Joaquín Sabina se despide de los escenarios: Like a rolling stone
La noche del 30 de noviembre de 2025, el frío de Madrid parecía contener la respiración. Dentro del Movistar Arena, más de 12 mil almas de geografías y calendarios distintos se congregaban no para un concierto, sino para una ceremonia de despedida: Era el adiós de Joaquín Sabina.
En las gradas se mezclaban padres que se enamoraron con Física y Química, hijos que descubrieron el desamor con 19 días y 500 noches, y amigos que encontraron en sus versos una patria común.
No era una noche más; era el epílogo de una vida hecha canción, el cierre de una gira bautizada como Hola y Adiós que, simbólicamente, tachaba la primera palabra en las pantallas.
Cuando Joaquín Sabina, a sus 76 años, apareció con su bombín y su andar lento pero firme, sentenció con la honestidad que lo define: “Este concierto en Madrid es el último de mi vida y por tanto el más importante”.
El pabellón estalló en una ovación que era, a la vez, bienvenida y lamento, la primera de una noche histórica donde cada acorde fue un testamento: “Es el concierto que en unos años recordaré con más emoción”, dijo.

Acto I: El abrazo a Madrid y la deconstrucción del mito
El telón no se alzó con la voz rasgada del poeta, sino con su imagen en pantalla. La grabación de Un último vals, una obertura simbólica junto a amigos como Serrat, Leiva o Drexler, preparó el ánimo para la ceremonia.
Esta no sería la despedida de un hombre solo, sino de toda una corte de afectos. Tras ese preludio, la elección de las primeras canciones en vivo sirvió como un manifiesto sobre cómo deseaba ser recordado.
Entre los asistentes al concierto estaban los políticos Alberto Núñez Feijóo y Borja Sémper y los artistas Víctor Manuel y Ana Belén, Dani Martín, Ara Malikian, Fernando León de Aranoa, Manuel Carrasco, David Trueba, Clara Lago, Alejo Estivel y Vanesa Martín, según fuentes de la organización.
El pacto con su ciudad refugio
No podía ser de otra manera. El primer acorde en vivo fue para Madrid, la ciudad que lo acogió tras su exilio, lo curtió en sus madrugadas y se convirtió en su musa inagotable.
Más que una canción, “Yo me bajo en Atocha” (Enemigos íntimos, 1998) fue un abrazo a la capital española, un reconocimiento a la geografía urbana y sentimental que moldeó su obra.
Abrir con este himno no fue una casualidad, sino el inicio perfecto para el epílogo de su carrera, un pacto sellado con el lugar donde eligió escribir su capítulo final.
“Esta gira que se llamaba Hola y adiós ya pasó por medio mundo – (han sido 71 conciertos con más de 700 mil entradas despachadas) y esta noche ya se llama solo Adiós”, expresó el cantautor.

El artista frente a su leyenda
Inmediatamente después, Sabina dio un golpe de timón hacia su presente. Al encadenar “Lágrimas de mármol” y “Lo niego todo”, dos temas de su álbum de 2017 (que se llama igual que este segundo tema), se enfrentó a su propio mito.
Fue un acto de deconstrucción consciente, un distanciamiento deliberado de su “pasado bucanero”.
El Sabina de 76 años, lejos de aferrarse a la leyenda del “bala perdida” que él mismo ayudó a construir, la rechazaba con una honestidad casi quirúrgica.
Esta elección reveló a un artista en paz con su evolución, que ya no necesita los ropajes del personaje canalla para sostener su verdad.
Un vistazo al pasado canalla
Tras negar su leyenda, se permitió un guiño a ella. Con “Mentiras piadosas” (Mentiras piadosas, 1990) y “Ahora que…” (19 días y 500 noches, 1999), el concierto transitó hacia su “ciclo canalla”, aquel que lo consagró como el cronista del desengaño feliz.
Fue significativa la inclusión de Mentiras piadosas, el álbum que, según él mismo ha contado, cimentó su popularidad en Argentina, recordando su rol fundamental como puente cultural con Latinoamérica.
Con estos clásicos, el poeta abría la puerta a los territorios más oscuros y celebrados de su repertorio.

