‘The Running Man’: Una distopía sobre la manipulación de las masas y la violencia extrema convertida en espectáculo
Por si a alguien le quedaba duda de que este es el año de Stephen King, llega a salas de cine The Running Man (El sobreviviente), una fiel adaptación de la novela que el aclamado escritor publicó bajo el seudónimo de Richard Bachman en 1982 —casualmente ambientada en 2025—, capaz de construir un mundo distópico cargado de tensión y adrenalina.
A diferencia de su predecesora de 1987 protagonizada por Arnold Schwarzenegger, quien vuelve esta vez como el villano Dan Killian, esta nueva adaptación explora con mayor profundidad el trasfondo social y político del relato: abandona el tono de acción ochentera para centrarse en la desesperación social, la manipulación mediática y la violencia convertida en espectáculo.

Glen Powell y Arnold Schwarzenegger, dos caras del mismo juego
Ben Richards (Glen Powell) es un padre de familia desesperado que busca salvar la vida de su hija, enferma a causa de una cepa de gripe que está diezmando a los sectores más pobres de la metrópoli.
Tras ser despedido de varios trabajos y ver a su esposa Sheila Richards (Jayme Lawson) agotarse como camarera en un club de mala muerte, Ben decide arriesgarlo todo e inscribirse en el brutal concurso televisivo The Running Man, donde los participantes deben sobrevivir a una cacería transmitida en vivo.
El premio promete resolver su vida para siempre, si logra mantenerse con vida durante 30 días.
Dirigida por Edgar Wright, la película crea un híbrido entre acción y tensión con una mirada crítica sobre el entretenimiento, la desigualdad social y el control de las masas.
El director abandona el humor que suele caracterizarlo para construir un juego enfermizo en el que la violencia es sinónimo de espectáculo y la audiencia se convierte en cómplice activo de los asesinatos.

La atmósfera de la desesperación
Uno de los grandes aciertos de The Running Man es que logra mantener una atmósfera de desesperación que se siente casi tangible, apoyada en una fotografía fría que refleja el colapso moral de una sociedad anestesiada por el consumo de violencia.
Glen Powell sorprende con una actuación sólida, capaz de sostener todo el relato a través de la ferocidad y la vulnerabilidad de su personaje.
El regreso de Arnold Schwarzenegger como Dan Killian es uno de los guiños más ingeniosos de la película.
Lejos del héroe musculoso de los ochenta, aquí asume el papel del villano: un productor cínico que encarna la maquinaria mediática capaz de convertir cualquier tragedia en espectáculo.
Su presencia es sin duda una ironía metaficcional: el héroe de antaño convertido en el arquitecto del horror que antes combatía.

Una distopía imperfecta, pero necesaria
Sin embargo, la película no está exenta de fallas. En su segunda mitad pierde parte de la fuerza que construye en los primeros actos: la acción se vuelve predecible, algunas secuencias resultan demasiado explicativas y la narración cae en cierta repetición que termina por desgastar la tensión.
Hay momentos que rompen con la verosimilitud —como una escena en la que un cazador revela su identidad y resulta que nadie recuerda de dónde salió—. El cierre, por su parte, opta por una resolución convencional que suaviza el impacto de una historia que, hasta entonces, apuntaba a ser una tragedia.
Pese a que The Running Man llega a tener tropiezos narrativos y cierta falta de fuerza en su crítica social, logra impactar por la forma en que retrata el poder de los medios y la complicidad del público en la violencia convertida en espectáculo.
Wright entiende que, en una sociedad dominada por los programas de espectáculos y la necesidad constante de distracción, la empatía se desvanece y el dolor ajeno se transforma en un producto de consumo.
Puede que no sea una obra perfecta, pero como distopía evidencia cómo el entretenimiento puede ser también una forma de control colectivo.
