Leiva convierte el Auditorio Nacional en un confesionario de rock y cicatrices
Existe una paradoja fascinante en la figura de Leiva. Es un ermitaño moderno, un artista intensamente privado que ha renunciado a las redes sociales y a la comunicación digital instantánea —incluido WhatsApp—, adoptando lo que podría llamarse una “estrategia del silencio”.
Y, sin embargo, la noche del 16 de enero, este cronista reacio a la era del algoritmo eligió el escenario más imponente de México para ofrecer una exposición radical de su alma.
El concierto en el Auditorio Nacional fue un mapa de sus heridas y su filosofía, una narrativa cuidadosamente construida donde cada canción funcionó como una confesión pública, demostrando que su único y verdadero canal de comunicación con el mundo es, y siempre ha sido, el artístico.
La descarga inicial: Presión, fantasmas y rabia eléctrica
En el arranque del concierto Leiva y su banda no ofrecieron un calentamiento gradual, sino una inmersión directa en las tensiones y conflictos que definen su obra. La primera secuencia de canciones funcionó como una descarga de rock crudo y directo, estableciendo desde el primer acorde una atmósfera de confrontación emocional y catarsis colectiva que envolvió al Coloso de Reforma.

“Bajo presión” y “La lluvia de los zapatos”
El viaje comenzó con una imagen en la pantalla: Leiva en motocicleta, llegando al encuentro con sus músicos. Inmediatamente, la energía electro rock de “Bajo presión”, primer tema de su álbum Gigante (2025), inundó el recinto. La respuesta fue instantánea: el público, de pie, coreaba abrazado un tema que habla de la duda y la dificultad de dejar ir.
Le siguió, sin tregua, “La lluvia de los zapatos” (Monstruos, 2016), un rock frenético sobre errores no resueltos y la dificultad de avanzar. Con este tema consolidó su imagen escénica, proyectando sombras con su sombrero como un forajido del rock and roll. Estas dos piezas funcionaron como un golpe inicial que sumergió a la audiencia en un estado de exorcismo inmediato.
“Gigante” y “Lobos”
El ritmo cambió con la balada rock de “Gigante” del disco homónimo. El público, visiblemente emocionado, cantó al unísono sobre la incertidumbre y el “temblor gigante” que representan las emociones intensas. La canción conectó directamente con la sensación de vulnerabilidad que atraviesa su obra.
Pero Leiva no permite que la melancolía se asiente. La calma fue destrozada por la explosión de rabia de “Lobos” (Nuclear, 2019). Con su ritmo pegajoso y sus aullidos colectivos, este tema sirvió como un contrapunto visceral, mostrando una furia que no es abstracta, sino dirigida a la traición que proviene de alguien cercano, de quien era “uno más de la hermandad”.
“Terriblemente cruel”
Este fue uno de los primeros momentos de comunión masiva de la noche. Siendo la canción más coreada hasta ese punto, “Terriblemente cruel” (Pólvora, 2014) se convirtió en el clímax de este primer acto.
Su temática, que explora la complejidad y el conflicto en el amor —esa dualidad entre la crueldad deliberada y la fidelidad prometida—, resonó como un himno que el público hizo suyo, entonando una verdad incómoda pero universal.
Tras la tormenta eléctrica de este primer bloque, Leiva bajó la guardia para guiar a la audiencia hacia un territorio mucho más personal e introspectivo.

El corazón al descubierto: Resiliencia, “Sincericidio” y transformación
Este segundo acto fue estratégicamente crucial. Leiva lo utilizó para despojarse de las metáforas universales y adentrarse en las cicatrices personales que han moldeado su arte y su vida. Fue un bloque dedicado a su biografía, a su proceso creativo y a la honestidad brutal como única filosofía posible, moviéndose de los conflictos del corazón a las heridas que definen su identidad.
“Superpoderes” y el primer diálogo
La interpretación de “Superpoderes” (Nuclear, 2019), un himno a la resiliencia, sirvió de preludio para su primera conversación con el público. Con una honestidad desarmante, agradeció la entrega de la gente y confesó haber estado “malo de la garganta” recientemente. Esta confesión, lejos de ser un detalle anecdótico, conectó directamente con la adversidad física que ha marcado su carrera.
