Manuela Irene reflexiona sobre el miedo de la infancia a morir con la fábula agridulce ‘Monstruo de Xibalbá’
Hay momentos en la creación de una película donde la realidad se pliega sobre sí misma y deja entrever el misterio. Para la directora Manuela Irene, ese instante ocurrió en la boca de un cenote en Ucil, Yucatán, un lugar cargado de una energía que al principio, con su escepticismo citadino, se negaba a reconocer.
El equipo le había advertido: a estos lugares se les pide permiso. A ella, que consideraba el yoga su práctica más espiritual, la idea de hablarle en español a un ente ancestral le parecía antinatural. Decidió no hacerlo.
“Para mí era raro estar en un lugar y hablarle con mi lenguaje de humana y en español, no lo entendía y no se me hacía natural. Así que dije que no lo iba a hacer”, expresó Manuela Irene, en entrevista con Clímax en Medio.
“De pronto comenzaron a pasar una serie de cosas, de situaciones que me metieron la duda. Así se vino la fecha de filmar en el cenote. Todo el exterior se hizo en un cenote llamado Ucil en un pueblo que se llama Cenotillo y eso sí me imponía mucho”, añadió.
Entonces, comenzaron los contratiempos, una serie de pequeñas fricciones que sembraron la duda.

Sangre en el cenote: La ofrenda mística que salvó el rodaje
La fecha de filmar en el cenote se acercaba, y la presión crecía: el actor infantil Rogelio Ojeda; su propio padre —que interpretaba al ermitaño Don Emilio y a quien, sabía, no le gustaba el agua—; y una embarcación construida para la cámara, tan costosa que cualquier percance la endeudaría por años.
La duda se transformó en necesidad. Con una ofrenda de café y tabaco, llegó antes que nadie y se paró frente al espejo de agua oscura. En un susurro, le habló.
“Llegué antes de todo el crew y le dije al cenote ‘por favor que no le pase nada a mi crew y mis actores, venimos desde un lugar de respeto, queremos retratar tu belleza y tu misterio’”, recordó la realizadora.
Poco después, un buitre se zambulló en la oquedad. Irene, inquieta, se giró hacia un compañero de producción, preguntándole por el significado del ave. “Es una buena señal”, le dijo él, “tiene su nido adentro”.
Al entrar, mientras Rogelio se sentaba en una barda para una secuencia, se hizo una herida minúscula en la pierna. Una sola gota de sangre cayó al agua. En ese momento, la directora sintió una certeza inexplicable: era una ofrenda solicitada y aceptada. A partir de ahí, todo fluyó con una gracia sobrenatural.
“Rogelio se tenía que sentar en una barda de una secuencia y ahí mismo como que en su pierna se hace como una mini herida y recuerdo como vi la sangrita en el agua y sentí que el cenote pidió esa gota de sangre de Rogelio y ya nada más va a pasar y luego todo fue increíble, se logró todo”, contó.

La experiencia sobrenatural en el rodaje de El monstruo de Xibalbá
Días después, los árboles de ceiba que rodeaban el lugar, aquellos que le habían asegurado que no florecerían hasta otra temporada, estallaron en flores. Fue una experiencia, confiesa la cineasta, que la volvió “mucho más mística”.
“Desde que conocí la locación me parecía un lugar con mucha energía y se rumora que hay un espíritu ahí porque es un cenote súper profundo y unos días después cuando me decían que no iba a haber semillas de ceiba porque florecen en otra época, al llegar al cenote, todas las ceibas estaban floreadas”, añadió.
“Fueron cosas que a mí me volvieron mucho más mística. Me sentí bien recibida por los lugares y sentí algo muy hermoso, como una conexión. No sé qué tanto es realidad o imaginación mía, o cómo funciona pero para mí fueron momentos especiales”, agregó.
Aquel diálogo entre la cineasta y la tierra sagrada se convirtió en la metáfora perfecta de su película El monstruo de Xibalbá .
Una película que habita en esa delgada frontera entre lo tangible y lo mítico, que entiende la naturaleza como un interlocutor y que respeta los misterios que escapan a la comprensión adulta, los mismos que acechan en la mente de un niño que, por primera vez, se pregunta qué hay más allá del final.
La semilla del miedo: Una pregunta que tardó catorce años en florecer
Toda obra creativa profunda nace de una obsesión, de una pregunta que se niega a ser silenciada.
Para Manuela Irene, esa pregunta fue la más universal y aterradora de todas: ¿qué pasa cuando morimos? Esa inquietud, que la persiguió durante su niñez como una sombra, se convirtió en la semilla de su primer largometraje, una historia cuyo guión comenzó a germinar en 2010 y tardó casi catorce años en florecer en la pantalla grande, financiado finalmente en 2021.
El origen de la película es, por tanto, visceralmente personal. Anclada en el recuerdo de una niña que no encontraba consuelo en las respuestas de sus padres ateos, la cinta se convirtió en un vehículo para explorar ese miedo primordial.
Irene ha decidido que el cine, con la enorme inversión de recursos y energía que demanda, solo vale la pena si parte de una verdad íntima, de una vivencia que la haya trastocado.
“Mi película está inspirada en mi más grande miedo de la infancia, que era la muerte. Cuando yo tenía esta inquietud y se la planteé a mi papá y a mi mamá, ellos al ser ateos no tenían una respuesta que pudiera ser satisfactoria”, expresó.
“Me acuerdo que cuando estaba por hacer mi primer corto estaba muy estresada sobre qué es lo que sí vale la pena filmar. Desde entonces decidí que la semilla debe ser una vivencia personal o algún tiempo en mi vida y así es como en Rogelio parto de mi miedo infantil a la muerte que era algo que me obsesionaba”, agregó.

