Panteón Rococó en Estadio GNP: 30 años de “Paz, baile y resistencia”
El Estadio GNP Seguros, coloso de concreto y acero en el corazón de Iztacalco, vibró bajo el peso de 65,000 almas congregadas en un ritual de comunión.
La noche del 27 de noviembre de 2025 fue la consagración de tres décadas de una carrera forjada bajo el lema indeleble de “Paz, baile y resistencia”. El primero de dos shows que dieron.
Panteón Rococó, la banda sonora de incontables luchas personales y colectivas, tomó el escenario para celebrar una historia que pertenece tanto a ellos como a las generaciones de seguidores que han encontrado en su música un refugio y un estandarte.
La atmósfera era una mezcla palpable de nostalgia y euforia, un encuentro de “chavorrucos” con sus recuerdos y de jóvenes que heredaron el fervor.
Lo que estaba por comenzar no era solo un repaso de éxitos, sino la reafirmación de una identidad que se niega a claudicar, un manifiesto sonoro que sacudiría el alma, la memoria y la garganta hasta el amanecer.

El concierto: Una crónica en siete actos
Acto I: La declaración de principios
El arranque del concierto no fue una elección al azar, sino una declaración contundente de la identidad de Panteón Rococó.
El tridente inicial de canciones funcionó como un manifiesto sonoro que encapsuló en pocos minutos las tres columnas que sostienen su universo: la energía festiva del ska, la crítica social afilada y un inquebrantable posicionamiento político.
Previo al show de los mexicanos hubo dos invitados de lujo que fungieron como teloneros. Por un lado el productor Prince Fatty (Inglaterra), que participa en Sonoro, el más reciente disco de la banda y la banda alemana Feine Sahne Fischfilet.
Ahora sí vamos directo al show:
“Punk-O” (Compañeros musicales, 2002) y “Asesinos” (A la izquierda de la tierra, 1999): La noche estalló con los primeros acordes. Estas dos piezas, extraídas de la médula de su discografía, desataron una explosión de energía que provocó los primeros slam y pogos.
No eran simples canciones para calentar el ambiente; eran un regreso a sus orígenes en la escena underground de los noventa, un recordatorio de que el ska, para ellos, nació como un sonido de rebelión, no solo de fiesta.
“Estrella roja” (Panteón Rococó, 2007): Con esta canción, la banda reafirmó su postura ideológica. Como explicara en su momento Darío Espinosa, compositor del tema, no se trata de una moda.
Es un himno que reafirma los ideales de izquierda, una convicción antirracista que se lleva en el pecho y en la conciencia, un pilar fundamental que, a pesar de los años, se transmite intacto a las nuevas generaciones.
Esta explosión inicial de principios dio paso a un viaje más íntimo, un recorrido por las calles y los recuerdos que dieron origen a la leyenda.

Acto II: Postales de la urbe y el eco de los orígenes
Este segmento del concierto funcionó como un viaje a los cimientos de la banda, una evocación de sus inicios en los pasillos de la Preparatoria 9 y los mítines de Ciudad Universitaria.
Fue un retrato sonoro de la vida en la Ciudad de México, esa urbe gris que Panteón ha documentado por décadas: un microcosmos de caos, solidaridad y la supervivencia cotidiana que define a la metrópoli.
El combo de “Ciudad de la esperanza” (Tres veces tres, 2004) y “Noventa segundos” (Sonoro, 2025) pintó un lienzo sonoro sobre la vida en la capital. Inmediatamente después, el bloque de “No te c”(A la izquierda de la tierra, 1999) y Dime (Compañeros musicales, 2002) continuó con estas crónicas urbanas que abordan el amor, el desamor y la vida cotidiana.
Fue en este momento que Dr. Shenka lanzó el primer saludo a su gente, una invitación que selló el pacto de la noche: “Buenas noches mi gente, estamos listos, que comience la fiesta”.
Poco después, el vocalista detuvo la música para compartir una reflexión personal que tendió un puente entre el pasado y el presente.