Como él mismo ha explicado, sus problemas vocales lo obligaron a profundizar en los textos, convirtiendo una limitación en una herramienta para afinar su escritura. Esa noche, su vulnerabilidad vocal no fue un obstáculo, sino un puente para una conexión más profunda.
El tríptico de la honestidad cruda
A continuación, Leiva presentó un tríptico de canciones que definen su credo artístico: “Sincericidio” (Monstruos, 2016) fue la máxima expresión de su filosofía: la verdad dolorosa como un acto casi suicida, subrayada por un solo de guitarra que erizó la piel.
“Breaking Bad” (Monstruos, 2016) ofreció una metáfora de la transformación y la huida de una vida anodina, con una atmósfera creada por el teclado estilo órgano. Finalmente, “El polvo de los días raros” (Gigante, 2025), otra joya de su próximo disco, se erigió como un punto álgido lírico.
Más que una simple reflexión sobre la pérdida, la canción adquirió un peso sobrecogedor al saberse a menudo vinculada a la partida de su hermano Juancho, convirtiendo el duelo en un himno de una belleza desoladora.
La confesión ocular
Este fue el momento de confesión más explícito de la noche. Al interpretar “Ángulo muerto” (Gigante, 2025), la letra resonó con una fuerza biográfica ineludible: “todo el mundo sabe ya que soy tuerto”. Esta frase es la verbalización artística de la pérdida de su ojo a los 13 años.
Aquella adversidad temprana, como ha reflexionado, “me hizo ser Bravo y sacar para adelante una personalidad porque me tenía que proteger”. La canción transformó en directo una herida física en material artístico, convirtiendo una cicatriz en un símbolo de fortaleza.
El talismán mexicano
Leiva cerró esta sección con un guiño a su profunda conexión con México. Antes de tocar “Shock y adrenalina” (Gigante, 2025), compartió su anécdota:
“Está canción la grabamos en una habitación del piso de un colega en Ciudad de México. No estaba consentida para este disco y la quise grabar en uno de mis viajes. Fuimos con Adán Jodorowsky y nos metimos a su casa y la grabamos solo por placer. Nos hace ilusión tocarla porque nos gusta mucho aunque no la tocamos habitualmente”, dijo.
Esta conexión íntima con México y Latinoamérica se materializó plenamente en la siguiente fase del concierto, dedicada a sus celebradas colaboraciones transatlánticas.

El puente transatlántico: Ritmo, colaboración y crítica
Este bloque del concierto fue un manifiesto. Lejos de ser un artista ensimismado en su universo madrileño, Leiva demostró ser un creador en constante diálogo, especialmente con las voces femeninas de Latinoamérica.
El espíritu de su disco Cuando te muerdes el labio se convirtió en el argumento central, validado por su propia convicción, expresada sin rodeos: “Creo que los discos y los textos más importantes, ahora mismo los están haciendo las mujeres en Latinoamérica”.
El baile y la pasión
La energía cambió con los ritmos de “Flecha” (Cuando te muerdes el labio, 2021), grabada en el disco con la colombiana Elsa y Elmar, inyectando una dosis de funk y soul que puso al Auditorio a moverse.
A continuación, sonó “Histéricos” (Cuando te muerdes el labio, 2021), cuya colaboración original con la mexicana Ximena Sariñana la convierte en una pieza querida por el público local. Su letra, que captura la intensidad pasional de una relación al borde del colapso, resonó con fuerza.
La crítica a la era digital
En coherencia con su filosofía, incluyó una de sus críticas más directas a la modernidad. “Cortar por la línea de puntos” (Gigante, 2025) es una reflexión enérgica sobre la alienación en la era digital. La canción es una extensión de su “estrategia del silencio”, y la repetición del verso “Nadie, nada, cero” reforzó la sensación de vacío, cantada irónicamente a todo pulmón por miles de personas.
El bálsamo y el empoderamiento
El concierto volvió a un tono emotivo. Primero, con la delicadeza de “La llamada” (Madrid Nuclear- En directo, 2020), una canción sobre el despertar personal. Después, llegó uno de los momentos más humanos de la noche.