La inspiración detrás de El monstruo de Xibalbá
Con esta brújula, El monstruo de Xibalbá aborda la infancia no como una etapa idílica y azucarada, sino como “un despertar a un mundo complejo”. Es el momento en que un niño debe aprender a reconciliarse con verdades tan ineludibles como “la falta de amor o la certeza de la muerte”.
“Cuando estaba en España en un taller de Ibermedia, tenía un trabajo a profundidad con los tutores. Fue darle muchas vueltas para ir probando ciertas cosas”, explicó la cineasta Manuela Irene.
“Estaba ahí y pensaba en Terminator de cuando tienen que regresar a salvar a Connor ya que va a ser el guerrero que peleará por la humanidad y eso me pareció algo muy concreto, que debía sobrevivir a toda costa”, dijo.
Pero las inquietudes que movían la creatividad de ella eran algo que parecía no tener claridad: “En mi caso, era sobre un niño que quiere saber qué pasa cuando mueres, me complicaba no saber cómo lo podía acabar”, comentó.
“Qué puede pasar para resolver ese misterio que nos hemos preguntado desde el inicio de los tiempos y ni un gran científico o filósofo o algún genio de la humanidad ha podido dar una respuesta y era obvio que yo tampoco iba a poder”, sumó.

La respuesta en el camino
Pero el viaje creativo de Irene no se detuvo en la pregunta; el guión se convirtió en su propia respuesta: “Al final lo que entendí y lo que entiende Rogelio a través de este proceso de creación es que nos podemos obsesionar con estas ideas, entrar a este mundo del fatalismo o malviajarnos”, señaló.
Entendió que, ante el misterio insondable, “todo lo que queremos pero al final lo que sí podemos hacer es vivir, apreciar a la gente que tenemos cerca, valorar el cariño de la gente que sí nos aprecia y disfrutar el presente. Esa fue mi solución con este guión”, comentó.
Para encarnar esa travesía, del miedo a la aceptación, Irene necesitaba un niño con una honestidad brutal, un hallazgo que resultaría tan improbable como decisivo para el alma de la película.
El hallazgo de Rogelio: El rostro de la inocencia y la finalidad
La búsqueda del rostro infantil perfecto es una de las alquimias más inciertas del cine. Encontrar a un niño que no solo actúe, sino que sea el personaje, es una fortuna rara. El reto se multiplica cuando ese personaje debe soportar el peso filosófico de toda una película.
Tras una búsqueda infructuosa en la Ciudad de México, el equipo de Monstruo de Xibalbá encontró a Rogelio Ojeda en Yucatán, y desde el primer momento supieron que era diferente.
Su video de casting no era el de un niño entrenado para complacer. Incluía un rap y una pesadilla recreada por él mismo, una muestra de una imaginación singular y sin filtros que capturó de inmediato la atención de la directora.

