Carlos Armella y el elenco de ‘El diablo en el camino’: “No hay nada más humano que aferrarte a lo que crees”
Al final de la Guerra Cristera, en un paraje rural, un soldado desertor se ve obligado a cargar el cuerpo de su hijo recién fallecido hasta su terruño, atravesando un país devastado, mientras es acosado, de forma persistente, por una presencia que encarna el mal y la muerte. Se trata de El diablo en el camino, séptimo largometraje de Carlos Armella.
A propósito del reciente estreno de la película en cartelera, compartimos una entrevista con Carlos Armella, así como con el elenco, integrado por Luis Alberti, Mayra Batalla y Aketzaly Verástegui, quienes hablaron acerca de los temas que atraviesan la obra –como el duelo, la culpa, la fe y la imposibilidad de soltar–, los vínculos que esta tiene con el cine documental y el terror, los procesos creativos que desarrolló cada uno en el set y la manera en que el México que se retrata dialoga con el presente.

Clímax en Medio: ¿Cuál es el punto de partida de El diablo en el camino?
Carlos Armella: Esta película, que originalmente se llamaba La suerte de Juan, nació hace veinte años a partir de una imagen que me asaltó: un hombre cargando un ataúd por un territorio devastado del país rumbo a un destino incierto. De ahí, comencé a interrogarme sobre quién era ese hombre y por qué estaba haciendo esa carga.
Escribí el primer tratamiento del guión influenciado por autores como Juan Rulfo, José Revueltas, Elena Garro o Bruno Traven. Situar la historia en el contexto del fin de la Guerra Cristera obedece a que soy alguien que creció con una educación católica férrea, así como a un momento personal de cuestionamiento profundo de esas creencias.
Tuvieron que pasar muchos años hasta que, gracias a mis productoras, Elsa Reyes y Marion d’Ornano, se dio la oportunidad de sacar el proyecto adelante con la intención intacta de contar esta historia.
En esencia, la película es una fábula acerca de un hombre, quien toma un camino por el cual le puede aparecer el diablo, pero hay una conexión emocional con el presente que me pareció fundamental resaltar: este hombre no consigue enterrar a su hijo, un drama que, desafortunadamente, vemos hoy en día con decenas de padres y madres que sufren por no poder sepultar a sus hijos.

Clímax en Medio: Aunque se trata de películas muy distintas, En la Estancia (2014) ya mostraba una zona rural mexicana marcada por el abandono y a un personaje enfrentando cuentas pendientes con el pasado (un director de cine que busca reencontrarse con el hombre al cual filmó años atrás para un documental y que luego, ingratamente, olvidó).
¿Qué es lo que te ha interesado explorar en ese territorio y en ese tipo de conflictos internos?
Carlos Armella: Siempre me han atraído esos ambientes viejos, como los pueblos abandonados. Me parece que, cuando vas a lugares así, sientes que ha habido historia, donde han pasado cosas, construcción y destrucción; hay huellas y fantasmas, literales o metafóricos.
En 2009 intentaba levantar, sin éxito, esta película, cuando surgió la idea de En la estancia, que vi como una película hermana en cierto sentido, ya que compartía similitudes. Además, incorporaba un lenguaje documental que me interesaba mucho.
Cuando finalmente pude realizar El diablo en el camino, el paso del tiempo y las experiencias la nutrieron, la ayudaron a madurar y la transformaron, convirtiéndola en una película independiente a pesar de los vasos comunicantes con la anterior.

Clímax en Medio: Previo a su estreno, El diablo en el camino se presentó en el Festival Macabro. En esa función mencionaste que, al escribir el guión de la película, no pensabas en ella como una obra de terror.
¿Cómo tomas ahora que tanto los programadores de Macabro como el público afín al género la hayan adoptado?
Carlos Armella: Efectivamente, cuando la escribí, no la pensé como una película de género; sin embargo, como mencioné aquella vez, crecí viendo mucho cine de terror, un género que siempre me ha gustado y que sigo consumiendo.
Al ser parte de la programación de Macabro, un festival para aficionados hardcore, temí que la película no cumpliera las expectativas, ya que es más psicológica e interna. Afortunadamente, la función en Cineteca Nacional fue positiva, la sala se llenó y el público respondió bien. Al final, recibió una mención honorífica, lo que sugiere que para el jurado no fue tan importante su adscripción genérica.
Hoy en día, mi perspectiva no ha cambiado: siento que es una película que combina géneros –road movie, western, drama, cine histórico, terror– sin pertenecer a ninguno en particular. Me enorgullece que Macabro la haya considerado, pero al mismo tiempo, tengo ganas de entrarle de lleno al género con una película pensada expresamente para ello.

