliación con el pasado que lo definió.

El evangelio y la redención
Esta sección fue el núcleo espiritual y autobiográfico del show. Aquí, Ye tejió una narrativa de caída y redención, conectando con los temas que lo convirtieron en la voz de una generación y que, curiosamente, dialogaban directamente con su reciente necesidad de expiación.
“Father stretch my hands, Pt. 1” y “Famous”: La yuxtaposición de la súplica gospel de la primera con la provocación irreverente de la segunda encapsula a la perfección la dualidad de su fe y su ego, dos fuerzas en constante batalla que definen su arte.
El regreso a los clásicos (“All falls down”, “Jesus walks”, “Through the wire”): La reacción del público fue de una nostalgia eufórica al escuchar los temas fundacionales de una carrera cuyos cimientos se sentaron en los noventa. Escuchar “Jesus Walks” retumbar en la Plaza de Toros, a pocos días de su disculpa formal, fue un momento cargado de simbolismo: el profeta errático buscando la redención en el ruedo, uniendo su fe declarada con la historia de un recinto tan emblemático.
La celebración (“Touch the sky”, “Good life”, “Homecoming”): Este bloque de Late Registration y Graduation funcionó como una celebración de la superación. “Homecoming” cerró el círculo, devolviéndonos por un instante al Kanye de 2008, aquel que nos hizo creer que el futuro era un lugar emocionante y lleno de posibilidades. Tras la celebración, la apoteosis visual y sonora estaba a punto de llegar.

La confesión final
El tramo final del concierto fue una catarsis sensorial. Ye reservó sus obras más épicas y confesionales para el cierre, llevando a la audiencia a un estado de éxtasis y reflexión.
“Flashing lights” y “All of the lights”: El espectacular juego de luces transformó la Plaza de Toros en un “ambiente futurista y envolvente”. Estas canciones representan la cima de su producción maximalista y su complejo comentario sobre el precio de la fama.
“Stronger”: El clímax energético llegó con su sample de Daft Punk. En una imagen que quedará para el recuerdo, Ye pareció “volar” sobre el público mientras las luces giraban a su alrededor como un platillo volante, una metáfora perfecta de su estatus de ícono de otro mundo.
“Ghost Town” y “Runaway”: El cierre fue una confesión a corazón abierto. “Runaway”, con su famoso brindis por los “douchebags”, sigue siendo su disculpa más honesta y brutal. La escena final fue inolvidable: el público cantando a capela bajo una lluvia de fuegos artificiales mientras un seguidor, en un arrebato de emoción, saltaba al escenario para abrazar a Ye y a North. Ese momento de conexión inesperada cerró el círculo de una noche que fue, ante todo, un acto de comunión.

El espectáculo y su eco
La decisión de utilizar un escenario 360° minimalista, cubierto de arena y centrado en el humo y las luces, fue un acierto rotundo. En contraste con la opulencia del Glow in the Dark Tour de 2008, esta sobriedad despojó al evento de cualquier distracción, centrando toda la atención en la imponente figura de Ye y en la fuerza de su catálogo musical. El artista no necesitaba una nave espacial; esta vez, él era el evento.
La experiencia dual: Euforia en vivo, desastre en streaming
La recepción del concierto encarnó una curiosa dicotomía. Para los más de 40 mil asistentes, la experiencia fue un “momento histórico”, un evento eufórico y memorable. Sin embargo, para quienes siguieron la transmisión en la plataforma ViX, la noche fue una fuente de frustración y memes.
Las redes sociales se inundaron de críticas por la baja calidad de imagen y una dirección de cámaras deficiente, con comentarios que señalaban, con sarcasmo, que el show fue grabado con “las mismas cámaras que usaban para El Chavo del 8”. Fue un recordatorio de que, en la era digital, la experiencia presencial sigue siendo insustituible.

¿Quién es Kanye West en 2026?
El concierto en la Plaza México fue un microcosmos de la carrera y personalidad de Kanye West: un viaje de la arrogancia a la vulnerabilidad, de la controversia a la fe, y del genio artístico al espectáculo familiar. Ye no ofreció respuestas sencillas. No se presentó como un santo redimido, sino como el artista complejo y contradictorio que siempre ha sido.
¿Logró redimir su figura pública? Es poco probable. Lo que sí demostró es su inigualable habilidad para “torear con éxito” sus propias polémicas, transformando la controversia en arte y la expectación en catarsis.
En una era donde las redes sociales convierten a los artistas en caricaturas de sí mismos, Ye parece ser a la vez el maestro arquitecto de su propia parodia y su prisionero más ilustre. Al final, la pregunta sobre si el futuro que alguna vez prometió sigue siendo emocionante persiste. Quizás la respuesta es que ese futuro ya no es una promesa, sino una realidad tan impredecible, desafiante y, a ratos, brillante, como el propio artista.