La respuesta de un niño que definió el casting
Pero el momento decisivo llegó durante la audición en persona. Irene, buscando conectar con la esencia del guión, les hacía a los candidatos la misma pregunta que la había obsesionado a ella. La respuesta de Rogelio fue la que selló su destino.
“En el casting le preguntaba a los niños qué pasaba cuando morías, y ellos me hablaban del cielo, o el infierno, o me decían de referencia a Disney con Coco y Rogelio solo me dijo: ‘pues fin de los créditos y se va a negros’ y esa respuesta fue para mí algo grande”, explicó la cineasta.
Esa réplica, cargada de una lógica infantil implacable y desprovista de consuelos fantásticos, era la voz que Irene había estado buscando. Rogelio no solo tenía la mirada, sino también la comprensión.
“Él sabía el tono agridulce que planteaba”
A pesar de su corta edad y de confesar que al principio no entendía bien el guión, el joven actor captó la esencia agridulce de la historia. Su propia descripción de la película, ofrecida tras leer el texto completo en voz alta, fue la confirmación final: “está bonito, pero triste; es hermoso, pero melancólico”.
Con esa sencilla frase, como reflexiona la propia directora, “entendí que el tono agridulce que yo planteaba él lo sabía. No sé en qué nivel o profundidad de análisis pero sabía que él entendía. Además había una conexión de ciertas cosas existencialistas con el personaje”, expresó.
Así como el protagonista fue un hallazgo, el escenario donde su historia se desarrollaría no fue un mero telón de fondo, sino un personaje vivo y resonante.
“Fue más una cosa muy práctica. De lo que le decía sobre cuánto debía durar una mirada o una situación. A veces él se frustraba cuando no le salía y era más de relajar eso y darle seguridad y decirle que él era la única persona en el mundo que podía hacer eso”, expresó.
Yucatán como personaje: El diálogo entre el mito y la selva
La elección de la península de Yucatán no fue una decisión estética en busca de exotismo. Fue una necesidad narrativa.
Para Manuela Irene, era el único lugar en la tierra donde el mundo mítico de sus personajes y la selva húmeda y cotidiana podían entrelazarse de forma orgánica, donde las leyendas no eran un eco del pasado, sino una presencia viva que respira entre las ceibas y se oculta en la oscuridad de los cenotes.
La mitología maya, particularmente el concepto del Xibalbá, se convirtió en el cimiento sobre el cual se construyó la búsqueda existencial de Rogelio. El Xibalbá no es el infierno punitivo de la tradición cristiana; su nombre en quiché, derivado de xibil (‘ocultar’), se traduce como “lugar oculto”.
Es el mundo subterráneo, regido por las deidades de la enfermedad y la muerte, un espacio de prueba y tránsito. Irene encontró en esta cosmovisión el marco perfecto para explorar el duelo y la aceptación.
“Había elementos de la naturaleza que todavía están acá, como los cenotes o las leyendas que eran parte de la mitología maya. Me pareció muy atinado mezclar estos dos mundos”, expresó la cineasta.

Xibalbá y el “Mickey Maya”
Esa mezcla de mundos encontró su símbolo perfecto en el “Mickey Maya”, una pieza prehispánica hallada en Mérida con un asombroso parecido al icónico ratón de Disney. Para la directora, ese objeto “tenía que estar en la película” porque permitía mirar el universo ancestral desde la ingenuidad de un niño contemporáneo.
Este compromiso con la autenticidad cultural impregnó toda la producción. Se incluyeron diálogos en lengua maya, para los cuales fue indispensable la colaboración de un traductor.
Además, el elenco contó con la participación fundamental de Socorro Loeza, una artista escénica maya cuyo trabajo en la preservación de las tradiciones le valió la Medalla Yucatán en 2024.
Su presencia no fue solo actoral, sino un puente de respeto hacia el universo que la película buscaba honrar. Dar forma a este mundo requirió no solo reverencia cultural, sino también una alquimia creativa alimentada por influencias dispares, contratiempos y golpes de suerte.
La alquimia creativa: Entre tutores hostiles, música inesperada e influencias remotas
El proceso de creación de una película es un rompecabezas impredecible, cuyas piezas provienen de los lugares más insospechados: páginas de un libro, acordes de una sinfonía, fotogramas de una película vista en la infancia y hasta las críticas más feroces.
El viaje de El Monstruo de Xibalbá es un testimonio de esa alquimia. En un taller de guión, una tutora “detestaba” la película, criticándola por “no tener nada en riesgo”. En un intento por complacerla, Irene reescribió la historia.
El resultado fue un guión que a la tutora le encantó, pero que para la directora se sentía hueco. “No era la película que quería”, sentenció, y con una valentía admirable, regresó a su visión original.
Esa visión se nutrió de una constelación de referencias ecléctica y profunda. Bebió tanto de la prosa yucateca de Juan Villoro en Palmeras de la brisa rápida como del eco nostálgico de clásicos norteamericanos como Stand by me y E.T., películas que validaron la seriedad de las aventuras infantiles.
También encontró inspiración en la sensibilidad del cine iraní, con obras como ¿Dónde está la casa de mi amigo? que retratan el mundo interior de los niños con una dignidad inmensa. Como brújula atmosférica, la pieza musical La noche de los mayas de Silvestre Revueltas funcionó como una “guía sensorial” para construir el misterio del filme.