Leiva dedicó “Diazepam” (Cuando te muerdes el labio, 2021) a Iván, un trabajador del equipo que recientemente había perdido a su madre. Añadió que la canción era un “regalo, porque no estaba en los últimos shows”, un gesto especial para la Ciudad de México. Así, el tema, una metáfora sobre calmar el dolor emocional, adquirió un significado conmovedor, mostrando al artista empático tras el personaje del rockero.
Tras este recorrido por sus diálogos transatlánticos, Leiva se preparó para el viaje final: un regreso a sus raíces, al núcleo de su identidad musical y a las canciones que cimentaron su leyenda.

El eco de la memoria: De la intimidad a los himnos de Pereza
Este segmento final se sintió como el acto de la retrospectiva. Después de explorar su presente y sus colaboraciones, Leiva se adentró en su pasado, comenzando con una de sus piezas más íntimas para luego desatar una ola de nostalgia colectiva con los himnos indelebles de su antigua banda, Pereza, el cimiento sobre el que se construyó todo lo demás.
La intimidad carcelaria: “Vis a vis”
El escenario se vació, dejando a Leiva solo con su guitarra. El silencio fue roto por los arpegios de “Vis a vis” (Diciembre, 2012). La interpretación comenzó como una confesión de trovador, evocando el origen de la canción, compuesta para amigos en prisión. Pero la intimidad inicial fue solo un preludio; en el clímax, la banda irrumpió con una fuerza épica, transformando la canción en un grito de lucha entre el encierro y la anhelada libertad.
El resurgir
Posicionada como uno de los clímax emocionales definitivos, “No te preocupes por mí” (Nuclear, 2019) fue recibida como la catarsis que el público esperaba. Su letra sobre superar límites, tocar fondo y resurgir conectó de manera perfecta con los temas de adversidad y reinvención que recorren toda su biografía artística. Fue un momento de superación compartida, un “wow” colectivo.
El tributo a Pereza
Finalmente, llegó el viaje al pasado. Las primeras notas de “Como lo tienes tú” (Animales, 2005) desataron la euforia. Le siguieron la bailable “Estrella polar” (Aproximaciones, 2007) y, como broche de oro, “Lady Madrid” (Aviones, 2009).
La elección de estas tres canciones fue un reconocimiento a sus fundamentos como compositor. Cerrar el cuerpo principal del show con un homenaje a la ciudad que lo vio nacer como artista fue un acto de coherencia y gratitud.
Aunque el concierto parecía haber llegado a su fin con este poderoso viaje a la memoria, el verdadero testamento de Leiva aún estaba por llegar en el encore.
Encore y conclusión: El manifiesto final y la belleza de la cicatriz
Leiva regresó para entregar su manifiesto final. Primero, con la valentía de “Caída libre” (Gigante, 2025), una inmersión sin filtros en la depresión. La canción, inspirada en la experiencia de un amigo cercano que atravesaba un episodio depresivo severo, cobró una dimensión de empatía radical.
Fue el preámbulo perfecto para la catarsis final: “Como si fueras a morir mañana” (Nuclear, 2019). Más que la canción más esperada, fue el himno que encapsuló toda su filosofía de vida. Un llamado al “Carpe Diem”, a vivir con intensidad y autenticidad, que sirvió como la moraleja perfecta para la gran narrativa del concierto.
Al final, el ermitaño que subió al púlpito del Auditorio Nacional demostró que su silencio digital es la condición necesaria para su estruendosa honestidad artística. El concierto fue la materialización de su método: transformar cada crisis, cada cicatriz y cada duda en “material artístico”.
La trascendencia de su música, como quedó patente esa noche, radica en su habilidad de artesano para encontrar verdades universales en los detalles pequeños, en los errores y en la honestidad de una voz que, aunque imperfecta, es inquebrantablemente auténtica. Leiva no necesita tuits ni historias de Instagram; utiliza sus canciones como su única y verdadera red social, un diario público donde las cicatrices no se ocultan, sino que se cantan a coro.