Acto II: Crónicas del desamor y la noche
Este bloque fue el corazón temático de la noche, un descenso a los infiernos preferidos de Sabina: la melancolía como estado del alma, el fracaso amoroso como fuente inagotable de poesía y la vida nocturna como el único escenario donde la verdad se muestra sin disfraces.
La geografía del alma
“Calle melancolía” (Malas compañías, 1980) resonó con una fuerza particular, presentada como un himno a su estado emocional por antonomasia, que según ha dicho fue la segunda que escribió en su vida, hace 40 años, y que ha querido darse el capricho de sacar para esta última gira después de “mirar en el baúl de las canciones antiguas, oxidadas y semiolvidadas”.
Esta calle no es solo un lugar físico, sino la metáfora de un estado interior del que, como confesó en sus versos, siempre ha intentado mudarse sin éxito. En su despedida, admitir que sigue viviendo allí fue una de sus confesiones más íntimas.
La anatomía de una herida
Llegó entonces uno de los momentos cumbre de la noche. “19 días y 500 noches”, de su álbum homónimo considerado una obra maestra, se convirtió en un grito colectivo.
La historia de su origen, inspirada por la ruptura con la modelo Cristina Zubillaga, es apenas el prólogo de su riqueza lírica.
La canción es un tratado sobre el desamor que dialoga con siglos de tradición poética. Sabina subvierte el amor cortés al presentarse no como el vasallo devoto, sino como el poeta maldito que, acostumbrado a ser el verdugo, es por una vez la víctima.
Se reconoce en el espejo del dandi decadente que, abandonado por una femme fatale —altiva, de “frente muy alta” y “lengua muy larga”—, regresa a la “perdición de los bares de copas” y a la compañía de “cenicientas de saldo y esquina”.
El giro narrativo es una confesión que lo humaniza y lo conecta con su propia herencia literaria, evocando incluso a Lorca al sentirse “como un perro de nadie”: “Tenían razón mis amantes en eso de que, antes, el malo era yo, con una excepción: esta vez, yo quería quererla querer y ella no”, cantó.
El Movistar Arena coreó cada palabra como si la herida fuera propia, demostrando cómo una crónica personal puede convertirse en patrimonio universal.
La nostalgia universal
Para cerrar el clímax emocional, Sabina recurrió a “¿Quién me ha robado el mes de abril?” (El hombre del traje gris, 1988).
El clásico, con su capacidad para conectar con una sensación universal de pérdida, funcionó como el punto final perfecto a este viaje por el desamor, antes de que el poeta, generoso, cediera el protagonismo a su corte.

Acto III: El poeta y su corte
Sabina siempre ha defendido que su música es un proyecto colectivo, y en su última noche, lo demostró con hechos.
Ceder el escenario a su banda no fue un descanso, sino un acto de gratitud y reconocimiento a los compañeros que han sido el andamiaje sonoro de sus versos durante décadas.
El homenaje en “Más de cien mentiras”
El interludio comenzó con un gesto de una ternura inesperada. Mientras sonaba la canción “Más de cien mentiras” (Esta boca es mía, 1994), en las pantallas aparecieron fotografías de la infancia de cada uno de los músicos.
Fue un momento de complicidad que humanizó el escenario, mostrando a la banda no como un conjunto de profesionales, sino como una familia unida por la carretera.
Las voces de Mara Barros y Jaime Asúa
La demostración de que su legado es compartido llegó con las voces de su banda. Mara Barros deslumbró con una interpretación de “Camas vacías” (Dímelo en la calle, 2002) con un guiño al estilo de José Alfredo Jiménez que entusiasmó a los mexicanos presentes.
Inmediatamente después, Jaime Asúa encendió al público con un rockero “Pacto entre caballeros” (Hotel dulce hotel, 1987). La prueba de que esas canciones ya no le pertenecen solo a él.
La memoria de la posguerra
Tras el interludio, Sabina regresó para interpretar, exclusivamente, una canción cargada de significado.
“De purísima y oro” (19 días y 500 noches, 1999) es, en sus propias palabras, una de sus favoritas por su modo de describir “los años peores del franquismo” a través de la historia del torero Manolete.
Al elegir esta crónica histórica en su noche final, Sabina cimentaba su legado no solo como el bardo de amores y bares, sino como un poeta con una profunda conciencia social que siempre ha subyacido en su obra, más allá de la pátina bohemia.

Acto IV: Postales de vidas ajenas y propias
El concierto avanzó como un mosaico de historias, con Sabina ejerciendo de cronista de vidas anónimas y de encuentros legendarios.
Su pluma ha sido siempre una cámara que captura la épica de lo cotidiano, narrada desde la barra de un bar, la ventanilla de un taxi o el eco de una amistad.
Retratos de perdedores y santos
Agrupadas, “Peces de ciudad” (Dímelo en la calle, 1988) y “Una canción para la Magdalena” (19 días y 500 noches, 1999) funcionaron como un díptico de su maestría para crear personajes.
Desde el perdedor entrañable que no soporta el campo hasta la prostituta idealizada, Sabina demostró su habilidad única para elevar a sus criaturas a la categoría de poesía, encontrando la santidad en lo profano y la belleza en la derrota.
La conexión con Chavela Vargas
Uno de los momentos más íntimos de la noche llegó con la anécdota detrás de “Por el bulevar de los sueños rotos” (Esta boca es mía, 1994).
Sabina relató cómo conoció a la gran Chavela Vargas y cómo una frase de ella, desoladora y poética, se convirtió en el germen del tema.
“Chavela me contó que vivía en el ‘Bulevar de los sueños rotos’ y yo pensaba que me estaba regalando un verso maravilloso y que merecía una canción”, dijo.
“Me puse a escribirla en el cuadernillo que siempre llevo encima, y antes que a nadie tuve el honor de cantársela a Chavela Vargas los dos solos, mirándole a los ojos”, añadió.
Un silencio denso, casi sagrado, acogió el relato, como un homenaje compartido a dos leyendas unidas por el desgarro. El público de pie se rindió en una ovación.
Fusión de raíces y éxitos
En el tramo final, Sabina jugó a reinventar su propio cancionero. Fundió su clásico “Y sin embargo” (Yo, mi, me, contigo, 1996) con la copla “Y sin embargo te quiero”, un claro guiño a su “raíz andaluza” que desvelaba la inspiración primigenia de su himno, tendiendo un puente entre la canción tradicional española y el rock contemporáneo, y además, acompañado de Mara Barros en un momento que enchina la piel.
A continuación, entrelazó “Noches de boda” (19 días y 500 noches, 1999) con “Y nos dieron las diez” (Física y Química, 1992), esta última, una historia nacida de un encuentro fortuito en Lanzarote.
Estas fusiones no fueron un mero truco, sino la exhibición de un maestro en pleno dominio de su obra, capaz de desarmarla y volverla a armar ante su público.