“Muchas gracias por celebrar con nosotros 30 años”
Habló de cómo pasaron de ser estudiantes que se saltaban clases a formar sus propias familias, y con la voz cargada de emoción, saludó a los más jóvenes del público.
“Muchas gracias por celebrar con nosotros 30 años. Muchas cosas nos han pasado en el camino. Fuimos creciendo, desde saltarse las clases en preparatoria o tomar los espacios en Ciudad Universitaria y así seguimos creciendo”, dijo.
“Como una manera de progresar fuimos buscando empleos y de repente conocimos a nuestras parejas y de repente nos convertimos en padres, nos convertimos en familias y déjenme decirles que esta noche está celebrando su primer concierto. Vivan las nuevas generaciones”, añadió.
Este momento de vulnerabilidad y conexión generacional ancló la celebración en un plano humano, recordando a todos que Panteón Rococó es, ante todo, una historia compartida. La transición estaba servida para presentar a los primeros miembros de la gran “familia Rococó”.
La noche continuó con “Triste realidad”, donde Amilcar y Lengualerta sumaron sus voces para potenciar un mensaje ya de por sí poderoso.

Acto III: La familia crece en el escenario
Los siguientes temas fueron una evocación a la celebración. Primero sonó de su nuevo disco “Cha cha love” (Sonoro, 2025) y luego la muy ovacionada “El último ska” (Infiernos, 2019).
Uno de los grandes momentos de la noche se dio con “Toloache pa’ mi negra” (A la izquierda de la tierra, 1999), una canción de anhelo y búsqueda que formó parte de su primer demo en cassette.
Las colaboraciones en un concierto de Panteón Rococó nunca son meros adornos. Son la materialización de la “familia” musical y de lucha que han construido a lo largo de 30 años.
La diversidad de invitados en el escenario no es casual; es un espejo de la audiencia plural que la banda ha convocado, una comunidad donde conviven el estudiante, el trabajador, el rebelde y el soñador.
El contraste temático luego del rap y el baile llegó con Pascual Reyes (San Pascualito Rey). El tono cambió drásticamente con “Vendedora de caricias” (Panteón Rococó, 2007), una cruda narrativa sobre el desamor, la soledad y la búsqueda de consuelo temporal. La interpretación de Reyes añadió una capa de dramatismo que caló hondo en el público.
“Nos seguimos divirtiendo”
Luego llegó otro momento de discurso de Dr. Shenka: “Recuerdo aquellos tiempos cuando comenzábamos acá por la Prado Vallejo fueron unos tiempos donde un día de repente nos cae una demanda por contaminación auditiva, puedes imaginarte”, expresó.
“No era por el ruido, era por lo culero que tocábamos y pasó el tiempo y la música no cambió, lo único que cambió es que ahora tenemos unas pinches lucesotas atrás. Pero saben qué, nos seguimos divirtiendo de la misma manera”, destacó antes de cantar “No te recuerdo” (Panteón Rococó, 2007), “Bier & ska” (Sonoro, 2025) y la emblemática con dedicatoria a Chiapas, “Marcos Hall” (A la izquierda de la tierra, 1999).
La sorpresa vino con “La palomita”, donde la cantante Carolina Ross se unió a la banda, siendo recibida con una ovación que demostró la apertura y el cariño del público rococó.
De la nostalgia y la comunidad, la narrativa del concierto se movió hacia la experimentación sonora, demostrando que, incluso después de 30 años, la banda sigue buscando nuevas formas de incendiar la pista de baile.

Acto IV: Fusión, cumbia y el desenfreno del slam de Panteón Rococó
Este segmento fue una clase magistral sobre la evolución sonora de Panteón Rococó. Lejos de anclarse en una fórmula, la banda demostró su capacidad para fusionar géneros sin miedo, reflejando la audaz propuesta de su más reciente álbum, Sonoro.
Dicho álbum fue un movimiento intencionado, y para algunos divisivo, de experimentar para evitar el estancamiento creativo. En el escenario, el ska se entrelazó con el pop, la cumbia y el rap, convirtiendo el Estadio GNP en una ecléctica pista de baile.
Dr. Shenka expresó su cariño para el tema “Borracho (drunk steady beer)” (A la izquierda de la tierra, 1999), que es uno de los temas que los han seguido en su historia musical y que emocionó a los presentes.
Con “Pequeño tratado de un adiós” (A la izquierda de la tierra, 1999), la banda invitó a María Daniela y su Sonido Láser, entregando una inesperada versión “electro pop” que transformó el ambiente.
Pero uno de los momentos cumbres del slam se dio con la infaltable “Hostilidades” (Ni carne ni pescado, 2012) cuyo ritmo frenético provocó los bailes más liberadores de las 65 mil almas presentes.