Clímax en Medio: El duelo y la culpa atraviesan la película. A lo largo de la historia, los personajes intentan lidiar con la pérdida y con la dificultad de perdonarse a sí mismos. En el caso de Juan, la necedad por enterrar a su hijo en un lugar específico parece una forma de expiar una deuda del pasado.
Isabel permanece estancada, atrapada en un rol que no desea, incluso después de la muerte de su esposo. Por otro lado, Matías, ese guardián fantasmal de una hacienda abandonada, al inicio habla de la espera de sus hijos, pero más adelante entendemos que ya han muerto y que están enterrados junto a su esposa, lo que lo deja suspendido en un luto no resuelto.
¿Qué reflexión les despiertan estos temas?
Mayra Batalla: Creo que la película plantea una oportunidad para hablar acerca del dolor, de la obsesión con estar todo el tiempo bien, que pase lo más rápido posible el luto o la cercanía con la muerte.
Como bien le das la lectura a la película, todos los personajes están estancados en esa imposibilidad de comunicarse, de poder ponerle palabras a lo que sienten, y que también están acotados por estas reglas morales y sociales de su época que, casi noventa años después, no han cambiado tanto: el hombre pensando que debe ser fuerte, sostener y proveer, lo cual en la película se traduce como “Tengo que cruzar pueblos para enterrar a mi hijo”, no solo por una cuestión espiritual o religiosa, sino también por ego, por demostrar algo –a sí mismo o a los demás–.
En el caso de mi personaje, Isabel, convive todo el tiempo en un ambiente muerto, seco, sola con un hombre enfermo que le complica los días y la obliga a mantenerse firme.
Luis Alberti: Yo no creo que sea una necedad; no hay nada más humano que aferrarte a lo que crees, a lo que tienes, a lo que te da forma, lo que le da sentido a tu vida y llevarlo hasta las últimas consecuencias. No hay otra manera de transformarte, en cualquier proceso vital, que tocar fondo, y eso es lo que vemos que hace Juan.
Carlos Armella: No lo había aterrizado de esta manera, pero ahora que lo comentas, hay una cercanía entre las palabras “necedad” y “necesidad”: una necedad es una necesidad que se vuelve obtusa e incomprensible para los demás. El personaje está en esa frontera: se vuelve una necesidad para su cuerpo y su alma el cumplir para poder perdonarse.

Clímax en Medio: La película parece moverse en una ambigüedad constante entre lo religioso y lo humano. ¿Era una intención desde el inicio?
Carlos Armella: Sí, sin duda. Aunque en la actualidad existen otros tipos de bloqueos y quizás ya no dialogamos de la misma manera en torno a lo moral o lo religioso, para mí la película siempre tuvo esa ambivalencia, esa dualidad: ¿se trata de un castigo divino o de las circunstancias que se oponen a la voluntad de Juan?
Puede leerse como una película religiosa o antireligiosa, pero en el fondo habla más del libre albedrío y del lado humano de un personaje que sucumbe ante determinadas situaciones. El misticismo propio de la época me interesaba mucho, al igual que la imaginería estética que surge al situarla en ese tiempo. Pero también hay temas universales, sufrimientos y preocupaciones que no pertenecen a una sola época, y creo que por eso la película dialoga con el presente.