Acto V: El último brindis (Encore)
Tras una falsa despedida, el clamor del público lo trajo de vuelta. Sabina regresó con esa ironía que nunca lo abandona, incluso en la noche más solemne: “Si sois tan amables, que sé que lo sois, nos quedan dos cancioncitas todavía”.
Era el momento de los últimos cartuchos, las declaraciones finales.
La voz de Antonio García de Diego y la ovación a “Tan joven y tan viejo”
El encore lo abrió su histórico co-compositor, Antonio García de Diego, poniendo voz a “La canción más hermosa del mundo” (Dímelo en la calle, 2002).
Inmediatamente después, el pabellón se vino abajo con “Tan joven y tan viejo” (Yo, mi, me, contigo, 1996), una canción que resume como ninguna otra la paradoja de su existencia.
“Así que, de momento, nada de adiós muchachos / Me duermo en los entierros de mi generación / Cada noche me invento, todavía me emborracho / Tan joven y tan viejo, like a rolling stone”, cierra la letra.
La ovación, según los testigos, parecía no tener final, un reconocimiento a una vida vivida a contratiempo.
Las declaraciones finales
Las dos últimas canciones interpretadas por él fueron su testamento ideológico. “Contigo” (Yo, mi, me, contigo, 1996) se convirtió en un himno al amor pasional por encima de la rutina, con todo el Movistar Arena como un coro unánime.
La canción es una expresión poética del amor en su forma más cruda y apasionada. Sabina, conocido por su habilidad para tejer la cotidianidad con la poesía, nos presenta una narrativa donde rechaza los convencionalismos y las trivialidades de las relaciones amorosas tradicionales.
La canción también refleja el estilo característico de Sabina, que mezcla el romanticismo con un toque de cinismo, y su habilidad para capturar las emociones humanas en su forma más pura.
“Contigo” no es sólo una canción de amor, sino una reflexión sobre la naturaleza del amor y la vida, y cómo ambos pueden ser inextricablemente intensos y peligrosos. Una verdadera joya.
Pero el final no tenía que ser duro, sino festivo. Le siguió “Princesa” (Juez y parte, 1985), una de sus crónicas más crudas y confesionales sobre la autodestrucción, inspirada en la historia real de Arianne Sved. Fue una última mirada a la cara más oscura de la vida, sin concesiones ni adornos.
El telón final con “La canción de los buenos borrachos”
Y llegó el final. Mientras la grabación de la canción sonaba por los altavoces, Sabina y su banda hicieron reverencias largas, eternas. En un gesto cargado de simbolismo, el poeta se quitó su bombín, su armadura y su disfraz, y lo sostuvo contra el pecho.
Era un pacto sellado con su gente, el cierre definitivo de un capítulo fundamental en la historia de la música en español.
Joaquín Sabina que no ha disimulado las lágrimas -tampoco sus músicos y muchos de los asistentes al concierto- se ha despedido entre ovaciones,

Se va de los escenarios, pero se queda en las canciones
La última noche de Joaquín Sabina en Madrid no fue un final triste. Fue una “fiesta melancólica”, la celebración de un legado construido verso a verso, noche a noche.
El poeta se retira de los focos, de la épica de la carretera, pero su obra permanece, inmortal, en los bares, en las casas, en las madrugadas. Quizá esa sea su mayor victoria: irse de los escenarios, pero quedarse para siempre en las canciones.
Nos vamos con la más reciente declaración en sus redes sociales: “Ha sido un adiós enormemente agradecido porque he ido viendo, al vivir y viajar, cómo han viajado y crecido mis canciones y yo con ellas”, dijo.
“Y cómo han conseguido, de un modo misterioso, colarse en la memoria sentimental de varias generaciones. Todo eso tengo que agradecéroslo a vosotros, porque sin vosotros las canciones no existirían. Gracias eternas”, cerró.