De Tomás Barreiro a una marimba colombiana
La música, de hecho, tiene su propia historia de resiliencia y fortuna. El compositor original abandonó el proyecto, dejando a Irene sin tiempo y sin un peso en el bolsillo. Desesperada, contactó a Tomás Barreiro, un músico de enorme prestigio. Su conversación inicial fue brutalmente honesta.
“Trabajé en Una película de policías, de Alonso Ruizpalacios, y ahí fui script y estaba editando en la oficina de mi editora y de pronto pasa y me pregunta cómo estoy. Le conté que estaba muy preocupada y me convenció de decirle a Tomás. Lo busqué y me dijo, ‘cómo, me estás diciendo que no tienes dinero y no tienes tiempo’”, recordó Irene.
“Yo le dije: ‘Perdóname, yo sabía que no debía acercarme a ti así, perdón yo respeto tu trabajo…’ y me dijo ‘bueno, quiero verla’ y luego me dijo que la quería hacer. Para mí fue increíble que un músico con ese nivel de experiencia y talento se subiera así al barco, eso me alegró esos días”, añadió.
“Agradezco cada minuto de su tiempo”
Barreiro no solo aceptó, sino que se sumergió en el proyecto: “Sabíamos que debíamos partir de ‘La noche de los mayas’ porque era la pieza que iba a estar y aparece en dos momentos cruciales que es cuando Rogelio mira a la calaca y al final, solo que son dos fragmentos distintos de la misma pieza”, dijo.
“En ese México viejo, misterioso, con ciertos elementos de épica, también con estas notas prehispánicas de ahí partimos para la creación de las piezas, pero cuando se zambullen en el cenote no encontrábamos la melodía”, agregó.
Cuando no daban con la melodía para la secuencia clave del cenote, la inspiración llegó de un viaje de Irene a Cali, Colombia. Allí, en el Festival Petronio Álvarez, escuchó una marimba acuosa colombiana cuyo sonido le pareció perfecto.
Le envió la referencia a Tomás y, a su regreso, encontró una pieza musical que describió como “algo hermoso”. Este arduo y afortunado proceso creativo, sin embargo, no habría llegado a las salas de cine sin un ecosistema de apoyo que todavía apuesta por historias que el mercado a menudo ignora: “Agradezco cada minuto que me dio de su tiempo”, expresó.

Del sueño a la pantalla: Un alegato por el cine para las infancias
El monstruo de Xibalbá no es solo una obra de arte conmovedora; es también un caso de estudio sobre la fragilidad y la importancia del apoyo institucional para el cine de autor en México. Su realización fue posible gracias a FOCINE, convirtiéndose en el primer proyecto respaldado por la convocatoria “Producción de Cine para las Infancias”.
Este dato no es menor en un país donde, según el Anuario Estadístico del Imcine, el cine infantil “no alcanza siquiera el 1% de la producción cinematográfica general”.
La película de Manuela Irene es la prueba de que existen historias necesarias que no encajan en las fórmulas comerciales, narrativas que abordan la niñez con una complejidad que el mercado subestima.
Para la directora, el respaldo del estado fue la única vía para llevar a cabo un proyecto de esta naturaleza con la libertad creativa que requería: “Sin FOCINE no se levantan estas películas. Son proyectos que no responden al mercado, pero sí a una necesidad cultural. Ese respaldo nos permitió filmar con libertad”, dijo.
Triunfo del cine independiente
El recorrido exitoso por festivales, obteniendo premios como la Mejor Película Mexicana en el Festival de Cine Internacional de Monterrey y la Mejor Película Internacional en el Festival de Cine de Santorini, valida la apuesta.
Estos reconocimientos confirman que una historia íntima, anclada en una pregunta infantil, puede resonar universalmente.
Al final, Monstruo de Xibalbá no busca ofrecer respuestas fáciles sobre el misterio de la muerte. Su propósito, como señala el crítico Alejandro Ávila Peña, es más sutil y profundo: busca “despertar” la pregunta.
Invita a cada espectador a viajar en el tiempo, a reencontrarse con ese niño o niña que, por primera vez, levantó la vista hacia el cielo estrellado, sintió el vértigo del infinito y se preguntó, con miedo y asombro, por su lugar en él.

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