Clímax en Medio: Durante la conferencia de prensa, Carlos señalado que, si bien El diablo en el camino difícilmente se podía situar en la actualidad por razones narrativas y dramáticas, al trasladar la mirada al presente, el país sigue apareciendo como un territorio fracturado y sumamente polarizado, caracterizado por violencia, recelos y el individualismo.
¿Qué opinan al respecto?
Mayra Batalla: Para mí, pensar el individualismo como algo necesariamente negativo, abre una conversación muy interesante. Yo me preguntaría si realmente puede ser de otra manera. Hablamos mucho de la empatía y de ayudar a los demás en un país tan dividido como el nuestro, pero hay momentos en los que simplemente esto no es posible.
En la película, las personas con las que Juan se cruza en el camino realmente no pueden ayudarlo: él ya tomó una decisión y lo que le dicen no le importa. Creo que eso también sucede en la vida.
Existe esta idea de querer cambiar la vida de los demás, cuando en realidad eso no está bajo nuestro control, y ese intento puede ser muy desgastante para quien quiere ayudar. Incluso, puede rozar lo soberbio el creer que uno tiene la capacidad de transformar la vida de otra persona.
Aketzaly Verástegui: Eso conecta mucho con lo que sucede en las religiones, o al menos en la católica, que dice: “Ayuda, aunque tú no tengas”. Pero la realidad es que, si no tienes, no puedes ayudar al otro, por más que tengas buenas intenciones. Eso se ve claramente en la película.
El personaje de Matías, que interpreta Roberto Oropeza, también carga con sus propios demonios, sus penas y culpas. Entonces, ¿cómo podría ayudar a Juan? En el contexto que muestra la película, estamos hablando de personas a las que les falta todo, lo material, lo espiritual, lo moral. Eso es algo que también ocurre hoy en México: atravesamos situaciones en las que resulta casi imposible ayudar al otro porque ni siquiera sabemos cómo hacerlo.

Clímax en Medio: En ese sentido, la película también habla de aceptar la falta de control.
Mayra Batalla: Claro. Nos cuesta mucho aceptar esa falta de control y de poder. Nos confronta, golpea al ego decir: “No sé cómo hacerlo”. Yo diría que ahí está la génesis de la religión, la cual, aparentemente, ofrece certezas, pero la realidad es que no sabemos nada.
Clímax en Medio: Han mencionado que llegan al proyecto a través de un casting, un proceso que suele ser mecánico y rutinario para los actores. Una vez superada esa etapa, ¿cómo comienza realmente el trabajo creativo?
Luis Alberti: Muchas veces, las películas llegan en un momento en el que se convierten en reflejo de procesos que uno está viviendo. En este caso, yo estaba atravesando una crisis importante, muy ligada precisamente a la cercanía con la muerte. Entonces apareció Carlos y me invitó a hacer este viaje.
En general, uso la palabra “personaje” porque es el lenguaje común, es lo que te enseñan en la escuela, pero en mi proceso como actor no pienso en personajes, sino en temas. Uno se compromete con esos temas y trabaja dentro de una estructura dramática que ya existe: hay un guión, un contexto, metáforas, símbolos, intereses y diálogos. Lo que hago es adoptar todo eso e integrarlo a mi trabajo.
“Una película que admite múltiples niveles de lectura”
El diablo en el camino es una película que admite múltiples niveles de lectura: lo político, lo histórico, lo religioso, lo intelectual y, sobre todo, lo humano. En cada momento había algo que podía inspirarte como actor; siempre existía un punto desde el cual pensar y dialogar con la escena. Para mí, actuar implica estar abierto a descubrir qué ocurre en cada instante, más allá de cualquier idea preconcebida y pretensión.

Mayra Batalla: El guión, como documento literario, era muy rico, pero al mismo tiempo planteaba inevitable el preguntarme como actriz: “¿Cómo se aborda esto?, ¿cómo se construye un personaje así?, ¿qué parte de mí dialoga con la historia que está por contarse?”.
Una puede llegar con ideas previas, pero mucho se resuelve al enfrentarte con el set, la cámara, el vestuario, el espacio y, sobre todo, lo que te ofrece el compañero que tienes enfrente. Hay, por supuesto, una gran preparación actoral, pero el set se convierte en el verdadero punto de encuentro entre todas las historias que cada uno construyó en su cabeza.
“El mayor aprendizaje fue soltar juicios”
Aketzaly Verástegui: En mi caso, Elsa Reyes, una de las productoras de la película, me buscó directamente para hacer el mencionado casting y así llegué al proyecto. Esta es mi primera película y para mí es una bendición, porque llegué con la mente muy abierta, en un mundo que yo no conocía más allá de lo que te enseñan en la escuela de actuación.
Para mí, el mayor aprendizaje fue soltar juicios y planeaciones, dejar de pensar “Esto va a ser mi personaje” o “Esto piensa mi personaje”, y simplemente estar abierta a lo que me daban mis compañeros y el director. No hay nada más mágico que el presente.