Momento de invitados de lujo
La fiesta subió de tono con PeeWee, quien aportó un “toque cumbiero” a “Acábame de matar” (Panteón Rococó, 2007) y al clásico “Mil horas”, desatando uno de los coros más potentes de la noche.
La energía del rap se apoderó del escenario con un explosivo medley de “Intro” (Compañeros musicales, 2002) / “Páralo” (Compañeros musicales, 2002) / “Nada pasó” (A la izquierda de la tierra, 1999), donde Amilcar regresó acompañado del rapero Alemán.
Uno de los momentos cumbre llegó con “Parisón” (Sonoro, 2025). Con Sabino y Lng/Sht en el escenario, la canción se convirtió en el estandarte del nuevo sonido de Sonoro: una mezcla irreverente de ska, rap y fiesta que hizo rugir al público.
Pero la fiesta, por más desenfrenada que fuera, siempre da paso a la conciencia. El baile colectivo se detuvo para dar lugar al momento más solemne y combativo de la noche.

Acto V: El puño en alto, la voz que no se calla
Este fue el corazón ideológico del concierto. El momento en que la música se convirtió en un vehículo para la denuncia, reafirmando el compromiso inquebrantable de Panteón Rococó con las causas sociales.
Aquí, el lema de “resistencia” dejó de ser una consigna para convertirse en un acto tangible y conmovedor.
“Caminemos juntos” (Panteón Rococó, 2007) y la protesta por Palestina: Mientras sonaba esta canción, un llamado a la unidad tras la división política en México, Dr. Shenka y Lengualerta desplegaron una bandera de Palestina.
Tras la música, una activista tomó la palabra con un mensaje contundente que resonó en todo el recinto: “Exigimos alto al genocidio. Años, décadas de ocupación, de crímenes de guerra y de lesa humanidad; exigimos alto al genocidio, fin a la ocupación de las tierras árabes, derecho de retorno y derechos plenos para todos”, dijo.
Al terminar llegó uno de los himnos de la banda. “La dosis perfecta” (A la izquierda de la tierra, 1999) no sólo hizo recordar una época, llevó las energías a un nivel inimaginable de euforia con slam y desconocidos abrazados. En los mosh pit entre codos y aventones también había niños y mujeres. Este es el tema que en sus inicios los llevó a la gran escala.
Y qué decir del siguiente tema. El momento festivo continuó con “Viernes de webeo” (XX años, 2016), que también fue digna de un glorioso slam lleno de risas, adrenalina y cariño para resignificar la capacidad de celebrar.

El discurso que tocó corazones
“1993” (Tres veces tres, 2004) y el discurso de Dr. Shenka: Antes de interpretar esta canción, el vocalista compartió uno de los momentos más emotivos de su carrera. Habló de la pausa que tuvo que hacer por motivos de salud, de su gratitud por estar en el escenario y de los pequeños cambios que delatan un largo viaje.
“Meses y meses de preparación, en el transcurso hubo que tomar una pausa por medidas de salud. Mi gratitud al universo por permitirme estar aquí esta noche, por estar con mis compañeros y por conectar con toda la raza. Ha sido maravilloso este viaje de 30 años, gracias”, dijo.
“¿Quién lo hubiera dicho no? Cambiar el vaso rojo por un termo con té de jengibre. Pero no importa, me estoy poniendo y me estoy embriagando con todos ustedes. Sigue una canción que me gusta, es muy bonita porque además de que nos gustan las canciones de desmadre tratamos de reflejar lo que nos pasa en nuestro entorno”, añadió.
“No podemos ser ciegos a lo que pasa en el mundo”
El silencio respetuoso del público, seguido de una ovación atronadora, confirmó el profundo impacto de este acto de memoria y resistencia. La intensidad de la protesta se canalizó entonces hacia la catarsis colectiva de los himnos finales.
“No podemos cegarnos a lo que pasa en nuestro país y no podemos ser ciegos a lo que pasa en el mundo. Esta falta de empatía, esta distracción que nos trae la modernidad, nos está enfermando día con día. Cuidado con lo que consumes, con la comida que te metes a la boca”, expresó.
“Cuidate, cuida tu salud. Quiero dedicar este tema a todos aquellos que nos hacen falta en casa, en cualquier lugar de este país tan lleno de desapariciones, en este país tan lleno de violencia y asesinatos”, enfatizó. Tras este tema llegó “Quiero bailar contigo” (Ni carne ni pescado, 2012).