Clímax en Medio: El diablo en el camino cierra con el regreso de Juan al terruño y su reencuentro con Isabel. Se trata de una secuencia poderosa: casi cinco minutos, sin cortes, sostenida en un plano abierto, mientras que los personajes, sentados frente a frente, parecen imaginar, sin palabras, otro horizonte posible.
¿Cómo fue la filmación de esa secuencia y cómo la vivieron en el set?
Luis Alberti: Carlos y yo estuvimos trabajando siempre de la mano, dialogando desde lo personal, aunque sin mencionarlo explícitamente, porque para eso existe el cine: es un lenguaje que nos permite expresar aquello que no podemos decir de otra manera.
Cuando un actor se apropia de la historia desde un lugar íntimo, lo que ocurre en el set se transforma en un ritual, en un espacio donde suceden fenómenos. Eso es lo que Carlos logró en el plano final de la película, el cual requería que fuera abierto, porque acercarse demasiado a algo tan íntimo y profundo habría sido, en cierto sentido, morboso.
Toda la película responde a esa lógica. Lo que estábamos haciendo era acompañar el viaje de Juan de manera honesta, un camino que es, en esencia, un ritual de redención, de toma de conciencia y de transformación, y que finalmente culmina con el regreso al hogar.
Amistad actoral
Mayra Batalla: Es importante decir que Luis Alberti y yo somos amigos desde hace veinticuatro años. Estudiamos juntos la carrera de actuación en La Casa del Teatro, nos hemos acompañado durante todo ese tiempo, pero curiosamente esta fue la primera vez que trabajamos juntos.
En la película, nuestros personajes se conocen desde niños, se volvieron cuñados y tienen una relación importante. Había que transmitir eso: la confianza, el cariño y la posibilidad de seguir el camino juntos, todo ello sin necesidad de palabras. En apenas unos minutos debíamos condensar una vida compartida: la amistad, el pasado, el futuro, la esperanza.
Carlos tenía muy claro lo que quería ver, lo que esa relación significaba para él y la importancia de cerrar la película de esa manera. Entonces, fue decir: “Si eso es lo que quiere, eso haré”. Y contar con alguien como Luis a mi lado, con quien existe una confianza absoluta, hizo posible esa secuencia.

“Para nosotros era más importante preservar la esencia de la escena”
Carlos Armella: Fue una secuencia que tuvo mucha preparación. Era un momento atmosférico, íntimo y crucial, con el que no queríamos ni respirar, porque cualquier alteración podía romper la tensión.
Mateo Guzmán, mi fotógrafo, y yo teníamos otros emplazamientos de cámara que habíamos planeado, pero después de realizar la toma le pregunté: “¿De verdad necesitamos más?”. Y nos dimos cuenta de que no. Sabíamos que era una apuesta: cerrar la película con un plano abierto de casi cinco minutos sin cortes implicaba un riesgo, una ruptura con ciertas reglas. Pero pensamos que un espectador que ya había recorrido cien minutos de la película podía acompañarnos cinco minutos más (risas).
Para nosotros era más importante preservar la esencia de la escena; un corte habría modificado la percepción. Creo que ahí se nota mucho la influencia del cine documental que he realizado a lo largo de los años. Está esa idea de decir: “Este es el material que tengo, con esto me voy a ir a la sala de edición y voy a jugármela”.

Clímax en Medio: Más allá de esa secuencia final, ¿cómo fue el trabajo con Carlos como director? ¿Qué tipo de relación creativa se fue dando durante el rodaje?
Mayra Batalla: Creo que hay una constante en el cine que he hecho y tiene que ver con la cercanía con el director. Como mencionó, Carlos tiene trabajando en el argumento desde hace veinte años, así que, como podrás imaginarte, tenía todos los tratamientos posibles y decisiones muy puntuales: cosas que corrigió, borró y volvió a colocar.
Hubo mucha claridad y asertividad. Parte de mi trabajo como actriz y de mi manera de entender el oficio es entender que estoy encarnando la fantasía de alguien más, y que el sujeto de ese deseo está frente a mí.
Aketzaly Verástegui: Esta es una película con muy poco texto, pero cargada de acciones, gestos e intuiciones, y Carlos, como buen capitán, supo guiarnos a los actores por el mejor camino.
Recuerdo que al inicio del proceso, Carlos habló conmigo de lo personal que era el proyecto para él. El que me confiara eso desde un lugar tan humano, más allá del papel de director, fue clave para generar confianza y entregarme al proceso.
Ya en el set, esa intimidad se mantuvo: recuerdo que, mientras grabábamos, se acercaba y decía pequeñas indicaciones en voz muy baja, respetando lo que estaba ocurriendo entre nosotros y el trabajo de los demás departamentos, que también estaban creando en ese momento. Yo me dejé llevar, soltando expectativas y aprendiendo a escuchar.

Clímax en Medio: Mayra, en la misma conferencia de prensa hablaste de lo complejo que fue acercarte a tu personaje: aunque estás claramente entusiasmada con el proyecto, también implicó un reto importante, sobre todo porque se trata de una mujer sin agencia, atrapada en un rol que no desea.
¿Podrías ahondar en cómo fue para ti habitar ese conflicto?
Mayra Batalla: No puedo ni quiero negar quién soy. Evidentemente, la historia no se trata de mí. Incluso, en lo que respecta a adaptar o revisitar historias del pasado desde una mirada contemporánea, no estoy de acuerdo con eso; creo que las narraciones pertenecen a su tiempo.
No se trata de convertir al personaje en alguien acorde a 2025 ni de imponerle mi visión personal. El personaje existe tal como lo escribió Carlos. Sin embargo, es verdad que, al ser yo una mujer de esta época, el personaje inevitablemente adquiere otra dimensión: puedo ver todas sus aristas.
Más que “costarme trabajo”, el verdadero desafío fue pensar: “Tengo que hacerle justicia a esta mujer”. Visto superficialmente, podría reducirse a una figura femenina típica de su tiempo: ama de casa y cuidadora. Pero yo sé que no es solo eso. Lo sé porque lo vivo, lo he observado y lo reconozco en las mujeres que me rodean.
Es una posición profundamente compleja. Desde mi lugar –y desde mi tiempo– tengo la capacidad de reconocer, subrayar y expandir la importancia de su existencia dentro de la película.
Que el espectador pueda ver por qué ese personaje está ahí, cuál es su poder, su personalidad, pero también sus frustraciones, sus imposibilidades y las limitaciones impuestas por su época. Siento que fui la guardiana de ese personaje: mi trabajo era asegurar que su historia realmente se contara.