Acto VI: Himnos para la memoria y el futuro
Este bloque fue la apoteosis final, una ráfaga de himnos icónicos que se han convertido en la banda sonora de la lucha y la vida de miles de personas. Cada canción fue un grito colectivo, un recordatorio de que, a pesar de todo, la esperanza y la rebeldía siguen intactas.
Con “Esta noche” (Compañeros musicales, 2002), Dr. Shenka pidió al público crear un mar de luces con sus celulares, “una luz por todos aquellos que nos faltan en este país”, seguido del grito unánime:
“Saca tu celular y hagamos una luz por todos aquellos que nos faltan en este país. Esta noche todos gritamos fuertemente: Gracias música, gracias México, gracias Panteón Rococó, 30 años sí señor”, dijo.
Luego sonaron “Rojo” (Sonoro, 2025) y “Cosas del ayer” (Tres veces tres, 2004). Antes de “Cuando tengas” (Panteón Rococó, 2007), lanzó una advertencia y una promesa: “El sistema puede jodernos pero jamás nos podrá quebrantar”.
El slam histórico
Finalmente, llegó “La carencia” (Compañeros musicales, 2002), el himno definitivo de la banda. Nacida como una denuncia a las políticas neoliberales y los bajos salarios durante la presidencia de Vicente Fox, la canción sigue doliendo por su vigencia. Dr. Shenka la dedicó a los jóvenes, con una encomienda clara:
“Esta noche celebramos 30 años haciendo música juntos. Esta canción es para celebrarse todos y cada uno de nosotros. Es porque somos hijos de la crisis y ahora vemos a muchos chavos que son el futuro. Esta canción va por ellos, para que tú mijo cuando crezcas aprendas a tener un cerebro crítico y la puedas hacer de a pedo cuando las cosas se ponen mal”, enfatizó.
El estadio se despidió temporalmente, pero todos sabían que aún faltaba un último acto, un cierre emocional para sanar las heridas abiertas por la fiesta y la protesta.

Acto VII: Un alma para sanar
El encore fue el momento de la catarsis final. Después del desenfreno del slam y la contundencia de la protesta, Panteón Rococó ofreció un momento de sanación emocional, un abrazo sonoro para cerrar un ciclo de tres décadas.
El broche de oro llegó con “Arréglame el alma” (Ejército de paz, 2010), interpretada junto a María Barracuda. La letra, una “súplica sincera por amor y sanación emocional”, resonó como la conclusión perfecta para una noche de emociones extremas.
Fue un instante de vulnerabilidad y conexión íntima que dejó al público suspendido entre la euforia y la reflexión.
El concierto del 30 aniversario fue la reafirmación de la vigencia de Panteón Rococó como cronistas socioculturales de México.
A lo largo de más de dos horas, la banda demostró que su propuesta sigue siendo tan relevante como en sus inicios, oscilando con maestría entre la fiesta catártica y la protesta necesaria.
Un espejo y una voz
Su mayor legado, quizás, sea la construcción de una comunidad inquebrantable, una “familia” que se encuentra en el slam y en el grito de justicia.
La esencia de Panteón Rococó, esa que les ha permitido trascender en el tiempo, fue encapsulada a la perfección por su propio vocalista.
Dr. Shenka describió a la banda como un “chavorruco” que es a la vez “un estudiante de la Preparatoria 9 o es un estudiante de la Iberoamericana, es un trabajador o un indigente”. Un ser colectivo que, a pesar de los años, maduró, tuvo hijos, pero que fundamentalmente: “no ha dejado de preocuparse por la sociedad, sigue a la izquierda de la tierra”.
En esa frase reside el secreto de su longevidad y su impacto perdurable. Panteón Rococó es un espejo y una voz. Y después de treinta años, su sonido sigue siendo el pulso de un México que baila para no llorar y que grita para no olvidar.