Clímax en Medio: Carlos, has hablado en entrevistas previas acerca de lo importante que es para ti estar en el set cerca de los actores, prácticamente pegado a la cámara.
¿Cómo fue tomando forma ese estilo de dirigir?
Carlos Armella: Conforme la carrera avanza, uno va descubriendo qué le gusta, cómo dirigir, cómo relacionarse con su equipo, qué estilo adoptar, etcétera. Me ha tocado trabajar en publicidad y es un mundo muy impersonal, donde pasas gran parte del tiempo pegado a un monitor, pero distante de todo lo demás.
En el cine es distinto: hay que cuidar detalles muy finos, expresiones, gestos y el ritmo de las palabras. Por eso me gusta estar ahí, lo más cerca posible de quienes están frente a la cámara, porque hay cosas que solo se perciben desde esa posición.
Clímax en Medio: Tu filmografía es muy particular; te has movido por territorios muy distintos: del cine directo en Toro negro (2005) con su crudeza y sus personajes viscerales, a una comedia de humor negro como ¡Ánimo juventud! (2020), pasando por documentales ligados al futbol y a la Selección Mexicana.
Clímax en Medio: ¿Cómo has conseguido que proyectos tan disímiles entre sí puedan convivir?
Carlos Armella: Hay cosas que se van dando y otras que uno las va buscando. A veces llegan proyectos por encargo, pero siempre intento conectar con la parte humana: con los dramas, las alegrías y los conflictos de los personajes.
Da igual si se trata de un futbolista famoso como en Rafa Márquez: El capitán (2024) o un torero improvisado que se mueve en plazas ínfimas como Fernando Pacheco en Toro negro; lo que me interesa es la persona.
¡Ánimo juventud!, fue un caso raro. La historia me pedía ser escrita: los personajes aparecían con mucha claridad y, junto con ellos, surgía un tono de comedia negra. Es una faceta distinta de mi trabajo, quizás menos evidente si se le compara con Toro negro o En La Estancia o El diablo en el camino, pero proviene del mismo lugar.
Parte de mi interés como cineasta es, después de cada proyecto, moverme hacia el lado opuesto, salir de la zona de confort y no repetirme. A veces se presenta la oportunidad de hacer algo cercano a lo que ya hice, y no pasa nada; el reto está en buscar variaciones.
Por eso me interesa tanto seguir explorando el terror y la comedia. Son géneros que me encantan, porque trascienden la experiencia inmediata del cine: si una película te hace reír o te asusta, te la llevas después de verla. Sigues pensando en ella, sigues riéndote o tienes pesadillas en la noche.
Lograr eso no es sencillo. Tampoco quisiera dejar de lado el cine documental, el cual me sigue llamando por la adrenalina que implica y por la conexión distinta que establece con el público al saber que lo que ve es real.
Clímax en Medio: En términos narrativos, ¿qué te ha aportado el trabajo documental —y los personajes que has retratado— a la construcción de tu cine de ficción?
Carlos Armella: El trabajo en el cine documental te obliga a mantener siempre los ojos y oídos bien abiertos. En El diablo en el camino sabíamos que íbamos a filmar en distintas regiones del país –Guanajuato, Tlaxcala y Morelos– y, desde el inicio, la consigna era observar con atención: podía aparecer una persona que funcionara para una escena, un espacio específico, una locación inesperada.
Hubo construcciones de sets, pero nunca partieron de la nada; surgieron de la búsqueda, del scouting. Por ejemplo, mis productoras, Elsa y Marion; mi directora de arte, Ivonne Fuentes, y yo encontrábamos una casa en ruinas y empezábamos a imaginar cómo podía servirnos narrativamente.
Ese proceso es lo que volvió más rico y verosímil el mundo que estábamos recreando. Creo que trabajar en cine documental, donde el objetivo es absorber y retratar la realidad, te deja precisamente esa mirada.
En Toro negro éramos solo dos personas haciendo el documental, Pedro González-Rubio y yo, y esa escala tan reducida nos permitió una cercanía muy especial con los personajes. Me siento cómodo trabajando con equipos pequeños porque favorecen la intimidad y la flexibilidad.
Claro, las producciones van creciendo conforme pasa el tiempo –uno empieza a ambicionar más, a querer un dron, una grúa, actores de renombre– y eso, inevitablemente, hace que los rodajes se vuelvan más complejos. Siempre hay una batalla por mantener el espíritu inicial.
Clímax en Medio: A dos décadas de su realización, Toro negro continúa siendo una referencia en tu filmografía. ¿Cómo dialogas hoy con la que fue tu ópera prima?
Carlos Armella: Sí, han pasado veinte años de Toro negro y casi nadie la ha visto (risas). Quienes la vieron fue en festivales o en funciones especiales. Sin embargo, marcó un momento para el cine mexicano y generó un impacto, además de que me nutrió como realizador.
Al mismo tiempo, fue difícil despegarme de esa experiencia. Eso es algo que quise decir cuando hice En La Estancia: “Cuando te acercas tanto a un personaje, ¿cómo te desprendes de él?”. Son preguntas que me siguen acompañando.
Al final, sin importar el género o el tema del próximo proyecto, lo que intento es que sea algo con lo que conecte de manera personal. Tengo la certeza de que, si yo conecto honestamente con la historia, siempre habrá un espectador que pueda empatizar con la película.
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El diablo en el camino aún puede verse en salas del circuito cultural de la Ciudad de México.
